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Relatos Ardientes

La comercial que llamó a mi puerta esa tarde

Eran casi las siete de la tarde cuando volví de hacer la compra. Dejé las bolsas en la cocina, me quité los zapatos y me metí en la ducha sin prisa, como hago siempre los días que tengo la casa para mí sola. Después me planté delante del espejo del dormitorio a desmaquillarme, desnuda, con el pelo todavía húmedo cayéndome sobre los hombros.

Me gusta mirarme. No por vanidad, o no solo por eso. Me gusta comprobar que el tiempo ha sido amable conmigo. Las piernas firmes, las caderas justas, las tetas grandes que siguen aguantando bien el tipo, con los pezones rosados y todavía respondones cuando el aire fresco los roza. La media melena rubia, los ojos verdes que mi marido decía que parecían dos aceitunas cuando me enfadaba. De él ya no queda nada en esta casa salvo el silencio, y el silencio, a veces, también se disfruta. Me pasé la mano por el pubis recién depilado, comprobando la suavidad, y se me escapó una sonrisa. Hacía semanas que nadie más que yo se ocupaba de ese coño, y empezaba a echar de menos otra boca, otros dedos.

Estaba pasándome el algodón por los párpados cuando sonó el timbre.

Vivo sola y no esperaba a nadie. Un vendedor, seguro, pensé, dispuesta a no abrir. Pero la curiosidad pudo más. Me eché una bata fina por encima, me la até de cualquier manera y fui a la puerta descalza, dejando huellas húmedas en el parqué.

Era una chica joven, no más de veinticinco años. Alta, delgada, con un traje de chaqueta y falda azul marino que parecía recién estrenado. Unas gafas de montura fina le daban un aire entre tímido e inteligente, y llevaba una carpeta apretada contra el pecho como si fuera un escudo.

—Buenas tardes —dijo, recitando de carrerilla—. Me llamo Daniela y vengo a ofrecerle una rebaja en la factura de la luz.

Mi primera intención fue decirle que no me interesaba y cerrar. Lo tenía en la punta de la lengua. Pero algo en cómo me miró, o en cómo apartó la mirada en cuanto se dio cuenta de que iba en bata, me hizo cambiar de idea.

—Pasa, anda —le dije—. Que aquí en el rellano hace fresco.

La llevé al salón. Le señalé una silla junto a la mesa y yo me senté a su lado, no enfrente, lo bastante cerca para notar el perfume discreto que llevaba. Daniela abrió la carpeta y empezó a sacar folletos con gráficos de colores.

—Bueno —dije, interrumpiéndola antes de que arrancara—, todavía no me has dejado decirte cómo me llamo.

—Perdón —se rió, nerviosa—. ¿Cómo se llama?

—Carmen. Y trátame de tú, que no soy tan vieja.

—Carmen —repitió, como si comprobara que el nombre le encajaba—. ¿Cuánto pagas al mes de luz, Carmen?

—Unos sesenta euros. Una barbaridad, para lo poco que tengo enchufado.

—Es muchísimo —dijo ella, animándose—. Con nosotros pagarías la mitad.

***

Empezó a contarme las maravillas de su compañía. Yo asentía y la escuchaba a medias, porque me había distraído otra cosa. Daniela se estaba poniendo nerviosa, y no por los nervios normales de quien vende puerta a puerta. Cada dos por tres se le iban los ojos hacia abajo, hacia el hueco de mi bata, y volvían a subir a toda prisa, como un niño al que pillan robando del frutero.

Tardé poco en entenderlo. Al sentarme, la bata se me había abierto y dejaba a la vista buena parte del escote. Ella intentaba mirar los folletos, mirarme a la cara, mirar la pared, cualquier cosa menos lo que de verdad quería mirar. Y fracasaba una y otra vez.

—Perdona —dijo, tropezándose con sus propias palabras—. Quería decir un cuatro por ciento, no cuatrocientos.

—Ya me lo imaginaba, Daniela.

Se le encendieron las mejillas.

—No sé qué me pasa hoy —murmuró.

—No pasa nada. Habrás tenido un día largo.

Me gustaba el efecto que provocaba en ella. Me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Hacía mucho que no sentía esa clase de poder, el de descolocar a alguien solo con estar quieta, y decidí que no tenía ninguna prisa por que se marchara.

