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Relatos Ardientes

La condesa me prometió una noche que no olvidaría

Los días se arrastraban desde aquel encuentro en las afueras. El verano avanzaba y el calor en la ciudad se había vuelto insoportable; el asfalto devolvía de noche todo el bochorno que acumulaba de día. Marina tenía la suerte de poder trabajar desde casa, con el aire acondicionado encendido a todas horas. Pero esa mañana su jefe la había llamado a la oficina por un asunto urgente.

—Marina, buenos días. Tenemos algo importante entre manos —dijo él, cerrando la puerta del despacho—. La condesa de Valverde busca una casa señorial cerca de la costa asturiana y quiere nuestro asesoramiento. Hemos pensado que eres la persona indicada. Tendrás que desplazarte y visitar varias propiedades.

—De acuerdo. ¿Dónde puedo alojarme? ¿Has pensado en algún sitio cercano?

—La propia condesa te ofrece una habitación en su residencia actual. Una residencia que, de paso, también tendrás que tasar, por si decide venderla.

—Perfecto. ¿Cuándo salgo?

—Cuando quieras. El lunes deberías empezar, pero puedes adelantarte y conocer la zona.

Marina salió contenta de la oficina. El norte siempre le había gustado, y el clima resultaba mucho más amable que el sofoco de la ciudad. Caminó hasta su casa, paró a tomarse una caña y decidió que el viernes sería un buen día para ponerse en marcha. Llamaría a la condesa para concretar; si no podía recibirla hasta el lunes, se buscaría un hotel cercano.

La condesa, muy amable por teléfono, le aseguró que no había ningún problema: el viernes tendría preparada una habitación. Marina le dio las gracias y empezó a hacer la maleta. Ahora se movería en un mundo de lujo y debía elegir bien la ropa. Metió un par de vestidos de fiesta, algo más informal y una buena variedad de lencería. Por supuesto, no se olvidó de su mejor aliado: un consolador grueso que le había regalado más de una madrugada en blanco.

***

El viernes condujo durante horas. Paró en Burgos a comer un bocadillo y siguió la marcha hasta el pazo. Gracias a las coordenadas, el camino resultó sencillo. Una tapia de piedra rodeaba la finca hasta morir en una imponente puerta de madera, abierta de par en par. Marina la traspasó y recorrió los más de quinientos metros que la separaban de la entrada principal. Llamó con un aldabón de hierro macizo que reproducía un árbol, parte del escudo familiar.

—Pase, señorita. La señora la está esperando.

En el recibidor, un bargueño dominaba el espacio. Sobre él, un bellísimo reloj de bronce quedaba flanqueado por dos candelabros dorados. Tras otra puerta de madera se abría el salón donde la condesa aguardaba.

Era una mujer madura, aunque su elegancia la volvía difícil de fechar; rondaría los cuarenta y cinco, calculó Marina. Vestía un impresionante traje negro, abotonado hasta el cuello y largo hasta los tobillos, que sin embargo marcaba sus curvas con una crudeza deliciosa y dejaba intuir unos pechos bien formados. La condesa se acercó y le dio dos besos en las mejillas, apretando su cuerpo contra el de ella un instante más de lo necesario.

—Ven, te enseñaré la casa. Al menos, una parte.

Marina estaba deslumbrada. El salón superaba los ochenta metros cuadrados y todo en él se distribuía con una armonía estudiada. Entre dos ventanales, un espejo enorme presidía la estancia. A la derecha, un elegante tresillo de época llenaba la pared, coronado por otro espejo. Enfrente, un piano de cola se alzaba bajo los retratos de la familia.

—Querida, solo te mostraré lo que usarás a diario. Recorrer el resto nos llevaría días.

Salieron a un corredor de madera maciza donde un gran ventanal le daba aspecto de galería. La habitación de la condesa dejó a Marina con los ojos como platos: un dosel de madera tallada cobijaba una cama con repujados primorosos en el cabecero. Desde la ventana se adivinaba el laberinto que ordenaba esa parte del jardín. La habitación de Marina, cuatro puertas más allá, era algo más austera, por decir algo, con su dosel sobrio y un armario de roble enfrente de la ventana.

Pasaron al comedor principal, rodeado de retratos. Al lado había otro más pequeño, donde —según le explicó— se hacía la vida cotidiana.

—Bueno, Marina, ya te haces una idea de lo que busco. Espero que me encuentres algo a la altura de mis caprichos.

—¿De verdad querría vender esta maravilla?

—No, mujer, no podría. Aquí está mi vida, mi historia. Quiero algo más cerca del mar, para pasar los veranos.

