La cantante que entró al estudio sin avisar
Las canciones de Mariana Velarde me acompañaban desde hacía un año entero. La descubrí una madrugada cualquiera, revisando listas de reproducción al azar, y desde entonces no dejé de escucharla. Su voz tenía algo que me partía por la mitad, una crudeza que se sentía como una confesión susurrada al oído. Y su imagen acompañaba esa voz: pelo corto, brazos tatuados, esa firmeza en la mirada que yo no me animaba a tener.
Yo soy Renata. Tengo veintidós años, una sonrisa que la gente confunde con timidez y una manera de hablar que avisa lo contrario apenas abro la boca. Estudié Bellas Artes y me especialicé en animación. Pechos un poco más grandes que el promedio, caderas que aprendí a querer tarde, y un humor seco que asusta a más de uno en la primera cita.
Trabajo en un estudio chico de animación, una oficina dividida en cubículos donde casi nunca entra nadie. A mí me dieron un cuarto aparte, con dos monitores y una puerta que cierro siempre. Fui la mejor de mi promoción y mi jefe, Alfredo, lo aprovecha sin disimulo: me pasa los encargos más raros, los que nadie más quiere o nadie más puede.
Aquel miércoles llevaba once horas frente al monitor renderizando un anuncio para una marca de zapatillas. Tenía la camiseta vieja de siempre, sin sostén debajo, y el aire de la oficina estaba quieto. Cuando me trabo con algo, dejo de notar el cuerpo, el calor, las horas. Por eso, cuando Alfredo abrió la puerta sin golpear, ni siquiera levanté la vista.
—Tendrías que salir más, ¿sabes? —dijo apoyado en el marco.
—Si entras para decirme eso, puedes irte —contesté con los ojos clavados en la línea de tiempo del programa.
—Eres insoportable a veces.
—Lo lamento. Pero estoy ocupada y…
Giré la silla. La camiseta era blanca y delgada, y por la forma en que había quedado sentada los pezones se me marcaban como si no llevara nada arriba. Iba a decirle que cerrara la puerta cuando la vi: parada detrás de Alfredo, con las manos en los bolsillos de una chaqueta enorme, mirándome. Mariana Velarde. En persona. En mi oficina. Mirando exactamente lo que no convenía que mirara.
Se me secó la garganta de un solo trago.
—Como no saliste a recibirla, no te alcancé a decir quién te contrató, mocosa —dijo Alfredo con esa media sonrisa que le conozco.
—Dime de una vez qué hay que hacer y déjame trabajar —respondí, intentando que la voz no me temblara.
—Qué hospitalaria. En serio, no te echo porque eres la mejor que tengo.
Sonreí un milímetro.
—¿Y ella es…?
—Mariana. Quiere un videoclip para su próximo sencillo. Te dejo, arréglense.
Cerró la puerta. Mariana entró despacio, miró las paredes empapeladas con bocetos y se dejó caer en el sillón de dos cuerpos que tengo apoyado contra la ventana. Yo me crucé de brazos por encima del pecho fingiendo que era un gesto pensativo.
—Así que tú eres Renata —dijo, y mi nombre en su boca pesó distinto.
—La misma. Cuéntame qué tienes en la cabeza para el video.
Hablamos del tema, de la estética, de referencias. Yo tomé notas en un cuaderno y ella me observó todo el rato, cruzada de piernas, con la cabeza apoyada en una mano. En algún momento estiré el brazo hacia la botella de plástico que tengo siempre al lado del teclado y le di un trago largo. Una pausa, un suspiro.
—Eso no es agua —dijo.
Me quedé tiesa. La botella tiene la etiqueta arrancada y adentro hay vodka con un dedo de jugo de pomelo. Nadie nunca se había dado cuenta.
—¿Cómo lo sabes?
—Pásamela.
Le pasé la botella. Tomó un trago, sin sacarme los ojos de encima. Cuando me la devolvió, los dedos se nos rozaron y no fue casual.
—No te imaginaba así —dijo.
—¿Me imaginabas?
Bajó la mirada de mi cara a mi cuello y siguió bajando.
—Sí.
