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Relatos Ardientes

La esgrimista que me enseñó a desear en silencio

Renata recuerda aquel día con una nitidez que nunca supo explicarse del todo. Tenía dieciséis años y todavía estaba lejos de soñar siquiera con la selección. Había llegado al pabellón como aprendiz, becada por un programa para chicas con proyección, de esas a las que les repiten que mirar un buen combate enseña más que mil repeticiones del mismo desplazamiento.

Y entonces la vio.

Valeria Cruz. Número nueve del ranking continental. Estudiante del último curso en una academia militar a la que entraban pocas y salían menos. Una presencia tan firme como su postura, con una técnica que parecía una prolongación del acero que sostenía. A su lado, en la otra semifinal, calentaba Daniela Roldán: más impulsiva, más ligera, casi juguetona, con una sonrisa indecente mientras se ajustaba la careta.

Las dos eran favoritas, aunque no faltaban rivales peligrosas. Una tiradora del norte, Bianca Sandoval, destacaba por su agresividad. Pero ni siquiera eso logró distraer a Renata, porque no podía apartar los ojos de Valeria.

Se suponía que debía tomar notas. Estudiar fintas, remates, la economía de cada paso. En cambio se quedó quieta en la grada, con el cuaderno cerrado sobre las rodillas, admirando la forma en que aquella mujer se movía con una mezcla imposible de precisión y rabia contenida. Como si peleara contra algo más grande que su contrincante. Como si combatiera contra su propia sangre.

La final, como esperaban casi todos, fue entre Valeria y Daniela. Dos integrantes de la misma selección. Dos sombras opuestas bajo el mismo uniforme. Y, sin embargo, había algo distinto entre ellas, un lenguaje que no estaba escrito en ningún manual de esgrima.

Renata no entendía todavía lo que sentía, pero supo que esa tarde nació algo dentro de ella. No fue solo la manera en que Daniela celebró su victoria por un único toque. Ni cómo Valeria la miró después, como si rendirse ante ella no fuera una derrota sino un alivio. Fue el abrazo del final, ya sin caretas ni defensas, un gesto que no era de rivales ni de amigas, sino algo más hondo que ninguna cámara alcanzó a nombrar.

Allí, entre los vítores y el olor a sudor y a gloria, Renata decidió dos cosas. Que algún día llegaría a ese nivel. Y que quería volver a verla. Y quizá una tercera, más ambiciosa todavía: quería ser ella quien recibiera esa mirada de Valeria al terminar un combate.

***

Ocho años después, Renata ajustó la correa de su careta por tercera vez en la zona de calentamiento. No lo necesitaba. Estaba perfecta desde el primer intento. Pero las manos no se le quedaban quietas, como si así pudiera drenar el temblor que le subía desde el pecho.

El altavoz ya había anunciado a Valeria Cruz. Era su último combate del grupo en el torneo de clasificación olímpica. Cinco toques o tres minutos: eso era todo. Para cualquiera. Para Renata significaba el cierre de media vida.

Desde que supo que las habían sorteado en el mismo grupo, su cuerpo se comportaba como si tuviera fiebre. No era miedo. Era expectativa. La había seguido durante años, en cada torneo, cada titular, cada análisis técnico que publicaban de ella. Valeria no era solo una esgrimista brillante. Era una figura que parecía imposible de quebrar.

Hasta ahora.

—Tirador Renata Solís —sonó por el megáfono.

Se levantó del banco, tomó el arma y caminó hacia la pista. El corazón le golpeaba con fuerza, pero la respiración se mantenía constante. Había entrenado para esto. No solo para ganar, sino para estar a la altura de quien la inspiró.

El combate empezó.

El primer punto fue suyo. Un toque limpio, veloz, que Valeria ni siquiera intentó parar. Renata pensó que tal vez había sido suerte, aunque el corazón le explotaba de alegría. Volvieron a posición.

Segundo punto. Otra vez para ella. Ya no soy la niña que te miraba desde las gradas, pensó, con el pulso latiéndole en las sienes.

El tercer toque llegó, y con él algo cambió por dentro. No era su perfección lo que la hacía ganar. Era Valeria, que no se defendía. Renata tragó saliva. El cuarto la dejaría a un punto del final, y la mujer seguía inmóvil, fija, como una estatua con florete. Ese no era el duelo que había soñado. No así. No de esa forma.

Faltando un solo toque, Renata se lanzó con todo. Un ataque feroz, hambriento, con la esperanza de que Valeria reaccionara, la detuviera, la reconociera como rival. Pero justo antes del contacto algo dentro de ella colapsó. Levantó la mano. Pidió tiempo. Corrió hacia su esquina.

—Mateo, por favor —le dijo a su entrenador—. Tengo que hablar con ella. Esto es vergonzoso. Ni siquiera se defiende.

—Renna, no te enredes en eso. Eres superior de muchas maneras.

