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Relatos Ardientes

La extraña desnuda que llegó a mi puerta

Vivo sola en una casa vieja de Coyoacán desde que terminé la residencia. La planta baja es consultorio y farmacia; arriba están mi cuarto, el de huéspedes que casi nunca uso y una terraza interior con plantas que no sé cuidar. La calle es tranquila, pero a veces los gatos de la cuadra arman su escándalo de medianoche y no hay manera de dormir.

Aquella madrugada de noviembre eran las dos pasadas cuando alguien tocó el timbre. Tres timbrazos largos, un silencio, dos más. Bajé al pasillo en pijama, descalza, con el pelo enredado, dispuesta a gritarle al desgraciado que estuviera del otro lado de la puerta.

No había nadie. Solo un gato sentado en la rama del fresno, mirándome con los ojos amarillos. Le grité algo absurdo sobre la policía y volví a meterme en la cama.

Apenas me cubrí, empezaron los maullidos. Largos, lastimeros, como llantos de criatura. Después los perros. Después una voz humana, apenas audible bajo el coro de animales.

—Por favor… que alguien me ayude.

Me puse las pantuflas, agarré el botiquín del baño y bajé corriendo. Al abrir, encontré a una mujer en mitad de la acera, desnuda, encogida en posición fetal, con las manos y las piernas rasgadas. Sangraba. Tendría unos veintiocho años, el pelo larguísimo, oscuro, mojado de sudor.

La arrastré como pude hasta el patio. Cerré la puerta. Le pasé alcohol en cada herida y la mujer apretaba los dientes sin gritar. Después la cubrí con una manta y la senté en el sillón de la sala.

—¿Qué te pasó? —le pregunté.

—Los perros —dijo—. Eran muchos. Me arrancaron la ropa antes de morderme.

—¿Y por qué venías… así?

—Eran muchos —repitió, y no me miró a los ojos.

No insistí. Tampoco llamé a una patrulla. Algo en la mirada de aquella mujer me dijo que no iba a contestar más preguntas esa noche.

—Me llamo Renata. Soy médica. Te quedás acá hasta mañana.

—Camila —dijo ella—. Soy de la sierra, de Zongolica. Vine a buscar a unos parientes que viven por acá.

***

Al día siguiente, cuando bajé a desayunar, Camila ya tenía café hecho, huevos servidos y la mesa puesta. Le revisé las heridas y casi se me cae el plato. Donde la noche anterior había desgarros sangrantes, ahora solo quedaban líneas rosadas, como cicatrices viejas. Imposible. Toqué con cuidado, esperando que se quejara, y ella solo sonrió.

—Soy fuerte —dijo, encogiéndose de hombros.

Fuimos a la dirección que me dio. Los parientes se habían mudado tres días antes y nadie sabía adónde. Volvimos a la casa en un taxi en silencio. Yo pensaba qué hacer con esa mujer que no tenía nada y que parecía caída del cielo. Ella miraba por la ventanilla como si nunca hubiera visto tanto cemento junto.

—Quedate hasta que decidas qué hacer —le dije al bajar.

Y se quedó.

La primera semana cocinó, lavó, ordenó. Yo no le pedía nada, pero ella se movía por la casa como si la conociera de toda la vida. Las plantas que yo había secado a fuerza de descuido empezaron a recuperar color. La farmacia se llenó de gente: vecinas que llevaban meses sin venir, señores que pasaban a comprar lo que fuera con tal de quedarse un rato. No entendía nada.

—Te voy a dar ocho mil al mes —le ofrecí una noche—. Si te quedás y me ayudás con la farmacia. Solo despachar recetas, nada complicado.

Aceptó con la misma sonrisa con la que aceptaba todo. Esa sonrisa que no terminaba de cerrarse, que dejaba siempre los labios entreabiertos, como si fuera a decir algo más y se arrepintiera.

***

Por las noches, los gatos de la cuadra arreciaban. Antes había uno o dos; ahora se contaban en docenas. Maullaban frente a mi puerta, se peleaban en los tejados, se metían en el patio interior. Una mañana encontré a uno enroscado a los pies de Camila, en su cuarto, ronroneando como una máquina.

—Te van a llenar la casa de pulgas —le dije.

—Son buenos —contestó ella, acariciando al animal—. Saben más que nosotras.

Un sábado fue al mercado y olvidó el celular en el comedor. Sonaba y sonaba. Yo no pensaba contestar, pero cuando subí a buscar mis llaves pasé por la puerta del cuarto de huéspedes y el aparato seguía vibrando sobre la cómoda. Entré.

