La santita del colegio dejó de serlo esa noche
Tengo un grupo de amigas del colegio, un colegio de monjas en las afueras de Rosario, y la mayoría sigue igual que cuando salimos: noviazgos largos, casamientos cantados, misa los domingos y de sexo no se habla. Yo me alejé bastante con los años. Cuando nos juntamos, escucho más de lo que cuento.
El viernes cumplía años Camila, una de las que más caretas mantiene, y la verdad es que no tenía muchas ganas de ir. Estaba peleada con mi novio desde la semana anterior, sin ánimo de seguir discutiendo por mensajes, así que al final agarré el primer vestido que tenía planchado y me fui. Pensé que iba a ser un embole. Pensé mal.
Llegué tarde a propósito, cuando el living ya estaba lleno y los abrazos repartidos. Saludé a Camila, le entregué la botella que había comprado en el camino y empecé a circular. Y en una esquina, sirviéndose un fernet con la concentración de quien quiere estar haciendo algo, la vi a Lucía.
Lucía había sido mi mejor amiga hasta cuarto año. Después se puso de novia con un pibe muy serio y empezamos a vernos cada vez menos. La última imagen que tenía de ella era de un cumpleaños de hacía tres años: blusa abrochada hasta el cuello, pantalón holgado, una sonrisa medida. Esa noche, en cambio, llevaba una minifalda negra que jamás se hubiera animado a usar de adolescente. Lucía es bajita y todo lo que tiene es chiquito y proporcionado: cintura, caderas, unas tetas pequeñas que en ese vestido se asomaban con más confianza de la que recordaba.
—No puedo creer que seas vos —le dije al abrazarla.
—Soy yo —se rió—. Cambié el guardarropa.
Me contó, mientras nos servíamos otro vaso, que se había peleado con el novio hacía unos meses. Lo dijo así, de pasada, como quien comenta el clima. Yo asentí y la miré bien. Tenía algo distinto en los ojos, una chispa que no era la de las misas dominicales.
A la media hora estábamos las dos enganchadas con dos pibes que se habían acercado para preguntarnos si íbamos a comer torta o nos íbamos a fugar antes. Eran amigos entre ellos, uno alto con barba prolija y otro más bajo con una camisa medio salida del pantalón. El alto se quedó conmigo, el otro con Lucía. Se reían de cualquier cosa, pero no pasaban del jugueteo verbal.
Cuando se quedó casi vacío el living y los pocos que quedábamos buscábamos el saco, los chicos preguntaron si nos llevaban. Dije que sí. Lucía dudó dos segundos y aceptó. Ya en el auto, antes de que nadie hablara de bajar, el alto propuso un café en lo de Matías —el de la camisa—. Lucía me miró con cara de «¿qué hacemos?». Le hice un gesto con la ceja y dije, subiendo la voz para que escucharan los dos, que un café sonaba bárbaro.
Antes de eso paramos en un cajero. La agarré del codo y la arrastré conmigo. Quería ganar tiempo y mirarla a los ojos.
—Contame —le dije, en cuanto se cerró la puerta del local.
—¿Qué te cuente?
—Todo. Desde que te peleaste con Federico. ¿Estuviste con alguien?
Bajó la mirada un segundo, después subió la barbilla.
—Con varios —dijo—. Y me gustó. Mucho. No se lo puedo contar a las chicas del grupo, vos sabés cómo son.
—No le digo a nadie. Pero por favor, contame.
—Como cinco —murmuró, y se tapó la boca con la mano para no reírse—. En tres meses. Yo, en mi vida, había estado con uno solo.
Me quedé mirándola. La Lucía que conocía habría rezado una novena para que ese pensamiento se le borrara de la cabeza. Esta otra Lucía sonreía como si me estuviera confiando un secreto de Estado.
—Estos chicos —le dije— están preparando algo, eso es obvio. Si querés, nos tomamos un taxi y listo. Si querés quedarte, yo también me quedo, pero no esperes que me ande con vueltas. Yo voy a hacer lo que tenga ganas.
