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Relatos Ardientes

Esa noche probé el sabor de otra mujer

Solo el filo de su tanga se interponía entre mis dedos y mi objetivo. Apenas eso. Un retal de tela que se alzaba como el último muro de una ciudad que llevaba meses soñando con conquistar.

Igual que un rato antes había pasado con sus pechos. Esas curvas que se me aparecían cada noche en los sueños más húmedos y que por fin tenía debajo de mí, reales, tibias, vivas. Bajo mi peso sentía la piel caliente de Marlene, esa piel que hasta esa noche había sido lejana como el horizonte.

De su boca había bebido la savia de la vida mezclada con el sabor del ron de caña. Y eran sus ojos, rendidos a mi insistencia, los que ahora me miraban entre el deseo y el desconcierto.

Al fin mía. Mía por una noche entera. Mía hasta saciarme de su carne, mientras pudiera hacerme cargo de su placer y del mío.

Dejé resbalar la yema del dedo por aquel perfil de satén. Insinuando más que buscando. Prometiendo más que cumpliendo. Dejándola esperando una caricia fugaz que no terminaba de llegar.

Quería hacerme de rogar tanto como ella lo había hecho en mis fantasías. Alargar el momento por mi placer y por su tortura.

Apoyé la cara en su vientre, mecida por el ritmo de su respiración alterada, mirando con ojos golosos ese cuerpo del delito que me llamaba a gritos sin abrir la boca.

Su mano se enredó en mi pelo y, despacio, insinuó el camino que quería que siguiera. Mi cuello aguantó el empujón, terco.

No, que sufra. Que lo desee más que nada en el mundo.

Jugué con el dedo hasta perderlo entre sus muslos. Rozando apenas la palpitación que escondía bajo la tela tenue. Me asomé un poco más allá, con roces breves entre carnes prietas que pedían tal vez una lengua, un mordisco, unos dientes que le marcaran la piel.

Tanto tiempo soñándola. Tantas noches gastadas en su honor, con solo la imagen de su silueta al trasluz de un vestido ligero. Y al fin la tenía ahí.

Por fin, después de meses de indirectas, de miradas que se cruzaban un segundo de más, de roces fortuitos en los pasillos de la oficina donde nos habíamos conocido.

Por fin, después de unos cuantos tragos de ese ron dulce y de un par de miradas furtivas que se le escaparon hacia mis piernas, la había conseguido.

Estaba nerviosa. Quizá la atormentaba ese deseo recién descubierto, esa parte de sí misma que nunca se había permitido nombrar. Pero se dejaba hacer.

La había visto debatirse toda la noche, en la mesa de la fiesta, entre la curiosidad y el miedo. Cómo apartaba la mirada cada vez que la sorprendía observándome. Cómo se reía demasiado fuerte de mis bromas. Cómo, al servirme el cuarto vaso de ron, dejó que sus dedos se quedaran un instante de más sobre los míos.

Yo conocía esa danza. La había bailado otras veces, con otras mujeres que tampoco se atrevían a admitir lo que querían hasta que el alcohol y la noche les soltaban la lengua y las manos. Marlene era distinta solo en una cosa: a ella la deseaba de verdad, no por capricho.

—Tranquila —le susurré contra el ombligo—. No tenemos prisa.

—No sé si sé hacer esto —dijo ella, y la voz le tembló.

—No tienes que saber nada. Solo deja de pensar.

Mi lengua en su boca había firmado el consentimiento y la sentencia de las horas que venían. Con suavidad, sin apuro, tiré de las diminutas cintas de sus caderas. Bajé la prenda muslos abajo y destapé el pozo del deseo sin tirar moneda dentro.

Solo mi mirada lo recorría, sedienta, sí, pero calma. Mis manos separaron la carne lo justo para descubrir lo que escondía. Tragué saliva al presentir lo que venía.

Ahora eran sus dos manos las que me apremiaban a tomar mi premio.

—Espera, cielo. Tranquila.

La dejé manosearme las caderas mientras tanto. Sus manos casi alcanzaban mi parte baja, avariciosas, apretando mis curvas mientras gemía sin pudor. Mis labios le rozaron la piel, y detrás de ellos fue la lengua. El terciopelo de su monte se preparaba para la caricia.

Levanté la pierna lo justo para pasarla sobre su cara y mostrarle mi secreto. Ahí lo tenía, a unos centímetros de su boca. Pero no todavía.

Solo le permití mirarlo. Solo la dejé ahogarse en su propia saliva, de pura gula. Mis muslos a los lados de su cara le señalaban el camino que aún no la dejaba tomar.

Alcancé el inicio de su sexo. El perfume de hembra en celo se me prendió de la garganta. Fue la punta de mi lengua la que la rozó primero. Sus muslos hicieron el intento de cerrarse. No se lo permití.

Avancé en la caricia y descubrí su sabor. No, no sabía a ron como su boca. Me evocaba un golpe de mar. Aguanté la respiración antes de hundirme en sus olas.

Noté un temblor, una queja ahogada, un respingo. Mis manos se adueñaron de sus redondeces traseras y ahora era yo la que se ahogaba entre tanta carne.

Lamí sabiendo lo que le provocaba. Sus dedos se hundían entre mis piernas, queriendo hacerme sentir a mí también.

Bajé las caderas.

