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Relatos Ardientes

La sumisa que esperaba a mi novia en el salón

El golpe seco de la puerta al cerrarse marcó el inicio. Irene soltó un suspiro largo, de esos que vacían los pulmones de aire viciado y oficina. Escuché el tintineo de las llaves cayendo en el cuenco de la entrada y el golpe de su maletín contra el suelo del recibidor.

—Marina, no te vas a creer el día que he tenido. El director está insoportable con las nuevas normativas y...

Su voz, cargada de fatiga burocrática, se cortó en seco. Había avanzado por el pasillo quitándose la americana hasta llegar al umbral del salón. Y allí se detuvo.

Desde mi butaca, copa en mano, observé su reacción con deleite. Sus ojos recorrieron la escena: las persianas bajadas creando una penumbra íntima, yo sentada como una reina en mi trono y Noa.

Noa, arrodillada en el centro de la alfombra, desnuda, atada con cuerda de yute y amordazada con seda negra, temblando como una hoja bajo la mirada atónita de la recién llegada.

—Pero... ¿qué...?

El maletín se le resbaló de la mano. Parpadeó dos veces, como queriendo resetear su cerebro. Luego miró a Noa con detenimiento. La reconoció.

—¿Es... es la chica del avión? ¿La de intercambio?

—Hola, mi amor —dije, levantando la copa—. Bienvenida a casa. Te he traído trabajo. Sé cuánto te gusta corregir cosas que están mal hechas.

Irene soltó una carcajada incrédula que se transformó enseguida en una risa oscura, cargada de excitación repentina. Tiró la americana al suelo y dio dos pasos rápidos hacia nuestra invitada.

—No me lo puedo creer, Marina. ¡Ha venido!

Se agachó frente a Noa, invadiendo su espacio con la autoridad que le daba su uniforme de trabajo: falda de tubo gris y blusa blanca impoluta. El contraste era brutal. La mujer vestida y poderosa frente a la chica desnuda y sometida. Alargó la mano y le sujetó la barbilla.

—Hola, pequeña. ¿Me echabas de menos? Porque veo que has venido buscando más.

Noa gimió contra la mordaza, los ojos llenos de lágrimas y pánico, pero también con esa sumisión abyecta ante la nueva figura de autoridad. Irene rodeó su cuerpo y soltó un susurro de admiración lasciva al ver la espalda marcada.

—La has dejado hecha un mapa, Marina.

—Se ha portado mal al principio. Necesitaba corrección.

—Me encanta.

Irene se arrodilló detrás de ella sin importarle arrugar la falda. Pasó las manos por los verdugones rojizos que yo había dejado con la fusta. Noa se arqueó y soltó un gemido agudo que la mordaza convirtió en un zumbido vibrante.

—Huele a sexo y a castigo —dijo Irene—. Es el mejor ambientador que has podido poner en casa.

Se levantó con los ojos brillando con esa lujuria depredadora que yo tanto adoraba, se inclinó sobre mi butaca y me besó. Fue un beso hambriento, posesivo, con sabor a gratitud.

—Gracias. Es el mejor regalo que me has hecho nunca.

—Sabía que te gustaría. Estabas muy tensa con el trabajo.

—Ya no estoy tensa. Ahora estoy inspirada.

***

Irene se desabrochó la blusa con lentitud deliberada. Quedó en sujetador de encaje negro y la falda. Volvió a acercarse a Noa con una sonrisa que helaba.

—Hoy he aguantado a treinta adolescentes idiotas que no saben apreciar la disciplina. Me he pasado el día queriendo imponer orden de verdad. Y ahora te tengo a ti.

Le dio una nalgada sonora justo encima de uno de mis verdugones recientes. Noa gritó contra la mordaza y se sacudió entera. Irene se rió, un sonido feliz y cruel. La dinámica de tres acababa de establecerse: la dueña fría, la dueña pasional y el objeto que las unía.

—Tengo hambre —dijo al cabo de un rato—. Y nuestra mascota va a ser útil por primera vez en su vida. ¿Cenamos? Creo que puede ser una excelente mesa auxiliar.

