Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La despedida de soltera que terminó entre mujeres

Mara se relamió el dedo índice mientras barajaba el mazo de tarjetas con la otra mano. El calor del departamento ya no venía del clima ni del alcohol, sino de algo más denso que cargaba el aire: confesiones sucias, miradas cruzadas, secretos al desnudo. Y ahora le tocaba a Renata.

—A ver, mi amor —dijo Mara, con una sonrisa felina—. Es tu despedida. Tu noche. Tu turno.

Renata tragó saliva. La tela del vestido se le pegaba a la piel húmeda y los muslos le temblaban sin que se notara. Aun así estiró la mano, como quien mete los dedos en una jaula, y sacó una tarjeta. La leyó en voz alta.

—¿Alguna vez le lamiste el sexo a otra mujer? —Se quedó quieta un instante, con los anteojos temblándole sobre la nariz. Después habló con la rigidez ensayada de una actriz amateur—. Sí. Una vez lamí una vagina.

Que estalle todo, pensó. Eso era lo que buscaba: una explosión que sacudiera a las demás. Pero su voz titubeó tanto que solo provocó silencio. Nadie exclamó nada. Ni siquiera su madre ni su tía reaccionaron.

—¿Sí? —preguntó Mara, ladeando la cabeza—. ¿A quién? ¿Cuándo?

—Conmigo no fue —dijo Lucía—. Yo se lo hice a ella, pero ella a mí no.

—Lo mismo digo —acotó Carla—. Nunca me devolvió el favor, la muy maldita.

Renata insistió, cada vez más floja.

—Fue… en un viaje. Una compañera de la facultad. Habíamos tomado vino. Estábamos jugando.

—Mentira —dijo Mara—. Es todo mentira, se te nota en la cara, hermanita. No probaste una concha en tu vida.

—Como casi todas las presentes, me imagino —agregó Diana, su madre—. Salvo Carla y Lucía. Y la chica que contrataron, supongo que ella también lo habrá hecho alguna vez. Las demás nunca hicimos algo así.

Nadia, la que manejaba la música, ni siquiera levantó la vista; disimuló tocando las perillas de la consola.

—Hablá por vos, hermana, porque yo… —empezó a decir Susana.

—¡Ay, mamá! No digas esas cosas —la interrumpió Tamara—. Ya tomaste demasiado. Estás diciendo pavadas. Sé que te gusta llevarle la contra a la tía Diana, pero esto ya no es gracioso.

Susana se encogió de hombros, desvió la mirada y se mandó un buen trago de su vaso. Diana no dijo nada, pero su mirada evaluadora se posó sobre su hermana.

—Mentís pésimo —Mara sonrió de oreja a oreja—. Quisiste hacer lo mismo que mamá: evitar el castigo con una respuesta impactante. Te salió mal. Nadie te cree. —Levantó la voz, teatral, con el pecho inflado—. ¡Castigo!

—Uy, esto se puso bueno —Carla aplaudió y chilló—. Aprovechemos a la chica, que hace rato la tenemos ahí sentada sin hacer nada.

—Por mí, encantada —la sonrisa blanquísima de Yara iluminó la sala.

—Que le chupe las tetas —propuso Diana.

—Eso ya lo hizo —protestó Tamara—. Que haga algo más zarpado.

Todavía masticaba la bronca por los momentos incómodos que la habían hecho pasar a ella. Quería saborear la venganza de a sorbos, como su daiquiri.

—Tamara tiene razón —dijo Carla—. Que le chupe el sexo. Así aprende cómo se siente. ¿Eso es lo que querías evitar, Diana? ¿Por eso propusiste lo de las tetas?

—¿Por qué no te callás un poco? —Los ojos de Diana chispearon—. Mi hija no le va a chupar el sexo a nadie. Ni hoy ni nunca. Esto se suponía que era un juego un poquito picante, no un bufé lésbico.

—¿Acaso tenés miedo de que a Renata le guste y decida no casarse? —La guerra fría entre Susana y su hermana se intensificó. Sus miradas se cruzaron, cargadas de ira contenida durante años.

—No existe la más mínima chance de que a mi hija le guste eso —respondió Diana, cortante.

—¿Entonces cuál es el problema? Que lo haga y listo —insistió Carla, sin dejarse amedrentar.