El monosílabo me prendió fuego. Estaba a punto de decir alguna estupidez para romper la tensión cuando se levantó del sillón, dio dos pasos y se agachó frente a mi silla. Me agarró la nuca con una mano y me besó. Sin preámbulo, sin pedir permiso, con los labios entreabiertos y la lengua tibia por el vodka. Yo le respondí como si lo hubiera ensayado mil veces.
***
Nos separamos jadeando. Ella se quedó arrodillada entre mis rodillas, mirándome.
—Vámonos a mi casa —dije con la voz rota.
—Me parece perfecto —susurró pegada a mi oreja.
Salimos casi corriendo. El estudio estaba vacío, solo se escuchaba el zumbido de las máquinas en espera. Apagué la luz de mi cuarto, agarré la chaqueta y el bolso, y bajamos las escaleras de a dos. En la calle hacía frío. Saqué un cigarrillo y lo encendí mientras pedía un taxi con la otra mano. Ella me miraba con una sonrisa que no se le borraba.
—¿Puedes ser un poco más sexy? —dijo.
—¿Por qué me derrite tu sonrisa? —le devolví, sin pensar.
—No sé. Dímelo tú.
La agarré de la mano y la metí en el callejón de servicio que hay al costado del edificio, un pasillo angosto con una luz amarilla que parpadeaba. Pensaba apoyarla yo a ella contra la pared, pero terminé yo aplastada entre los ladrillos y su cuerpo. Me besó con una urgencia que no había sentido nunca, mordiéndome el labio inferior cada vez que se separaba para respirar.
—El taxi —murmuré.
—Que espere.
El conductor tocó bocina dos veces antes de que pudiéramos despegarnos. Subimos en silencio. Le dije la dirección y me agarró la mano por debajo del asiento. No me la soltó en los veinte minutos que duró el viaje.
***
Vivo en un departamento de un ambiente del octavo piso, con una ventana grande que da al patio interno. Apenas cerré la puerta, Mariana me empujó suave contra ella y volvió a besarme. Las manos le iban por debajo de la camiseta, palmas frías contra la piel caliente de mi espalda. Cuando subieron a los pechos, se me escapó un gemido contra su boca.
Caminamos así, enredadas, hasta el cuarto. La cama estaba sin hacer, las sábanas revueltas de la siesta del fin de semana. No le di importancia. Ella me sacó la camiseta de un tirón, me desabrochó el pantalón y me lo bajó. Cuando me quedé en ropa interior, dio dos pasos hacia atrás y me miró entera, en silencio, con esa cara de chica mala que conocía de los videoclips.
—Tengo que confesarte algo —le dije.
—¿Qué?
—Es mi primera vez con una mujer.
Algo le pasó por los ojos, una ternura que duró apenas un segundo. Después volvió la sonrisa torcida.
—Entonces voy a hacer que valga la pena.
Me empujó sobre la cama y se acostó encima de mí. Empezó a dejar besos despacio, en el cuello, en la clavícula, en el centro del pecho. Me metió dos dedos en la boca y yo se los chupé sin sacarle los ojos de encima. Su mirada era la de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.
—Ahora eres mía —dijo, y bajó la mano.
Empezó por afuera, con la palma abierta sobre la tela todavía intacta. Movimientos lentos, circulares, midiendo cómo respiraba. Cuando me corrió la ropa interior y los dedos hicieron contacto directo, se me arqueó la espalda sin que pudiera evitarlo.
—Ah… Mariana…
—Aquí estoy.
Me besó otra vez, hondo, mientras los dedos entraban y salían en un ritmo que iba subiendo de a poco. Vino el primer orgasmo de golpe, casi sin aviso, y se me quedó ahogado contra su boca. Le clavé las uñas en el hombro y temblé un rato largo antes de soltarla.
—Te toca —le dije al oído.
***
La senté contra el respaldo y me trepé encima. Le saqué la camiseta y el sostén negro de a poco, besándole los hombros, el escote, el espacio entre los pechos. Cuando llegué al pantalón y empecé a desabrochárselo, le vi las cicatrices viejas que le cruzaban la parte interna del muslo. Líneas finas, paralelas, hechas hace mucho. Me quedé quieta un segundo. Después me agaché y le besé cada una, sin decir nada, sin teatralidad. Cuando levanté la cara, ella tenía los ojos cerrados y la respiración entrecortada.
