La película que me hizo desear a mi vecina
Sonó el timbre y miré el reloj de la pared: las diez y cuarto. Se estaba demorando. Normalmente aparecía más temprano, sobre las nueve y media, y yo llevaba esperándola desde mucho antes, con una ansiedad que no sabía bien dónde meter. Me había acostumbrado a tenerla cerca por las mañanas; desde que empezaron sus vacaciones venía todos los días sin falta. Decía que se aburría sola en su piso, que prefería estar conmigo, y a mí me venía bien la compañía. Tener con quien hablar para variar.
Curiosamente no la conocí en el edificio sino en el supermercado. Se acercó a preguntarme por una marca de café, me dijo que mi cara le sonaba, me preguntó dónde vivía y, cuando le dije el nombre del bloque, abrió los ojos.
—¡Claro! Yo vivo en el octavo. Encantada, soy Renata. Pero dime Renu.
Yo vivía en el cuarto. Desde entonces, ella bajaba.
Esa mañana llevaba toda la espera pegada al reloj, pero la ansiedad venía de antes. Desde que mi marido cerró la puerta para irse, no había hecho otra cosa que mirar la hora. Apenas había dormido. La noche entera se me había ido fantaseando con ella, imaginando su cuerpo desnudo, reviviendo las imágenes de la película que acabábamos de ver, solo que en mi cabeza no eran dos desconocidas las que se tocaban, éramos nosotras.
Mi marido y yo habíamos empezado a ver películas porno hacía poco. Esa noche él trajo un DVD lésbico; era la primera vez que yo veía algo así. No despegué los ojos de la pantalla. Lo que pasaba ahí me atrapó por completo, me despertó un deseo que no sabía que tenía dentro. Y entonces pensé en Renu. La idea de estar con ella de esa manera se me hizo irresistible. Su imagen llegó sin que yo la llamara, en mitad de la excitación, y no tuve que esforzarme nada para construir la fantasía.
Se me volvió una obsesión. Cuanto más miraba la película, más ganas me daban de tenerla así. Me sentía ahogada. Cuando él por fin se quedó dormido a mi lado, me sentí libre para dejar volar la imaginación. Cerraba los ojos y me veía quitándole la ropa, teniéndola desnuda frente a mí, y eso me hacía hundir los dedos más profundo, apretarme los pezones con más fuerza. A veces no podía contener los suspiros y abría la boca para tragar aire. Por más que me tocaba y me corría, el deseo seguía ahí, intacto.
Intentaba relajarme y era imposible. Cada vez que cerraba los ojos volvían fragmentos de la película, y detrás venía Renu, y volvía a calentarme. Lo que había empezado como fantasía se había convertido en certeza: quería estar con ella. Y pensaba en el día siguiente, en el momento en que la viera cruzar la puerta. ¿Qué voy a hacer? Con esa pregunta, la certeza se transformó en un plan para acostarme con ella costara lo que costara.
Así pasé la noche entera. Planeando, repasando cada movimiento, cambiando pequeños detalles para que todo saliera perfecto. Lo único que me preocupaba era su reacción. Cabía la posibilidad de que me rechazara de plano y todo se viniera abajo, pero era un riesgo que estaba dispuesta a correr. A esas horas ya no hablaba mi cabeza, hablaba el desespero.
***
Terminé exhausta, con los músculos agarrotados de tanto tensarlos. Supongo que ahí fue cuando por fin me dormí. Cuando sonó el despertador abrí los ojos de golpe y el recuerdo de todo lo pensado en la noche volvió en cámara rápida. La misma lujuria, la mecha todavía encendida. A diferencia de otros días, me alegró que sonara. Sentía una mezcla de ansiedad, calentura y felicidad que no me cabía en el cuerpo.
Despedí a mi marido en la puerta, como siempre, deseando con todas mis fuerzas que apretara el paso y que se cerrara de una vez el ascensor. Cuando por fin cerré, fue como si ese ruido fuera la señal de salida. Cambié las sábanas, recogí el desorden, me metí en la ducha y me froté entera; quería sentir la piel lisa, suave. Fue inevitable volver a masturbarme pensando en ella. Era irracional, lo sabía, pero dentro de la fantasía lo único que importaba era tenerla delante, completamente desnuda, poder ponerle la lengua encima.
Busqué qué ponerme. Elegí un body blanco, ligeramente transparente, y me lo puse sin nada debajo. Todo formaba parte del plan que había repasado mil veces la noche anterior, y ahora lo estaba ejecutando.
