La mejor amiga de mi ex despertó algo en mí
Conocí a Martín en mi último año del secundario. Era buen pibe, alegre, con esa risa fácil que te desarma sin esfuerzo. Lo nuestro duró poco más de nueve meses, los suficientes para conocer a su familia, a su perra y, sobre todo, para conocerla a ella.
A Renata la vi por primera vez una tarde de noviembre, en el cumpleaños de Martín. Hacía un calor pegajoso, de esos que te hacen arrepentirte de la ropa que te pusiste. Él había organizado una reunión en el patio de su casa: familia, vecinos, los amigos del barrio. Me presentó como su novia con una mezcla de orgullo y nervios que me dio ternura.
Renata llegó tarde, con sus padres. Y cuando la vi, sentí algo que en ese momento confundí con simples celos.
Era alta, de piel muy blanca, con el pelo rojo natural que le caía hasta los hombros. Los ojos verdes, casi traslúcidos, y unos labios carnosos que se notaban sin necesidad de pintura. Llevaba un vestido corto, sin breteles, ajustado al cuerpo. Cuando se inclinó para saludar a la madre de Martín, todo el patio dejó de existir por un instante.
Lo miré a él, todavía con la copa en la mano.
—¿Esa es tu amiga? —pregunté, intentando sonar casual.
—Sí. Pero es como mi hermana. Crecimos juntos.
Como mi hermana, repetí en mi cabeza. Quise creerle.
Renata se acercó, me dio dos besos y me dijo que tenía muchas ganas de conocerme, que Martín le hablaba de mí todo el tiempo. Olía a algo cítrico, fresco, y tenía esa manera de mirar de frente, sin pestañear, que te obliga a sostenerle los ojos.
Esa noche, después de medianoche, los padres y los más grandes se fueron yendo. Quedamos los pibes en el patio, con cervezas tibias y la música que ya nadie escuchaba en serio. Como no había muchas chicas, terminé sentada al lado de Renata en una reposera, hablando de cualquier cosa.
Me contó que conocía a Martín desde los cinco años, que sus papás se habían hecho amigos en la facultad y que prácticamente habían crecido en la misma casa. Que era hija única y que él era el hermano que nunca tuvo. Me lo dijo con una sonrisa tan limpia que me hizo sentir tonta por los celos del principio.
Antes de irse, intercambiamos teléfonos. «Para que salgamos algún sábado», dijo. Y yo, todavía sin entender por qué, guardé su número con un pequeño temblor en el pulgar.
***
Pasaron los meses. Lo de Martín se fue desinflando como todas las relaciones que empiezan en el secundario y no aguantan el primer año de facultad. No hubo escándalo, ni traición, ni gritos. Simplemente una tarde nos miramos en un café y los dos sabíamos que ya estaba.
Lo curioso fue que con Renata no terminó nada. Al contrario. Le mandé un mensaje contándole que habíamos cortado, casi como una formalidad, y ella me respondió esa misma noche para invitarme a tomar algo.
Salimos varias veces. Bares pequeños, conciertos en sótanos, cumpleaños de gente que apenas conocíamos. Renata bailaba con los ojos cerrados, sin importarle quién la mirara. Yo, en cambio, no podía dejar de mirarla a ella.
Una noche, en un bar del centro, terminamos las dos en una mesa apartada con una botella de Malbec por la mitad. Habíamos hablado de todo, como siempre. Y de repente, con esa naturalidad que sólo da el vino, me lo dijo.
—Hay algo que nunca te conté.
—¿Qué?
—Soy bisexual. Estuve más de un año saliendo con una chica. Cortamos hace dos meses y todavía me duele un poco.
No supe qué cara puse. Sentí calor en el cuello, una mezcla rara de sorpresa, ternura y otra cosa que preferí no nombrar. Le agarré la mano sobre la mesa.
—No tenía idea —murmuré.
—Nadie tiene idea. Me cansa explicarlo.
Nos quedamos un rato en silencio, las dos mirando las copas. Después, ella levantó los ojos y me clavó esa mirada verde que ya conocía demasiado bien.
—¿Y vos nunca tuviste curiosidad?
Me reí. Tarde y nerviosa.
—No sé. A veces.
—¿A veces cuándo?
—Cuando miro porno —solté, sin pensar. Y me puse roja hasta las orejas.
Ella se rio con ganas. Esa risa grave, baja, que era su firma.
—Siempre es mejor con una amiga —dijo después, sin sonreír—. Vos pensalo.
Esa madrugada volví caminando sola hasta mi casa. No quise tomar taxi. Necesitaba el aire frío en la cara para acomodar todo lo que se me había desordenado adentro.
***
Después de esa charla, sin decirnos nada, dejamos de vernos por un tiempo. La universidad me había absorbido por completo. Conseguí un trabajo de medio tiempo en una librería y me mudé sola a un departamento chiquito, dos ambientes, balcón con vista a una medianera y una cocina del tamaño de un placard. Pero era mío.
Una noche de jueves, ya en la cama, me llegó un mensaje.
«¡Amiga! ¿No nos vemos más?»
Tres segundos después, otro.
«¿Querés que nos veamos?»
Me incorporé entre las sábanas. Estuve mirando la pantalla más de lo necesario.
«Estoy con mil cosas, pero ahora vivo sola. ¿Te pasás un rato?»
