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Relatos Ardientes

Mi nueva jefa me pidió quedarme a dormir esa noche

Renunciar a la florería fue lo más sano que hice en años. Los chismes, las exigencias absurdas de mi jefe, las miradas torcidas de mis compañeras: todo eso se había convertido en una bola de tensión que arrastraba desde antes de salir de casa. La última semana ni siquiera podía dormir bien. Cuando entregué la carta y vi la cara del encargado, sentí por primera vez en meses que volvía a respirar.

Mandé currículum a todos lados. Cinco días después, mientras tendía la cama, sonó el celular con un número que no tenía agendado. Atendí casi por inercia.

—Buenos días, Camila —dijo una voz femenina, baja y educada—. Vi tu hoja de vida. Me interesa. ¿Podemos vernos mañana a las nueve?

Me dio una dirección en un barrio residencial, no en una oficina. Le dije que sí sin pensarlo.

Llegué cinco minutos antes. La casa era de dos plantas, con muro alto, plantas cuidadas y un timbre que sonaba como una nota larga de piano. Me abrió ella misma. Y me quedé sin palabras.

La licenciada Mariana Beltrán tendría unos treinta y siete años. Llevaba un vestido negro, corto, ajustado en la cintura, y unos tacones de gamuza que la hacían parecer una mujer de revista. El pelo castaño le caía ondulado hasta la mitad de la espalda. Piel impecable, perfume discreto, una sonrisa exacta. Yo, con mis jeans y mis tenis, me sentí en pijama.

—Pasa —dijo, y me condujo por un pasillo hasta un estudio con vidriera al jardín.

La entrevista duró media hora. Hizo preguntas precisas, anotó dos cosas en una libreta y, antes de que yo terminara de explicarle por qué había dejado la florería, levantó la vista y me cortó.

—¿Tienes inconveniente en empezar hoy?

***

El primer día casi no me dirigió la palabra. Yo estaba en un escritorio frente al suyo, transcribiendo planillas, contestando dos llamadas, recibiendo a un mensajero. Ella tecleaba sin levantar la vista, con la espalda muy derecha. Cada tanto se levantaba a la cocina y volvía con un café que no me ofrecía. Yo no me animaba a romper ese silencio.

Así pasaron dos semanas. Empecé a entender la rutina: la licenciada manejaba contratos para tres o cuatro estudios grandes. Trabajaba desde casa porque, según me contó una de las pocas veces que conversamos, hacía años que se había cansado de los pasillos y los chismes. La frase me hizo sonreír. La entendía mejor de lo que ella imaginaba.

Lo raro empezó al principio de la tercera semana.

Un martes a media tarde, mientras contestaba el teléfono fijo, ella pasó por detrás y me apoyó la mano en la cintura para entregarme una carpeta. La dejó ahí más segundos de los necesarios. Otro día se inclinó por encima de mi hombro para ver la pantalla y me rozó el cuello con el aliento. Otro, me acomodó un mechón detrás de la oreja como si yo fuera una hija.

Estás siendo malpensada, me decía. Es una mujer sola, mayor, demasiado pulcra para esas cosas.

Pero no podía dormir tranquila.

***

El viernes me pidió que imprimiera unos archivos desde su celular. Mientras recibía a una clienta en el living, conecté el teléfono a la computadora y me puse a buscar. En la pantalla seguía abierto su WhatsApp del navegador. No iba a abrirlo. De verdad que no iba a abrirlo.

Lo abrí.

El primer chat era con un hombre. Lo leí de abajo hacia arriba. Hablaban de mí. «La nueva tiene cara de buena, esperemos que dure más que la otra», decía él. «Esta es más bonita. Tiene los labios como me gustan», respondía ella. Bajé más. Y más. Encontré otro contacto guardado solo con una inicial: «V». Las conversaciones eran largas, llenas de fotos que cerré rápido sin abrir. La última era de ocho meses atrás. Después, silencio.