—Coincido. Que nos muestre cómo se hace —Tamara bebió otro trago. Esta era su revancha y pensaba disfrutarla. Si todas se habían enterado de lo suyo, nadie se iría impune; todas se llevarían una cicatriz, igual que ella.

***

Carla se giró hacia Yara. La stripper, sin decir una palabra, se puso de pie y se quitó la tanga de cuero. Tenía el pubis completamente depilado, la piel brillándole con el movimiento de las luces. Nadia sonrió y puso una canción lenta y densa, distinta de las que ya habían sonado.

Yara se paró frente a Renata, con las manos en la cintura. La novia recorrió con la mirada ese cuerpo escultural, fibroso, y sintió que el corazón le daba un vuelco. Había algo en esa figura que le imponía respeto: por las horas de gimnasio, sabía lo que costaba tener un cuerpo así.

—Vamos, dulzura. Ya sabés cómo funciona esto —dijo Yara, apoyando una pierna sobre la silla—. Tus amigas ya te lo explicaron.

Renata tragó saliva y se arrodilló despacio. Todavía no había decidido si lo haría; solo quería que dejaran de presionarla. Pero entonces la asaltó el recuerdo de la llamada de Bruno, esa voz repugnante diciendo «mirá cómo la chupa esta putita». Una rabia fría se apoderó de ella.

Avanzó decidida y le dio una primera lamida, dejando que toda la lengua hiciera contacto con esos labios húmedos. El gusto salado la tomó por sorpresa. Algo dormido se despertó dentro de ella, algo primitivo. En la segunda lamida se preguntó si a cualquier mujer le pasaría lo mismo en su lugar.

Sabía que su madre la miraba con reprobación; podía sentir esos ojos clavados en la nuca. Y eso, lejos de frenarla, la encendió más. Quería demostrarle a Diana que era dueña de su propia vida. Volvió a pasar la lengua y se prendió al clítoris, succionándolo con ganas. Escuchó los aplausos de Mara y Carla; eran las únicas que la vitoreaban. La música se volvió más alegre, como si Nadia también la apoyara desde la consola.

Siguió con los lengüetazos, de arriba abajo. Levantó una mano y se aferró a uno de los pezones de Yara sin dejar de chupar. Después bajó esa misma mano hacia su propia entrepierna. Todas vieron cómo se metía dos dedos y empezaba a tocarse, sin interrumpir el sexo oral.

Mara y Carla chillaron de emoción y le pidieron que no parara, que se tocara más. Renata, olvidada por completo de las miradas inquisidoras de su madre y su tía, les hizo caso. Metió la lengua en la abertura y juntó todo lo que pudo. Yara la tomó de la cabeza y la guió de nuevo hasta el clítoris, restregándole el sexo por toda la cara.

El corazón se le aceleró al sentir ese calor viscoso contra la boca, las mejillas y la nariz. Los dedos dentro de ella se volvieron locos. Se estaba masturbando frente a todas y no quería detenerse. Separó más las piernas y levantó la cola, queriendo que las demás vieran cómo se tocaba. ¿Por qué hago esto?, alcanzó a pensar. No quiso responderse. Solo quería que pasara.

Dejó de chupar únicamente porque Yara la soltó. La stripper sabía medir el clima de una fiesta como esta.

—Lo hiciste muy bien, Renata. Pocas lo hacen tan bien la primera vez —le guiñó un ojo—. Pero dejemos algo para más tarde.

Renata la admiró desde el suelo, con las rodillas aún clavadas en la alfombra, las mejillas rojísimas contrastando con su piel pálida y los dedos todavía moviéndose dentro de su sexo.

—Para ser la primera, no estuvo nada mal —dijo Mara.

—Espero que sea la primera de muchas —acotó Carla.

—Ni se te ocurra —masculló Diana entre dientes—. Si vos sos tortillera, hacé de tu vida lo que quieras. Pero no le metas ideas absurdas en la cabeza a mi hija.

—Ay, Diana, fue un chiste. No soy lesbiana —Carla puso los ojos en blanco—. Si lo fuera, andaría comiendo concha sin ningún problema, te lo aseguro. Pero nunca tuve sexo con una mujer.

Renata se puso de pie y se acomodó el vestido, sin molestarse en bajarlo del todo. Cuando se sentó, su sexo seguía a la vista.

—Lo de hoy no cuenta —dijo, sonriendo—. Solo nos estamos divirtiendo. Y me gustaría seguir.

