Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi rival de ojos de miel me buscó en el vestuario

El último silbato seguía vibrando en la cabeza de Renata cuando salió de la pista, como un eco burlón que se negaba a soltarla.

Se había quitado la careta, pero la otra máscara —la de siempre, la que llevaba pegada al rostro desde hacía años— seguía intacta. No le dolía la derrota. Le dolía la mirada que la había desarmado.

No era normal que perdiera, y mucho menos así: paralizada en mitad del asalto, el florete de pronto ajeno en su mano, el cuerpo pesándole más que la voluntad. Todo por culpa de unos ojos.

No un ámbar cualquiera de los que tantas presumen. Eran de un color miel profundo, casi líquido, con vetas doradas que parecían moverse con la luz. Demasiado parecidos a los de Daniela. Quizá por eso dolía tanto sostenerlos.

Con un solo destello, todo había vuelto: la persona que le enseñó a amar el florete, la única que creyó que Renata, criada entre el deber y la perfección, podía ganar por sí misma y disfrutar el camino. La única que le habló del amor sin nombrarlo. Y también la única que no había podido proteger.

Renata se arrancó el guante con rabia y lo lanzó contra la pared del vestuario vacío. Nadie la siguió. Nadie se atrevía.

Se miró las manos. Manos que habían aprendido a sostener la muerte sin temblar, que habían tocado cuerpos sin nombre con la misma precisión con la que empuñaban un arma. Había elegido la medicina forense porque la muerte ya no la asustaba. En una ciudad donde los disparos eran más frecuentes que los amaneceres, la muerte era pura rutina.

Pero hay muertes que no se diseccionan, que no caben en un informe de autopsia. Daniela era una de esas.

Y ahora esa chica —Valeria, había alcanzado a escuchar— con esos ojos imposibles, le había rozado la herida más oculta. No con el acero, sino con una mirada.

***

Renata no escuchó los aplausos ni el anuncio de los cruces eliminatorios. Solo el latido pesado en sus sienes.

Estaba sentada en el banco, la chaqueta abierta, el pelo aún húmedo de sudor, la vista perdida entre las tablas del suelo, cuando una sombra se proyectó frente a ella. No levantó la cabeza. No le interesaba saber quién había llegado.

—Quedaste en primera posición —dijo una voz suave, femenina, como si no quisiera romper el silencio sino entrar en él—. Aunque me hayas dejado ganarte.

Renata alzó los ojos. Allí estaba. Valeria. La chica de los ojos de miel.

Sin careta, sin florete en la mano, parecía otra. Más humana. Menos rival. Más parecida a Daniela. Demasiado.

—No te dejé ganar —respondió Renata, seca.

—¿No? —Valeria sonrió apenas—. Si prefieres creer eso, está bien.

Hubo un silencio espeso. El ruido de fondo seguía: gritos, nombres, metal contra metal, vida. Pero en ese rincón del pabellón todo estaba suspendido.

Valeria dio un paso más y se agachó un poco, buscándole los ojos sin presionar.

—No quiero sonar atrevida, pero siempre admiré tu forma de moverte. Tu manera de esperar. De leer al adversario antes de que sepa lo que va a hacer.

—¿Vienes a felicitarme porque perdí? —espetó Renata, con un amargor que no supo contener.

Valeria rio bajito.

—Vengo a decirte que ojalá lleguemos juntas a la final. Quiero pelear contigo de verdad. No contra esa niebla que te ciega cuando me miras.

—¿Qué dijiste? —Renata la miró como si esas palabras hubieran tocado algo demasiado íntimo.

Pero Valeria solo sonrió con una ternura desconcertante.

—Hasta entonces, descansa. —Y se marchó.

Renata la observó alejarse y sintió que algo dentro de ella temblaba. No era rabia. No era tristeza. Era peligro. Era memoria. Era la posibilidad remota de volver a sentir.

***

El frío de la sala de autopsias era casi reconfortante. No por el cuerpo que yacía en la mesa, sino por la ausencia de exigencias. Los muertos no preguntaban. No decepcionaban.

Renata se calzó los guantes con la precisión de una máquina y encendió la luz directa sobre el cadáver. Un joven de unos veinte años, otro número en la estadística. Tomó el bisturí y trazó la primera incisión, sin temblor, sin apuro.