Sin que pareciera buscado, me llevé la mano al cinturón de la bata y lo aflojé un poco. Separé las dos solapas apenas unos centímetros. Lo justo para que el escote se ensanchara, para que asomara la curva de un muslo. El cambio en Daniela fue inmediato. Tragó saliva, perdió el hilo de la frase y tuvo que buscarlo en el folleto.

—¿Puedes repetirme lo de la tarifa de noche? —le pedí con voz inocente—. No lo he pillado bien.

—Claro —dijo—. Es que si pones un electrodoméstico a partir de las…

—Ese gráfico no lo veo bien —la corté, inclinándome hacia ella—. ¿Te importa si me acerco?

—No, no, claro que no.

Me incliné despacio sobre la mesa, fingiendo estudiar la página. Una de mis tetas quedó a la altura de su cara, separada de sus labios por la tela fina de la bata y por nada más. El pezón, ya duro por el juego, marcaba la seda. Daniela se quedó petrificada. La oía respirar, corto y rápido, y noté el calor que despedía su piel. Estaba conteniéndose con todas sus fuerzas, las manos crispadas sobre la carpeta.

—El ocho por ciento —dije, irguiéndome de golpe—. Ya lo he visto bien.

Aparté la teta de su cara y ella parpadeó, desorientada, como quien sale de debajo del agua.

—Es un ocho por ciento menos, ¿verdad?

—Sí… —balbuceó—. Sí, un ocho por ciento menos con nuestra tarifa.

***

Le sonreí y dejé que volviera a sus papeles. Mientras ella intentaba reorganizar las ideas, yo terminé de desabrochar el cinturón del todo, como sin darme cuenta. La bata se abrió por completo. Mis tetas quedaron al aire y el coño depilado a la vista, brillando ya de lo mojada que me tenía tanto jueguito.

—¡Vaya, se me ha soltado el cinturón! —dije, levantándome—. Voy a por otra bata.

—Bueno… —Eso fue todo lo que consiguió articular.

No me moví hacia la habitación. Me quedé de pie delante de ella, mostrándome entera, sin ninguna intención de taparme.

—Total, somos dos mujeres adultas —dije, encogiéndome de hombros—. No creo que tenga nada que no hayas visto antes. Sigue con tu explicación, anda.

—El ochocientos… digo el ocho, no el dieciocho… —Daniela ya no acertaba a decir nada con sentido.

—¿Te pongo nerviosa? —le pregunté.

Levantó la vista. Por primera vez en toda la tarde no la apartó. Se quedó mirándome a los ojos, con las gafas un poco caídas y el pecho subiendo y bajando.

—Sí —dijo, en un hilo de voz—. Mucho.

Esa única palabra valió más que toda su oferta. Me acerqué, despacio, y le quité la carpeta de las manos. La dejé sobre la mesa, encima de los gráficos de colores que ya no le importaban a ninguna de las dos. Ella no se resistió. Dejó que le retirara las manos vacías y las posara sobre sus propias rodillas.

—Quítate las gafas —le dije.

Obedeció. Sin la montura parecía aún más joven, más expuesta. Le tomé la barbilla con dos dedos y le incliné la cara hacia arriba.

—Si quieres irte, te vas —le dije—. La puerta está ahí y no voy a enfadarme. Pero si te quedas, dejamos de hablar de la luz y me comes el coño.

Daniela tragó saliva. Levantó una mano, dudó en el aire un segundo y la apoyó por fin en mi cadera, sobre la piel desnuda. La tenía fría y le temblaba un poco. Fue subiéndola, muy despacio, hasta que los dedos rozaron la curva de una teta y se detuvieron ahí, como si le pidieran permiso.

—Me quedo —susurró.

***

Me senté a horcajadas sobre ella, en la misma silla, y la bata terminó de resbalar hasta el suelo. Daniela me miraba como si no terminara de creerse lo que estaba pasando, y esa mezcla de deseo y susto me encendió más que cualquier caricia. La besé despacio, dándole tiempo, y ella respondió torpe al principio y con hambre después, agarrándome la espalda, hundiendo los dedos en mi pelo todavía húmedo. Le cogí la mano derecha y me la llevé directa a una teta. Se la cerré yo misma sobre la carne, apretándole los dedos contra el pezón para que entendiera que ahí no había que pedir permiso.

—Apriétamela —le susurré contra la boca—. Fuerte. No soy de porcelana.