***

Cuando le tocó el turno a Lucía, sacó una tarjeta y la leyó en silencio. Al ver la pregunta se quedó tiesa, nerviosa.

—¿Tenés una experiencia sexual de la que nadie sepa nada? —leyó al fin, y enseguida bajó la voz—. No… no tengo nada de eso. Solo cosas con mi marido. Nada para destacar.

Mara se inclinó hacia adelante, con una mirada juguetona.

—Vamos, Lucía, no mientas. Le chupaste el sexo a Renata.

El color le subió a las mejillas mientras las demás la miraban expectantes.

—No quiero contar eso —musitó.

—No hace falta que des todos los detalles —la pinchó Carla—. Solo queremos saber cómo fue que te animaste.

Lucía suspiró, como resignada a la presión.

—Fue en el vestuario del gimnasio —su voz tembló—. Escuché un rumor y pensé que Diego, mi marido, me había engañado. Me enojé muchísimo. Renata me consoló, me dijo que era un desgraciado, que se merecía que le pagaran con la misma moneda. Y se me ocurrió grabar un video para castigarlo, para que viera que yo también podía. Renata me ayudó. No quiero contar más.

Diana, que hasta ese momento callaba, no pudo evitar preguntar, entre la curiosidad y el juicio.

—¿Y qué decía ese rumor sobre tu marido?

Lucía respiró hondo.

—Alguien me mandó un video anónimo. Había un chico muy parecido a Diego teniendo sexo con una mujer en una fiesta de fin de año, una que él había organizado con compañeros de trabajo. O eso decía el mensaje. La cara nunca se le ve bien, así que no tenía forma de comprobarlo.

—¿Y qué dijo él cuando se lo mostraste? —preguntó Mara.

—Me juró que no era él. Hasta se ofendió porque yo dudara. Me hizo sentir una basura. Y tiene razón. Fui una tonta al desconfiar.

—¿Tenés el video? —Mara entrecerró los ojos, con una chispa de curiosidad.

Con las manos temblorosas, Lucía sacó el celular del bolso y buscó el archivo. La música bajó sola, como si el ambiente respondiera al peso de lo que estaba por pasar. Las demás se acercaron. En la pantalla, el chico era apenas una sombra, pero la mujer se veía con una nitidez perfecta.

—Tu marido está muy bien dotado, Lu —comentó Carla, sin pudor—. Y a vos te gustan grandes. Esa te la tenías bien guardada.

Lucía sonrió con timidez. No había mirado ese video muchas veces, por el dolor que le causaba. Pero el silencio se rompió de golpe cuando todas, casi al mismo tiempo, giraron la cabeza hacia Nadia.

La mujer de la música se había quedado petrificada con una bandeja de tragos en la mano, los ojos pegados a la pantalla.

—Nadia, tenés que ver esto —dijo Mara, esta vez sin liviandad, con una seriedad inesperada.

Nadia se acercó despacio, le pasó la bandeja a Yara y se asomó al celular. Su rostro cambió al instante. Se tapó la boca con la mano.

—Sí, soy yo —confesó al fin, la voz casi ahogada.

Lucía la miró fijo, incrédula, con las lágrimas amenazando con caer.

—¿Cómo…? —tartamudeó.

—Fue en esa fiesta de fin de año —dijo Nadia, mirándose las manos—. No suelo hacer esas cosas cuando me contratan para servir tragos o pasar música. Pero esa vez me ofrecieron mucha plata. Y el chico me pareció atractivo.

—¿Y cómo era? —preguntó Diana, con una calma inquietante.

—Alto, muy bien parecido. Rubio, pelo corto, ojos celestes, cuerpo atlético, sonrisa encantadora. No recuerdo su nombre.

Lucía buscó una foto de Diego en su celular y se la mostró, con la respiración entrecortada.

—¿Era este el de la fiesta?

Nadia miró la foto y volvió a cubrirse la boca, los ojos muy abiertos.

—Sí… ese es —susurró.

Un silencio pesado se instaló en la habitación. Lucía no aguantó más: los ojos se le empañaron y las lágrimas empezaron a caer. Se cubrió la cara con las manos, como si el gesto pudiera deshacer lo que acababa de derrumbarse. Renata, al verla tan vulnerable, no lo dudó: se acercó y la abrazó.