—Me había asustado. Esto es precioso.

—Gracias. Ahora, si quieres, dúchate y cámbiate para la cena. Hoy estaremos solas.

***

Cuando Marina volvió a su cuarto, sus cosas ya estaban perfectamente colocadas. Se desnudó y notó cómo, con el frescor de las paredes de piedra, sus pezones se endurecían. El lujo que se respiraba en aquella casa la tenía, sin saber muy bien por qué, profundamente excitada. El baño lo dominaba una bañera enorme, y no dudó en darse el gusto.

Se sumergió en el agua caliente, llena de sales, y cerró los ojos. Se imaginó en aquel gran salón, rodeada de cuerpos que la halagaban buscando sus favores. Reía, jugaba con ellos, a sabiendas de que tarde o temprano terminaría con las piernas abiertas para todos.

Sus manos recorrían su cuerpo, resbaladizo por el aceite del agua. Tenía el clítoris hinchado y los pezones tan duros que cualquier roce era un placer afilado. Gemía bajito, imaginando que la desnudaban y la tumbaban sobre el piano, que se turnaban para devorarla.

Dos dedos entraron en ella. Se vio a cuatro patas sobre el tresillo, ofreciéndose. Una mano en el pezón, otra entre las piernas. Se incorporó en la bañera, se puso de rodillas y dejó que un dedo buscara su culo mientras el otro la penetraba. Soñaba con una doble penetración sin fin. Un orgasmo, y otro, y otro más, hasta que quedó laxa contra la porcelana, con la respiración descontrolada, sin fuerzas para incorporarse durante un buen rato.

***

Vestida con sobriedad, bajó al comedor. Al cruzar el salón reparó en algo que antes le había pasado inadvertido: en una esquina, un enorme reloj de pared brillaba con luz propia. Se acercó a contemplarlo. Era una preciosidad, con incrustaciones minuciosas en cada centímetro.

Tan absorta estaba que no oyó llegar a la condesa, que le rodeó la cintura por detrás.

—¿Te gusta? —le susurró al oído.

Marina se estremeció con el contacto.

—Es realmente una preciosidad.

—Es del siglo dieciséis. Mi tatarabuelo lo compró en una subasta. Dicen que perteneció a un rey.

La mano de la condesa recorría su cintura despacio, despertando en ella un escalofrío hecho de incertidumbre y deseo.

—Vayamos al comedor. Es la hora de cenar.

Se sentaron una frente a la otra. Una chica rubia les sirvió la cena. Hablaron del proyecto y de la generosa suma que la condesa estaba dispuesta a invertir, siempre que la casa fuera de su total agrado. Marina, mientras tanto, no podía dejar de mirar cómo subían y bajaban aquellos pechos al ritmo de su respiración. Durante los días siguientes la fue conociendo mejor, y la notaba cada vez más lanzada, más cerca.

***

Tras varias semanas de búsqueda, por fin creyó haber encontrado lo que la condesa buscaba. Una casa señorial ni demasiado grande ni pequeña, con una imponente entrada de piedra y una escalera de doble tramo que ascendía hasta la puerta. Un jardín cuidadísimo rodeaba el camino, y al fondo, tras la arboleda, el mar se metía tierra adentro por una pequeña ría. Marina quedó impresionada, segura de que a la condesa le pasaría lo mismo.

—Señora, creo que he encontrado lo que tanto deseaba. A mí me ha enamorado. He reservado una visita para mañana.

—Por tus ojos veo que estás emocionada. ¿De verdad es tan fantástica?

—Tendrá que verlo usted misma.

Esa noche cenaron juntas y vieron una película. La condesa se sentó pegada a ella. La cinta, de terror y con un fuerte componente erótico, las dejó a ambas tensas y muy juntas.

—Hoy estoy muy cansada —dijo la condesa—, pero si me gusta la casa, mañana te prometo una noche que no vas a olvidar. ¿Te apetece?

Marina deslizó la mano por su brazo hasta el cuello y la acarició con dulzura.

—Estaré encantada de compartir con usted unos momentos intensos.

***

A la mañana siguiente partieron hacia la casa. Nada más bajar del coche, la condesa abrió mucho los ojos y asintió en silencio. Recorrieron despacio el jardín hasta la escalera.

—Me encanta. Qué maravilla.

Arriba las recibió el mar con la marea alta. Tras visitar las estancias, volvieron al jardín y se detuvieron frente al agua.

—La quiero. Negocia un buen precio, pero no te preocupes por el dinero: mis abogados cerrarán el trato.