Obedeció. Al principio con miedo, luego cada vez más suelta, amasándome las tetas con las dos manos, pellizcándome los pezones hasta arrancarme un gemido. Yo me frotaba contra sus muslos, sintiendo la tela áspera de la falda contra el coño empapado, marcándole una mancha oscura en el azul marino que ya no iba a salir con ningún tinte.

Le desabroché la chaqueta del traje y la dejé caer por los hombros. Debajo llevaba una blusa de seda que olía a ella, y debajo de la blusa un cuerpo firme y nervioso que se estremecía con cada roce. Le besé el cuello, el hueco de la clavícula, y noté cómo se le erizaba la piel.

—Nunca había… —empezó a decir.

—¿Follado con una mujer? —terminé yo.

Negó con la cabeza, mordiéndose el labio.

—No tengas prisa —le dije al oído—. Esta tarde no se acaba hasta que yo me haya corrido en tu boca y tú te hayas corrido en la mía. Por lo menos.

Se le escapó un jadeo, como si oírmelo decir así, sin ningún rodeo, ya la hiciera temblar. Le cogí la mano libre y me la bajé al coño. Le abrí los dedos y me los pasé por los labios mojados, para que sintiera de primera mano lo que me había hecho.

—¿Notas cómo estoy? —le dije—. Así me tienes desde que te has sentado.

—Dios mío —murmuró—. Estás empapada.

—Chupa —le ordené, subiéndole los dedos brillantes hasta la boca—. Quiero que sepas a qué sabe lo que vas a comerte ahora.

Los abrió sin dudar y se los chupó despacio, mirándome a los ojos, y por su cara pasó algo que ya no tenía nada de tímido. Era hambre pura. La bendita hambre de quien acaba de descubrir de qué tiene ganas de verdad.

La cogí del pelo, la levanté de la silla y la llevé de la mano hasta el sofá. La tumbé sobre los cojines y me puse encima de ella, desnuda, dejándole caer las tetas en la cara. Le solté los botones de la blusa uno a uno, sin acelerarme, disfrutando de cómo contenía el aliento entre cada uno. Le bajé el sujetador de un tirón y le besé los pechos pequeños, los pezones duros y rosados, y se los mordisqueé hasta que Daniela arqueó la espalda y dejó escapar el primer gemido de verdad de toda la tarde, uno que ya no intentó disimular.

—Chúpame las tetas —le dije, ofreciéndoselas—. A ver si aprendes.

Abrió la boca y se tragó un pezón entero, tirando de él con los labios, pasándole la lengua alrededor como si llevara años esperando hacerlo. Yo se lo hundí más, cogiéndole la nuca, sintiendo cómo su lengua caliente me recorría la piel. Cambié al otro y ella hizo lo mismo, cada vez con más ganas, cada vez menos torpe.

Le subí la falda azul hasta la cintura. Debajo llevaba unas bragas blancas de algodón que ya no eran blancas del todo, con una mancha oscura y grande justo en el centro. Le pasé un dedo por encima de la tela y noté el calor y la humedad que traspasaba.

—Mira cómo me has puesto las bragas —protestó, entre risa y gemido.

—Es lo que tienen las bragas —le dije—, que se quitan.

Se las bajé por las piernas y las tiré al suelo. Le abrí los muslos con las dos manos, sin ninguna delicadeza, y me tomé un segundo para mirarle el coño. Era rosado, con un poco de vello rubio bien recortado, los labios hinchados y brillantes de lo mojada que estaba. Le besé el interior de los muslos, primero uno, después el otro, subiendo despacio mientras ella me clavaba los dedos en el hombro. Cuando llegué arriba, en lugar de tocarla, soplé.

—Cabrona —jadeó, y ella misma se sorprendió del taco.

Me reí contra su piel y bajé por fin la cabeza. La abrí con dos dedos y le pasé la lengua entera, de abajo arriba, lenta, deteniéndome un segundo justo sobre el clítoris. Daniela pegó un grito y se agarró al respaldo del sofá con las dos manos.

—Por favor —pidió, y no había nada profesional en su voz.

La probé sin prisa. Ella echó la cabeza hacia atrás y empezó a moverse contra mi boca, primero con vergüenza y enseguida sin ninguna. La conocí con la lengua, con los labios, chupándole el clítoris hasta hacerla temblar, dejándolo un instante para bajar y meterle la lengua dentro, follándomela así, con la nariz apretada contra su hueso mientras ella se retorcía. Le subí una mano y le metí primero un dedo, después dos, curvándolos hacia arriba, buscándole ese punto que la volvió loca en cuanto lo toqué.