La voz de su entrenador, el coronel Beltrán, todavía rebotaba en su cabeza: «Los que tienen talento no tienen derecho al fracaso». Se lo había soltado esa misma tarde, sin mirarla, antes de amenazarla con devolverla al cuartel si volvía a desconcentrarse por «una floretista novata».

Los músculos del pecho cedieron bajo el filo, el esternón reveló el silencio de los pulmones, y fue en esa quietud cuando el recuerdo se coló sin permiso. Los ojos de Valeria. Los ojos de Daniela. Apretó los párpados y se obligó a seguir. Disecar, medir, registrar.

Pero volvió igual: el tacto de una mano tibia sobre su muñeca, años atrás, antes de su primer torneo. Daniela despeinada, con esa voz que aún vivía en algún rincón de su cuerpo: «No luches por ganarle a todas. Lucha porque te quieres al hacerlo».

Renata dejó el bisturí a un lado. Tenía los ojos húmedos, pero no permitió que la lágrima cayera. Tocó con el guante el rostro frío del cadáver.

—Tú ya no sientes nada —murmuró—. Qué envidia.

No era crueldad. Era confesión. Ella sí sentía, aunque no pudiera admitirlo, y esa era su verdadera derrota.

—¿Otra vez hablándole a los clientes? —La voz de Mariana rompió el silencio.

Su colega del laboratorio, también espadista del equipo, menuda y serena, lo más parecido a una amiga que Renata toleraba. Se puso los guantes y se acercó a la mesa con naturalidad.

—¿Quién era? —preguntó al rato.

—¿Quién?

—La que viste cuando la miraste a los ojos. No me digas que fue la chica lo que te desarmó. No a ti, y menos así.

Renata no respondió.

—En dos días es la fase eliminatoria —dijo Mariana antes de irse, quitándose los guantes en la puerta—. Si te toca contra ella, mírala bien. Pero esta vez, defiéndete.

***

El cruce las emparejó, claro. El destino tenía sentido del humor.

Esta vez Renata no se dejó ahogar por la niebla. Atacó, esperó, leyó cada finta de Valeria como leía un cuerpo en la mesa de autopsias. El asalto fue largo, parejo, lleno de tocados que ninguna de las dos cedía con facilidad. Cuando el marcador se cerró a favor de Renata, ambas terminaron jadeando, empapadas, con la respiración entrelazada bajo las caretas.

Renata se retiró al vestuario antes que nadie. Necesitaba silencio. La adrenalina aún le corría por los muslos, mezclada con algo más caliente y más espeso, cuando la puerta volvió a abrirse.

Era Valeria, todavía con el uniforme blanco abierto hasta el ombligo, la piel encendida del esfuerzo, un hilo de sudor bajándole entre los pechos.

—Te defendiste —dijo, y se le acercó despacio—. Por fin.

—Gané —corrigió Renata, sin convicción.

—No vine por eso. —Valeria se detuvo a un palmo de ella. La miró a los ojos sin permitirle escapar—. Llevas tres días mirándome como si yo fuera un fantasma. Quiero que me mires a mí. Que me toques a mí. Que me folles a mí, si te animás.

Renata abrió la boca para responder, pero Valeria ya le había puesto una mano en la nuca y la besaba. No fue un beso tímido. Fue un beso que reclamaba, con la lengua entrando entera, hambrienta, respondiendo a la tensión de tres días en una sola embestida. Renata se resistió un segundo —solo uno— y después dejó caer la máscara que llevaba pegada al alma desde hacía años y le mordió el labio hasta arrancarle un quejido.

La empujó contra los casilleros metálicos. El golpe sonó hueco en el vestuario vacío. Valeria rio contra su boca, y esa risa le encendió algo en el vientre, un tirón bajo, húmedo, imposible de ignorar.

—Cerrá la puerta —jadeó Valeria—. Cerrala y vení a partirme en dos.

