La novicia que sor Remedios esperó en el convento
Mariana se quedó vestida de novia y sin nada que hacer con ese vestido. El día más esperado de su vida terminó con ella plantada frente al altar, mientras Esteban, su prometido, ni siquiera tuvo el valor de aparecer para darle una explicación. Después se enteró de todo por terceros: en su despedida de soltero había probado lo que se perdería al casarse, y entre el alcohol y los consejos de sus amigos decidió que no estaba hecho para una sola mujer.
Pobre Mariana. Tuvo que tragarse el orgullo y aguantar a cada pariente que se ofrecía como paño de lágrimas. Lo único que quería era desaparecer, que la tierra se la tragara con todo y velo. Y tan hermosa que se veía esa mañana.
Siempre había sido orgullosa y consentida; todo se hacía según su voluntad, y por eso no le entraba en la cabeza que la hubieran descartado de esa manera. Se encerró en su cuarto una semana entera. Lloró hasta quedarse sin lágrimas, se negó a comer, no abrió la puerta a nadie. Cada palabra de consuelo le caía como un latigazo. Ni el hambre logró sacarla de ahí.
Durante esos días le dio mil vueltas al asunto. ¿Cómo era posible que una mujer como ella, con esos ojos verdes almendrados, el pelo negro hasta la cintura y la piel blanca como la leche, hubiera sido rechazada de forma tan vil? Parecía un ángel de carne y hueso, y aun así él la había preferido cambiar por una noche cualquiera.
Del dolor nació una decisión. Mariana resolvió enterrarse en lo más hondo de un convento y olvidarse de todo lo que había amado. Cuanto más lloraba, más fuerte se volvía el deseo de entregarle la vida a Dios. Orgullosa y mimada, sí, pero devota desde niña, como se lo había inculcado su madre.
No quería saber nada del amor, y mucho menos de los hombres. Por culpa de Esteban había terminado odiándolos a todos. Esa semana de llanto le borró el orgullo y le imprimió una humildad que no le conocían. Cuando por fin salió del cuarto, parecía otra: callada, sumisa, irreconocible.
No valieron ruegos de su madre ni mimos de su padre, ni las palabras de su abuela, ni las súplicas de sus hermanos. Se deshizo de su hermosa cabellera y quedó con el pelo corto. Se cortó las uñas, guardó el maquillaje, regaló sus vestidos y sus tacones. Empacó lo poco que le quedaba y entró al convento de las Siervas del Refugio Sagrado, monjas pobres por vocación, dedicadas a auxiliar al prójimo. Eso buscaba Mariana: arrancar de un tajo todo rastro de su vida anterior.
***
Sor Remedios la vio entrar ese domingo con su maletita y la cabeza gacha. Le pareció que un ángel se había caído del cielo, y el corazón se le aceleró de golpe. Porque sor Remedios tenía de todo menos de santa. Desde que había tomado los hábitos se dedicaba a saciar sus apetitos, y por su cama habían pasado casi todas las hermanas del convento. Cuando no encontraba con quién, se entregaba a largas sesiones a solas, dejándose llevar por sus fantasías más prohibidas.
Vivía feliz entre esos muros, porque sabía que del deseo no se escapa nadie, y ella tenía ojo de águila para reconocer a sus presas. Así que cuando vio a Mariana, no podía creer que una mujer con semejante belleza viniera a entregarse a los hábitos.
Se apresuró a saludarla, le cargó la maleta, le hizo mil preguntas y la llevó ante la madre superiora. Le pidió ser su madrina, encargarse de enseñarle todo lo referente a la vida del convento, y la superiora aceptó sin reparos.
Desde ese momento, sor Remedios se volvió su sombra. Se dijo a sí misma que no sabía cómo ni cuándo, pero que Mariana sería suya costara lo que costara. Empezó por ganarse su confianza. Sabía que algo grave le había ocurrido, porque muchachas así no llegan por casualidad a un convento. A punta de preguntas suaves le sacó toda la historia, y por dentro se frotaba las manos: la chica detestaba a los hombres. El terreno estaba abonado.
