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Relatos Ardientes

La comercial que llamó a mi puerta esa tarde

Eran casi las siete de la tarde cuando volví de hacer la compra. Dejé las bolsas en la cocina, me quité los zapatos y me metí en la ducha sin prisa, como hago siempre los días que tengo la casa para mí sola. Después me planté delante del espejo del dormitorio a desmaquillarme, desnuda, con el pelo todavía húmedo cayéndome sobre los hombros.

Me gusta mirarme. No por vanidad, o no solo por eso. Me gusta comprobar que el tiempo ha sido amable conmigo. Las piernas firmes, las caderas justas, los pechos grandes que siguen aguantando bien el tipo. La media melena rubia, los ojos verdes que mi marido decía que parecían dos aceitunas cuando me enfadaba. De él ya no queda nada en esta casa salvo el silencio, y el silencio, a veces, también se disfruta.

Estaba pasándome el algodón por los párpados cuando sonó el timbre.

Vivo sola y no esperaba a nadie. Un vendedor, seguro, pensé, dispuesta a no abrir. Pero la curiosidad pudo más. Me eché una bata fina por encima, me la até de cualquier manera y fui a la puerta descalza, dejando huellas húmedas en el parqué.

Era una chica joven, no más de veinticinco años. Alta, delgada, con un traje de chaqueta y falda azul marino que parecía recién estrenado. Unas gafas de montura fina le daban un aire entre tímido e inteligente, y llevaba una carpeta apretada contra el pecho como si fuera un escudo.

—Buenas tardes —dijo, recitando de carrerilla—. Me llamo Daniela y vengo a ofrecerle una rebaja en la factura de la luz.

Mi primera intención fue decirle que no me interesaba y cerrar. Lo tenía en la punta de la lengua. Pero algo en cómo me miró, o en cómo apartó la mirada en cuanto se dio cuenta de que iba en bata, me hizo cambiar de idea.

—Pasa, anda —le dije—. Que aquí en el rellano hace fresco.

La llevé al salón. Le señalé una silla junto a la mesa y yo me senté a su lado, no enfrente, lo bastante cerca para notar el perfume discreto que llevaba. Daniela abrió la carpeta y empezó a sacar folletos con gráficos de colores.

—Bueno —dije, interrumpiéndola antes de que arrancara—, todavía no me has dejado decirte cómo me llamo.

—Perdón —se rió, nerviosa—. ¿Cómo se llama?

—Carmen. Y trátame de tú, que no soy tan vieja.

—Carmen —repitió, como si comprobara que el nombre le encajaba—. ¿Cuánto pagas al mes de luz, Carmen?

—Unos sesenta euros. Una barbaridad, para lo poco que tengo enchufado.

—Es muchísimo —dijo ella, animándose—. Con nosotros pagarías la mitad.

***

Empezó a contarme las maravillas de su compañía. Yo asentía y la escuchaba a medias, porque me había distraído otra cosa. Daniela se estaba poniendo nerviosa, y no por los nervios normales de quien vende puerta a puerta. Cada dos por tres se le iban los ojos hacia abajo, hacia el hueco de mi bata, y volvían a subir a toda prisa, como un niño al que pillan robando del frutero.

Tardé poco en entenderlo. Al sentarme, la bata se me había abierto y dejaba a la vista buena parte del escote. Ella intentaba mirar los folletos, mirarme a la cara, mirar la pared, cualquier cosa menos lo que de verdad quería mirar. Y fracasaba una y otra vez.

—Perdona —dijo, tropezándose con sus propias palabras—. Quería decir un cuatro por ciento, no cuatrocientos.

—Ya me lo imaginaba, Daniela.

Se le encendieron las mejillas.

—No sé qué me pasa hoy —murmuró.

—No pasa nada. Habrás tenido un día largo.

Me gustaba el efecto que provocaba en ella. Me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Hacía mucho que no sentía esa clase de poder, el de descolocar a alguien solo con estar quieta, y decidí que no tenía ninguna prisa por que se marchara.

Sin que pareciera buscado, me llevé la mano al cinturón de la bata y lo aflojé un poco. Separé las dos solapas apenas unos centímetros. Lo justo para que el escote se ensanchara, para que asomara la curva de un muslo. El cambio en Daniela fue inmediato. Tragó saliva, perdió el hilo de la frase y tuvo que buscarlo en el folleto.

—¿Puedes repetirme lo de la tarifa de noche? —le pedí con voz inocente—. No lo he pillado bien.

—Claro —dijo—. Es que si pones un electrodoméstico a partir de las…

—Ese gráfico no lo veo bien —la corté, inclinándome hacia ella—. ¿Te importa si me acerco?

—No, no, claro que no.

Me incliné despacio sobre la mesa, fingiendo estudiar la página. Uno de mis pechos quedó a la altura de su cara, separado de sus labios por la tela fina de la bata y por nada más. Daniela se quedó petrificada. La oía respirar, corto y rápido, y noté el calor que despedía su piel. Estaba conteniéndose con todas sus fuerzas, las manos crispadas sobre la carpeta.

—El ocho por ciento —dije, irguiéndome de golpe—. Ya lo he visto bien.

Aparté el pecho de su cara y ella parpadeó, desorientada, como quien sale de debajo del agua.

—Es un ocho por ciento menos, ¿verdad?