Renata pasó el pestillo sin dejar de mirarla, y al volver le abrió la chaqueta del todo de un tirón. Debajo no llevaba nada más que el plastrón a medio quitar y un sujetador deportivo que ya cedía. Se lo arrancó por encima de la cabeza. Los pechos de Valeria saltaron libres, pequeños y firmes, los pezones duros, oscuros, apuntándole a la boca. Renata no se hizo rogar: bajó y se metió uno entero, chupándolo con hambre, arrancándoselo con los dientes hasta que Valeria maldijo por lo bajo.

—Joder… así, así, no pares —gimió, hundiéndole los dedos en el pelo húmedo—. Mordeme el otro, dale.

Renata obedeció, pasando la lengua áspera de un pezón al otro, mientras le apretaba las tetas con las dos manos, ensalivándolas, dejándolas brillantes. Las manos que sostenían bisturíes sin temblar le recorrieron las costillas, el estómago plano, el vientre que subía y bajaba a golpes de aire. Cada vez que Valeria contenía el aliento, Renata sentía que recuperaba algo perdido, y le mordía la piel un poco más fuerte, marcándola.

Le desabrochó el pantalón del uniforme y se lo bajó por los muslos tensos junto con las bragas empapadas, que quedaron colgando en un tobillo. El coño de Valeria apareció ante ella, brillante, hinchado, con el vello recortado y los labios abiertos por la excitación. El olor la golpeó de lleno, ácido y dulce a la vez, y Renata sintió que su propio sexo latía dentro del pantalón.

—Mirá cómo estás —murmuró, pasándole dos dedos por la raja, arrastrando la humedad hasta el clítoris—. Empapada. Toda esa cara de santa y estás chorreando.

—Por vos —jadeó Valeria—. Llevo tres días así por vos. Chupame ya, no me hagas suplicar.

Renata se arrodilló sobre el suelo frío del vestuario, le echó una pierna por encima del hombro y hundió la cara sin ceremonias. La primera lamida fue de abajo hacia arriba, larga, plana, arrancando toda la humedad de un solo trago. Valeria se dobló hacia adelante con un gemido que intentó ahogar mordiéndose la muñeca.

—Aquí no… nos van a oír —susurró, sin convicción ninguna, mientras le presionaba la cabeza contra el coño—. Que se jodan, que oigan, no pares, no pares…

Renata respondió subiendo el ritmo. Dibujó círculos lentos sobre el clítoris con la punta de la lengua, después rápidos, después la chupó entera, succionándola entre los labios, leyendo cada estremecimiento como leía un asalto: cuándo apretar, cuándo esperar, cuándo clavar el golpe. Le abrió los labios del coño con dos dedos y hundió la lengua adentro, follándola así, notando cómo las paredes le apretaban la punta.

—Ay, hija de puta, qué bien lo hacés —jadeó Valeria, la cabeza golpeando contra el metal—. Meteme los dedos, meteme los dedos ya.

Subió dos dedos despacio, curvándolos, buscando el punto rugoso adentro, y Valeria se arqueó, las uñas clavadas en sus hombros, el uniforme blanco terminando de deslizarse hasta el suelo. Renata la folló con la mano al mismo tiempo que le chupaba el clítoris, entrando y saliendo, sintiendo cómo el coño se cerraba cada vez más apretado alrededor de sus nudillos. Metió un tercer dedo y Valeria soltó un grito ronco.

—Sí, sí, así, más fuerte, rómpeme…

El nombre que jadeó no fue el de nadie más. Fue el de Renata, repetido como una rendición, entre insultos, entre súplicas.

Cuando el cuerpo de Valeria se tensó como un arco y luego se deshizo entre temblores, mojándole la barbilla y la mano con un chorro tibio, Renata se quedó quieta, la frente apoyada contra el interior tibio de su muslo, sacando los dedos despacio, lamiéndolos uno a uno mientras la miraba. Escuchándola recuperar el aire con jadeos rotos. Por primera vez en años no veía un fantasma. Veía a la mujer real que temblaba sobre ella, con las piernas todavía abiertas y el coño palpitando.

Valeria la levantó del suelo tirándole del pelo y la besó de nuevo, esta vez sin prisa, saboreándose entera en su boca, chupándole los labios que brillaban con ella misma. Después invirtió los papeles, llevándola contra los casilleros con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.

—Ahora me toca leerte a mí —dijo—. Y voy a ser hija de puta.