Por lo pronto se conformaba con fantasear. No lograba sacarla de su cabeza. La había visto sin hábito el día que llegó, y guardaba cada detalle: la piel tersa, los labios carnosos, la forma en que la pijama se le ajustaba al cuerpo cuando entraba a su cuarto al amanecer con cualquier excusa. La deseaba con una intensidad que la tenía despierta casi todas las noches.
Así se la fue ganando. Mariana ya no hacía nada sin ella. Esperaba su visita cada mañana, comían juntas, rezaban juntas, y cuando salía del baño sor Remedios la ayudaba a vestirse, deleitándose en silencio. Mariana era feliz de tener a alguien que la consintiera, que estuviera pendiente de ella como nadie lo había estado.
***
Había pasado ya un año cuando sor Remedios decidió que era hora de avanzar. Una noche en que se quedaron conversando en la pieza de la novicia, bajó la voz y la miró fijo.
—Mariana, ¿te puedo hacer una pregunta muy personal?
—Claro. Tú sabes que entre nosotras hay plena confianza.
—¿No te hace falta tener sexo? —preguntó con falsa timidez.
—Me da pena hablar de eso —dijo Mariana, sonrojándose.
—No seas tímida conmigo. Yo sé que te hace falta.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque a mí también me dan ganas —confesó.
—La verdad es que sí, pero no pienses mal de mí.
—¿Y qué haces cuando te dan esas ganas?
—Nada. Me aguanto —contestó en voz baja.
—¿Te aguantas? Todas las monjas nos tocamos cuando lo sentimos. ¿Tú nunca te has masturbado?
—No sé cómo hacerlo. Nunca lo he hecho —reveló Mariana.
—Pues tienes que aprender. Es la única forma que tenemos de calmar el cuerpo aquí dentro.
—¿Y cómo aprendo si no sé?
—Si quieres, yo te enseño. Pero me prometes que no le cuentas a nadie.
—Te lo prometo —aseguró.
—Hoy no, que es tarde y la superiora hace su ronda. Mañana, después de comer, tenemos tiempo de sobra.
Esa noche sor Remedios casi no durmió. Se quedó pensando en cada paso del plan, en cómo llevar a Mariana, despacio, justo adonde la quería.
***
Al día siguiente, después de comer, se encerraron las dos en la pieza. Sor Remedios se sentó en la cama y palmeó el colchón para que la novicia se acomodara a su lado.
—Ahora sí, Mariana. Te voy a enseñar todo lo que tienes que saber. Pero prométeme dos cosas: que vas a hacer todo lo que te diga y que a nadie le cuentas. Quitémonos la ropa interior.
—¿La ropa interior? ¿Me vas a ver…?
—Claro, y tú a mí también. Mientras yo lo hago, tú me imitas. Recuerda que prometiste hacer lo que yo diga.
—Está bien —dijo, apenas audible.
Las dos se subieron el hábito. Sor Remedios se quedó un instante mirándola, conteniendo el impulso de lanzarse encima como un depredador sobre su presa.
—¿Sabes lo que es el clítoris?
—Claro que sí.
—Entonces mójate los dedos y empieza a masajearlo, despacio, igual que yo. Mírame bien.
Mariana obedeció. Probó suave, luego un poco más firme, buscando qué le gustaba más.
—Me gusta más despacio. Siento un hormigueo cuando lo hago así —murmuró.
—Ahora quitémonos el hábito. Cuando uno se toca, también acaricia el resto del cuerpo.
Mariana se desnudó con algo de vergüenza, pero lo hizo. Los ojos de sor Remedios brillaron: era más hermosa de lo que había imaginado. Por fin la tenía entera, ahí, para ella sola.
—Mientras te tocas, acaríciate los pechos. Mírame a mí.
—Piedad… —se le escapó, quitándole el «sor» de la confianza—. Se siente muy rico, pero ahora tengo más ganas que antes. ¿Está bien eso?
