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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga y yo cruzamos la línea esa noche

Estos últimos meses fueron de los más difíciles que recuerdo. Casi todo lo que pasó fue malo, y eso me empujó a refugiarme en las pocas amistades que de verdad valen la pena. La principal de todas es Renata. Nos conocemos desde la universidad, hemos pasado por cosas que nadie más sabe, y con el tiempo nos volvimos ese tipo de amigas que se cuentan absolutamente todo, hasta lo que pasó con nuestras parejas anteriores.

En las últimas semanas estuvimos más unidas que nunca. Ella fue quien me ayudó a conseguir trabajo, y por eso pasábamos mucho tiempo juntas: me estaba enseñando a hacer las tareas del puesto, paso a paso, con la paciencia de siempre. El día que me depositaron mi primer sueldo habíamos quedado en salir a comer algo y tomar unas cervezas para festejar. Y así lo hicimos.

Llegó el viernes de mi primera quincena y, con él, el pago. Como un par de pendientes se habían resuelto rápido, me dieron un bono extra, así que decidimos ir a un lugar un poco más caro de lo planeado. Quedaba cerquísima de su departamento, y eso nos venía perfecto. En mi casa ya había avisado que me quedaría a dormir con Renata, así que teníamos la noche entera para nosotras.

Llegamos al bar y pedimos algo de cenar con una primera ronda de cervezas. Comimos, hablamos, brindamos. Una, dos, tres rondas. A la cuarta yo ya me sentía mareada, y noté que ella también. Terminamos esas cervezas y pedimos la cuenta. Yo estaba feliz: por fin tenía trabajo, la estaba pasando increíble, y el alcohol me había aflojado después de meses de estrés con las deudas y los pagos. Con esa sensación de ligereza le propuse pasar a comprar más cervezas para seguir tomando en su casa.

Pagamos y salimos un poco más tomadas de lo recomendable, aunque las dos fingíamos estar enteras. Como estábamos a unas cuadras, ella llamó a su taxista de confianza y lo esperamos en la puerta. Recién cuando subimos al auto me di cuenta de que había olvidado ponerme el saco; lo llevaba en la mano. El chofer no perdió detalle de mi escote, lo vi en el reflejo del espejo retrovisor.

Llevaba tanto tiempo sin estar con alguien que, con el alcohol encima, dejé que mirara. Hasta me sentí un poco halagada de seguir levantando miradas. Él le hacía la plática a Renata, pero sus ojos iban del camino a mi pecho una y otra vez. Paramos en una tienda que ellos conocían bien, bajamos por las cervezas y, de paso, compré un botecito de esos para escarchar las latas. Cargamos todo y volvimos al taxi.

Veinticinco minutos después de salir del bar ya estábamos en su departamento. Le pagamos al chofer y entramos. Renata tuvo más suerte que yo: tiene su propio lugar desde que se separó de Damián, y es de verdad acogedor. Apenas cruzamos la puerta me acercó vasos y limones para que fuera preparando las bebidas mientras ella se cambiaba.

Dejó la puerta de la habitación abierta y se puso la pijama sin mayor pudor. Alcancé a ver que llevaba un conjunto de encaje negro, cachetero y brasier a juego. Se quitó el sostén, se puso un short de dormir y una blusa fina, y salió descalza a la sala. El cambio de temperatura le había hecho efecto: a través de la tela se le marcaban los pezones, pequeños y duros, tal como alguna vez los recordaba.

Las bebidas ya estaban listas cuando salió. Le dio un trago largo a la suya, y yo me limité a quitarme los tacones y acomodarme en el sillón para estar más cómoda. Pero no tan cómoda como ella. Después de un par de vasos le pedí prestada una pijama; verla tan relajada me había dado envidia y quería estar igual. Me regañó en broma por no habérselo dicho antes y entramos a su cuarto.

Me dio un conjunto parecido al suyo, solo que la parte de arriba era tipo sudadera, con las mangas un poco largas. Esperé a que saliera para cambiarme, pero en lugar de eso se sentó en la cama con su vaso en la mano y le dio otro trago, mirándome, dispuesta a quedarse ahí.

Como vi que no pensaba moverse, empecé a desvestirme frente a ella. Me quité la blusa rosa y la dejé sobre la cama, a su lado. Quedé con el brasier blanco mientras ella seguía hablando de que Damián, hacía poco, le había pedido volver. La verdad es que yo no estaba prestando demasiada atención.

—¿No te vas a quitar el brasier? —me soltó de golpe—. ¿No te cansa traerlo?