—Yo también —dijo, sorprendida de sí misma. Después agregó, como si se acomodara la conciencia—: Pero cada una con el suyo. Yo no hago nada raro.
—Cada una con el suyo —prometí.
Volvimos al auto. Diez minutos después estábamos en camino a lo de Matías.
Me senté atrás con el alto, que se llamaba Bruno. Lucía adelante. A los cinco minutos de viaje Bruno apoyó la mano en mi muslo, por encima del vestido. No la corrí. Otros cinco minutos y ya estaba debajo del vestido, dibujando círculos con la yema del pulgar, subiendo despacio hasta que los dedos me rozaron la bombacha por encima. Ya estaba mojada, y él lo sintió: apretó los labios y me miró de costado con una sonrisa de quien acaba de ganar algo. Corrió la tela hacia un costado y me pasó dos dedos por la raja, de abajo hacia arriba, muy lento, hasta parar en el clítoris y dibujar ahí también sus círculos. Se me escapó un suspiro que traté de disimular con un carraspeo. Me giré para mirarlo y me besó. No fue un beso prudente. Fue de los que dejan claro qué va a pasar después: me metió la lengua hasta el fondo y al mismo tiempo me hundió un dedo, y cuando entró resbaló con una facilidad que lo hizo reír por lo bajo dentro de mi boca.
Cuando levanté la vista, vi por el espejo retrovisor que Matías también tenía una mano sobre la rodilla de Lucía, y que ella no la había sacado. La mano de Matías iba subiendo por debajo de la falda, y Lucía tenía la cabeza girada mirando por la ventanilla, como si mirar hacia adelante fuera confesar algo. Se le escapaba la respiración por la boca entreabierta.
***
El departamento de Matías era de soltero al cien por ciento: living grande, sillón largo, una cocina abierta con dos botellas vacías sobre la mesada. Pusieron música, sirvieron algo dulce y empezó la ronda de risas forzadas. Yo ya estaba caliente desde el auto, con la bombacha empapada pegada al coño. No tenía paciencia para la coreografía social.
—Vení, te muestro algo en la pieza —me dijo Bruno, como si fuera un código de espías.
—Dale —contesté, sin mirar a Lucía. Sentí que si la miraba le daba permiso a echarse atrás, y no quería que se echara atrás. Quería que se animara también. Quería las dos cosas pasando en el mismo departamento.
En la pieza, Bruno cerró la puerta y me besó contra la pared. No me dejó respirar. Me clavó una mano en el pelo para tirarme la cabeza hacia atrás y con la otra ya me estaba subiendo el vestido hasta la cintura. Yo le tiré del cuello de la camisa y se la abrí con un tirón que hizo saltar dos botones. Tenía un torso firme, sin exageraciones, con un poco de vello en el centro del pecho. Le busqué la bragueta y le pasé la mano por encima del pantalón: la tenía dura, apretada contra la tela, latiendo. Me quité el saquito de lana y dejé que él me bajara el cierre del vestido. La tela cayó hasta la cintura. Me llevó a la cama de un empujón suave.
Me besó el cuello, las clavículas, las tetas por encima del corpiño y después por debajo. Me sacó el corpiño con una mano —se notaba el oficio— y se quedó un momento mirándome. Eso me gustó. Que se tomara un segundo para mirar. Después bajó la boca y me chupó un pezón hasta ponerlo duro como una piedra, y el otro lo pellizcó con dos dedos hasta hacerme arquear la espalda. Me mordió despacio y yo gemí sin cuidarme, sabiendo que del otro lado de la pared se escuchaba.
Me arrancó la bombacha por las caderas y la tiró al piso. Me abrió las piernas con las dos manos, me miró el coño un segundo largo como para grabárselo, y bajó la cabeza. La primera lamida fue lenta, entera, de abajo hasta el clítoris, y ahí se quedó chupándome con los labios pegados a la piel, dibujando la lengua en círculos, metiéndomela adentro cada tanto para probarme. Le agarré la cabeza con las dos manos y le empujé la cara contra mí. Me comió como si tuviera hambre. Cuando le sumó dos dedos moviéndolos adentro y me subió el ritmo con la lengua, se me cortó la respiración: acabé con un temblor que me sacudió las piernas y le dejé toda la boca mojada.