—Saca el mantel de plástico. No quiero manchas en el bueno.

***

El traslado al comedor fue un espectáculo. No desaté las manos de Noa ni le permití ponerse de pie. La obligué a arrastrarse sobre las rodillas desolladas desde el centro del salón hasta la mesa de cristal. El sonido de su piel rozando el suelo fue la única música mientras nos acomodábamos.

—Debajo. Métete ahí —le ordené, señalando el hueco bajo la mesa.

Dudó un segundo, pero un movimiento brusco de mi pie cerca de su cara la convenció. Se deslizó bajo el cristal, encogiéndose entre las patas metálicas.

Irene trajo una bandeja con quesos y jamón. Desde su posición inferior, Noa veía la comida flotando sobre ella como un cielo inalcanzable. Irene se quitó los tacones y estiró las piernas. Sus pies descalzos aterrizaron sobre el estómago desnudo de la chica.

—¿Está cómodo el reposapiés? —pregunté.

—Un poco huesudo, pero calentito.

Irene presionó más fuerte, usando a la chica para masajearse las plantas cansadas. Noa tuvo que tensar los abdominales para soportar el peso. La escena tenía una normalidad perversa que me excitaba: dos mujeres civilizadas cenando, mientras una esclava desnuda nos servía de mueble.

—Creo que nuestra mascota tiene hambre —dijo Irene al cabo de unos minutos.

Cogió una loncha de jamón, la sostuvo en el aire y la dejó caer al suelo, junto a la cara de Noa.

—Vaya, qué torpe soy. Quítale la mordaza.

Me agaché y desaté el nudo de seda. La tela cayó, dejando su boca libre, roja y dolorida.

—Gracias... gracias... —jadeó.

—No me des las gracias. Cómetelo. Del suelo. Sin manos. Como una perra buena. Tienes cinco segundos.

El hambre, la humillación y el miedo se fusionaron. Bajó la cabeza, estiró el cuello, pegó la mejilla al suelo frío y abrió la boca para atrapar la carne con los dientes. Las lágrimas le caían sobre la comida mientras tragaba.

—Suficiente —dije—. Si come demasiado, vomitará cuando empecemos con lo serio.

***

Empezamos la procesión hacia el dormitorio. Yo iba delante; Irene venía detrás, empujando a Noa por los hombros cada vez que tropezaba. Al llegar al umbral me detuve y bloqueé la entrada con mi cuerpo.

—Escucha bien. Antes de cruzar esta puerta necesito que entiendas algo. Lo que va a pasar ahí dentro no es hacer el amor. No somos tres mujeres yendo a la cama. Somos una pareja y su juguete.

Señalé el lecho cubierto con una colcha gris perla.

—En esa cama duermen personas. Tú, esta noche, no eres una persona. Eres una herramienta. Estás aquí para facilitar nuestro placer, no para buscar el tuyo.

—Exacto —añadió Irene—. Si te tocamos, es para usarte. Si te besamos, es para callarte.

—Lo entiendo —murmuró Noa con los ojos llenos de resignación oscura—. Soy vuestra cosa.

—Bien. Entra.

Irene la llevó hasta el pie de la cama y la obligó a arrodillarse. Empezó a desnudarse de verdad: la falda al suelo, las medias enrolladas despacio. Quedó solo en sujetador y unas bragas mínimas. Yo hice lo mismo y me quedé en ropa interior blanca.

Noa nos observaba desde el suelo, con la boca entreabierta. Era la espectadora de un ritual de belleza y poder al que nunca podría aspirar.

—Quiero que subas, Noa. Pero no te vas a tumbar. Vas a ponerte a cuatro patas en el centro del colchón. Vas a ser la isla sobre la que nosotras vamos a follar.

Tragó saliva y se impulsó como pudo con las manos atadas. Gateó hasta el centro, profanando mi santuario con su presencia sucia y necesaria.