El altar ocupaba la pared del fondo. Una estatua de la Santa Muerte rodeada de veladoras encendidas, figuras de barro embarradas de tierra roja, un cuenco con agua espesa que olía a hierbas amargas. Frutas partidas. Un puñado de pelos negros atados con un hilo.

No toqué nada. Cerré la puerta y bajé al consultorio con las manos temblando.

Cuando ella volvió, esperé a que dejara las bolsas en la cocina y le hablé desde el umbral.

—Camila. ¿Qué tenés en tu cuarto?

—¿Entraste?

—Sonaba el teléfono. Pensé que era urgente.

Ella se quedó mirándome un rato largo. Después se sentó en la silla y suspiró.

—Es hora de que sepas, Renata. Soy nahuala.

—¿Qué?

—Nahuala. Vengo de una familia de mujeres que se cambian. Mi madre fue nahuala. Mi abuela también.

Me reí. No supe hacer otra cosa.

—Camila, en serio. ¿Vos creés en esas cosas?

—No es creer. Es ser. ¿Querés una prueba?

—A ver.

—Esta noche va a venir una gata a tu cuarto. Antes de que pase una semana, vas a quererla. No con cariño de mascota. Con el otro cariño.

Volví a reírme, esta vez con menos ganas.

—Camila, eso es una pavada.

Ella no contestó. Se levantó, lavó los platos y se fue a su cuarto. La cena se quedó servida sobre la mesa. No bajó a comer. Toqué la puerta y no respondió, así que apagué las luces y subí a dormir, convencida de que al día siguiente íbamos a reírnos las dos del asunto.

Al día siguiente, Camila ya no estaba. Su ropa colgada, su cepillo en el baño, sus zapatos junto a la puerta. Pero ella, no.

***

La primera noche soñé con una gata negra debajo de mi cama. Maullaba bajito, como si pidiera permiso para subir. Yo la levantaba y la sacaba al pasillo, pero ella volvía a entrar, se enroscaba a mis pies y me lamía los empeines con una lengua áspera, lenta, paciente. Me desperté con los pies fríos y el cuerpo caliente.

La segunda noche el sueño fue igual, pero la gata se subió a la cama y caminó por las cobijas hasta mi pecho. Tenía los ojos amarillos de aquella primera noche, los del gato del fresno. Me pasó la lengua por los labios cerrados. Después por la barbilla. Después por el cuello.

La tercera y la cuarta noche, los mismos sueños. Cada vez más despierta, cada vez menos asustada.

Es el calor, me dije al quinto día, lavándome la cara. Es el cansancio. Es haber visto demasiadas pacientes esta semana.

Pero los pacientes seguían llegando en cantidades imposibles. Y yo, mientras tomaba la presión y miraba gargantas, pensaba en la lengua de la gata.

***

El sexto día decidí dejar de lado el asunto. Cené algo ligero, me di un baño largo y bajé a la cocina en bata para tomarme un vaso de leche tibia antes de acostarme.

La gata estaba sentada en la mesada.

Era ella. La misma del sueño, la misma del fresno la primera noche, la misma de los ojos amarillos. Negra, pequeña, con el pelo brillante. Me miró sin moverse, como si me hubiera estado esperando.

Tendría que haberla espantado. La dejé acercarse. Se restregó contra mis tobillos, ronroneando, y cuando me senté en el sillón del living, saltó a mi regazo como si ese fuera su lugar.

—Hola, traviesa.

Apoyó las patitas en mi pecho. La bata se abrió un poco. La gata se hundió ahí, en el hueco entre mis senos, y empezó a amasar con las patas delanteras. Cada empuje me hacía respirar más fuerte.

—Eh —le dije con una voz que no era la mía—. Eso no se hace.

Saltó al respaldo, después al brazo del sillón, después a mi cuello. Me lamió detrás de la oreja, muy despacio. Sentí la lengua áspera bajando por la línea de la mandíbula y un escalofrío me subió por la espalda.

—Pícara —murmuré—. ¿Querés seducirme? ¿No te alcanzó con los sueños?

Del cuarto de Camila salió un olor a incienso. Copal, romero, algo más dulce que no supe identificar. Olía como si alguien hubiera prendido el altar entero.

La levanté entre mis manos. La acerqué a mi cara y le besé la nariz fría. En ese instante, en la cara de la gata vi los rasgos de Camila. La misma mandíbula, los mismos ojos.

—Me gustás —le dije.

Y entonces creció.