—Ya no tenés que sentirte mal por lo del vestuario —le dijo, acariciándole la espalda.

—¿Y por qué no le mandás a Diego el video que grabaste con Renata? —tiró Carla, siempre buscando una reacción.

Lucía negó con la cabeza.

—Lo borré. Por la culpa, no podía quedármelo.

Mara, con su actitud desafiante, vio la oportunidad de transformar el dolor en algo distinto.

—Entonces grabá otro —sugirió, como si fuera lo más natural del mundo—. Con Nadia. Si Diego pudo acostarse con ella, vos también. Es lo justo, ¿no?

—¿Te volviste loca? —saltó Diana—. Le estás pidiendo que tenga sexo lésbico, y es una mujer casada. Una dama no se comporta así, mucho menos por rencor.

—Aunque no esté de acuerdo con el sexo entre mujeres, me parece buena idea —acotó Susana, fiel a su costumbre de remar contra la corriente—. Así ese tipo aprende a no mentirle en la cara a su esposa.

—Además ya le chupó el sexo a Renata —recordó Carla—. No estaría haciendo nada nuevo.

Renata miró a Nadia, buscando una respuesta sincera.

—¿Estarías dispuesta a ayudar? ¿Cuál sería tu tarifa?

—Sin cobrar nada —dijo Nadia, con culpa en la mirada—. Diego me dijo que era soltero, hasta me pidió el teléfono. Es un pelotudo. Se merece este castigo.

—¿Y se lo diste? ¿Volviste a verlo? —presionó Diana.

—Le di el número. Me llamó varias veces, pero no volví a encontrarme con él, lo juro. Solo me quería para pasar el rato, y yo no soy una mujer de usar y tirar. Perdón, Lucía. Te juro que no sabía que era casado.

Mara se giró hacia la novia, desbordando energía vengativa.

—¿Lo vas a hacer, Lucía?

Todas las miradas se posaron en ella. Esperaban que la timidez se impusiera, que la culpa la dominara. Pero algo en su interior había empezado a arder. Levantó la cabeza con una determinación que la transformó.

—Sí —dijo, con voz firme, casi gutural—. Lo voy a hacer. Ese hijo de puta va a ver de lo que soy capaz. Conmigo no se jode.

—Si te vas a vengar, yo también me sumo —Yara dio un paso al frente, su cuerpo imponente llenando el espacio.

—Cuantas más, mejor —Lucía la miró, y su sonrisa nerviosa se volvió decidida.

***

Lucía se puso de pie y fue Renata quien la ayudó a quitarse el vestido. Cuando quedó desnuda ante todas, se sintió hermosa. Sus pechos pequeños le daban una figura esbelta, el pubis prolijamente recortado, los abdominales apenas marcados por los meses de ejercicio. El cabello castaño le caía en ondas hasta la cintura.

Carla encendió la cámara del celular sin pedir permiso y enfocó a Lucía, radiante.

—Mirá, Dieguito, esta hermosura es tu esposa. Ya sabe lo que hiciste en la fiesta de fin de año, y ahora te va a mostrar lo que ella es capaz. Porque con ella no se jode.

Lucía sonrió con malicia y avanzó con una seguridad que no parecía suya; el alcohol la había desinhibido por completo. Se acercó a Nadia y, sin decir nada, la besó. No fue un beso tierno, sino un choque directo, lleno de furia reprimida. En cada segundo sentía cómo se quebraban las últimas barreras que le quedaban dentro.

Le bajó el cierre de la espalda y el vestido de Nadia cayó al suelo. El cuerpo de la otra era bronceado, firme, atlético. Lucía le acarició las piernas con una mano mientras con la otra le tomaba el cuello, y bajó hasta arrodillarse. Sin previo aviso, le pasó la lengua por el sexo. Nadia levantó un pie y lo apoyó en una silla para darle vía libre.

—Mirá, Dieguito, mirá cómo te chupa concha la putita de tu esposa.

A Lucía no la ofendió la palabra; al contrario, la hizo vibrar por dentro. Aceleró el ritmo. Entonces Yara se acercó con pasos firmes, las tetas redondas como una declaración de erotismo.

—Y todavía le queda otra para divertirse —siguió Carla.

Como una actriz esperando la señal, Lucía se lanzó contra el sexo de Yara y lo chupó con audacia, como quien sabe que no es su primera vez. Los jugos de ambas mujeres se mezclaron en su boca. De a poco las tres fueron bajando a la alfombra, entre besos, lamidas y caricias.

