La chica del sendero me sedujo en su ducha
Lo que viví el año pasado lo divido siempre en tres etapas. La primera, de enero a mayo, era la parte gris: madre, esposa, oficina, y una insatisfacción sexual que me costaba reconocer en voz alta. No era que no hubiera sexo con mi marido. Lo había, pero parecía un trámite. Yo prefería acariciarme por encima del pijama un par de minutos antes de que él entrara, porque sabía que en treinta segundos iba a terminar y yo iba a levantarme al baño con cara de «ya está».
La segunda etapa, de mayo a septiembre, fue la de los pactos. Éramos amigos, éramos padres, y por encima de cualquier otra cosa eran nuestras dos niñas las que mandaban. El divorcio salió rápido, según la abogada. Para mí salió ahogándome de noche, mirando el techo, sabiendo que el día que firmáramos no tenía idea de qué iba a hacer con las horas que sobraran.
La tercera etapa, de septiembre hasta hoy, la llamo «el despertar». Es la fase en la que empecé a vivir como yo quería. A comer cuando tenía hambre, a comprar la ropa que me gustaba sin pedir opinión, a decir que no sin sentirme culpable. Y, sobre todo, a descubrir que mi cuerpo tenía cosas que decirme y que yo nunca le había prestado atención.
Quiero contar, en concreto, lo que pasó un sábado 20 de septiembre.
***
Mi ex se llevó a las niñas ese fin de semana y yo me quedé sola en casa, con esa mezcla rara de libertad y tristeza que solo entiende quien ha pasado por un divorcio. Llevaba tres semanas sin poner música en casa. Decidí, casi por rebeldía contra mí misma, salir a caminar a la montaña. Nunca había hecho deporte en serio. La ropa técnica que tenía era para fotos: un pantalón corto que no había estrenado, un sujetador deportivo recién comprado, una camiseta de tela respirable y una chaqueta cortavientos. Me puse los auriculares y elegí un sendero circular que había visto en una aplicación, fácil, con poca gente.
El aire de la sierra me hizo bien desde el primer kilómetro. Estirar las piernas, sentir el sol caliente en la cara, escuchar mi propia respiración. La autoestima me subió de manera tonta, sin motivo, y me dieron ganas de hacerme una foto sola, sin niñas, sin nadie. Encontré un claro donde se veía el valle al fondo. Estiré el brazo con el móvil en modo selfie. Mi brazo no daba. Lo intenté tres veces, sin éxito. Estaba por rendirme cuando una voz dulce apareció a mi derecha.
—¿Te la hago yo?
Era una chica de unos veintiséis o veintisiete años. Rubia, pelo corto a la altura de la mandíbula, ojos azules de un tono que no he visto en nadie más, delgada, poco más de metro sesenta. Sonreía como si llevara toda la mañana esperando hacerle un favor a alguien. Se presentó como Daniela.
—Bueno, si no te importa… —dije, sintiendo el ridículo de pedirle a una desconocida algo tan simple.
Le pasé el móvil después de presentarnos. Nos dimos dos besos y su perfume, algo cítrico y limpio, se me quedó pegado a la memoria. La miré completa por primera vez: zapatillas rosas, mallas larguísimas con franjas verticales de todos los colores —amarillo, naranja, rojo, azul, verde—, cintura plana, top azul claro que dejaba intuir un pecho un poco más grande que el mío. Era preciosa. No era un comentario que yo me hiciera con frecuencia respecto a otra mujer, y me sorprendió pensarlo.
—Tres, dos, uno —dijo, y me hizo, en lugar de una, casi diez fotos.
—Muchas gracias, ya tengo suficientes —le devolví el móvil, riéndome.
—¿Me sacas una a mí ahora? Con el tuyo, da igual.
Se colocó en el mismo claro y empezó a posar como si llevara años de práctica. Cada dos o tres fotos cambiaba la postura. Le hice más de veinte. Después dio dos pasos hacia mí, me tomó la mano izquierda sin pedir permiso y me arrastró a su lado.
