Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La dominicana que me dominó en Punta Cana

Coincidir con mis amigos de la infancia en verano era una misión imposible. Cada vez que armábamos un plan, alguien renunciaba en el último momento y todo se reprogramaba para nunca. Ya llevábamos tres veranos así, prometiéndonos un viaje que no llegaba. Por eso casi me caigo de la silla cuando Diego me llamó un martes cualquiera para decirme que alistara el pasaporte, que nos íbamos a Punta Cana diez días.

—¿Y de quién fue la idea, Diego? Habíamos quedado en Cancún si salíamos del país.

—Fue de Carla, señorita. Yo no tengo nada que ver en esto.

—Ajá. ¿Tú crees que no te conozco? No sé cómo convenciste a Carla, pero lo voy a averiguar.

Colgué y le escribí a ella enseguida.

—Carlaaaaa, dime que no fuiste tú la que planeó un viaje al Caribe.

—Ay, amiga, ya te habías demorado en aparecer.

—Diego dice que fuiste tú.

—Ya conoces a ese, que me echa la culpa de todo. Pero te explico: la idea no está nada descabellada.

—Te escucho.

—Diego se ganó una promo de la empresa, todo incluido para dos personas. Dice que por buen trabajador, aunque eso no se lo cree ni él. Yo ante una oferta así no pregunto. Los gastos de la tercera persona los dividimos entre las tres. Piénsalo, Renata: playa, ron y nadie que nos conozca.

—Ya tienen el itinerario armado, ¿verdad?

—Solo nos falta tu sí.

No estaba en mis planes ir a República Dominicana, pero una oferta mejor que esa no la iba a encontrar nunca. Y, sobre todo, por fin nos íbamos a ver después de tanto tiempo.

***

Ya instalados en el hotel volvimos a ser inseparables. Ponernos al día nos llevó días enteros. Carla estaba conociendo a un muchacho que, aunque todavía no era nada formal, tenía «futuro», según ella. Buena parte de ese futuro, confesó entre risas, era por cómo le besaba el cuello hasta hacerla temblar. Diego seguía soltero, atrapado entre su pánico al compromiso y su obsesión por los videojuegos. Y yo… yo seguía sufriendo por amor. O, más bien, por estúpida.

Todavía no podía creer que hubiera sido tan ingenua. Siete meses viéndome a escondidas con una mujer casada, convencida de que en algún momento iba a dejar a su marido. Nunca lo hizo. Fui su escape, su rato robado, y nada más. La rabia me duraba a ratos; el resto del tiempo me sentía simplemente vacía.

—¿Y? ¿Ves algo que te interese, Reni? —me preguntó Diego una tarde, en el bar de la piscina.

—Nada. Este hotel parece un geriátrico —respondí, dándole un sorbo largo a mi piña colada.

—No sabía que te molestaba la gente mayor. Digo, después de acostarte con una señora casada, con hijos y todo.

—No hace falta meter el dedo en la herida, Carla. Y no era tan mayor. Tuvo hijos muy joven.

—Sí, sí, lo que te haga sentir mejor.

—Lo importante, chicas, es que aquí hay que ligar —cortó Diego—. No pienso volver y decir que estuve en el Caribe sin conocer a una dominicana.

—Tú no tienes remedio.

Así pasamos los primeros días: recorriendo la zona, comiendo de más, dejándonos llevar por la música y por esa alegría contagiosa de la gente del lugar. Entre todo eso, casi dejé de pensar en ya saben quién.

***

Nos quedaban tres días cuando decidimos cambiar de resort y bajar a la playa de Bávaro. Apenas llegamos, me puse el bikini y fui directo a la arena. Me tiré en una tumbona a disfrutar del sol, del mar abierto y, sobre todo, de ella.

Me tenía hipnotizada. Desde que se metió al agua no fui capaz de quitarle los ojos de encima. No estaba orgullosa de mi mirada, ni de las mil formas en que ya me la imaginaba: la piel bronceada, el pelo oscuro y ondulado pegado al cuello, esas curvas que cortaban la respiración, esa sonrisa. Llámenme exagerada, pero en cinco minutos ya me la estaba imaginando en mi cama. Tenía que conocerla. Corrección: tenía que tenerla.