***

El cuerpo de la gata se fue alargando entre mis manos. El pelo se replegó hacia adentro, las patas se volvieron brazos, la cola se diluyó. En menos de un minuto, Camila estaba acostada sobre mí, desnuda, mirándome desde abajo con los ojos amarillos todavía encendidos.

—Te lo dije —susurró.

Me tomó por la nuca y me bajó hasta su boca. No me resistí. No tenía ningún sentido resistirse: la deseaba desde la primera noche que la había arrastrado al patio, y no lo había sabido hasta ese momento.

Sus labios eran tibios. Sabían a algo metálico, a sangre vieja, a hierba. Me besó despacio, mordiéndome el labio inferior, abriéndome la boca con la suya. Una mano me corrió la bata de los hombros.

—Quedate quieta —me dijo.

Se sentó a horcajadas sobre mí. Sus senos quedaron a la altura de mi cara y bajé la boca antes de pensarlo. Le chupé un pezón y ella echó la cabeza atrás, riéndose despacio, como si le hiciera gracia. Le pasé la lengua por el otro. Le mordí. Ella suspiró.

—Renata —dijo mi nombre como si fuera otra cosa.

Me hizo recostarme contra los almohadones. Me sacó la bata del todo y se quedó mirándome un rato largo, en silencio, con esa sonrisa que nunca terminaba. Después se acostó encima de mí, piel contra piel. Empezó a mover las caderas despacio, frotándose contra mi muslo, y la sentí mojarme la pierna en cuestión de segundos.

Me besó el cuello, la clavícula, el esternón. Bajó. Me besó el ombligo y siguió bajando. Le tomé la cabeza con las dos manos y la dejé hacer.

Su lengua era la misma de la gata. Áspera al principio, suave después. Aprendía rápido. Encontró el clítoris en menos tiempo del que tardo yo cuando estoy sola, y empezó a trabajarlo en círculos pequeños, lentos, con una paciencia que no parecía humana. Le hundí los dedos en el pelo. Le pedí más sin abrir la boca.

Metió dos dedos. Después tres. Curvó la mano hacia adentro y encontró ese punto que casi nadie encuentra. Me retorcí en el sillón. Le dije cosas que no pensaba decir nunca, no en voz alta, no a alguien que apenas conocía. Le pedí que no parara.

No paró. Aguanté hasta donde pude y después me convulsioné contra su boca, agarrándome del respaldo, mordiendo el cojín para no gritar y despertar a media cuadra.

***

Después fui yo. La hice ponerse boca arriba en la alfombra. Le recorrí cada centímetro con la boca, despacio, sin saltearme nada. Le mordí los muslos por dentro. Le chupé el clítoris como si fuera la última cosa que iba a hacer en mi vida. Camila se arqueaba, se reía, se mordía los dedos. Tenía el cuerpo flexible, ágil, como de animal todavía.

Terminamos en sesenta y nueve sobre la alfombra del living, con la lámpara apagada y la luz del patio entrando filtrada por la cortina. Le metí la lengua hasta donde se podía. Ella hacía lo mismo. Las dos nos vinimos casi al mismo tiempo, una contra la boca de la otra, ahogadas en risa y sudor.

Nos quedamos abrazadas en el piso, agotadas, ella con un brazo cruzado sobre mi cintura y la respiración pegada a mi clavícula. No hablamos durante un rato largo. Afuera, los gatos por fin se habían callado.

***

Desayunamos a las nueve, tarde para mí. Camila había bajado primero, había hecho café, había puesto pan en el horno. Yo bajé en bata, sin maquillaje, con el pelo todavía húmedo de la ducha.

—¿Me creés ahora? —me preguntó, pasándome la taza.

—Te creo.

—Te hice un trabajo blanco. Por eso te llega tanta clientela. No es magia mala. Solo es agradecimiento.

—Camila.

—¿Qué?

—Me enamoré de vos. No te lo voy a decir dos veces, así que escuchame bien.

Ella se rió. Tenía los ojos amarillos otra vez por un segundo, después volvieron al castaño oscuro de siempre.

—Voy a volver de noche —dijo—. Las nahualas no nos quedamos quietas, pero volvemos. Esperame.

—Te espero.

Esa noche dejé la ventana del cuarto abierta. A las tres apareció la gata negra sobre la cama, ronroneando, con los ojos amarillos brillándole en la oscuridad. La levanté con cuidado y le besé la nariz fría.

Y entonces creció otra vez.

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Comentarios (3)

CarmenD

Que inicio tan intrigante!!! ya quiero saber mas

MarisolNoche

Me enganche desde el primer parrafo. Tiene ese algo misterioso que no te suelta. Muy buena!

PabloN74

tremendo relato, bravo

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