—Ahí —jadeó—, ahí, no te vayas de ahí.

Se lo trabajé con los dedos mientras seguía chupándole el clítoris, atenta a cada temblor, leyendo en su respiración lo que le gustaba y lo que la volvía loca. Cada vez que paraba un segundo, ella protestaba con un gemido y empujaba las caderas buscándome la boca.

—No pares —jadeó—. Por favor, no pares, me voy a correr, me voy a…

No paré. Aceleré los dedos dentro, cerré los labios sobre el clítoris y chupé con ganas. La sentí tensarse entera, las piernas cerrándose sobre mis hombros, los dedos enredados en mi pelo tirando casi con rabia. Cuando se corrió lo hizo con un grito ronco que llenó el salón, sacudiéndose contra mi boca, apretándome los dedos por dentro con unos espasmos que me hicieron sonreír contra su coño. Le seguí chupando despacio hasta que se quedó floja, deshecha sobre los cojines, con la blusa abierta y la falda revuelta y una expresión de no saber dónde estaba.

Le saqué los dedos empapados y me los llevé a la boca sin quitarle los ojos de encima. Ella me miró, todavía jadeando, y se le escapó otro estremecimiento solo de verme.

—Ahora tú —le dije, subiéndome por su cuerpo.

No le di tiempo a contestar. Le puse las rodillas a cada lado de la cabeza y le bajé el coño hasta la boca, sujetándome al respaldo del sofá. Daniela abrió los labios por instinto y me recibió con una lengua torpe, curiosa, que enseguida encontró el ritmo. Yo me apoyé sobre ella, empecé a moverme despacio, enseñándole con las caderas dónde quería sentirla.

—Así —le dije, mirándola desde arriba—. La lengua plana. Ahí. Ahí, joder.

Aprendía rápido. Al minuto ya me tenía temblando, con las tetas colgando sobre su cara y una mano suya apretándome el culo, guiándome contra su boca. La otra me buscó por delante y dos dedos me entraron sin resistencia, hasta el fondo. Se me escapó un gemido largo. Empecé a cabalgarle la cara sin ninguna vergüenza, frotándole el clítoris contra la lengua, echándome hacia atrás para que los dedos me tocaran por dentro. La miré: tenía los ojos cerrados, los labios brillantes de mí, la mejilla mojada. Estaba en otro sitio.

—Voy a correrme en tu boca —le avisé—. Trágatelo todo.

Me apoyé en el respaldo, cerré los muslos alrededor de su cara y me solté. Me corrí con una sacudida que me subió desde el coño hasta la nuca, empujando contra su lengua, sintiendo cómo Daniela seguía chupándome sin miedo, tragando lo que le caía. Cuando me pasó lo peor me dejé caer a un lado, sin fuerzas, con la piel entera vibrándome todavía.

***

Subí a tumbarme a su lado. Le aparté un mechón de la cara sudada, le limpié con el pulgar el brillo que le había quedado en la barbilla y ella se rió, una risa pequeña, incrédula.

—Me da que no he vendido la tarifa —dijo.

—Me da que no —le respondí—. Pero firmaría lo que sea con tal de que vuelvas el mes que viene a explicármela otra vez.

Se mordió el labio, esa costumbre suya, y esta vez no apartó la mirada. Bajó los ojos hacia mis tetas, todavía marcadas por sus dedos, y sonrió como quien no se cree su suerte.

—Todavía me quedan unos minutos antes del siguiente portal —dijo, deslizando una mano por mi vientre, sin detenerse hasta encontrarme otra vez entre las piernas—. Si te parece, los aprovechamos.

Y vaya si los aprovechamos.

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Comentarios(9)

Luna_V

tremendo!!! me dejo sin palabras

Carmela_noc

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

CuriosaLect

Me gusto como se construye la tension desde el principio, sin apurarse. Se nota que saben escribir!

PatriciaRnz

jajaja la escena de la puerta me mato, tremendo comienzo para un relato

Silvia_84

excelente, se hizo corto pero valió cada linea

NocheEstrella

¿habrá continuación? me quede con ganas de saber que paso despues

Celeste_Mdp

Lo lei de un tiron. Me recordo a esas situaciones donde sabes que algo va a pasar y no sabes bien cuando. Muy bien escrito.

SolyteMar

Buenisimo el relato, sigan escribiendo asi

Vero_1983

Que intenso, ojala hubiera mas historias de este tipo. Saludos!

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