«Pasame la dirección. Voy para allá.»
Me levanté de un salto. Tiré al cesto la ropa que tenía puesta, me cambié por algo más decente: una remera negra y un short de algodón. Acomodé los almohadones del sillón, escondí dos tazas sucias en el lavabo. Diez minutos. Diez minutos y el timbre.
Cuando abrí la puerta, ahí estaba ella. Una remera blanca tan fina que se le marcaba el corpiño negro, unas calzas que le ajustaban las caderas, el pelo rojo recogido en un rodete medio armado, sin maquillaje. En las manos, dos botellas de vino y una caja de pizza.
—¿Viniste preparada? —le dije, apoyada en el marco de la puerta.
—Quería verte —contestó, con la misma sonrisa de aquella noche en el bar.
La dejé entrar. Cerré la puerta despacio, como si cualquier ruido pudiera quebrar lo que estaba pasando. Cuando me di vuelta, ella ya estaba dejando las cosas sobre la mesa de la cocina.
La miré de espaldas. Los omóplatos marcados bajo la tela fina, la curva de la cintura, el pelo escapándose del rodete. Caminé hasta ella. No pensé. La tomé del codo, la giré y la besé en la boca.
Fue un beso torpe al principio. Le mordí el labio sin querer. Ella se separó un instante, sorprendida, con los ojos muy abiertos. Pero antes de que yo pudiera disculparme, fue ella la que volvió a besarme, ahora despacio, con la lengua, con las manos en mi nuca.
—Hace meses que pienso en esto —me susurró al oído.
—Yo también.
Nos pasamos al sillón sin dejar de besarnos. La remera negra mía voló primero. Después la blanca de ella. Le desabroché el corpiño con manos que no obedecían del todo. Sus pechos eran como me los había imaginado tantas veces: blancos, firmes, los pezones más rosados que oscuros, ya duros antes de que los tocara.
Me incliné y se los besé. Le pasé la lengua despacio, dibujando círculos. Le mordí apenas. Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro largo, ronco, que me hizo apretar los muslos sin darme cuenta.
Su mano bajó hasta el borde del short. Me preguntó con los ojos. Yo asentí. La dejé entrar.
Cuando sus dedos me tocaron por primera vez, entendí que todo lo que había imaginado durante meses se quedaba corto. Era distinto a un hombre. Era preciso. Sabía exactamente dónde, exactamente cuánto. Me arqueé contra su mano, mordiéndome el labio para no hacer demasiado ruido.
—Quiero hacerte lo mismo —le dije.
Le bajé las calzas. La ropa interior, negra y simple, ya estaba mojada. Le pasé los dedos por encima de la tela antes de hacerla a un lado. Cuando la toqué directamente, ella se aferró a mi hombro y me clavó las uñas.
Nos quedamos así un rato largo, descubriéndonos en el sillón con la luz de la cocina filtrándose en diagonal. Hasta que ella jadeó algo que sonó parecido a mi nombre y se aflojó entera contra mí.
—Vení —le dije, levantándome.
***
La llevé al cuarto. La cama estaba sin tender, pero a ninguna de las dos le importó. La hice ponerse en cuatro sobre el colchón y me arrodillé detrás de ella. Le pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba, una sola vez. La sentí estremecerse entera.
—No pares —pidió.
No paré. Aprendí en esa hora más sobre el cuerpo de una mujer que en todos los años anteriores juntos. Aprendí dónde apretar, dónde apenas rozar, dónde dejar la lengua quieta hasta que ella misma empezara a moverse. Cuando acabó, lo hizo con un temblor que le bajó por las piernas y un sonido que no era exactamente un grito.
Después se dio vuelta, todavía agitada, y me miró desde abajo con una sonrisa de costado.
—Ahora te toca a vos.
Me empujó suavemente para que me acostara boca arriba. Se sentó sobre mí, encajando una de sus piernas entre las mías y la otra por fuera. Cuando se movió por primera vez, contra mi pelvis, el roce me hizo abrir los ojos de golpe.
—Tranquila —me dijo, con una calma que era casi una amenaza.
Empezó despacio, marcando un ritmo lento, mirándome a la cara todo el tiempo. Sus pechos se movían con cada empuje. Mis manos buscaron sus caderas, primero para acompañar, después para apretarla más fuerte. Ella se inclinó adelante para que yo pudiera alcanzar uno de sus pezones con la boca, y eso fue lo que me terminó de quebrar.
Acabé por segunda vez en la noche con sus dedos enredados en mi pelo y su voz diciéndome cosas que no quiero olvidar nunca.
***
Nos quedamos en la cama hasta el amanecer. Comimos pizza fría a las cuatro de la mañana, sentadas con las piernas cruzadas y una sábana mal puesta. Hablamos de Martín, de la facultad, de la chica con la que ella había estado, de mí, de lo que yo no sabía que era hasta esa noche.
A las diez se vistió, se ató los cordones en el living y antes de irse me besó en la puerta, sin apuro.
—¿Te llamo? —preguntó.
—Llamame.
Desde esa noche, somos amigas con derecho. Nos vemos cada quince días, a veces cada semana. Ninguna de las dos quiere ponerle nombre a lo que tenemos, y por ahora está bien así.
Lo que sí sé es que cada vez que escucho el timbre un jueves a la noche, todavía se me acelera el pulso igual que aquella primera vez.