Yo le terminé de sacar la camisa, el cinturón, el resto. Le besé el pecho, le besé el ombligo y bajé hasta llevármela a la boca. La tenía dura y caliente, gruesa, y la noche entera había estado conteniendo eso. Se la chupé despacio primero, jugándole con la lengua en la punta, lamiéndosela por debajo, sacándomela de la boca para escupirle encima y volverla a meter. Después la agarré con la mano en la base y empecé a mamársela en serio, subiendo y bajando la cabeza, cerrando los labios contra la piel, dejando que a veces me llegara hasta el fondo de la garganta. Se le tensaba la respiración cada vez más, y me clavó la mano en el pelo para marcarme el ritmo. La saqué un segundo para pasarle la lengua por las bolas y verlo apretar los dientes, y volví a mamársela hasta que me tiró del pelo para frenarme.
—Esperá —dijo, y abrió el cajón de la mesita.
Se puso el preservativo y me trepé encima. No quería paciencia. Quería que entrara y que se notara. Me la agarré con la mano y me la apoyé en la entrada. Bajé despacio y sentí cómo me abría por dentro de a poco, hasta hundírmela toda. Solté un gemido largo y me quedé un segundo quieta, sentada encima, sintiendo cómo me llenaba entera. Empecé a moverme con las dos manos apoyadas en su pecho, arriba y abajo, después en círculos, después restregándome contra él con el clítoris pegado a la base de la verga. A los pocos segundos escuché, del otro lado de la pared, la primera respiración de Lucía. Después un gemido corto, contenido. Después otro, menos contenido.
No lo podía creer. La nena que jamás había hecho «nada raro» estaba dejando que la sentaran en un sillón a quince metros de mí. Lejos de cortarme, eso me prendió fuego. Me agarré a Bruno y empecé a moverme más fuerte, más rápido, cabalgándolo con las tetas rebotándole en la cara. Él me ayudaba con las manos en mi cadera, subiéndome y bajándome cuando yo perdía el ritmo, clavándome las yemas de los dedos en la carne. En una me levantó, me dio vuelta y me puso en cuatro contra el respaldo de la cama. Me la volvió a meter de un envión y empezó a cogerme por atrás, agarrado de mis caderas, hasta hacer sonar la piel contra la piel. Cada vez que empujaba, yo gemía y del otro lado de la pared Lucía gemía casi al mismo tiempo, como si nos estuviéramos respondiendo.
—Decime cómo la querés —me dijo, con la voz ronca.
—Así, más fuerte, no pares.
Me la clavó hasta el fondo con estocadas más largas, tirándome del pelo, y yo empecé a apretarme contra él para hacerlo acabar. Le pedí que me llenara. Le dije que se corriera. Acabamos los dos casi al mismo tiempo, él con un gruñido corto contra mi nuca y yo mordiendo la almohada para no gritarle a media Rosario que estaba acabando. Sentí cómo se le sacudía la verga adentro, y todavía estaba temblando cuando me dejé caer boca abajo, respirando como si hubiera corrido. Y entonces escuché, claro como una alarma, a Lucía acabando del otro lado, con un grito agudo que ni siquiera intentó tapar.
Me empecé a reír. No me podía contener.
—¡Hija de puta —grité hacia la pared—, no grites tanto!
Del otro lado se oyó una risa ahogada, después un golpe sordo de cuerpo cayendo contra el sillón.
Bruno me agarró de la mano.
—Vamos a saludar —dijo.
Salimos los dos envueltos en sábana y manta. Matías estaba sentado, todavía agitado, con la verga todavía dura y brillante saliéndole del pantalón abierto, y Lucía despeinada apoyada sobre su pecho con la minifalda arremangada hasta la cintura y la bombacha en un tobillo. Tenía la cara colorada y los ojos brillantes. Me miró como pidiéndome disculpas.
—No me mires así —le dije—. Seguí.