Media hora después, Marina regresaba con buenas noticias: la compra estaba hecha. Las dos se abrazaron para celebrarlo. De vuelta a casa, ella pensaba en los beneficios de aquella venta y en que esa noche, por fin, podría disfrutar del cuerpo de la condesa. Al llegar, cada una fue a su cuarto a ducharse y arreglarse.

Curiosamente, cuando volvieron a encontrarse iban vestidas de forma muy parecida. Marina llevaba una blusa blanca y una falda de cuero negra, sin medias y sin ropa interior. La condesa lucía una blusa de seda negra que dejaba entrever sus pechos firmes y una falda de tubo que realzaba su figura. Se miraron y se fundieron en un beso largo y húmedo.

—Hoy estamos solas. Le he dado el día libre al servicio.

—Pícara. ¿Qué tienes pensado?

La condesa trajo de la cocina una bandeja con la cena. Comieron y hablaron de sexo. Le confesó que, tras una relación tormentosa con un hombre que casi la arruinó, se había inclinado por las mujeres: daban más placer y eran mucho menos agresivas. Marina le dijo que ella disfrutaba de ambos, aunque una buena polla la volvía loca. Luego la condesa volvió con un cubo de hielo, descorchó una botella de cava con pericia y sirvió dos copas.

—Ven, siéntate aquí, sobre la mesa.

Marina se sentó en el borde, frente a ella. La condesa dejó la copa, se inclinó y le besó la boca. Se besaron muy despacio, saboreándose, mientras la condesa desabrochaba uno a uno los botones de la blusa y se la deslizaba por los brazos. Sus manos subieron a los pechos de Marina y los acariciaron como si fueran de porcelana. Su lengua bajó a lamerle los pezones con paciencia de gato.

Después, esas mismas manos descendieron y se colaron bajo la falda.

—Vaya, ya venías preparada —murmuró la condesa.

—Sí... no pares ahora. No pares.

Sin dejar de besarla, la condesa le acariciaba el sexo con una suavidad enloquecedora. Marina, jadeante, llevó las manos a la blusa de seda y la abrió hasta liberar aquellos pechos firmes. Acarició los pezones prominentes y descubrió la tersura de una piel que parecía no haber envejecido nunca.

La condesa se separó un instante y hundió la cabeza entre sus piernas. Su boca se pegó a los labios de su sexo y su lengua lo recorrió entero. Allí se quedó durante unos minutos interminables que llevaron a Marina al más dulce de los orgasmos. Y mientras ella intentaba recuperar el aliento, la condesa, incansable, le coló dos dedos en el culo y la penetró sin descanso.

—Para, para, por favor, que me matas... —gemía Marina, arqueándose contra esa boca y esos dedos.

La condesa subió de nuevo a conquistarle el cuello, los pechos, la boca. Marina, cuando logró respirar, se escurrió de sus brazos y se arrodilló para devorarla a ella. La encontró abierta y empapada. Hundió la cara, buscó con la lengua hasta dar con el clítoris hinchado que la esperaba. La condesa le sujetaba la cabeza con fuerza, guiándola.

—Hija de puta, me vas a matar. No pares, no pares...

Animada por aquellas palabras, Marina lo lamió, lo succionó, lo mordió, mientras dos de sus dedos imitaban lo que la condesa le había hecho antes. La condesa arqueaba la espalda buscando una penetración más honda, apretándole la cabeza contra el sexo. Los gemidos subían igual que el vaivén de su pelvis, hasta que por fin estalló en un grito y se derrumbó hacia un lado.

Esa noche durmieron juntas. Al alba, Marina emprendió el regreso. Llegó radiante a la oficina y su jefe la felicitó: la venta les había dejado un beneficio excelente. Dijo que estaba cansada y se marchó pronto a casa.

—Por cierto —comentó la condesa al teléfono, esa misma tarde—, tu chica es muy eficiente. Se ha ido muy contenta. Y muy satisfecha.

—Ja, ja, condesa, usted siempre igual —rió él—. Muchas gracias.

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Comentarios (7)

MajoCordoba

que relato mas rico!!! me encantó de principio a fin

Inés_lectora

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. Muy bueno!!

SofíaMdq

Me gusto mucho la ambientación, el contexto de la tasadora y la condesa le da un toque muy especial al relato. Se siente elegante y excitante a la vez.

FrancoTK

increible, sigue escribiendo!

Cris_Tucumana

Me recordo a una situacion inesperada que me paso en un trabajo hace unos años jaja. Las sorpresas son siempre las mejores

lectora_silen

Existe continuación? Quede muy intrigada con el personaje de la condesa, parece que tiene mucha historia detras

DiegoM23

Buenisimo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, no pude parar de leer

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