—Sí me cansa —le dije—, pero me da pena quitármelo enfrente de ti.

Se empezó a reír.

—No inventes. Si hasta nos hemos cogido a nuestros maridos juntas y ahora te da pena. Quítatelo ya.

Estando sobria jamás había sido tan directa, pero el alcohol la tenía suelta. Sin más remedio me lo quité, y mis pechos cayeron por su propio peso.

—Las tienes bien bonitas —dijo, como si nada.

—Cállate —le contesté, y me puse rápido la blusa, con la cara ardiendo.

Ya con algo de vergüenza me quité también el pantalón de sastre negro. Debajo llevaba una tanga blanca, de esas anchas que a veces se marcan en la parte alta del pantalón. Y otra vez ella opinó: que desde que fui mamá me había puesto más nalgona. Le pedí que dejara de mirarme y se rio. Cuando le reproché que ella también me había visto, admitió que sí, aunque al menos no había dicho nada. Me puse el short y volvimos las dos a la sala.

Seguimos con las cervezas hasta que me sentí francamente borracha. Hablamos de trabajo, de compañeros, de cualquier cosa, hasta que terminamos —como siempre— hablando de nuestros ex. Era inevitable. La diferencia es que yo ya lo tenía un poco más superado que ella. Con el alcohol, Renata empezó a llorar, y yo la abracé. En la posición incómoda en la que estábamos, cada vez que intentaba darle palmaditas en la espalda mi mano terminaba sobre uno de sus pechos. Entre el llanto y la borrachera ni se daba cuenta. Cuando por fin lo notó, soltó una carcajada.

—Para eso sirven, pero se piden —dijo, y las dos nos reímos.

El clima triste se rompió de golpe. Entonces, todavía riendo, agregó:

—Lo más patético es que tú eres la única que me ha tocado las tetas en meses.

—Pues al menos a ti ya te las toqué —le dije—. A mí nadie.

Sin decir una palabra, me las empezó a manosear. Era torpe, brusca, sin nada de técnica, pero mis pezones reaccionaron igual y se pusieron duros. Me soltó, se recargó sobre mi hombro y bajó la voz.

—¿Sabes que, si hacemos algo, nuestra amistad se puede romper?

—Lo sé —le contesté—. Pero ya hemos hecho un montón de cosas y seguimos siendo las mismas amigas de siempre.

—¿Quieres que hagamos algo? —preguntó, girándose para mirarme.

No respondí nada. Solo me acerqué y la besé.

Me devolvió el beso de inmediato. La respiración de las dos se aceleró y sus manos volvieron a mis pechos, esta vez con más fuerza. Mis pezones se endurecieron al instante. Llevé mis manos a los suyos y los encontré igual de despiertos. En mi cabeza pasaban mil cosas a la vez. Quería frenar, quería arrepentirme, pero al mismo tiempo me ganaba la curiosidad: a qué sabría una mujer, qué se sentiría tener sus pezones en mi boca, su lengua entre mis piernas. La curiosidad ganó, y me dejé llevar.

Yo ya estaba húmeda con sus caricias bruscas cuando sentí su mano intentando colarse bajo mi short. Hice lo mismo que ella. Me acomodé para darle acceso mientras yo buscaba el suyo. Pensé en mis parejas anteriores, en cómo movían los dedos, e intenté imitarlo. En cuanto su mano pasó por debajo de mi tanga y rozó mis pliegues, sentí una descarga que no había sentido en años. Estaba nerviosa y muy excitada. No podía creer lo que estábamos haciendo, pero lo estaba disfrutando.

Ninguna se animaba a dar el siguiente paso, así que tomé la iniciativa. Me separé de su boca y le quité la blusa. Sus pechos quedaron al aire, pequeños, con los pezones oscuros y duros. Empecé a besarle el cuello como tantas veces me lo habían hecho a mí, y fui bajando despacio hasta atrapar uno de sus pezones con los labios. Soltó un gemido corto. Su mano apretó mi sexo y un dedo se deslizó dentro de mí; ahora fui yo la que gimió.

Pasaba de un pezón al otro con torpeza mientras mi mano seguía trabajando entre sus piernas. Recordaba lo que a mí me gustaba —que me chuparan los pezones mientras me penetraban con un dedo— y eso intentaba darle a ella. La ropa de abajo me estorbaba, así que la recosté en el sillón, le levanté las piernas y de un tirón le saqué lo que le quedaba.