—¿De qué me sirve tanto esfuerzo si ella no hace nada? No es justo. No me lo merezco así. Déjame hablar con ella.

—Eso solo lo concede el árbitro. Ve, pregúntale.

Renata se acercó a la mesa arbitral. Le dieron permiso. Caminó hacia Valeria con las piernas temblándole y las manos húmedas. La otra seguía con la careta puesta, pero cuando la tuvo lo bastante cerca, se la quitó.

Ahí estaba. La mujer a la que había querido alcanzar durante años, menospreciándola ahora de la forma más cruel posible: con indiferencia.

—Mi único objetivo al venir aquí era vencerte —dijo Renata, con la voz entrecortada y los ojos húmedos—. Y tú crees que soy tan poca cosa que ni siquiera te molestas en defenderte. No merezco que me trates así.

Valeria la miró. El silencio entre ambas se estiró, denso, durante unos segundos eternos. Después llegó un susurro apenas audible.

—Perdóname.

Renata volvió a su posición. El árbitro marcó el reinicio. Esta vez Valeria reaccionó: bloqueó el ataque y, como si aquella palabra hubiera encendido una chispa, contraatacó. Un desplazamiento perfecto. Una flecha rápida, certera, inesperada. Marcó su primer punto justo cuando el tiempo se agotaba. Victoria para Renata. Pero no se sintió como tal.

Se acercaron al centro de la pista a estrechar manos. En ese contacto, frente a frente, el corazón de Renata pareció explotar otra vez. ¿Era la emoción? ¿Su belleza? ¿O ese vacío en sus ojos?

***

Valeria quedó primera por puntaje general. Renata, segunda. Solo volverían a verse si las dos llegaban a la final, porque cada una lideraría un equipo distinto.

Renata quiso buscarla, felicitarla, entenderla. No la encontró entre los aplausos ni entre las manos que la palmeaban. La halló en los vestidores, sola, mirando al vacío, con los codos sobre las rodillas y la vista hundida en un punto que no parecía existir. Ni el florete a su lado ni la ovación lejana parecían importarle.

Renata respiró hondo y se acercó con cuidado, como si temiera romper algo frágil.

—Estás en primera posición —dijo con suavidad—. Aunque me hayas dejado ganarte.

Valeria giró el rostro despacio. Sus ojos eran un abismo distinto. Ya no vacíos: ahora rotos, como cristales partidos que aún se empeñaban en reflejar luz.

—No te dejé ganar —murmuró.

—¿No? Bueno. Si prefieres creer eso, está bien. —Renata bajó la mirada.

Un silencio íntimo se asentó entre las dos. La fila de taquillas las envolvía, y el rumor del pabellón llegaba amortiguado, como de otro mundo.

—No quiero sonar atrevida, pero siempre admiré tu técnica —siguió Renata—. Tu forma de moverte. De esperar. De leer al oponente antes de que sepa lo que va a hacer.

—¿Vienes a felicitarme por perder? —Valeria soltó una exhalación breve. Casi una risa sin vida.

Renata sintió el impulso de abrazarla, de sostenerla. No cedió. Todavía no.

—Vengo a decirte que ojalá lleguemos juntas a la final. Quiero pelear contigo de verdad. No contra lo que te ciega.

—¿Qué dijiste? —Valeria la miró con un asombro que le devolvió, por un instante, algo vivo a la cara.

Renata no respondió de inmediato. Se marchó hacia la salida, no con aires de triunfo, sino con la urgencia de no quebrarse delante de ella. Pero no salió del todo. Quiso quedarse un poco más, dudando si volver y decirle algo, sin saber bien qué, solo con la certeza de que era importante estar ahí. Entonces una voz la hizo retroceder y esconderse tras una columna.

—¿Ya terminaste con el numerito? —Era el coronel Bustamante, dirigiéndose a Valeria.

Valeria se irguió de golpe.

—Señor.

—Si piensas seguir arrastrándote en la pista como una civil herida, te devuelvo al cuartel hoy mismo. ¿Qué clase de combate fue ese? Tú no tienes permiso para cometer errores. No tú. No a este nivel, y mucho menos delante de las cámaras, la federación y el país entero. Te estamos preparando para representar a tu nación, ¿y te desconcentras por una floretista novata?

Renata apretó los puños hasta clavarse las uñas. Era una mezcla de cosas: coraje por lo que oía, por cómo trataban a Valeria, y también por cómo hablaban de ella sin conocerla. Para ese mundo seguía siendo una desconocida de un pueblo del interior, sin armas propias, con el equipo básico que su madre —maestra de escuela pública— le había comprado con años de esfuerzo. Una fisioterapeuta que entrenaba de madrugada y había subido peldaño a peldaño desde el anonimato. Y aun así, para ellos, seguía siendo nadie.