—Ahora juntas.
Hice varios selfies de las dos con la mano derecha, intentando que entráramos las dos más el paisaje. Tres salieron movidas. Una salió con los ojos cerrados. Otra salió perfecta. En ningún momento me soltó la mano izquierda. Y lo más raro fue que yo tampoco la solté, ni hice el gesto de hacerlo.
—¿Cómo te paso las fotos? —pregunté, intentando sacarle el número sin pedírselo directamente.
—Las miramos en casa. Vivo a diez minutos. Vamos, nos hemos ganado un café.
No me dio tiempo a contestar. Su mano tiró suave de la mía y empezamos a bajar el sendero juntas. Mi cabeza iba a mil. Una parte me decía «dejate llevar»; otra me recordaba que yo no hacía estas cosas. La primera ganó sin gran esfuerzo.
***
Su piso quedaba a cuatro manzanas del mío, en una calle que yo recorría dos veces por semana al supermercado. Un segundo, fachada blanca, sin ascensor. Encendió luces en vez de subir persianas. Lo agradecí. En la cocina sacó dos vasos, encendió la cafetera de cápsulas y sin decirlo abiertamente, ambas buscamos volver a tocarnos la mano apenas dejábamos un objeto. Mover la leche con una mano, sostener la suya con la otra. Era una coreografía rara que ninguna había ensayado y a las dos nos salía con naturalidad.
Hablamos media hora. Para ella, claramente, esto era una cita. Yo lo sabía y no me iba. Cada vez que ella me miraba a los ojos por más de tres segundos, yo bajaba la vista al borde del vaso, y volvía a subirla cuando sentía su pulgar dibujar círculos en mi palma. Pasaba algo y las dos lo sabíamos. La única que estaba descubriéndolo en ese momento era yo.
—Dime un color —me dijo, justo cuando di el último sorbo al café. Tenía el labio inferior atrapado entre los dientes y los dedos enredados en los míos.
—No sé, ¿el azul? —respondí, sin tener idea del juego.
—Qué pillina. ¿Te refieres a este azul? —se puso de pie, tomó mi mano y la apoyó completa sobre su pecho izquierdo, por encima del top, dejando que sintiera todo el contorno con firmeza.
—Tal vez —no estaba segura de qué decir, y tampoco tenía prisa por mover la mano.
—Vaya, vaya. Veo que tal vez te refieras a otro azul.
Con una delicadeza casi insultante por lo medida, llevó mi muñeca hacia abajo y guio mi índice por su muslo, hasta la franja azul de las mallas que subía por la parte interna y se fundía con la costura central. La tela era tan fina y estaba tan ajustada que, cuando mi dedo pasó por ahí, juré sentirle el clítoris a través del nylon. No retiré la mano.
—Ahora vengo —dijo, y se fue a la habitación dejándome con el dedo en el aire y la respiración corta. La vi caminar hacia el pasillo moviendo la cintura sin esfuerzo, hipnotizada por aquella franja azul que mis dedos acababan de tocar.
Volvió un minuto después con cuatro toallas: dos grandes, dos pequeñas. Me dejó una de cada en el regazo.
—¿Y esto? —pregunté, intentando que mi voz sonara más firme de lo que estaba.
—Me voy a la ducha.
Lo dijo con segundas tan evidentes que no necesitaba traducción. Mientras hablaba, se quitó el top, lentamente, sin apartar la vista de mis ojos. Sus pezones, rosados y duros, parecían llevar rato esperando salir al aire. Después se bajó las mallas. La tela se resistió un poco al despegarse de la piel, ella tiró con dos dedos en cada lado, y en pocos segundos quedaron en el suelo, una espiral de colores. No llevaba nada debajo. Estaba completamente depilada y sus piernas eran, sencillamente, hermosas.
—Si te animas, ya tienes las toallas. Te espero ahí —agarró las suyas y caminó al pasillo con el mismo paso firme.
