La noche en que Saira ardió entre las brujas
La hoguera ardía en el centro del claro como un segundo sol, y a su alrededor giraban veinte brujas desnudas. La noche del solsticio era la única en que el bosque de Valdebrumas las reunía a todas, jóvenes y viejas, y nadie venía con la ropa puesta ni con la vergüenza en la piel.
Algunas tenían el cuerpo marcado por los años y los partos. Otras eran apenas mujeres, salidas de la adolescencia hacía poco, con la carne todavía firme y la curiosidad ardiéndoles entre las piernas. Todas relucían de sudor a la luz de las llamas, sensuales, impúdicas, sin un gramo de pudor.
Sobre la hierba blanda, varias habían empezado a tumbarse, agotadas de bailar y deseosas de otra cosa. Se buscaban las manos, se mordían los labios, se lamían la sal de los hombros. El calor de la fogata no era lo único que calentaba el ambiente.
Saira asistía a su primer aquelarre. La había traído su maestra, Bruna, cuyo cuerpo ya conocía de memoria. Dormían juntas en la cabaña de piedra de las laderas, recogían hierbas juntas, comían del mismo plato y se acostaban en la misma cama desde hacía dos inviernos.
Pero esa noche Bruna le había dicho una sola cosa antes de salir.
—Esta noche no eres mía. Esta noche eres del círculo.
Saira no entendió del todo lo que significaba hasta que estuvo en el claro, rodeada de pieles ajenas. Quería conocer otras bocas. Quería saber a qué sabían mujeres que no fueran la suya.
Las primeras en acercarse fueron dos hermanas de un valle vecino, morenas y de risa fácil. Una le pasó la mano por la cadera mientras la otra le apartaba el pelo del cuello para besárselo. Saira se dejó hacer, cerrando los ojos, aprendiendo el peso distinto de cada boca, la presión distinta de cada dedo. No había prisa en ellas, solo el deseo paciente de las que saben que la noche es larga.
Cuando las hermanas siguieron su camino, Saira se quedó un instante quieta, respirando el humo dulce de la hoguera y el olor a sexo que flotaba en el aire. Nunca había imaginado que el deseo pudiera sentirse así, sin culpa, sin medida, repartido entre tantas y sin que ninguna pidiera nada a cambio.
La llamó la decana, una matrona de pechos pesados y cabello blanco que presidía la fiesta desde un asiento de troncos cubierto de pieles. Era la más poderosa de la comarca, y sus favores los ansiaban casi todas. Por ser la más joven y la más nueva, Saira recibía la atención de quien pasaba a su lado.
—Acércate, niña —dijo la decana, y le tendió una copa de barro con aguardiente de hierbas.
Saira bebió. El licor le quemó la garganta y se le derramó por la barbilla hasta el cuello, y la matrona se inclinó para lamerle el reguero antes de que llegara a los pechos. Su lengua áspera subió despacio, y Saira sintió cómo se le endurecían los pezones de golpe.
—Tienes hambre —murmuró la mayor contra su piel—. Toda la noche por delante para saciarla.
Mientras hablaba, los dedos sarmentosos de la decana bajaron por el vientre de la aprendiz y se abrieron paso entre sus muslos. Encontraron el clítoris hinchado y jugaron con él en círculos lentos, sin prisa, mientras la otra mano la sujetaba de la nuca para besarla. La lengua de la matrona sabía a hierbas y a fuego, y Saira gimió dentro de aquella boca vieja y sabia.
Saira se quedó un momento más, dejando que aquellos dedos viejos la conocieran por dentro. La decana la leía como a un pergamino, encontrando sin esfuerzo los puntos que la hacían arquearse, y mientras tanto le hablaba bajito de las brujas que había amado en sus cincuenta solsticios, de las que ardieron en la hoguera de verdad y de las que solo ardieron de placer. La aprendiz escuchaba a medias, con la mente nublada y el cuerpo en llamas.
Le costó separarse. Cuando lo hizo, cedió el regazo de la decana a la siguiente, una curandera voluptuosa que ya esperaba su turno, y volvió a girar hacia el centro, mareada de licor y de deseo.
***
Entre vuelta y vuelta del baile, Saira buscó a su maestra con la mirada.
La encontró bajo un árbol, sobre un lecho de paja. Bruna tenía la cabeza enterrada entre los muslos largos y blancos de una pelirroja que se arqueaba y gemía animando la noche. Estaba a cuatro patas, ofreciendo el culo a quien quisiera, y otra de las aprendices se lo había tomado en serio: le mordía las nalgas y le clavaba la lengua entre ellas, lamiéndola con la misma devoción con que se reza.
Saira sintió una punzada de algo que no eran celos. Allí nadie discutía por un cuerpo. Nadie se peleaba por unos pechos o unas caderas cuando todas habían venido a lo mismo: a dar y a recibir, sin medida.
Las caricias de las que pasaban cerca la rozaban sin pedir permiso. Una mano le apretaba un pecho al cruzarse, otra le resbalaba por la espalda hasta las nalgas, una boca le robaba un beso al vuelo y desaparecía en la oscuridad. Cada roce la dejaba más despierta, más hambrienta.
Una bruja madura, de muslos anchos y mirada tranquila, la detuvo un momento. Le tomó la cara entre las dos manos y la besó despacio, explorándole la boca con la lengua como quien lee un mapa. Luego le susurró al oído que tuviera paciencia, que el placer compartido entre muchas era distinto al de dos cuerpos solos, y que esa noche aprendería la diferencia. Saira asintió sin entender del todo, pero las palabras se le quedaron clavadas como una promesa.
