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Relatos Ardientes

Mi vecina me hizo una pregunta que lo cambió todo

No era la primera vez que mi vecina Pilar me invitaba a tomar café en su casa, y yo aceptaba siempre con gusto. Vivíamos en el mismo rellano desde hacía años y, con el tiempo, esos cafés se habían convertido en una costumbre que ninguna de las dos quería perder. Su salón olía a canela y a tabaco frío, y yo me sentía allí más cómoda que en mi propio piso, donde el silencio pesaba demasiado.

Esa tarde estábamos sentadas en el sofá, una cerca de la otra, hablando de cualquier cosa, cuando me soltó una pregunta sin previo aviso.

—A ver, Elena, ¿cuánto hace que no estás con alguien?

La pregunta no venía a cuento, y menos en esos términos. La miré sin saber muy bien qué cara poner.

—Pero, Pilar, ¿a qué viene eso? ¿Estás bien?

—Pues mira, creo que no —dijo, y se rio con una mezcla de cansancio y franqueza—. Esta mañana me di cuenta del tiempo que llevo sin que nadie me toque, y me parece que las dos andamos igual. Lo raro es que no tengo ninguna gana de buscar a un hombre. ¿A ti te pasa lo mismo?

Era verdad que las dos vivíamos solas. Yo enviudé hace tres años, después de una enfermedad larga que me dejó vacía por dentro, y mi único hijo hace su vida en otra ciudad. Pilar se había separado de su marido por esas mismas fechas, y también tenía un hijo que apenas aparecía. En todo ese tiempo yo no había vuelto a estar con nadie. Ni siquiera me lo había planteado en serio.

—No sé qué decirte —respondí al fin—. Supongo que sí, que estamos en la misma situación.

—No me digas nada si no quieres —siguió ella, mirándome de un modo que no le conocía—. Yo te veo estupenda, Elena. Estás más que apetecible. Si te lo propusieras, no te faltaría con quién desahogarte.

Me sorprendió el cumplido, y me hizo gracia. A mis cuarenta y ocho años me encontraba bien, no podía quejarme, y Pilar tampoco tenía nada que envidiar a una mujer de treinta. Tenía que devolverle el gesto.

—Para serte sincera, tú te conservas divinamente. Y eres mucho más lanzada que yo. Cuando quieras, tampoco te va a faltar compañía.

Lo que pasó después no lo esperaba ni en mil años. Estábamos muy juntas en el sofá, y de pronto sus manos se posaron a ambos lados de mi cara y su boca buscó la mía. Fue un beso corto, pero firme, y tuve que apartarme porque sus labios no parecían dispuestos a soltarme.

—¿Qué haces, Pilar? —exclamé.

—Lo que ves. Acercarme a la persona con la que quiero estar.

—Pero… ¿no hablabas de hombres?

—Yo hablaba de estar con quien me apetece. Y me apetece estar contigo. Mucho.

Me quedé sin palabras. En toda mi vida no había imaginado ser deseada por una mujer, y menos por mi vecina, por la persona con la que compartía las llaves de repuesto y las quejas sobre la comunidad. Lo más desconcertante era que ese beso, aunque lo había frenado, no me había desagradado. Al contrario.

¿Acaso quería que hubiese durado más?

Lo más sensato era zanjar la conversación, despedirme y cruzar el rellano hasta mi puerta. Hice ademán de levantarme, pero sus manos atraparon las mías y me retuvieron en el sitio.

—Ya sé que no te esperabas esto —dijo, y por primera vez había algo frágil en su voz—. Solo quería que supieras lo a gusto que estoy contigo. Y no solo para charlar. Perdona si te he incomodado.

No podía decirle que no me sentía bien a su lado, porque era mentira. Lo que nunca había pensado era que mi compañía pudiera despertarle algo distinto a una buena amistad. Busqué las palabras para no herirla.

—Mira, Pilar, sabes que esta amistad me importa. Déjame pensar en lo que me dices. Y no lo llames incomodar. Me halaga que te guste estar conmigo.

Conseguí ponerme de pie, y ella se levantó conmigo, sin soltarme del todo. Quedamos las dos frente a frente, mirándonos fijamente, y entonces sentí en esa mirada algo que no había estado allí nunca, o que yo no había querido ver. Tan claro fue que, cuando volvió a inclinarse, no me opuse.

El segundo beso no se pareció en nada al primero. Fue lento, hambriento, sin prisa por terminar. Sus manos me rodearon la cintura y yo dejé que lo hicieran. Hacía años que nadie me besaba así, y me quedé quieta, casi paralizada, sin saber qué hacer con las manos ni con el corazón, que me golpeaba el pecho como si quisiera salirse.

Cuando por fin nos separamos, ninguna de las dos dijo nada durante unos segundos. Yo tenía la respiración entrecortada y notaba las mejillas ardiendo, como una cría a la que pillan en una travesura. Ella me sostenía la cara entre las manos y me miraba con una ternura que no le había visto en todos esos años de cafés.

—Si quieres me paro —dijo, muy seria de pronto—. Una palabra y volvemos al sofá como si nada. No quiero perderte por una tontería mía.

