La librera le ordenó arrodillarse a medianoche
Marina llevaba todo el día acumulando motivos para odiar su vida. Una reunión que se estiró hasta volverse humillación, un jefe que pronunciaba su nombre como si le costara recordarlo, un tren perdido por treinta segundos exactos. Cuando salió de la oficina ya era de noche cerrada y no le quedaban ganas de volver al departamento vacío.
Así que caminó. Sin rumbo, dejando que las calles la arrastraran lejos del centro, hacia un barrio de adoquines flojos y faroles que parpadeaban como si dudaran de seguir encendidos. No conocía esa zona. Tampoco le importaba perderse; perderse era, esa madrugada, lo único que se parecía a un alivio.
Fue entonces cuando vio la luz.
Una librería estrecha, de fachada angosta, con las luces encendidas pasada la medianoche. En el cristal, pintado a mano con letras doradas, un nombre: Index Nocturno. Y debajo, en cursiva más pequeña, una promesa: «Abierto cuando el resto del mundo duerme».
Marina se quedó mirando el escaparate más tiempo del razonable. Había algo en esa luz amarilla, tibia, que la llamaba sin palabras. Después, casi sin decidirlo, empujó la puerta.
***
Dentro, el aire era denso. Olía a papel viejo, a cera derretida y a algo más difícil de nombrar, una humedad tibia que se le metió debajo de la ropa. Las estanterías subían hasta un techo que la penumbra ocultaba, y entre ellas la luz caía en charcos dorados, dejando el resto en sombra.
Avanzó un paso, después otro. Los lomos de los libros la rodeaban como un público mudo: títulos en idiomas que no reconocía, encuadernaciones gastadas, alguna cubierta de tela descolorida por los años. Pasó un dedo por uno de los estantes y lo retiró cubierto de un polvo fino, casi tibio.
No había nadie en el mostrador. Por un momento pensó que el local estaba abierto por descuido, que se había colado en el silencio de otra persona.
—Cierra la puerta —dijo una voz desde el fondo—. Aquí los finales se leen en silencio.
Marina obedeció antes de pensarlo. El pestillo hizo un chasquido seco, y de pronto el ruido de la calle dejó de existir.
La mujer estaba sentada en un sillón de terciopelo color vino, al fondo del local, con un libro abierto sobre las piernas cruzadas. Cuarenta y tantos, el pelo recogido con un descuido demasiado perfecto para ser casual, unas gafas finas colgando de una cadena. No se levantó. No sonrió. Solo la miró de arriba abajo, despacio, con la paciencia de quien ya conoce el final de la historia y se entretiene en el camino.
—¿Qué buscas? —preguntó.
—No lo sé —admitió Marina, y era verdad.
—Casi nadie lo sabe. —Cerró el libro sin molestarse en marcar la página—. Pero todos los que entran a esta hora buscan lo mismo. Lo que no se atreven a pedir en voz alta a la luz del día.
Marina sintió el calor subirle por el cuello. Quiso responder algo ingenioso, poner distancia, y no le salió nada. La mujer dejó el libro sobre una mesita y se puso de pie. Era más alta de lo que parecía sentada, y se movía como si el suelo le perteneciera.
—Me llamo Renata —dijo, acercándose entre dos estanterías—. Y tú estás temblando.
—Hace frío.
—No. No es frío.
Se detuvo a un paso de ella. Marina podía oler su perfume ahora, algo oscuro y especiado, y por debajo, la piel. Vete, pensó. Da la vuelta, sal a la calle y olvida esto. No movió ni un pie.
***
Renata levantó una mano y le apartó un mechón de pelo de la cara. El roce de sus dedos en la mejilla fue mínimo, casi nada, y aun así Marina contuvo el aliento como si la hubieran tocado en otra parte.
—Aquí hay una regla —dijo Renata en voz baja—. El que quiere leer hasta el final, escucha. Hace lo que se le pide. ¿Crees que puedes?
—No sé qué me estás pidiendo.
—Todavía nada. —Su voz no subía nunca de volumen, y por eso mismo era imposible desobedecerla—. Empieza por arrodillarte.
Marina la miró buscando la broma, el guiño, la señal de que aquello era un juego que podía cortar cuando quisiera. No la encontró. Encontró otra cosa: una certeza tranquila, una mujer que no dudaba de que iba a ser obedecida. Y, sin entender del todo por qué, las rodillas se le doblaron solas.
La alfombra era espesa y suave bajo sus piernas. Desde abajo, Renata parecía aún más grande, recortada contra la luz de una lámpara de pie. Marina notó el corazón golpeándole en la garganta, una mezcla de vergüenza y de algo mucho más urgente que la vergüenza.
—Bien —dijo Renata, y por primera vez algo parecido a una sonrisa le cruzó la boca—. Mírame mientras lo haces.
Le desabrochó el abrigo botón a botón, sin prisa, como si tuviera toda la noche y supiera que la tenía. Después la blusa. Las manos de Renata eran cálidas y firmes, y cada vez que rozaban la piel desnuda de Marina se demoraban un instante de más, marcando un mapa que solo ella entendía.