Escuché pasos en el pasillo. Cerré todo, me incorporé en la silla y, cuando ella entró, me oí decir:

—Disculpe, licenciada, no encuentro esos archivos.

Me miró. Esa mirada no era de jefa. Era la mirada de quien sabe exactamente lo que el otro estuvo haciendo y decide, por ahora, dejarlo pasar.

—No te preocupes —dijo bajito, y se acercó.

Se inclinó por detrás de la silla, apoyó la mano sobre la mía en el mouse y la dejó ahí. Sentí su pelo en mi mejilla. Sentí su respiración en mi oído.

—Aquí están —susurró—. Imprímelos, por favor.

Retiró la mano despacio, arrastrando los dedos por mi antebrazo. Se me erizó la piel. El corazón me golpeaba la blusa.

***

El lunes me invitó a almorzar después del horario. «Cociné de más», dijo, como si eso fuera algo casual. Mientras sacaba los platos, me agaché para alcanzar las copas del estante bajo. Al levantarme alcancé a ver, en el reflejo del vidrio de la alacena, su mirada clavada en mi cuerpo. No la apartó cuando me vio descubrirla. Sonrió apenas, como si esa también fuera parte del juego.

Comimos casi en silencio hasta que ella dejó los cubiertos.

—Camila, ¿estás cómoda en este trabajo?

—Sí, licenciada. Mucho.

—Me alegro, porque te quería pedir algo. Mi secretaria anterior me hacía compañía, a veces, fuera del horario. Es voluntario, claro. Yo lo compenso bien. Vivo sola, y la verdad es que ya no me gusta dormir sola.

Tragué saliva.

—Déjeme pensarlo. Tengo novio, tendría que hablarlo con él.

—¿Tienes novio? —su voz bajó medio tono—. Me había parecido entender que en la vacante pedía solteras.

Hubo un silencio largo. Yo veía mi sueldo, mi alquiler, los dos meses que me había costado conseguir esa entrevista. Veía también el chat con la inicial «V», a esa otra mujer que no sabía dónde había terminado.

—Hoy puedo quedarme —dije, y mi propia voz me sonó ajena.

—¿Hoy? —levantó las cejas, fingiendo una sorpresa que no le creí—. ¿Y tu novio?

—Está trabajando. Hoy no nos íbamos a ver.

Sonrió, y esa fue la primera vez que su sonrisa me pareció completa.

—Entonces ponte cómoda. Estás en tu casa.

***

Me prestó una bata limpia, doblada con cuidado, como si ya estuviera lista desde hacía tiempo. Me bañé temblando. Me senté frente al televisor y no entendí una palabra de lo que pasaba en la pantalla. La sentía moverse por la casa, ordenando cosas, hablando bajito por teléfono, riéndose con alguien.

A las once apagó las luces del living y se asomó por el pasillo.

—Camila, ¿vamos?

—¿Yo dónde duermo?

—Conmigo. La cama es amplia.

Sentí que la sangre se me iba a los pies.

—Puedo dormir en el sofá. No me molesta.

—No, conmigo. No es ninguna molestia. Además, ya te dije que no me gusta dormir sola.

Caminé despacio hasta el cuarto. Ella ya estaba acostada, con una luz baja al costado de la cama. Me metí entre las cobijas tan al borde como pude, hecha una tabla. La oí levantarse y cerrar la puerta con llave.

—Eso lo hago siempre —dijo, antes de volver a meterse a la cama.

Se acostó de costado, mirándome. Me tomó una mano y empezó a recorrérmela con la yema del pulgar.

—¿Tu novio te ha dicho que tienes unos labios preciosos? No sabe la suerte que tiene.

Se acercó. Me besó. Yo no me moví, no por consentir, sino porque no sabía qué se hacía en una situación así. Después me besó el cuello, la clavícula, y subió encima de mí. Intenté correrme. Me apretó las muñecas contra el colchón.

—Si gritas —me dijo, con la boca pegada a mi oreja—, llamo a la policía y digo que te metiste a robar. ¿A quién le van a creer? Quédate quieta.