Esa noche había una fiesta de espuma en el hotel. Perfecta para mi plan… siempre que la protagonista decidiera aparecer.

Me vestí entera de blanco: un pantalón de hilo y una blusa sin mangas. El pelo recogido en un moño alto que me marcaba las facciones. Nunca me consideré demasiado femenina; estaba más bien en el medio, mitad y mitad, según el día o según los ojos de quien me mirara.

Iba por mi tercer trago y nada que la veía. Cuando ya estaba por rendirme, llegó. Casi se me salen los ojos de las órbitas. Llevaba un vestido corto y veraniego, estampado de flores, que no dejaba mucho a la imaginación. Las piernas firmes y ese trasero respingón estuvieron a punto de provocarme un infarto con solo mirarla. Me terminé el coctel de un trago, buscando el valor que me faltaba, y caminé hacia ella sin pensarlo demasiado.

—Hola, buenas noches. ¿Te puedo invitar un trago? —solté, tratando de disimular los nervios.

—Hola. Un buen trago no se rechaza, así es el dicho, ¿no?

—Eso dicen. Y más si es todo incluido.

—Cierto. Lo que vale es la intención.

Lo dijo escaneándome de arriba abajo, con una sonrisa traviesa. Y ese acento… Dios. Definitivamente esta mujer era de la isla.

Después de la charla de rigor, me contó que estaba en el resort con su padre y su madrastra, lo que para ella era prácticamente lo mismo que venir sola. Yo le conté que andaba con dos amigos que, casualmente, se habían esfumado del mapa.

No parábamos de coquetear. Era evidente que las ganas que le tenía eran bien recibidas. Ya le estaba escribiendo a Carla para que me dejara libre la habitación un par de horas cuando ella se me adelantó.

—Si quieres, podemos ir a un lugar más tranquilo. A mi habitación, por ejemplo.

—Vamos —le dije, extendiéndole la mano para que me guiara.

Joder con la caribeña, era directa.

***

Me apretó la mano con firmeza y los latidos de mi corazón me delataron. En el ascensor no cruzamos una sola palabra. Estábamos tan pendientes de lo que iba a pasar que el silencio se impuso solo. No era incómodo: era una quietud táctica, como dos cuerpos midiéndose antes de atacar.

Me llamó la atención que su habitación estuviera en mi mismo piso. Al menos el regreso va a ser corto, pensé. Lo que no podía creer era que su puerta quedara justo entre la de Diego y la mía. Cuando se los contara, se iban a reír de la casualidad.

Apenas cruzamos el umbral, se me tiró encima. Sí, sin lugar a dudas, esa noche me iban a llevar a mí.

Nos besamos sin compasión. En medio del beso me separé un instante para hablar.

—Espera… debería saber tu nombre, ¿no? ¿Cómo te llamas, cariño?

—Ay, mi amor, no necesitas saberlo para que te dé la mejor noche de tu vida.

Y tenía razón, la condenada.

En un dos por tres, con esos dedos ágiles, ya me había desnudado por completo. Sus manos me recorrían el trasero y los pechos sin pedir permiso. Me puso de pie contra la pared, de frente, y me soltó el moño de un tirón. Se enrolló mi pelo en el puño y tiró de él hacia atrás mientras la otra mano empezaba a buscar entre mis piernas. Un gemido se me escapó antes de poder contenerlo.

Tenía la boca clavada en mi cuello, chupando y mordiendo. Mi cuerpo reaccionaba al instante a cada caricia. Me había inmovilizado y yo solo me dejaba hacer. Ya llegará el momento en que la domine yo a ella.

Sus dedos entrando en mí, su boca conquistando cada centímetro de mi espalda, mis pezones aplastándose una y otra vez contra la pared fría. El sudor ya me corría por la frente. La habitación estaba helada por el aire acondicionado, pero yo ardía.

Mi cuerpo daba todas las señales de un orgasmo inminente cuando, de golpe, se detuvo. Suspiré de pura frustración.

—Tranquila, mi amor. Un poquito de paciencia.

Al voltearme, me quedé sin palabras. No sé si fue el acento con el que me llamaba «mi amor», o ver su cuerpo medio desnudo, o descubrir cómo le ponía un condón a un arnés con consolador sin apartar los ojos de los míos. La boca se me secó de golpe.