El coronel se marchó. Renata no se movió. Entendió, con una certeza brutal, que Valeria no solo estaba rota por dentro: la estaban obligando a seguir así. Y eso era algo que ella no estaba dispuesta a permitir.

***

Cuando los pasos del coronel se perdieron por el corredor, Renata salió de su escondite. Valeria seguía de pie junto a la taquilla, con la chaqueta del uniforme a medio abrir y la respiración agitada, como si el aire del vestidor de pronto no le alcanzara.

—No tenías por qué escuchar eso —dijo Valeria, sin mirarla.

—Y tú no tenías por qué aguantarlo. —Renata se acercó un paso. Después otro. El banco de madera crujió bajo su rodilla cuando se inclinó hacia ella—. Mírame.

Valeria levantó la vista. Algo en sus ojos había cambiado: el cristal roto seguía ahí, pero detrás brillaba otra cosa, una pregunta que llevaba años sin atreverse a formular. Renata le tomó la mano. La piel de Valeria estaba fría, y tembló bajo su contacto como tiembla un florete al final de una estocada larga.

—Llevo media vida estudiándote —murmuró Renata—. Cada paso, cada giro de muñeca. Creí que quería derrotarte. Pero no era eso.

—¿Y qué era? —La voz de Valeria salió ronca, apenas un hilo.

Renata no contestó con palabras. Subió la mano libre hasta el cuello de Valeria, sintió el pulso disparado bajo la yema de los dedos, y la besó. Fue un beso lento al principio, una pregunta más que una afirmación. Valeria se quedó rígida un segundo, dos, y después cedió de golpe, como cede una defensa que se ha sostenido demasiado tiempo. Le devolvió el beso con un hambre que no tenía nada de la frialdad de la pista.

—No deberíamos —susurró Valeria contra su boca, sin apartarse ni un milímetro.

—Lo sé.

Renata la empujó con suavidad contra las taquillas. El metal sonó hueco. Le bajó la cremallera de la chaqueta hasta la cintura y deslizó las manos por debajo, recorriendo la piel cálida del abdomen, los músculos firmes que tantas veces había visto tensarse en un ataque a fondo. Valeria contuvo el aliento cuando los dedos le rozaron el borde del sujetador deportivo.

—Mírame mientras lo haces —pidió Renata, y se lo repitió contra el cuello, en voz baja—. No quiero que estés en otra parte.

Valeria la miró. Por primera vez en toda la tarde, la miró de verdad, sin esa niebla que el coronel y la presión y los años le habían echado encima. Enredó los dedos en el pelo húmedo de Renata y tiró de ella hacia abajo, hacia su boca, hacia el hueco tibio de su garganta. Renata le besó la clavícula, el nacimiento del pecho, mientras una mano subía por la cara interna de su muslo todavía enfundado en el pantalón blanco.

El vestidor olía a sudor, a metal y a ese calor nuevo que despedían las dos. Renata fue desabrochando lo que quedaba, sin prisa, atenta a cada estremecimiento, leyendo a Valeria igual que ella leía a sus rivales: por la respiración, por la tensión de los hombros, por el modo en que las caderas se adelantaban buscando más. Cuando los dedos de Renata por fin la encontraron, ya húmeda, Valeria dejó escapar un sonido que no se parecía en nada a las órdenes ni a los reglamentos: un gemido bajo, entregado, completamente suyo.

—Así —jadeó Renata, marcando un ritmo lento y firme—. No eres de ellos. Ahora mismo no eres de nadie más que de ti.

Valeria se aferró a sus hombros, la frente apoyada contra la de Renata, y dejó que el placer le subiera en oleadas largas hasta que las piernas le fallaron. Renata la sostuvo, sin dejar de moverse, hasta que el último temblor la recorrió entera y la mujer inquebrantable de las gradas se deshizo, viva, jadeante, real, entre sus brazos.

Después se quedaron un rato así, sentadas en el banco, hombro contra hombro, recuperando el aire. Valeria le buscó la mano y entrelazó los dedos con los suyos.

—La final —dijo, y por primera vez su voz no sonaba rota—. Si llegamos las dos, prométeme una cosa.

—Lo que quieras.

—Que vas a defenderte de verdad. —Valeria sonrió, apenas, pero la sonrisa le llegó a los ojos—. Quiero perder contra ti porque no pude evitarlo. No porque me dejé.

Renata le apretó la mano. Ocho años atrás había deseado recibir esa mirada al terminar un combate. Ahora la tenía a un palmo, encendida y entera, y supo que ya no quería la medalla. Quería esto. Quería volver a ser, para Valeria, la chispa que la hiciera brillar.

—Te lo prometo —dijo—. Pero hasta entonces, descansa.

Y esta vez, cuando salió de los vestidores, no lo hizo huyendo de quebrarse. Lo hizo sabiendo que la final no sería el final de nada, sino el principio de algo que ninguna cámara alcanzaría jamás a nombrar.

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