Oí abrirse el grifo. Después el chorro contra el suelo de la mampara. Yo me quedé sentada con dos toallas en el regazo y una centrifugadora dentro de la cabeza. ¿Qué estoy haciendo? ¿Desde cuándo me gustan las mujeres? ¿Cómo puedo estar así de mojada por una chica si nunca, en treinta y cuatro años, una mujer me hizo mirar dos veces?
***
Me concentré en lo que sentía. La cabeza dudaba. El cuerpo no. Hay humedades que cuando aparecen no admiten discusión. Me puse de pie, agarré las toallas y caminé al baño. Cuarto luminoso, plato de ducha amplio, cabida para dos sin esfuerzo, y un cuerpo conocido bajo el agua, esperándome.
Le habría dicho cualquier cosa. Le habría pedido pensarlo, volver otro día, hablar primero. Pero la miré y mis manos hicieron el trabajo solas. Me quité la camiseta, el sujetador, el pantalón, las bragas. Ella me miraba sin disimular el deseo. Entré.
El agua estaba a la temperatura justa, un poco caliente, como me gustan a mí las duchas largas. Avancé dos pasos y me giré dándole la espalda, dejando que el chorro me cayera sobre el pelo. Ella interpretó el gesto sin equivocarse. En un segundo sentí sus dos brazos rodearme la cintura y su cuerpo pegado al mío de la nuca al sacro.
Sus manos empezaron por mis pechos. Un masaje suave, con la palma abierta, rodeando el contorno antes de tocar el pezón. Sus labios buscaron mi cuello. Me aparté el pelo mojado hacia el otro lado para dejarle vía libre. Ella besó, mordió, lamió, y yo busqué pegarme más a su cuerpo. Su pecho contra mi espalda, una mano en mis pezones, la otra bajando por debajo del ombligo.
Se me escapó un gemido. No intenté disimularlo. Ella sonrió contra mi cuello.
—Eres preciosa —me susurró al oído mientras sus dedos jugaban con mis labios sin entrar todavía, lentos, midiéndome el ritmo.
—Debería tocarte yo también —dije, intentando girarme.
—Tranquila, cariño. Es tu primera vez, ¿verdad?
Estábamos tan cerca que era extraño no besarse.
—Con una chica, sí.
—Déjame hacer.
De pie, con las piernas ligeramente abiertas, el agua cayéndome sobre los hombros, las dos desnudas y mojadas, se produjo el primer beso. Ella se desplazó a mi lado derecho. Una mano amasando mi culo con la palma entera. La otra concentrada en abrirme con paciencia, sin urgencia. Su pecho aplastado contra mi brazo, sin estorbar la boca.
Nuestras lenguas se conocieron despacio. Su dedo índice entraba y salía de mí, dibujaba círculos por encima del clítoris, volvía a abrir los labios, repetía. No analicé nada. Me dejé. Sentí el agua, su olor a champú mezclado con su perfume cítrico, la respiración acelerada de las dos, el ruido del chorro mezclado con nuestras voces entrecortadas.
Empecé a temblar antes de lo que esperaba. Su ritmo era exacto, ni más rápido ni más lento, justo el que mi cuerpo pedía. El orgasmo me llegó callado, mordido por su boca, y me dobló las rodillas. Si no me hubiera sostenido con el brazo libre, me habría caído al suelo del baño. Sus dedos seguían, suaves ahora, alargándomelo.
Me quedé apoyada contra ella sin abrir los ojos un minuto entero. El agua seguía cayendo. Ella me besaba el hombro, sin decir nada, esperándome.
Cuando volví a abrir los ojos, supe dos cosas a la vez. Una, que no solo me gustaban las mujeres: me habían gustado siempre y me había mentido durante quince años. Dos, que de aquella ducha no iba a salir igual.
Me había enamorado en treinta minutos de una chica que esa misma mañana no existía para mí.
Y volvería al sendero todos los sábados que hiciera falta para encontrarla.