Sacó de debajo de la almohada dos cosas que no estaban ahí por casualidad: unas esposas forradas en cuero y una mordaza. Me cerró las muñecas a la cabecera. Me lloraban los ojos en silencio. Ella seguía hablándome bajito, casi con dulzura, mientras me desataba la bata.

Lo que pasó esa noche lo recuerdo en fragmentos. El peso de su cuerpo encima del mío. Su cadera moviéndose como la de un hombre. Sus dedos en mis pechos. Su boca recorriéndome el vientre. La oí venirse tres veces, una con la cara apoyada en mi cuello, otra montada sobre mi muslo, la tercera con la frente pegada a mi hombro, susurrando algo que no entendí. Después se quedó dormida abrazada a mí. Yo no dormí. Miré el techo hasta que aclaró.

***

Por la mañana se metió a la ducha y volvió desnuda al cuarto. Yo seguía esposada. Me miró con la misma calma con la que el lunes anterior se había sentado a almorzar. Se acercó a la cama, se masturbó mirándome, se subió a horcajadas, se acomodó contra mí, se vino otra vez sobre mi vientre. No me hizo daño. No me pegó. Pero tampoco me preguntó nada.

Cuando terminó, me sacó la mordaza.

—Prométeme que no vas a gritar.

Asentí con la cabeza.

Me liberó las muñecas. Me dijo que me había preparado el desayuno, que me podía bañar primero. Caminé al baño como una autómata. Bajo el agua caliente lloré sin ruido. Pensé en irme, en agarrar mi ropa y salir corriendo. Pensé que no tenía adónde, que no había testigos, que mi palabra contra la suya no valía nada. Pensé también, y eso me dio más miedo, en cómo me había mirado mientras se venía. Como si yo fuera la cosa más deseada del mundo.

Entró al baño sin tocar. Se sacó la bata. La miré por el espejo. Esta vez no le dije nada. Ella tampoco. Me dio vuelta despacio, me dobló contra los azulejos, me besó la nuca, me restregó la cadera contra la mía. Cerré los ojos. Y la dejé.

***

Pasaron los días. En las mañanas trabajábamos como siempre, ella concentrada en sus contratos, yo en mis planillas. En las tardes a veces me llamaba al sofá y me pedía cosas que al principio me costaban y después no tanto. Por las noches no me dejaba un minuto en paz. Empezó a regalarme ropa: vestidos como el suyo, ropa interior que yo nunca me habría comprado.

Un viernes me hizo arrodillarme frente a ella en el escritorio, me sujetó el pelo con una mano y me pidió, con esa voz baja que ya conocía, que la complaciera con la boca. Lo hice sin dudar. Cuando levanté la vista la encontré mirándome con la misma intensidad de la primera noche, pero esta vez la mía ya no era la mirada de una víctima. Era otra cosa. Algo que todavía no sé nombrar.

A mi novio le dije que el trabajo me tenía con horarios raros. Empecé a inventar excusas para quedarme a dormir dos, tres noches por semana. Él me creyó al principio. Después dejó de preguntar.

No sé en qué momento se me pasó el miedo. No sé en qué momento empecé a esperar la hora en que ella cerrara la computadora y me mirara desde el otro lado del escritorio con esa media sonrisa. No sé en qué momento, viéndola dormir, empecé a pensar que esa cama amplia tenía mi lado.

Lo que sí sé es que sigo diciendo, cuando alguien me pregunta, que yo no soy lesbiana.

Lo digo cada vez con menos convicción.

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Comentarios (6)

LectoraAnsiosa

que buenoooo!!! necesito mas relatos asi

CaroP

Por favor la segunda parte, quede con ganas de mas!

Valentina_Sur

me encanto el misterio desde el principio, se siente tan real. tremendo relato

RoxiMdP

excelente!!!

SoniaCba

La forma en que lo narran, tan tranquilo al inicio y despues todo cambia de golpe... increible. Uno de los mejores que lei aca.

NachoDRiver

jaja ese momento de la mirada me mato. muy buen relato

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