Volví a mirar el reloj. Sentada en el sofá, esperándola, el tiempo se estiró hasta volverse una eternidad entre una mirada y otra. Tenía un nudo en el estómago. A las nueve y media me asaltó la idea de que todo era una locura, de que me iba a rechazar y no volvería a dirigirme la palabra. Me dio el miedo de último minuto, pero la calentura era tan grande que me sobrepuse y seguí adelante, sin importarme las consecuencias. Hasta que oí el timbre. Y entonces sentí un vacío.
Abrí la puerta y ahí estaba. Se veía distinta. No, la que la veía distinta era yo. La recorrí de arriba abajo. No sé cuánto se me notaría la bobada, pero no le quité el ojo de encima antes de dejarla pasar. Llevaba el pelo suelto, una camiseta de tirantes finos que dejaba ver los del sujetador, un short blanco vaquero y unas sandalias. Nunca la había mirado así. La saludé como de costumbre y, cuando entró, la observé por detrás. Sus piernas se veían deliciosas, y por lo corto del short se asomaba un poco el inicio de las nalgas.
La invité a desayunar algo y conversamos un rato. Yo no dejaba de pensar en lo que iba a hacer; la presión me estaba desgastando. Lo único que deseaba era revolcarme con ella, pero sabía que la cosa no era tan fácil. De hecho, al tenerla enfrente, volvió la sensación de fracaso y el miedo a seguir. Era una lucha entre el deseo y el pánico. Mientras tanto, ella hablaba y yo solo escuchaba mis propios pensamientos.
Hubo un momento en que no aguanté más la incertidumbre. Me dije que pasara lo que tuviera que pasar y lo solté sin pensar. Le conté por encima lo que hacía con mi marido, le hablé de la película y le pregunté si quería verla conmigo. Me alivió ver que se entusiasmaba con la idea; lo que más me tenía en vilo era justo eso, su reacción. La segunda fase del plan estaba en marcha. Había apostado a que la película tendría en ella el mismo efecto que tuvo en mí. Contaba con eso.
***
Nos sentamos en el salón. Fue una pequeña variación: en mi cabeza la veíamos tumbadas en la cama, pero en ese instante me pareció demasiado evidente y lo último que quería era espantarla. La miraba de reojo. Se la veía tranquila, mientras yo ardía. Empecé a dudar de la parte más importante del plan; en mi fantasía, al ver la película ella se encendería como yo y nos íbamos a revolcar sin más. Pero ahí, en la realidad, no tenía ni idea de qué hacer. Lo único claro era que aquello se me estaba volviendo una tortura. Volvía a mirar la pantalla y las ganas de echarme encima de ella crecían, y para colmo ni siquiera podía tocarme.
De tanto pensarlo, perdí la vergüenza. Fui deslizando la mano con disimulo hasta dejarla entre mis piernas. Al principio solo presionaba el clítoris con los dedos; después no presionaba, lo masajeaba. La necesidad de tocarme era urgente. Mi reacción instintiva fue mirarla a los ojos, buscando su aprobación. Ella me devolvió la mirada y sonrió, y antes de mirarme noté que había fijado la atención en mi mano. Tomé esa sonrisa como el permiso que estaba esperando. Me desinhibí; ya me sentía más cómoda tocándome delante de ella.
Cuando la volví a mirar, su mano también estaba entre sus piernas. La felicidad me invadió. Ya sabía que se había calentado igual que yo. Me arrimé hasta que mi rodilla rozó la suya. Nos miramos otra vez. Para mí no había duda de que ella entendía mi excitación; de lo que no estaba tan segura era de si entendía que la estaba buscando a ella. Así que puse mi mano en su muslo y empecé a acariciarlo. Ella puso la suya sobre la mía y la acariciaba del mismo modo. La satisfacción fue inmensa.
La situación giró ciento ochenta grados. Las caricias empezaron a fluir entre las dos. Seguíamos mirando la película, pero nuestros ojos se cruzaban cada vez más, y nos tocábamos con más descaro, todavía por encima de la ropa. Hasta que, en uno de esos cruces de miradas, nos besamos. Fue como tirar una cerilla encendida sobre un barril de gasolina.
Dejé de reprimir las ganas de echarme sobre ella. Pegué mi cuerpo al suyo todo lo que pude y dejé que mis manos la exploraran entera. Sentí su mano subir por mi pierna, arrastrando el borde del body hasta mis nalgas, y cómo las apretaba. Metió la mano entre mis piernas y empujó los dedos dentro de mí; entraron sin esfuerzo, estaba empapada. La cogí de la muñeca, me levanté y empecé a llevarla hacia la habitación. Antes de llegar a la puerta tiró fuerte de mi brazo, me hizo girar hasta quedar frente a ella, me empujó contra la pared y me sacó el body de un tirón. Lo hizo con una seguridad que me dejó pasmada. Tomó el control en un abrir y cerrar de ojos.