Y precisamente por eso, porque me dejaba la puerta abierta para huir, decidí quedarme. Negué con la cabeza despacio. No quería volver al sofá. No quería volver a mi piso vacío, ni al silencio, ni a las tardes contando las horas hasta el siguiente café. Por primera vez en mucho tiempo, quería algo, y lo quería ya.

—Ven —murmuró contra mi oído.

***

No recuerdo cómo llegamos a su habitación. Recuerdo la luz tamizada de la persiana medio bajada, las sábanas blancas, y sus dedos desabrochando la bata que llevaba puesta sin pedir permiso, porque ya no hacía falta. La dejé caer al suelo y me tendí en la cama casi desnuda, expuesta a sus ojos, sintiéndome más viva de lo que me había sentido en mucho tiempo.

—Estás preciosa —dijo, y lo dijo despacio, recorriéndome con la mirada antes de tocarme.

Me besó otra vez, y esta vez nuestras lenguas entraron en juego, lentas primero, más urgentes después. Era una sensación que no había experimentado jamás, ni siquiera con mi marido en los buenos años. Había algo distinto en la forma en que Pilar me tocaba, como si supiera exactamente dónde y cómo, porque conocía ese mismo cuerpo en el suyo.

Me quitó el sostén con una facilidad que me hizo sonreír, y mis pechos quedaron al descubierto. Los acarició con las manos, sin prisa, antes de inclinarse y atrapar uno de mis pezones con la boca. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Cerré los ojos y me agarré a las sábanas.

—Tranquila —susurró—. Tenemos toda la tarde.

No tuve tiempo de sentir vergüenza por mi cuerpo, por los años que pesaban sobre él, por las estrías o por la piel que ya no era la de los veinte. Pilar me miraba como si fuera la mujer más deseable del mundo, y bajo esa mirada lo fui. Me solté. Dejé de pensar en lo que debía o no debía hacer y empecé, por fin, a sentir.

Sus labios bajaron por mi vientre, despacio, dibujando un camino que me hacía contener la respiración. Cuando su boca llegó por fin entre mis piernas, todo mi cuerpo se tensó como una cuerda. La lengua de Pilar era paciente y certera, y cuando encontró el punto exacto creí que me iba a deshacer. Llevaba años sin sentir nada parecido. Había olvidado lo que era el deseo de verdad, el que nace en el centro y se extiende hasta las puntas de los dedos.

Un gemido se me escapó de la garganta antes de que pudiera contenerlo. Ella no se detuvo. Al contrario, lo tomó como una señal y siguió hasta que el placer me partió en dos y grité su nombre sin ningún pudor.

—¡Ay, Pilar! ¿Qué me has hecho?

—¿No te ha gustado? —preguntó, levantando la cabeza con una sonrisa.

Si me había gustado. Me había enloquecido. Había despertado en mí algo que creía muerto y enterrado junto a mi marido. La atraje hacia mí y la besé con toda la fuerza que tenía, poniendo en ese beso lo que no sabía decir con palabras: que estaba feliz, que no me arrepentía de nada, que jamás habría imaginado encontrar en una mujer lo que tanto tiempo había echado de menos.

—No sabes lo feliz que me haces —dijo ella, acariciándome el pelo—. Verte así, disfrutar de este cuerpo tuyo, ha sido el mayor regalo.

Y entonces fui yo la que se incorporó. La que la tendió sobre la cama y empezó a desnudarla despacio, descubriendo una piel que conocía de tantas tardes de café y que ahora me parecía nueva. Si mi cuerpo le había gustado, no pensaba quedarme atrás. Le devolví cada beso, cada caricia, aprendiendo sobre la marcha, dejándome guiar por sus suspiros, por la forma en que arqueaba la espalda cuando acertaba.

Afuera empezaba a oscurecer. La taza de café seguía a medias sobre la mesa del salón, fría y olvidada, mientras nosotras descubríamos que entre dos vecinas, dos amigas, dos mujeres que se creían viejas para todo esto, acababa de abrirse una vida nueva.

Cuando crucé el rellano de vuelta a mi piso, ya entrada la noche, me reí sola en la oscuridad del descansillo. Tres años creyendo que mi cuerpo ya no servía para nada, y había bastado una pregunta indiscreta, una tarde cualquiera, para entender que el deseo no entiende de edades ni de etiquetas. Al día siguiente Pilar llamaría a mi puerta con dos tazas y esa sonrisa suya. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, tenía algo que esperar con ganas.

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Comentarios (6)

JulietaKM

Me encantoooo, esa tension al principio es increible!!!

LuciaVelez

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

Caro_BsAs

excelente relato, muy bien escrito :)

SoledadBaires

Me recordo a una situacion parecida con una amiga... esas preguntas que nadie se atreve a hacer jajaja

Martina_lec

Me gusto mucho como va construyendo la tension entre las dos. No es explicito pero se siente todo, muy buena tecnica narrativa. Espero que sigas escribiendo mas asi

MilaFlorR

esa pregunta... me imagine mil versiones de lo que pudo ser jajajaja

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