Y le hice un gesto a Bruno para que me siguiera al sillón de enfrente. Me senté encima de él dándole la espalda, mirando de frente a Lucía. Me abrí la manta, le acomodé la verga contra la entrada y me la volví a meter, esta vez de una, sin ceremonia. Quería que ella me viera. Quería verla a ella. Empecé a moverme despacio, con las piernas abiertas y el coño a plena vista, para que Lucía viera cómo se me metía y se me salía.
Lucía se enderezó sobre Matías, dudó dos segundos, y después siguió. Se levantó apenas y volvió a bajar sobre la verga de él, mirándome. Yo asentí sin dejar de moverme, como diciéndole que estaba bien. Ella empezó a cabalgarlo también, más soltando el pudor a cada segundo. Yo también. Las dos en la misma sala, las dos moviéndonos al mismo ritmo, mirándonos. Matías le había abierto la blusa y le manoseaba las tetas chiquitas con las dos manos, y ella tenía la boca abierta, la lengua asomando, pidiendo sin decirlo. Bruno, atrás mío, me sujetaba de los pechos y me pellizcaba los pezones, y con la otra mano me buscó el clítoris y me lo empezó a frotar mientras me la clavaba desde abajo.
En un momento me estiré hacia adelante y le di un beso suave a Lucía. Sentí que se ponía rígida medio segundo y después me devolvió el beso, despacio, casi pidiendo perdón. Después me lo devolvió menos suave. Le pasé la lengua por los labios, se los abrí, y ella me chupó la lengua como si nunca hubiera besado a nadie así. Nos quedamos con la boca pegada, gimiendo una en la boca de la otra, mientras los pibes nos seguían cogiendo por debajo.
Acabamos los cuatro. Yo primero, con la corrida golpeándome cuando Bruno me apretó fuerte el clítoris y me la clavó con estocadas más rápidas. Lucía me acabó en la boca, gimiendo contra mis labios, y después acabaron ellos, casi juntos, uno adentro mío y el otro dentro de ella. Cuando terminó todo, ella se cubrió enseguida con una remera de Matías y se metió al baño. Yo me quedé sentada, abrazada a Bruno, con un calor raro en el pecho que no era solo del sexo.
Matías la llevó a ella primero y a mí después. En el viaje no hablamos casi nada. Yo iba mirando los carteles iluminados de las avenidas, pensando que la noche había salido más larga de lo que ninguna de las dos calculaba.
***
El sábado, a las once de la mañana, sonó el teléfono. Era Lucía.
—No sé qué me pasó —dijo, sin saludar.
—Buen día.
—En serio. No sé qué me pasó. No hago esas cosas.
—Acabás de hacerlas. Y por lo que se escuchó, te gustaron.
Hubo un silencio. Después una risa nerviosa.
—¿Puedo ir a tu casa? —pregunté.
—Vení.
Vivía a quince cuadras. Caminé. Cuando me abrió la puerta tenía pantalón de jogging y la cara recién lavada. La abracé sin hacer ningún comentario. Ella se quedó pegada a mí más tiempo del que solía quedarse en un abrazo.
Nos sentamos en la cocina con dos tazas de café. Me contó que no había dormido. Que se sentía rara. Que lo que más le había impactado, dijo, no era haberse acostado con Matías —eso ya lo había hecho con otros desconocidos— sino habernos besado.
—¿Y? —le pregunté.
—Y nada. No sé qué pensar. Yo no soy lesbiana.
—Nadie dijo que lo seas. Yo tampoco lo soy. Y una vez besé a una chica en un viaje de egresados y no se me cayó la fe ni se me cayó nada.
—¿En serio?
—En serio. Te puede gustar besar a una mujer sin que eso te defina.
Se quedó callada, dándole vueltas a la cucharita.
—Te gustó —afirmé.
—Me gustó —admitió, y se tapó la cara con las dos manos.
Le saqué las manos de la cara despacio. La miré. Tenía las orejas coloradas y los labios entreabiertos. Me incliné y le di un beso suave, cortito, como el de la noche anterior. Esperé. No se movió. Le di otro un poco más largo. Tampoco se movió, pero tampoco se corrió. Al tercero me devolvió el beso, y le abrí la boca con la lengua, y ella dejó que se la chupara despacio, como probando.