—Ven, mami. Sé que te va a gustar.

Acepté la invitación al instante. Me colocó en cuatro. Primero deslizó la lengua de arriba abajo, una y otra vez, hasta que estuve completamente mojada. Después empezó a entrar con cuidado, midiéndome, mientras mi cuerpo se abría para ella y mis manos se aferraban a las sábanas.

—Me encanta tu culo. Qué ganas de romperte toda.

—Eso… muévete para mí. Así. Más rápido.

Aumentó la velocidad y la fuerza de las embestidas hasta tenerme mordiendo la almohada. Nunca fui de gemir alto, pero con ella era la única forma de soltar todo lo que llevaba dentro; de lo contrario, iba a explotar. Siguió así un buen rato, hasta que sentí que me mojaba cada vez más. El sonido de las penetraciones, sumado a mis gritos, convertía la escena en algo digno de una película para adultos.

No aguantaba un minuto más. Su voz entrecortada pidiéndome que me viniera para ella terminó por arrastrarme. Con un grito potente y el sexo palpitando, me descargué entera.

Al instante me volteó para quedar frente a frente. Se quitó el arnés y lo poco de ropa que le quedaba, se acostó encima de mí y empezó a moverse, piel contra piel, en un roce húmedo y constante. Mi sexo todavía sensible y el suyo hinchado de excitación eran una combinación perfecta. Esta tortura estaba en otro nivel. No pasaron ni cinco minutos antes de sentirla estremecerse sobre mi cuerpo.

—Eres una delicia —me susurró al oído mientras se venía.

Quedamos jadeando, las dos boca arriba. Todo me daba vueltas. Normalmente yo era la que dominaba, la que dirigía, y esa noche me había tocado lo contrario. No me molestaba en absoluto.

***

Cuando recuperé algo de aire, tomé la iniciativa. Empecé a besarla despacio; esos labios carnosos se habían vuelto una adicción de las que te empujan a cometer locuras. Fui bajando poco a poco, haciendo una parada en cada parte de su cuerpo que pudiera estimular con la lengua. Al llegar a su centro, sus manos me agarraron del pelo para que nada se interpusiera en el camino.

No sé si me presionó la cara contra ella, o si levantó las caderas hacia mi boca, o las dos cosas a la vez. Lo que vino después fue una intensidad que casi no me deja respirar. La penetré con dos dedos mientras administraba el poco aire que me quedaba. ¿Por qué estaba disfrutando tanto sentirme usada por esta desconocida?

Sus jadeos eran roncos, rítmicos, y llenaban toda la habitación.

—Sí, justo ahí… sabes lo que haces… —su voz se quebraba en cada sílaba.

Un grito largo, sin pudor alguno, anunció su orgasmo. Lo saboreé entero. Recogí un poco con los dedos y se los llevé a la boca para que probara lo que provocaba.

—Confieso que tú sabes más rico —me dijo, sonriente.

Nos quedamos juntas el resto de la noche, enredadas, sin hablar mucho, dejando que el cansancio nos venciera de a poco.

***

A la mañana siguiente, mi cara en el desayuno era un poema.

—Les juro que alguien se pegó la noche del año en la habitación de al lado —contaba Diego, emocionado.

—Pues yo no escuché nada. Con todo lo que bebí, me quedé dormida de una vez —dijo Carla.

—Solo se oía «más fuerte» y «sí, sí, sí» —insistió él, muerto de risa—. ¿No me digas que te tocaste, cochino?

—Diego, ya basta —le dije, y el rojo de mis mejillas me delató sola.

—¿Tú? —gritaron los dos al unísono.

—Okey, les cuento. Pero no me pidan muchos detalles, ¿vale?

—Ay, Reni, la mayor parte ya la escuché —se burló Diego.

—Cállate, idiota, que yo no… —le respondió Carla, con cara de querer matarlo.

El resto del día no me atreví a buscarla. No quería parecer demasiado intensa. Cuando por fin no aguanté más y subí a su habitación, ya la estaban limpiando: ni rastro de huésped, como si nadie hubiera dormido ahí.

Al hacer el check-out, la recepcionista me avisó que habían dejado una nota para mí. Un papel doblado con cuidado, un número de teléfono y una sola frase: «Por si vuelves».

Claro que voy a volver.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.