—Sí. Espera a venirte y verás. ¿Me dejas ver si estás mojada?
—¿Cómo? —preguntó, inquieta.
—Así.
Sor Remedios la tocó como si nada, restándole importancia para que se acostumbrara a sus manos.
—Estás muy mojada. Ahora métete dos dedos, despacio. Mira cómo lo hago yo. Ven, yo te acaricio el clítoris para que aprendas bien. No saques los dedos.
Mariana ya estaba excitada y sintió las manos de la otra mujer recorrerla. Empezó a gemir bajito, cuidando que no la oyeran desde afuera. Sor Remedios apenas cabía en sí: por fin tocaba a la mujer que llevaba un año deseando.
—¿Cómo se siente lo que te estoy haciendo? —indagó.
—Riquísimo. No pares. Es mejor que cuando lo hago yo.
Aprovechando que Mariana se entregaba al placer, le bajó la boca a los pechos. La novicia no paraba de gemir. Le tomó la mano y se la llevó entre las piernas.
—Ahora tú masajea mi clítoris, para que veas que lo haces bien.
—¿Así, Piedad? ¿Lo sientes rico como yo?
—Lo estás haciendo perfecto. Tú tampoco pares.
—Siento que me vengo. Tócame más rápido.
Los dedos de sor Remedios se movieron más rápido, más firme. Mariana se mordió los labios para no gritar, y con la boca de la monja en sus pechos, sus dedos en el clítoris y los suyos propios dentro, sintió un orgasmo como ninguno. La espalda se le arqueó, el cuerpo entero se le tensó. Sor Remedios aprovechó el instante para sellarle los labios con un beso, y Mariana lo correspondió cuando por fin volvió a respirar.
—¿Quieres venirte otra vez? —preguntó la monja.
—Sí —respondió, sin aire.
—Acuéstate y abre bien las piernas. Me prometiste hacer todo lo que te dijera.
Sin perder el impulso, sor Remedios bajó la boca entre sus muslos. Recorrió todo con la lengua, de un lado al otro, presionando el clítoris hasta que Mariana volvió a gemir y a empujar las caderas hacia arriba. Le metió dos dedos buscando el punto exacto, y cuando lo encontró la novicia se sacudió entera. El segundo orgasmo la dejó temblando.
Sor Remedios no tenía prisa por sí misma. Gozaba más haciéndola venir. Se recostó contra el espaldar de la cama, sentó a Mariana de espaldas contra su pecho y volvió a abrirle las piernas. La tocaba suave, sabiéndola sensible, mientras le besaba el cuello y le acariciaba los pechos.
—Estoy gozando muchísimo. Quiero que me hagas tuya —pidió Mariana.
—No te imaginas las ganas que tenía de tenerte así. Desde el domingo que te vi llegar.
—Pues ya me tienes. Haz conmigo lo que quieras.
—Te voy a hacer venir hasta que me supliques que pare.
Y cumplió. Le acarició el clítoris, le metió los dedos, le buscó el punto otra vez, hasta que un tercer orgasmo la dobló y Mariana le apartó la mano, demasiado sensible para seguir.
Entonces fue el turno de la monja. Se acostó y dejó que Mariana, casi como quien acata una orden, le devolviera todo lo aprendido. La novicia bajó la lengua entre sus piernas, la pasó por todas partes, succionó el clítoris, le metió dos dedos despacio. Ahora era sor Remedios la que no paraba de gemir. Con lo experimentada que era, y siendo esa hermosura quien la tocaba por primera vez, no aguantó mucho y se vino en su boca.
La jaló de la cabeza y la besó largo, limpiándole con la lengua lo que le había quedado en los labios. Mariana se acomodó contra su pecho, entre sus brazos, y le susurró:
—¿Sabes, Piedad? No me gustó tocarme sola. Me gustó cuando me tocaste tú. Así que de ahora en adelante, cuando tenga ganas, te voy a buscar a ti.
Sor Remedios sonrió en la penumbra. El ángel que había visto caer del cielo aquel domingo, por fin, era suyo.