La llevé al sillón del living. Era un sillón gris de dos cuerpos, lleno de almohadones, frente a una ventana con luz de mediodía. La luz era cruda, distinta a la de la noche anterior, y eso me gustó: quería que viera todo.
La besé despacio. Le acaricié la pierna por encima del jogging, después por debajo. Tenía la piel tibia. Le levanté la remera y le besé el estómago. Le pasé la lengua por el ombligo y le mordí despacio la piel de abajo del ombligo, sintiendo cómo se le contraía. Ella respiraba con la boca abierta, sin saber qué hacer con las manos.
—Tocame —le dije.
—¿Dónde?
—Donde quieras.
Subió las dos manos, temblando, y las apoyó sobre mis tetas por encima de la blusa. Me reí. Le desabroché la blusa yo y le llevé las manos por debajo, contra mi piel. Sintió las puntas endurecidas y soltó un suspiro corto, como si la sorprendiera que algo así existiera fuera de su propio cuerpo. Le agarré una mano y le hice apretar. Le llevé la otra a la boca y ella me chupó dos dedos sin que se lo pidiera, mirándome fijo. Le saqué la remera, le desabroché el corpiño y le tomé las tetas chiquitas en las manos. Se las lamí una a una, chupándole los pezones hasta ponérselos duros y rosados, y ella arqueó la espalda contra el respaldo del sillón.
Le bajé el pantalón. No opuso resistencia. La besé en la cara interior del muslo, fui subiendo y le pasé la lengua por encima de la ropa interior. La bombacha ya estaba empapada. Gimió, con esa misma respiración que había escuchado del otro lado de la pared.
—Pará —dijo de golpe.
Paré.
—No, no pares —corrigió—. Pensé que iba a poder, pero quiero que… que primero me toques con la mano. Que vaya despacio.
Asentí. Le metí la mano debajo del elástico de la bombacha y la acaricié con un dedo, sin entrar, hasta que ella sola empujó la cadera contra mi palma. Recién ahí entré. Le hundí un dedo despacio, hasta el nudillo, y ella se mordió el labio. Después dos dedos. Movimientos lentos, profundos, atenta a su respiración. Con el pulgar le encontré el clítoris y se lo empecé a frotar en círculos mientras la metía y la sacaba. Cada vez que cambiaba un poco el ritmo, ella se acomodaba pidiendo más, abriendo más las piernas, cerrando los ojos.
Cuando la sentí bien mojada le arranqué la bombacha del todo y bajé la boca. Le pasé la lengua entera, de abajo hasta arriba, muy despacio, y la escuché soltar el aire de golpe. Le abrí los labios del coño con los dedos y le chupé el clítoris sin apuro, dándole vueltas con la punta de la lengua, y le seguí metiendo dos dedos al mismo tiempo, curvándolos hacia adentro. Le agarré una mano y me la llevé al pelo, para que me apretara la cabeza contra ella. Cuando entendió, apretó fuerte. Yo le clavé la lengua adentro y la escuché temblar. Le volví al clítoris, chupando con los labios apretados, y le subí los dedos al ritmo. Cuando acabó, me mordió el hombro para no gritar, igual que la noche anterior había gritado sin freno, y me apretó tan fuerte la cabeza contra el coño que casi no podía respirar. La sentí sacudirse tres o cuatro veces, con el interior contrayéndose alrededor de mis dedos, hasta que se aflojó de golpe y se dejó caer contra el respaldo.
Se quedó tendida, con el pecho subiendo y bajando. Después se rió bajito.
—Soy una santa, ¿no? —dijo, y se tapó los ojos con el brazo.
—Sos una santa muy aplicada —le contesté.
Le di un beso en la frente. Me quedé un rato más con ella, en silencio. Después me fui a casa caminando, con el sol fuerte en la nuca y la sensación rara de que esta historia recién empezaba.
La voy a hacer reputa, pensé sin culpa. Y le va a gustar.