—Sí… —balbuceó—. Sí, un ocho por ciento menos con nuestra tarifa.

***

Le sonreí y dejé que volviera a sus papeles. Mientras ella intentaba reorganizar las ideas, yo terminé de desabrochar el cinturón del todo, como sin darme cuenta. La bata se abrió por completo. Mis pechos quedaron casi al descubierto y poco faltaba para que se viera todo lo demás.

—¡Vaya, se me ha soltado el cinturón! —dije, levantándome—. Voy a por otra bata.

—Bueno… —Eso fue todo lo que consiguió articular.

No me moví hacia la habitación. Me quedé de pie delante de ella, mostrándome entera, sin ninguna intención de taparme.

—Total, somos dos mujeres adultas —dije, encogiéndome de hombros—. No creo que tenga nada que no hayas visto antes. Sigue con tu explicación, anda.

—El ochocientos… digo el ocho, no el dieciocho… —Daniela ya no acertaba a decir nada con sentido.

—¿Te pongo nerviosa? —le pregunté.

Levantó la vista. Por primera vez en toda la tarde no la apartó. Se quedó mirándome a los ojos, con las gafas un poco caídas y el pecho subiendo y bajando.

—Sí —dijo, en un hilo de voz—. Mucho.

Esa única palabra valió más que toda su oferta. Me acerqué, despacio, y le quité la carpeta de las manos. La dejé sobre la mesa, encima de los gráficos de colores que ya no le importaban a ninguna de las dos. Ella no se resistió. Dejó que le retirara las manos vacías y las posara sobre sus propias rodillas.

—Quítate las gafas —le dije.

Obedeció. Sin la montura parecía aún más joven, más expuesta. Le tomé la barbilla con dos dedos y le incliné la cara hacia arriba.

—Si quieres irte, te vas —le dije—. La puerta está ahí y no voy a enfadarme. Pero si te quedas, dejamos de hablar de la luz.

Daniela tragó saliva. Levantó una mano, dudó en el aire un segundo y la apoyó por fin en mi cadera, sobre la piel desnuda. La tenía fría y le temblaba un poco.

—Me quedo —susurró.

***

Me senté a horcajadas sobre ella, en la misma silla, y la bata terminó de resbalar hasta el suelo. Daniela me miraba como si no terminara de creerse lo que estaba pasando, y esa mezcla de deseo y susto me encendió más que cualquier caricia. La besé despacio, dándole tiempo, y ella respondió torpe al principio y con hambre después, agarrándome la espalda, hundiendo los dedos en mi pelo todavía húmedo.

Le desabroché la chaqueta del traje y la dejé caer por los hombros. Debajo llevaba una blusa de seda que olía a ella, y debajo de la blusa un cuerpo firme y nervioso que se estremecía con cada roce. Le besé el cuello, el hueco de la clavícula, y noté cómo se le erizaba la piel.

—Nunca había… —empezó a decir.

—¿Con una mujer? —terminé yo.

Negó con la cabeza, mordiéndose el labio.

—No tengas prisa —le dije al oído—. Esta tarde no se acaba hasta que yo lo diga.

La llevé de la mano hasta el sofá y la tumbé sobre los cojines. Le solté los botones de la blusa uno a uno, sin acelerarme, disfrutando de cómo contenía el aliento entre cada uno. Le bajé el sujetador y le besé los pechos pequeños, los pezones duros, y Daniela arqueó la espalda y dejó escapar el primer sonido de verdad de toda la tarde, uno que ya no intentó disimular.

Le subí la falda azul hasta la cintura. Le besé el interior de los muslos, primero uno, después el otro, subiendo despacio mientras ella me clavaba los dedos en el hombro. Cuando aparté la última prenda y la toqué por fin, estaba tan mojada que noté el calor antes de rozarla siquiera.

—Por favor —pidió, y no había nada profesional en su voz.

Bajé la cabeza entre sus piernas y la probé sin prisa. Ella se agarró al respaldo del sofá, echó la cabeza hacia atrás y empezó a moverse contra mi boca, primero con vergüenza y enseguida sin ninguna. La conocí con la lengua, con los labios, atenta a cada temblor, leyendo en su respiración lo que le gustaba y lo que la volvía loca. Cada vez que paraba un segundo, ella protestaba con un gemido y empujaba las caderas buscándome.

—No pares —jadeó—. Por favor, no pares.

No paré. La sentí tensarse entera, las piernas cerrándose sobre mis hombros, los dedos enredados en mi pelo tirando casi con rabia. Cuando se corrió lo hizo con un grito ronco que llenó el salón, sacudiéndose contra mi boca hasta que se quedó floja, deshecha sobre los cojines, con la blusa abierta y la falda revuelta y una expresión de no saber dónde estaba.

***

Subí a tumbarme a su lado. Le aparté un mechón de la cara sudada y ella se rió, una risa pequeña, incrédula.

—Me da que no he vendido la tarifa —dijo.

—Me da que no —le respondí—. Pero firmaría lo que sea con tal de que vuelvas el mes que viene a explicármela otra vez.

Se mordió el labio, esa costumbre suya, y esta vez no apartó la mirada.

—Todavía me quedan unos minutos antes del siguiente portal —dijo, deslizando una mano por mi vientre—. Si te parece, los aprovechamos.

Y vaya si los aprovechamos.

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