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Relatos Ardientes

Mi amiga me ató a su cama y no quise escapar

Ilustración del relato erótico: Mi amiga me ató a su cama y no quise escapar

Conocí a Renata unos meses atrás, en el peor momento de mi vida. Trabajábamos en oficinas vecinas del mismo edificio y coincidíamos cada mañana en el ascensor, ella con su café en la mano y esa media sonrisa que parecía saberlo todo de mí antes de que yo abriera la boca. No tardamos en hacernos amigas. Yo necesitaba a alguien y ella supo verlo.

Por aquella época yo arrastraba una tristeza espesa que no se iba con nada. Me levantaba cansada, trabajaba en automático y volvía a casa sin ganas de encender ni una luz. Una depresión silenciosa, de esas que no se notan desde afuera. Renata lo intuyó casi enseguida.

—Vienes a cenar a mi casa el viernes —me dijo un día, y no fue una pregunta.

Acepté sin pensarlo. Cualquier cosa era mejor que otra noche sola mirando el techo.

Su departamento estaba en la última planta de un edificio antiguo, todo techos altos y madera oscura. Vivía sola, y se notaba: cada objeto en su sitio, ni una cosa fuera de lugar. Me recibió descalza, con una camisa blanca abierta en el cuello y el pelo recogido de cualquier manera. Me sirvió vino sin preguntar si quería.

—Estás peor de lo que dices —comentó, observándome por encima de la copa.

—Estoy bien —mentí, como mentía siempre.

No estaba bien en absoluto, y ella lo sabía.

Hablamos durante horas. O más bien hablé yo: solté todo lo que llevaba meses guardando, la sensación de no controlar nada, el cansancio de tener que decidir cada cosa, de sostenerme sola. Renata escuchaba sin interrumpir, con una atención que me desarmaba. En algún momento su mano se posó sobre la mía y ninguna de las dos la retiró.

—¿Sabes cuál es tu problema? —dijo al fin—. Que llevas demasiado tiempo cargando con todo. No sabes soltar.

La miré sin entender del todo. Había algo nuevo en su voz, una firmeza tranquila que me erizó la piel.

—A veces —continuó, acercándose— lo único que una necesita es que otra persona tome las riendas por un rato. Dejar de pensar. Solo obedecer.

El aire de la habitación cambió. Sentí el calor subirme por el cuello y supe que ella lo notaba.

—No sé de qué hablas —susurré, aunque lo sabía perfectamente.

Renata se levantó, caminó hasta la puerta del salón y giró la llave. Después se la guardó en el bolsillo del pantalón con una calma deliberada, sin dejar de mirarme.

—Te lo voy a poner fácil —dijo—. A partir de ahora, esta noche, haces lo que yo diga. Si en algún momento quieres parar, dices «basta» y todo termina, sin preguntas. Esa es la única palabra que necesitas recordar. ¿Te queda claro?

Tragué saliva. Una parte de mí, la cansada de decidir, la que llevaba meses ahogándose, deseó con todas sus fuerzas decir que sí.

—Sí —respondí en voz muy baja.

—Sí, ¿qué?

—Sí… lo entiendo.

Algo se aflojó en mi pecho al decirlo. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía que decidir nada.

***

—Levántate —ordenó.

Obedecí. Me temblaban un poco las piernas, no de miedo, sino de algo parecido a la anticipación. Renata me tomó de la muñeca y me condujo por el pasillo hasta su dormitorio. La cama era grande, de hierro negro, con barrotes en la cabecera. Comprendí enseguida para qué servían y un escalofrío me recorrió entera.

—Quítate la ropa —dijo, sentándose en el borde del colchón—. Despacio. Quiero verte.

Dudé un instante. Nunca me había desnudado así frente a nadie, y menos frente a otra mujer. Pero su mirada no me juzgaba; me esperaba. Me quité la blusa primero, luego el resto, sintiendo cómo el aire fresco me rozaba la piel. Cuando quedé desnuda frente a ella crucé los brazos por instinto.

—No —dijo con suavidad—. Las manos a los costados. No te escondas de mí.

Bajé los brazos. Me sentía expuesta, vulnerable, y al mismo tiempo extrañamente libre. Ella me recorrió con la vista sin tocarme todavía, y esa demora me resultó más íntima que cualquier caricia.

—Eres preciosa —murmuró—. Lástima que no lo sepas. Vamos a arreglar eso.

Me pidió que me recostara. Lo hice. De un cajón sacó dos pañuelos de seda y, con una lentitud que me hacía contener el aliento, me ató las muñecas a los barrotes de la cabecera. No apretó demasiado; lo justo para que yo sintiera que ya no decidía. Comprobó con dos dedos que no me lastimaba.

—¿Cómodo? —preguntó.

—Sí —dije, y mi voz salió ronca.

—Buena chica.

Esas dos palabras me atravesaron de arriba abajo. Sentí un calor instalarse entre mis piernas, una humedad que delató lo mucho que aquello me gustaba.

***

Renata se tomó su tiempo. Se inclinó sobre mí y empezó por el cuello, con besos lentos que apenas rozaban la piel. Bajó por la clavícula, por el hueco entre los pechos, sin tocar todavía donde yo más lo deseaba. Era una tortura deliciosa. Tiré sin querer de los pañuelos y ella sonrió contra mi piel.