La hoguera empezaba a consumirse, y con ella el círculo se hacía más pequeño. Solo las más fuertes seguían en pie, las que aguantaban el calor abrasador de las llamas sobre la piel desnuda.
Y entonces la vio.
***
Era la más hermosa de todas. Rubia, con una melena de rizos dorados que le caía hasta un culo redondo y firme. La piel lisa y blanca como la leche cuajada. Los pechos erguidos, no muy grandes, terminados en dos pezones pequeños y rosados, claros, duros como garbanzos en aquel frío que no enfriaba a nadie. La cintura estrecha, las caderas anchas, el vientre tenso.
Bailaba sola, con los ojos cerrados, ajena a todo. Saira se aproximó hasta tomarle la mano entre los dedos.
La rubia abrió los ojos y la miró como una leona mira a su presa, con hambre y con calma. No dijo nada. La agarró de la cintura y la pegó a su cuerpo de un solo tirón.
El beso fue salvaje. Le metió la lengua hasta el fondo de la boca y le tomó el culo con las dos manos, separándole las nalgas, presionando. Saira respondió levantando las piernas y rodeándole la cintura, apretando fuerte para no caer, sujetándose de su cuello. Sentía los dedos de la rubia abrirse paso entre sus muslos por detrás, buscándole la entrada húmeda, jugando con ella mientras la sostenía en el aire como si no pesara nada.
Las dos respiraban entrecortado. Los pechos de una clavados en los de la otra, los pezones rozándose duros. Saira devoraba aquella boca como si llevara toda la vida esperándola, y quizás así era.
—Bájame —jadeó—. Quiero saborearte.
La rubia la soltó despacio. Buscaron uno de los pocos rincones que quedaban libres, un lecho de hierbas aromáticas a la sombra de un sauce, y allí la tumbó de espaldas sin dejar de mirarla.
***
Pero no fue Saira quien probó primero.
La rubia se arrodilló junto a su cabeza y pasó una pierna por encima, dejando el coño justo al alcance de su lengua. Saira hundió la cara en el abundante vello dorado, buscando con la boca hasta encontrar los labios finos y el clítoris ya hinchado por el deseo. Lo acarició con la punta de la lengua, una sola vez.
El rugido de placer que soltó la rubia retumbó en el claro. Se derrumbó hacia delante sobre el cuerpo moreno de Saira, apoyando los pechos en su vientre y la mejilla en su muslo, y allí, sin perder un segundo, separó los rizos oscuros de la aprendiz con dos dedos y le clavó la lengua tan hondo como pudo.
Quedaron entrelazadas, cada una con la boca en la otra, devolviéndose lo que recibían. Saira lamía despacio, en círculos, alargando cada pasada hasta sentir cómo las caderas de la rubia temblaban. La rubia, en cambio, comía con voracidad, sin tregua, alternando la lengua con dos dedos que entraban y salían empapados.
Saira intentó concentrarse en lo que hacía, pero el placer que la otra le arrancaba le entrecortaba el ritmo. Cada vez que la rubia curvaba los dedos dentro de ella, la aprendiz perdía el hilo, gemía contra el sexo dorado y tenía que recordarse a sí misma seguir lamiendo. Era una lucha deliciosa: dar y recibir al mismo tiempo, sin saber cuál de las dos sensaciones la dominaba.
Alrededor de ellas, las pocas brujas que aún resistían las observaban con la respiración pesada. Alguna se acariciaba sin acercarse, disfrutando del espectáculo de las dos cuerpos enredados en la hierba. Saira sintió aquellas miradas sobre su piel y, lejos de avergonzarse, se descubrió más excitada todavía. Esa era la diferencia de la que le habían hablado: el deseo crecía cuando había ojos que lo alimentaban.
Cuando Saira deslizó un dedo húmedo hasta el ano de la rubia y lo presionó con suavidad, esta volvió a rugir contra su sexo. La aprendiz sabía cómo dar placer. Había tenido una buena maestra, y esa noche lo demostraba con cada movimiento.
Se corrieron casi a la vez, una sobre la boca de la otra, ahogando los gemidos en carne ajena. La rubia se desplomó a su lado, con el pelo dorado pegado a la cara por el sudor, y soltó una risa ronca y satisfecha.
—Eres nueva —dijo, recuperando el aliento—. Se nota.
—¿En qué? —preguntó Saira, todavía temblando.
—En que todavía te sorprende lo que puede hacer una mujer con la lengua.
Saira se rió y le buscó la boca otra vez, despacio, sin urgencia ya, solo por el gusto de hacerlo. Se besaron largo rato mientras a su alrededor el aquelarre se iba apagando con el fuego.
***
La hoguera se había reducido a brasas cuando las brujas empezaron a descansar de la orgía. Tendidas en parejas y en grupos sobre la hierba, se acariciaban perezosas, se compartían los últimos tragos de aguardiente, se contaban secretos al oído.
Bruna se acercó a Saira y se tumbó a su lado, abrazándola por la espalda. Olía a la pelirroja y a tierra húmeda.
—¿Y bien? —le susurró al oído—. ¿Aprendiste algo esta noche, niña?
Saira miró el cielo, donde la luna empezaba a palidecer ante el primer gris del amanecer. La rubia dormía a su otro costado, con una pierna echada sobre la suya.
—Aprendí que no eres la única que sabe enseñar —respondió.
Bruna se rió bajito y le mordió el hombro, justo donde horas antes la había besado una desconocida. El bosque de Valdebrumas guardó el secreto, como cada solsticio, y no lo soltaría hasta el próximo fuego.