—Gracias —dijo apenas.
—No me agradezcas. Vine a hacerte sentir bien.
Volví a subir, le mordí el labio, le bajé el pantalón del todo. Le pasé la lengua por la cadera, por el vientre, le bajé la ropa interior con los dientes. Empecé con la boca, despacio. Ella me agarró del pelo y empezó a guiarme. Cuando metí dos dedos y subí el ritmo, dejó de hablar y empezó a gemir mi nombre con una voz que no le había escuchado en ningún tema.
Se vino contra mi boca. Yo no me separé hasta que dejó de temblar.
—Estás riquísima —dije al subir.
Me miró sin poder hablar, recuperando el aire.
—¿Quieres que sigamos? —pregunté.
—Por favor.
Me bajé de la cama y abrí el cajón de la mesa de noche. Saqué el arnés que casi nunca uso, me lo ajusté en silencio. Cuando me di vuelta, ella ya estaba mirándome con una sonrisa nueva, mezcla de sorpresa y deseo. Volví a la cama, le abrí las piernas y entré despacio.
—Dime si quieres que pare.
—Ni se te ocurra.
Empecé lento, mirándola a los ojos. Después más fuerte. Mariana arqueó la espalda y enredó las piernas en mi cintura. Se vino por segunda vez con un gemido largo que probablemente escucharon los vecinos. Cuando paré, me empujó con suavidad para que me acostara y se subió encima de mí. Se metió ella sola en el arnés, apoyada en mis hombros, y empezó a moverse en círculos lentos, mordiéndose el labio.
—Mírame —me pidió.
La miré. Tenía el pelo pegado a la frente, los pómulos colorados, el cuello brillante. Era la imagen más obscena y más hermosa que vi en mi vida. Se vino otra vez sobre mí, encajada, con todo el cuerpo temblando.
—Ahora me toca a mí —dijo después, todavía agitada.
Me sacó el arnés con dos movimientos, se lo puso ella y me dio vuelta. Me dejó de rodillas, con el torso apoyado en el colchón. Me dio una nalgada que sonó en toda la habitación y entró despacio. Al principio me dolió y agarré las sábanas con fuerza. Después fue placer puro, un calor que me subía desde la base de la columna. Me vine así, mordiendo la almohada para no gritar.
Se sacó el arnés, lo tiró al suelo y se acostó encima de mí. Me dio vuelta de nuevo y entrelazó sus piernas con las mías. Nuestras intimidades se encontraron y empezamos a movernos a la vez, frotándonos con la respiración mezclada. El último orgasmo nos vino casi al mismo tiempo, uno encima del otro. Nos quedamos abrazadas, sudadas, sin poder hablar.
***
Me desperté a las nueve. Llovía. Mariana dormía boca abajo, con el brazo izquierdo cruzado sobre mi cintura. Me quedé un rato mirándola, contando las pecas que tenía en el hombro. Después me deslicé despacio, encontré la camiseta de ella tirada en el suelo y me la puse. Me llegaba hasta la mitad del muslo y olía a su perfume.
Fui a la cocina, encendí la cafetera y, mientras subía el agua, me asomé a la ventana. El patio interno estaba gris y el ruido de la lluvia tapaba todo lo demás.
—No me di cuenta de que llovía —dije en voz alta, para nadie.
Tomé el primer sorbo de café cuando sentí dos brazos rodearme por la cintura y un mentón apoyarse en mi hombro.
—¿Cuándo lo repetimos? —me susurró Mariana al oído.
Me reí bajito y le agarré la mano.
—Cuando quieras.
Después de esa mañana hubo más encuentros. Algunos urgentes, contra una puerta, en un baño, en el sillón del estudio cuando Alfredo se iba. Otros más lentos, con películas mediocres de fondo y desayunos largos. También hubo citas en lugares iluminados, presentaciones a amigos, una madre incómoda y una abuela que no preguntó. Hoy somos pareja. El videoclip quedó precioso. Nunca le cobré.