—Quieta —ordenó—. Yo marco el ritmo. Tú solo sientes.

Cerré los ojos y me entregué a eso: a no hacer nada, a no controlar nada, a recibir. Sus manos encontraron mis pechos y los acariciaron con una mezcla de firmeza y cariño que me arrancó un gemido. Jugó con mis pezones hasta endurecerlos, pellizcándolos justo en el límite entre el placer y el dolor, y cada pequeña punzada me hacía arquear la espalda.

—Mírame —dijo.

Abrí los ojos. Quería que yo viera lo que me hacía. Su boca descendió por mi vientre, dejando un rastro húmedo, y cuando llegó al borde de mis caderas se detuvo y levantó la vista, esperando. Yo separé las piernas casi sin darme cuenta, ofreciéndome.

—Eso es —susurró—. Pídelo.

Las mejillas me ardieron. Nunca había suplicado por nada en la cama.

—Por favor —dije, y la palabra me costó y me liberó a la vez.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor… tócame.

Su lengua me recorrió por fin, y el primer contacto fue tan intenso que solté un grito ahogado. Lamía despacio, con una paciencia enloquecedora, descubriendo lo que me hacía temblar y volviendo una y otra vez a ese punto. Yo tiraba de las ataduras, no para soltarme, sino para sostenerme de algo. El placer crecía en oleadas, cada vez más cerca, hasta que sentí que iba a estallar.

Y entonces se detuvo.

Abrí los ojos, frustrada, jadeando. Renata me observaba con una calma cruel y satisfecha.

—Todavía no —dijo—. Aprende a esperar. El placer sabe mejor cuando alguien más decide cuándo.

Gemí de impotencia y ella se rió por lo bajo, complacida con mi desesperación. Me acarició el interior de los muslos, evitando a propósito el centro, prolongando esa agonía dulce. Tres veces me llevó al borde y tres veces se apartó, y para la tercera yo estaba dispuesta a prometerle cualquier cosa.

—Por favor —rogué—. No aguanto más. Por favor, déjame…

—¿Vas a portarte bien? —preguntó—. ¿Vas a hacer todo lo que te pida después?

—Sí —jadeé—. Lo que quieras. Lo prometo.

—Entonces sí. Córrete para mí. Ahora.

Volvió a hundir la lengua en mí, esta vez sin contemplaciones, y el orgasmo me golpeó como una ola que llevaba meses conteniéndose. Grité, todo el cuerpo en tensión contra los pañuelos, y por un instante el mundo entero se redujo a esa sensación y a su nombre en mi boca. Cuando volví en mí, temblaba de pies a cabeza, con los ojos húmedos sin saber muy bien por qué.

***

Renata me desató las muñecas con cuidado y me frotó las marcas suaves que habían dejado los pañuelos. Me abrazó, y yo me dejé envolver, todavía con la respiración entrecortada.

—Te tocó portarte bien —dije al fin, recordando mi promesa, y la miré con una sonrisa cómplice—. ¿Qué quieres que haga?

Ella se recostó contra el respaldo, desabrochándose la camisa con una lentitud que ya era una orden.

—Demuéstrame lo que aprendiste —dijo.

Me incliné sobre ella, todavía intimidada, y empecé a explorar su cuerpo como ella había explorado el mío. Besé su cuello, sus pechos, sintiendo cómo su respiración se aceleraba bajo mis labios. Bajé despacio, imitando su paciencia, hasta que ella enredó los dedos en mi pelo y me guió donde quería.

El sabor era nuevo para mí, distinto a todo lo que conocía, y mucho más íntimo de lo que había imaginado. La lamí con torpeza al principio, luego con creciente confianza, atenta a cada cambio en sus gemidos. Renata dejó caer por fin esa coraza de control: arqueó la espalda, me apretó contra ella y, cuando el placer la alcanzó, repitió mi nombre con una voz que ya no tenía nada de autoritaria, solo deseo.

—Aprendes rápido —dijo después, riendo y sin aliento, atrayéndome a su lado.

***

Esa noche dormimos juntas, abrazadas bajo las sábanas, sus dedos trazando círculos perezosos en mi espalda. Por primera vez en muchísimo tiempo no sentí el peso en el pecho, ni la urgencia de levantarme a apagar el ruido de mi cabeza. Solo silencio. Solo calor.

No sé exactamente qué empezó esa noche, ni hacia dónde iba. Sé que entregarme, dejar que otra tomara las riendas por un rato, me devolvió algo que creía perdido. Renata me había leído desde el primer día en el ascensor, y supo darme exactamente lo que necesitaba: no que me rescataran, sino un lugar donde, por fin, no tener que sostenerlo todo yo sola.

—¿Vuelves el viernes? —murmuró contra mi pelo, ya medio dormida.

Sonreí en la oscuridad.

—Sí —dije—. Vuelvo.

Y por una vez, decirlo no me costó nada.

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Comentarios (4)

Soledaaad

buenisimo!!! uno de los mejores que lei por aca

CuriosaRdp

Que bien escrito, se siente todo muy real y sin pasarse de la raya. Seguí así!

MiliB_rdp

Por favor una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como sigue jaja

NocheReader22

Me encanto el tono, esa tension del principio esta perfectísima. Gracias por compartirlo

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