—Ahí lo tienes, a tu alcance —le dije, sin aire—. Sé que es tu primera vez. No lo pienses tanto.

Prueba mi sabor de hembra. Llévalo a tu garganta y más allá. Saborea el fruto de tus propias provocaciones. Devórame como yo pretendo hacer contigo.

Ya sin prejuicios, sin tapujos, sin frenar la prisa. Su nudo perfecto se amoldó a mi lengua, duro, libidinoso, necesitado. Lo hice rodar entre mis labios. Lo perdí entre sus pliegues para reencontrarlo. Bebí su licor hasta sentir sus temblores golpearme las mejillas.

Mis muslos hacían otro tanto en los suyos.

La dejé hacer y me tragué un suspiro. No podía permitirle saber las ganas que tenía de correrme en su boca, contra su boca.

Gemía, y con cada gemido me hacía temblar entera. Palpitaba entre mis dedos y mis labios. Se estremecía apurando el momento.

Ahora sí. Ahora la tengo.

Hundí la boca todavía más. Apreté su carne con saña. Palpé cada centímetro a mi alcance mientras sus pechos se me clavaban en el vientre. Un duelo de alfileres que eran nuestros pezones, rozándose sin terminar de hincarse.

También yo lo sentía. Sus muslos me apretaban, el aire no me llegaba. Y, sin embargo, sí me llegaban los temblores que nos agitaban hasta perder el sentido del tiempo.

Rodamos por la cama, cuerpo a cuerpo, boca a sexo, pecho a pecho. Lamentamos el final mientras nos despegábamos, jadeando.

Marlene me miró desde la oscuridad de sus ojos.

—Tú también me deseabas hace tiempo —le dije—. Solo que no tenías el coraje para hacerlo.

Ella asintió, despacio, como quien admite algo que llevaba años negándose.

Fue el ron de caña. Fue el deseo reprimido. Quizá mis efluvios dejaron huella en su olfato, o en sus senos, o en alguna parte de ella que ya no sabría volver a ignorar. Ahora ya no importaba.

***

Reclinó la cabeza en mi pecho. Yo quería volver a ver el cuerpo que acababa de saborear. Le dejaría recuperar el aliento antes de intentarlo de nuevo.

Un trago de ron, un brindis mudo al techo y otra vez su carne al aire. Otra vez su boca a mi alcance, otra vez su sexo abierto. Y el mío a la par.

—Tu boca va a quedar saciada de nuevo —le prometí—. No te muevas.

Nuestros cuerpos reaccionaron solos. Nuestros pechos se rozaron en una danza de lujuria. Amordacé su boca con la mía mientras le apretaba las caderas. Me devolvió el beso con más hambre que antes.

Tomó la iniciativa. Se atrevió a lamer mis pezones. Fue mi propia mano la que se los acercó a los labios hambrientos. Gemí solo para mí.

El rastro de su saliva bajando por mi vientre fue lo último que vi antes de cerrar los ojos y hundirme en mis propios sentidos.

La sentí llegar. Su lengua caliente ya había aprendido cómo hacerlo. Adelanté las caderas. Abrí las piernas. Tenía el camino libre.

Se hundió entre mis labios con el hambre de quien ha esperado una vida. Con el ansia de la poseída. Sí, poseída por su propio descubrimiento.

Nunca más será igual. Nunca volverá a ser lo mismo un cuerpo de mujer y el de un hombre cualquiera. Ahora ya lo sabe.

Saboreaba mi sexo con ganas. Me hacía estremecer. Me faltaba el aire. Apreté mis senos para aumentar el placer. La apreté entre mis muslos. Cómo lamentaba no haberla encontrado antes.

De aquellas noches de amor en soledad solo iba a quedar el recuerdo.

La apremié, la apuré, me dejé llevar. Me hundí en una oscuridad llena de destellos mientras me convulsionaba contra su cara.

Cuando abrí los ojos, una copa de ron de caña los llenó por entero. Un trago largo y el negro de sus ojos mirándome desde el silencio.

Quería ver el amanecer entre las cumbres de sus pechos. Bajar a sus barrancos, llegar a su manantial. Darle de beber como quien mima un sueño. Escuchar sus gemidos, pellizcar su carne para confirmar que era cierto.

Quería calmar el hambre de mujer que tenía de ella mientras apurábamos la botella de ron y echábamos el resto. Clavarle los dientes en los labios, marearme por las curvas de su cuerpo.

Quería lamerla entera, conocer sus secretos. Palpar su alma en lo más hondo de su cuerpo. Amarla hasta que nos dolieran los huesos.

Piel a piel, labio a labio, pecho a pecho. Y la noche, todavía, apenas empezaba.

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Comentarios (6)

lectora_noc

excelente relato!! no lo pude soltar hasta el final

Susi_lectora

Que relato tan sensible y apasionado. Se siente muy real, sin ser burdo. Gracias por compartirlo!

CarmenD

Por favor escribi una segunda parte, no puede quedar asi!! Quede con ganas de mas

CristinaN

De los mejores de la categoria ultimamente, muy bien construido

SebasRio22

Como me puse leyendo esto jaja, increible. Muy buen trabajo

Lore_noche

Me recordó algo que me pasó hace unos años y nunca olvidé. Gracias por narrarlo con tanta sinceridad

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