Se puso de rodillas, me separó las piernas, me miró un instante a los ojos y sentí sus labios en el sexo, después la lengua. Las piernas me empezaron a temblar como gelatina. No dejábamos de mirarnos. En sus ojos se veía la calentura que tenía encima; me miraba de una forma penetrante, como diciéndome que iba a hacer conmigo lo que quisiera. Intenté levantarla para besarla, pero me agarró de las muñecas y las clavó contra la pared. Me dejaba muy claro quién mandaba. La verdad, a mí me daba igual quién tuviera el control; lo único que me importaba era seguir con ella.
Se fue incorporando despacio, pasando la lengua por todo mi cuerpo hasta llegar a mi boca. Me dio un beso intenso. Tenía los labios mojados conmigo y lo noté entero al besarla. Ahora fue ella quien me tomó de la mano y me metió en el cuarto. Me empujó hacia la cama y empezó a desnudarse rápido. Verla por fin desnuda me encendió como nada; era justo lo que había fantaseado la noche entera. Sin darme cuenta ya estaba tocándome, a punto de correrme, pero ella me apartó la mano con firmeza y me miró a los ojos sin parpadear. No había duda: ella tenía la sartén por el mango y con cada gesto me lo recordaba.
Me cogió de las piernas y me arrastró hasta el borde de la cama. Subió mi pie hasta su cara y deslizó la lengua por la planta mientras los dedos de la otra mano entraban en mí. No apartaba los ojos de los míos; los párpados a media asta, la mirada fija e imponente. Me tenía en una especie de trance. Me pidió que me sujetara las piernas, me levantó un poco las caderas y su lengua me recorrió entera, las nalgas, todo. Me devoraba con tantas ganas que me hizo sentir deseada como nunca.
Creo que mis gemidos los oyó el edificio entero. Le dije que me iba a correr y ella me sujetó con fuerza de los muslos y empezó a succionar el clítoris más duro. Le repetí que ya estaba, pero apretó más y siguió. Yo intentaba escaparme y ella me arrimaba más hacia su boca. Tiraba el cuerpo hacia atrás y volvía a deslizarme al borde de la cama sin que ella soltara. Me puso a gritar. Tenía el clítoris hipersensible y aun así no paraba, hasta que me hizo correrme otra vez. Mi cuerpo quedó dando espasmos que no podía controlar. Demasiado intenso. Me quedé jadeando.
Me ayudó a recostarme del todo y me acarició mientras yo recuperaba el control. Cuando vio que me había relajado, me besó y se subió encima, a la altura de mi cintura. Mojó su sexo y apoyó el clítoris sobre uno de mis pezones. La sensación fue estremecedora; lo tenía tan caliente y húmedo que el placer en el pecho era exquisito. Empujaba las caderas para frotarse, y a veces se abría y dejaba el sexo entero sobre mi pezón. La sentía resbalar sobre mí.
Se incorporó y se desplazó hasta quedar sobre mi boca. Lo contemplé un segundo; se me antojó tan provocativo que levanté la cabeza para chuparlo, pero ella me la volvió a recostar suavemente y me sujetó por los lados. Ponía y quitaba el sexo de mi boca. Yo quería que lo dejara cerca, y ella lo acercaba y lo retiraba. Me calentó tanto que la agarré de las caderas y la empujé contra mi cara. Parecía estar esperándolo, porque entonces se dejó caer y empezó a frotarse contra mi lengua. Nunca voy a olvidar ese momento: su sabor, su olor. Me entregué del todo, sacaba la punta de la lengua y ella se empujaba contra ella, y yo la apretaba contra mí para que gozara.
Se apartó, se tumbó de espaldas y abrió mucho las piernas, ofreciéndose. No me hice de rogar. Me acerqué y seguí saboreándola; me agarró de la cabeza y se empujaba contra mi boca. Le metí los dedos moviéndolos con fuerza y ella se revolvía cada vez más rápido, hasta que sentí los espasmos de su orgasmo. Me cogió de la cabeza, me besó, me tumbó de espaldas, separó mis piernas, metió las suyas entre las mías y empezó a frotar su sexo contra el mío. Me encantaba cuando se echaba hacia atrás: el culo en pompa, la espalda arqueada. Todavía tengo fresco el recuerdo de su cuerpo. Se revolcó a gusto contra mí hasta que se corrió de nuevo.
***
Quedamos exhaustas, tumbadas, con la complicidad de lo que acabábamos de hacer. Empecé a contarle el miedo que había pasado pensando que me iba a rechazar, lo estresada que había estado, toda la historia de la noche anterior. Y entonces ella, sin inmutarse, me soltó:
—Te confieso algo: yo ya me he masturbado varias veces pensando en ti.
¿Cómo?