Mis sueños cambiaron y ahora despierto mojada por ella
Hace varias semanas que mis sueños cambiaron. Yo siempre fui de soñar mucho, de tener noches enteras pobladas por escenas que después me cuesta separar de lo vivido. Soñé con cosas que ya habían pasado, con cosas absurdas, con caídas eternas y con casas que nunca existieron. Pero nunca, hasta ahora, había tenido un sueño que volviera. Uno que insiste, que se acomoda en la misma silla cada madrugada y me espera.
Y me gusta que esté ahí. Me excita que esté ahí.
El primero que recuerdo fue hace ya un tiempo, antes de que todo cambiara. Yo estaba en una reunión, una cena formal con muchísima gente que no conocía. Hombres y mujeres bien vestidos, copas que tintineaban, conversaciones cruzándose en cuatro idiomas distintos. En algún momento, sin que mediara explicación —los sueños son así, te llevan de la mano sin avisar—, me encontré caminando sola por un sendero estrecho, entre árboles que dejaban pasar la luna a pedazos.
Ahí apareció él. Un chico que no debía tener más de veinticinco. Yo le doblaba la edad y eso, en el sueño, era parte del juego. Me dijo cosas que en la vida real me habrían hecho reír y poner los ojos en blanco; ahí me hicieron acercarme. Lo besé con la boca abierta, le sostuve la barbilla, le pasé la lengua por el labio inferior. Después le bajé por el cuello, por el pecho, hasta la pelvis. Me desperté con la sensación todavía pegada al paladar.
Otro sueño me dejó la pijama empapada. Estaba en un salón de baile vacío, sola con un instructor al que jamás había visto. Bailamos algo parecido a una bachata, ese ritmo que ya viene cargado de invitación. En algún momento, sin que nos hubiéramos sacado la ropa, los dos estábamos desnudos frente a un espejo enorme. Yo apoyé las palmas en el vidrio frío y él entró en mí por detrás, despacio, mirándome la cara reflejada mientras lo hacía.
Esa madrugada desperté furiosa de excitación. Mi pareja dormía a mi lado, con la respiración pesada y la boca entreabierta. Me agaché y le hice sexo oral hasta despertarlo. Después me lo cogí encima, con los ojos cerrados, buscando el orgasmo que el sueño había prometido y nunca terminado de cumplir.
Mis sueños siempre habían sido con hombres.
Hasta que dejaron de serlo.
***
La primera vez que soñé con una mujer fue en un probador.
Estaba comprando un vestido en una tienda chica, de esas que tienen tres prendas por percha y una vendedora atenta que te trae cosas «que te van a quedar increíbles». La dueña del local —porque era ella, eso lo entendí en el sueño sin que nadie me lo dijera— era una morocha de pelo lacio hasta los hombros, con los ojos muy oscuros y una manera de moverse que hacía que la ropa colgada de las perchas pareciera menos importante.
Yo estaba en el probador con una tanga negra y nada más. El vestido que me había probado lo tenía colgado del gancho, descartado. Ella corrió la cortina sin pedir permiso, con la naturalidad de quien lo hace cinco veces al día, y entró con otro vestido en el brazo.
—Te traje este. Es de otra temporada pero te va a quedar mejor que el anterior —me dijo, y yo levanté los brazos para que me lo pasara por la cabeza.
Sentí su mirada antes que sus manos. Una mirada que se demoró en mis pechos un segundo más de lo que admite la cortesía profesional. Cuando bajó los ojos y volvió a subirlos a los míos, supe que ella sabía que yo había notado la pausa.
—Sos muy linda —le dije, riéndome, como si lo dijera en broma para esquivar la tensión.
No esquivó nada. Me pasó las manos por las caderas con la excusa de acomodarme el vestido y se quedó ahí un instante más. Después, sin transición —los sueños no necesitan transiciones—, yo estaba con la espalda contra el espejo, su boca en la mía, una de sus manos dentro de la tanga y la otra sosteniéndome la nuca.
Desperté con la mandíbula apretada y la entrepierna empapada.
***
Hay otro sueño que se repite con variaciones. Es en un viaje largo, en un ómnibus de esos que cruzan provincias enteras de noche. Yo voy sola, leyendo. En la parada anterior a la mía se sube una mujer que el chofer ubica en el asiento de al lado. Es de mi edad, más o menos. Lleva el pelo recogido y un perfume que entra antes que ella.