Lucía quedó tendida boca arriba. Nadia se ubicó entre sus piernas, rozando un sexo contra el otro, moviéndose con sensualidad. Yara se puso de rodillas sobre su cara y Lucía empezó a chuparla con locura, como si en cada lengüetazo clavara una aguja en el rostro de Diego.

—Mirá cómo cogen, Dieguito. ¿Sabías que a tu esposa le calientan tanto las mujeres?

Por un instante Lucía pensó que Carla se estaba excediendo. Ella no hacía esto porque le gustaran las mujeres. ¿Y si juego a ser lesbiana, aunque sea un rato?, se dijo. La idea le dio mariposas en el estómago.

—Mmm, me encanta el sexo de una mujer —dijo en voz alta, para que todas la oyeran—. Y no es la primera vez, Dieguito. Si supieras cuánto me gusta, no me dejarías tener amigas tan lindas.

Tamara, casi invisible en su rincón del sofá, observaba en silencio con el daiquiri en la mano y las piernas cruzadas con fuerza, reprimiendo la turbulencia que la invadía. Diana, en cambio, miraba todo perdida en sus pensamientos, fascinada y desconcertada a la vez, como si esas mujeres fueran de otro mundo.

Cambiaron de escena varias veces, a pedido de Carla. Renata sintió cómo se le humedecía el sexo al ver a su tímida amiga mostrando tanta seguridad, la misma que había mostrado aquella tarde en el vestuario. Volvió a meterse los dedos, y cuando su madre intentó apartarle la mano, la rechazó. No quería que nadie interrumpiera ese momento.

—Bueno, creo que ya es suficiente, ¿no? —dijo Diana al fin, irritada.

Yara detuvo el video.

—Con esto tenés material de sobra, Lu. Si después querés grabar más, seguimos.

***

El ambiente había cambiado. La fiesta seguía, pero algo en la energía del grupo se había transformado. Carla estaba sentada en un sillón, el celular en las manos, el dedo sobre la pantalla. Miró a Lucía, esperando la señal para enviar el video.

—¿Se lo mando a Diego? —preguntó, sin ocultar el brillo travieso de sus ojos.

Lucía, de pie cerca de la ventana, miró el celular y luego desvió la vista hacia afuera. El alcohol había pasado a un segundo plano y sus emociones más profundas empezaban a aclararse.

—No —respondió, con una firmeza renovada—. Esperá.

—¿Pero qué esperás? —insistió Carla, incrédula—. Se lo merece, después de todo lo que hizo.

Lucía respiró hondo. La rabia de antes se había calmado un poco; sus manos, que temblaban, ahora estaban quietas.

—Ese video podría terminar con mi matrimonio —dijo, con tristeza—. Mejor lo pienso bien. Si lo mando, no hay vuelta atrás.

Diana se acercó con una sonrisa ligera y una mirada de respeto que no esperaba sentir.

—Al menos ahora estás pensando con la cabeza. Llegaste tarde, pero algo es algo.

Carla frunció el ceño, pero guardó el celular en el bolso.

—Por ahora no lo mando —admitió, sin perder del todo la chispa—. Pero espero tu orden, Lucía. En cuanto decidas.

La fiesta siguió, aunque ya no era la misma. Las risas sonaban más sueltas, los cuerpos se movían con más libertad. Algo seguía pulsando bajo la superficie, prometiendo que la noche todavía no había terminado.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (6)

Valentina_84

excelente!! justo lo que necesitaba leer esta noche, muy picante pero con mucho feeling. Me encanto

JuanCba21

Por favor que haya segunda parte! me quede con muchas ganas de saber como sigue la protagonista despues de esa noche tan inesperada

RecuerdosVivos

Me recordó a una despedida a la que fui hace unos años... digamos que tambien terminó de forma inesperada jaja. Gran relato!

Lara_Bsas

Las despedidas de soltera son una caja de sorpresas jajajaja tremendo

VeraMendez

Bien escrito y con mucha tension desde el principio. Me gusto como fue evolucionando la situacion, se siente muy natural y creible

NocheEnBerlin

Tremendo relato. Lo que mas me gusta es como describis ese momento de duda y descubrimiento interior, se siente muy real. Sigue subiendo mas historias asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.