Le arrancó la chaqueta de un tirón, le bajó el pantalón y las bragas de un mismo movimiento hasta las rodillas. Renata quedó apoyada contra el metal, con el culo al aire, los muslos ya brillando de lo mojada que estaba.

—Mírate —susurró Valeria, pasándole la palma abierta por el coño—. La forense implacable, hecha una perra empapada por mí.

Renata gimió sin poder callarse. Las manos de Valeria conocían el cuerpo de una atleta, sabían dónde estaba la tensión y cómo desarmarla. Le abrió los labios y le hundió dos dedos de golpe, hasta el fondo, y Renata soltó un jadeo ahogado, mordiéndose el antebrazo.

—Callá, callá que nos oyen —rio Valeria contra su oreja, empezando a follarla con la mano, fuerte, sacándola y metiéndola con un ritmo obsceno que hacía sonar la humedad—. Aunque te encantaría que entraran a vernos, ¿no? Que te vieran cogida contra los casilleros.

—Cállate y seguí —gruñó Renata, empujando las caderas contra la mano.

Valeria se rio y se arrodilló a su vez. Le separó las nalgas con una mano y con la otra siguió metiendo los dedos mientras le clavaba la lengua en el clítoris por detrás, entre los muslos, chupándoselo desde abajo. Renata, que pasaba la vida controlándolo todo, se descubrió incapaz de controlar nada. Se aferró al borde frío del metal con las dos manos, las rodillas temblándole, la boca abierta contra el hombro para no gritar.

—Más rápido —jadeó—. Más adentro, por favor, más…

Valeria le metió un tercer dedo, después le paseó el pulgar por el ojete y presionó sin llegar a entrar, y esa presión fue la que la deshizo. Cerró los ojos, y esta vez, detrás de los párpados, no había niebla. Solo color miel, y una lengua caliente, y unos dedos que sabían exactamente dónde curvarse.

El orgasmo la sacudió en silencio, mordiéndose el labio hasta hacerlo sangrar para no gritar, las rodillas a punto de fallarle, el coño apretándose en espasmos alrededor de los dedos de Valeria. Se corrió con un temblor largo, chorreándole la mano, dejándole la muñeca brillante. Valeria la sostuvo contra sí hasta que dejó de temblar, sacando los dedos despacio y llevándoselos a la boca.

—Sabés a rendición —murmuró, chupándolos con los ojos fijos en los de Renata.

***

Después se quedaron sentadas en el banco, los uniformes hechos un desastre en el suelo, los hombros tocándose, los muslos todavía pegajosos, el corazón bajando de a poco.

—El coronel me va a matar —dijo Renata, y por primera vez en años sonrió de verdad.

—Que lo intente. —Valeria le tomó la mano—. ¿Sabés? Me recordabas a alguien la primera vez que te vi.

Renata la miró. Los ojos de miel seguían ahí, pero ya no le pesaban como una losa. Pesaban distinto. Pesaban a futuro.

—Yo también pensé que eras un recuerdo —admitió—. Resulta que eras otra cosa.

—¿Qué cosa?

Renata no contestó enseguida. Afuera seguían los gritos, los nombres, el metal contra el metal, la vida. Pero por una vez no tenía prisa por volver a ella.

—Una razón para defenderme —dijo al fin.

Y la besó, despacio, sin máscara.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(7)

Luciana_Rc

Dios mio que relato... me dejo sin palabras. Gracias por compartirlo!!!

ValentinaGBA

Por favor una segunda parte, se corto justo cuando mejor estaba. No puede terminar asi!

CrisM88

Lo de la cirujana con pulso firme hasta que aparece ella... que manera de arrancar un relato. Excelente.

SandraOK

Me recordo a algo que vivi en el trabajo, esa tension acumulada con alguien que no te cae bien y de repente todo cambia. Real total.

FlaCordova

El titulo ya me engancho y lo demas fue aun mejor. Tremendo!

NachoLect

Hay algo en los relatos lesbicos bien escritos que te atrapa diferente. Este es uno de esos, la tension entre las dos esta perfecta.

Klaus_BsAs

jajaja me encanto lo del vestuario, a veces uno busca la pelea y termina buscando otra cosa. Muy buen relato.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.