Conversamos. Primero de tonterías —el clima, la película que pasaron, el café espantoso del último parador—, después de cosas más íntimas. Ella me cuenta que va a ver a una amiga. Yo le cuento que vuelvo de un congreso. En algún momento, cuando ya hablamos en voz baja porque casi todos duermen, apoya la mano en mi rodilla por encima del vaquero.
No la saco.
Sube los dedos. Apenas. Lo justo para que yo entienda que no fue un accidente. Yo abro un poco las piernas, casi sin moverme, y ella sigue. Cuando llega adonde quería llegar, el ómnibus se mete en la oscuridad de una ruta sin pueblos y yo me muerdo el labio para no hacer ruido.
En la versión más reciente del sueño terminamos en el último asiento, ella entre mis piernas, haciéndome sexo oral con la precisión de quien me conociera desde hace años. Sabía exactamente dónde parar, cuándo apretar, cuándo soltar. Yo me apretaba los pezones por encima de la remera y respiraba por la nariz, intentando no despertar al resto del pasaje.
Eso fue lo que soñé hace dos semanas.
***
Anoche volvió a aparecer ella. La misma. La del ómnibus, la del probador, la que ya no tiene un nombre claro pero sí una forma de mirar que reconozco apenas se sienta a mi lado.
Estábamos en una reunión, en una casa que no era la mía, con gente que tampoco era mía. Yo la vi llegar tarde, sacarse el abrigo, saludar a la dueña de casa con dos besos. Después caminó derecho hacia mí, como si ya hubiéramos acordado el lugar.
Se sentó a mi lado en la mesa larga. Reía con los demás, asentía, hacía preguntas. Y yo la miraba mover la boca y se me humedecía la entrepierna como si tuviera dieciocho años y estuviera por primera vez en una de esas cenas donde te sentás cerca de alguien que te gusta y no podés pensar en otra cosa.
Busqué su pierna con la mano por debajo del mantel. La encontré. Ella no se movió. Siguió hablando con la señora de enfrente, contestándole algo sobre un viaje a Croacia, mientras yo le subía los dedos por la cara interna del muslo.
En un momento giró la cara hacia mí. Me sonrió. Una sonrisa que no era para el resto de la mesa, una sonrisa hecha de complicidad pura. Se acomodó en la silla, abrió un poco más las piernas, y mi dedo encontró tela mojada antes de tocar piel.
—Disculpen, vuelvo en un minuto —dijo ella, levantándose.
Yo esperé treinta segundos exactos. Después me levanté también, murmuré algo sobre el baño, y la seguí por un pasillo que el sueño me inventó con paredes color musgo y cuadros torcidos.
La encontré en una habitación al fondo. Cerró la puerta detrás de mí, le pasó la traba.
Le tomé la cara entre las manos y la besé. Nuestras lenguas se buscaron con la torpeza de lo nuevo y con el hambre de lo que llevábamos toda la noche acumulando. Me empujó suave contra la puerta. Le metí las manos por debajo del vestido y la encontré sin nada.
Nos desnudamos sin hablar. Cada prenda caía al piso y nadie la levantaba. Terminamos en el suelo, sobre una alfombra que olía a perfume viejo, mis piernas enredadas con las suyas, los pezones rozándose, las caderas buscándose el ángulo justo para que nuestros sexos se tocaran.
Nos masturbamos así, vagina contra vagina, en silencio, con los gemidos ahogados dentro de la boca de la otra. Cuando se vino, hizo un ruido apenas audible, como un suspiro al revés, y eso me hizo venir a mí también.
Y ahí me desperté.
***
A mi lado dormía mi pareja. La misma persona con la que llevo siete años. La que conoce mi cuerpo de memoria, la que se ríe cuando ronco, la que sabe que el café me gusta más bien aguado.
Me quedé un rato mirándole la espalda. Después me levanté con cuidado, sin hacer ruido, y me metí en la ducha.
Bajo el agua caliente, con la mano abajo y los ojos cerrados, terminé lo que el sueño no había llegado a darme del todo. Pensé en ella, en la boca de ella, en los dedos de ella, en la manera en que me había mirado por encima del hombro mientras se levantaba de aquella mesa imaginaria.
Cuando salí de la ducha, mi pareja seguía dormida. Le di un beso en la nuca al pasar y me hice un café.
No sé qué hacer con esto. No sé si contárselo. No sé si me estoy diciendo algo que ya sabía y que tardé toda la vida en escuchar, o si es solo una temporada, una fase, una manera del cuerpo de jugar a algo que después no va a querer.
Lo único que sé es que esta noche, cuando me acueste, voy a esperarla.
Va a llegar.
Siempre llega.