Quedó expuesta, abierta de piernas sobre los cojines, con esa línea finita de vello que le subía desde el inicio del sexo. Tenía la cara dividida entre la excitación y el miedo, los pechos apuntando al techo y la piel brillante por la humedad. Era una mujer digna de mirar, y por un segundo me quedé contemplándola.

Me acomodé entre sus piernas y la probé por primera vez. El sabor era ligeramente salado, pero no me desagradó. En cuanto mi lengua la tocó, gimió y me sujetó del pelo. Volví a acordarme de lo que me hacían a mí, y como pude estiré la mano hasta sus pechos para jugar con los pezones mientras mi lengua entraba y salía de ella. Renata gemía cada vez más fuerte, hasta que empezó a retorcerse y a temblar. Quise creer que lo estaba haciendo bien.

Nunca había estado con una mujer y todo me resultaba extraño, casi irreal, pero también endemoniadamente excitante. De pronto levantó la cadera, se tensó entera y se dejó caer en el sillón. Acababa de tener un orgasmo frente a mí. Se pellizcó ella misma los pezones hasta soltar un último jadeo y se quedó como ausente, con la mirada perdida en el techo.

Yo no sabía qué hacer; era la primera vez que veía el orgasmo de otra mujer. Seguía pensando en eso cuando Renata se incorporó, se me echó encima y me besó con ganas. Me levantó del sillón y me llevó hacia su cama sin dejar de besarme. En el camino me quitó la blusa de la pijama y, ya sobre el colchón, me sacó el short. Me dejó solo con la tanga, me miró de arriba abajo y chasqueó la lengua.

—Qué rabia que a ti hasta las tangas te quedan bien —dijo.

De un movimiento me volteó y me puso en cuatro. Empezó a bajarme la tanga muy despacio, y a la vez iba pasando la lengua por la piel que dejaba al descubierto. Cuando llegó abajo recorrió todo con la boca, sin saltarse nada, hasta dejarme temblando. Jugó con mis pechos mientras seguía con la lengua entre mis piernas, y la sensación en todos lados a la vez era deliciosa. Tras meses sin nada, por fin tuve un orgasmo. No solté líquido como ella, pero me dejó deshecha.

Después me volteó otra vez y me acomodó al borde de la cama, abierta de piernas. Se arrodilló, hundió la cabeza entre mis muslos e hizo lo mismo que yo le había hecho, solo que sumó dos dedos dentro de mí, moviéndolos al ritmo de su lengua. La combinación me llevó en segundos a un nuevo orgasmo. Me estaba haciendo cosas que pocas de mis parejas se habían molestado en hacer.

Cuando terminé me dejó tendida y se acostó a mi lado. Me dijo que lo había disfrutado muchísimo, que desde hacía tiempo quería que pasara algo así entre nosotras. Quise hacerle preguntas, pero no me dejó. Se levantó por las cervezas que habíamos abandonado en la sala, le dimos un trago cada una, y volvió a pedirme que no preguntara nada, que solo me dejara llevar.

Le dije que estaba bien. Se acostó de nuevo conmigo y me propuso que lo pensara unos días. Sabía que yo no quería una relación en ese momento, y justo por eso —dijo— podíamos repetir cuando se me antojara. El departamento era nuestro, y entre amigas siempre sería mejor que con un desconocido. Me dio un beso y apagó la luz. Nos quedamos las dos desnudas en su cama, en silencio. Miré el reloj: las dos de la mañana. Cerré los ojos y en segundos me dormí.

A las ocho y media sonó el despertador. Renata se estiró y recordé que seguíamos sin ropa. Me sonrió y me dijo que había sido una buena noche. Sin pensarlo le contesté que sí, que me hacía falta algo así. Me levanté y empecé a vestirme; era hora de volver a casa con mis hijos.

Cuando estuve lista pedí un auto. Mientras llegaba, me pidió de nuevo que lo pensara. Ella conoce mis tiempos y mis horarios mejor que nadie. Me dijo que, si me animaba, me esperaba en quince días, cuando estuviera libre, y que fuera de ese departamento no volveríamos a tocar el tema jamás. Llegó el auto. Le di un beso en los labios desde la puerta.

—Vengo en quince días —le dije.

Y bajé las escaleras pensando que, con todo lo malo de esos meses, al menos tenía una gran amiga.

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Comentarios (3)

MartinaOK

Ay dios mio que relato!!! Me tuvo pegada de principio a fin. Segunda parte por favor.

Lauri_Mdz

Me encanto como lo contaste, se siente muy real. Seguí escribiendo!

Fer78

tremendo!!! Justo cuando arrancaba lo mejor se corto jajaja. Esperando mas.

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