Cuando le abrió el sujetador, el aire fresco le erizó la piel. Los pezones se le endurecieron, no solo por el frío, y Marina sintió la mirada de Renata recorrerla como si leyera una página escrita en piel.
—Hermoso —murmuró Renata—. Y no tienes idea de lo que vas a darme esta noche.
***
Se inclinó y la besó. No fue un beso suave de bienvenida; fue lento y posesivo, una boca que tomaba su tiempo, que mordía apenas el labio inferior antes de soltarlo. Marina se aferró a la tela del pantalón de Renata, mareada, abriéndose sin darse cuenta de que se abría.
La mano de Renata bajó por su vientre, sin titubear, y se hundió entre sus muslos. Marina contuvo un sonido en la garganta.
—Estás empapada —dijo Renata contra su oreja, y no había sorpresa en su voz, solo confirmación—. Lo estabas desde que cruzaste la puerta.
Marina no contestó. No podía. Los dedos de Renata recorrían sus labios húmedos, lentos, trazando círculos pacientes que la obligaban a respirar entrecortado. No había torpeza en ese tacto, ni prisa. Solo gusto por el detalle, como quien subraya una frase para volver a ella más tarde.
—Pídelo —ordenó.
—Tócame —susurró Marina, y le costó reconocer su propia voz.
—Ya lo estoy haciendo. —Una pausa cruel—. Pide lo que de verdad quieres.
—Dentro. Por favor.
Renata la complació. Dos dedos entraron despacio, y Marina gimió, fuerte, un sonido que rebotó contra las estanterías y se perdió entre los libros. La mujer no se movió al principio. Solo se quedó así, llenándola, dejándola sentir, mirándole la cara como si esperara encontrar algo escrito en ella.
Después empezó el vaivén. Lento primero, firme, hundiéndose hasta el fondo y retrocediendo apenas. Con el pulgar encontró el clítoris y lo acarició al mismo ritmo, sin apuro, subiendo de a poco la presión. Marina temblaba, las dos manos clavadas en la alfombra, la frente apoyada contra el muslo de Renata.
—No cierres los ojos —le advirtió Renata—. Quiero que veas quién te está haciendo esto.
Marina los abrió. Levantó la cara y se obligó a sostener esa mirada oscura, tranquila, mientras el cuerpo se le iba de las manos. Renata aceleró apenas, lo justo, leyéndola, midiendo cada estremecimiento como si pasara páginas.
—Dime cuándo —dijo, la boca otra vez contra su oído—. Quiero oírte.
—Ahora —jadeó Marina—. Ahora, por favor, ahora.
El orgasmo la partió en dos. Se arqueó contra la mano de Renata, los muslos cerrándose alrededor de su muñeca, un grito ronco escapándosele entre los dientes apretados. Tembló largo rato, más de lo que creía posible, mientras Renata no se detenía, prolongando el temblor hasta que el gemido se deshizo en una respiración rota.
***
Solo entonces retiró la mano. Despacio, como quien cierra un libro con cuidado de no doblar la última página.
Marina se quedó de rodillas, vencida, la cabeza apoyada contra la pierna de aquella desconocida que ya no se sentía tan desconocida. Renata se inclinó, la sostuvo por los hombros y la besó en la nuca, en la línea de la columna, una caricia tan tierna que contradecía todo lo anterior.
—Levántate —dijo al fin, ayudándola—. Despacio. Las piernas te van a fallar.
Le fallaron. Renata la sostuvo sin esfuerzo, divertida, y la ayudó a vestirse con la misma calma con que la había desnudado. Le abrochó la blusa, le acomodó el abrigo, le apartó otra vez el pelo de la cara. Afuera, la calle seguía siendo el mismo desierto de faroles parpadeantes, como si nada hubiera pasado, como si Marina fuera todavía la mujer cansada que había empujado esa puerta una hora antes.
No lo era.
Mientras se abrochaba el último botón, Marina recorrió el local con la mirada, como si lo viera por primera vez. Las mismas estanterías, la misma luz dorada, el mismo olor a papel y cera. Nada delataba lo que acababa de ocurrir entre esas paredes. Y sin embargo todo le parecía distinto, cargado, como una página subrayada en un libro que creía conocer de memoria.
—¿Por qué yo? —preguntó, ya en el umbral.
—Porque te paraste a mirar —respondió Renata, recogiendo su libro del sillón—. Los que solo pasan de largo no me interesan.
Marina dudó. Tenía mil preguntas y ninguna le parecía la correcta.
—Mañana vuelve —dijo Renata antes de que pudiera formular una, abriendo el libro otra vez por donde lo había dejado—. A la misma hora. Esta noche solo hemos leído el prólogo.
La puerta se cerró a su espalda con el mismo chasquido seco. Marina se quedó un momento en la vereda, el corazón todavía desacompasado, mirando las letras doradas del cristal. Abierto cuando el resto del mundo duerme.
Empezó a caminar de vuelta. Y por primera vez en todo el día, supo exactamente adónde quería ir mañana.