***

Irene y yo subimos a la cama, una por cada lado, como dos felinas cercando a una presa herida. El colchón cedió bajo nuestro peso, desestabilizándola.

—No te muevas. Ni un milímetro. Eres estructura. Eres mueble.

Acaricié la curva de su espalda, notando cómo las vértebras se marcaban bajo la piel pálida. Estaba sudando frío. Irene gateó hasta colocarse frente a la cara de Noa, se sentó sobre los talones, abrió las piernas y dejó su sexo, cubierto solo por una fina tela de encaje, a la altura de la nariz de la chica.

—Huele, perra. Huele a tu dueña.

Le agarró el pelo y tiró hacia atrás, obligándola a enterrar la cara en su entrepierna. Noa soltó un gemido ahogado.

—Quítatelo —dije—. Quiero que te sienta de verdad.

Irene se quitó las bragas con un movimiento rápido. Volvió a presionar la cara de Noa contra su vulva, usándola como toalla, como esponja, como lengua.

—Chupa. Humedécete.

Mientras tanto yo me subí a horcajadas sobre la espalda de la chica, sentándome en la zona de los riñones. El peso añadido la hizo gruñir de esfuerzo. Desde mi posición elevada tenía una vista perfecta de Irene meciéndose rítmicamente sobre la boca de nuestra esclava. Extendí la mano y alcancé sus pechos.

—Míranos, Irene. Estamos conectadas por ella.

Apreté sus pezones con fuerza. Estábamos teniendo sexo a través de Noa. Ella era el conducto, la masa de carne vibrante que transmitía nuestro placer de una a otra.

Me incliné hacia delante, apoyando el pecho sobre la espalda sudada de la chica, y besé a Irene encima de su cabeza. El beso fue profundo, sucio. Mientras tanto metí la mano entre las piernas de Noa desde atrás. Estaba empapada, chorreando lubricación fruto del miedo y la excitación mecánica. Introduje dos dedos sin preliminares.

Noa se sacudió bajo nosotras, un espasmo que recorrió toda la cadena humana. Irene aumentó el ritmo de sus caderas, frotándose contra la cara de la chica con egoísmo puro. Yo bombeaba con los dedos y masajeaba los pechos de mi mujer. Era una sinfonía de gemidos y carne golpeando contra carne.

—¡Ahora! ¡Úsala! —grité.

Irene gritó mi nombre y se corrió, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Noa. Yo mordí su hombro, sintiendo la vibración del clímax recorrer el cuerpo de las tres como una corriente eléctrica.

***

Noa se desplomó en cuanto Irene relajó las piernas, boqueando en busca de aire. Yo seguía a horcajadas sobre sus riñones. No me había movido.

—Date la vuelta.

—No... no puedo... las manos...

Su voz era un graznido roto. La agarré del hombro y la giré como si fuera un saco. Quedó boca arriba, expuesta, indefensa. Llevé mis manos a su cuello. No cerré los dedos de golpe; los posé allí, acariciando la tráquea, sintiendo el pulso frenético bajo las yemas.

—¿Sabes lo que es esto, Noa? —apreté solo un poco—. Es tu vida. Ahora mismo, tu vida está literalmente en mis manos. Yo decido cuándo entra aire y cuándo sale.

—Por favor... Marina...

—Shhh. No supliques. Acepta.

Cerré los pulgares sobre la nuez. Corté el flujo de aire. Sus ojos se desorbitaron. Sus piernas empezaron a patalear, pero Irene se lanzó sobre sus tobillos y los inmovilizó.

—Quieta, perra. Deja que la Ama trabaje.

Mantuve la presión, firme, clínica. Vi cómo su cara pasaba del pálido al rojo y del rojo a un tono violáceo alarmante. Vi el pánico reptar por su mirada.

—Mírame. No cierres los ojos. Todo ese ruido en tu cabeza... ¿lo oyes ahora? ¿Oyes las dudas? ¿Oyes la vergüenza?

Negó frenéticamente. No oía nada. El mundo se había reducido a un solo punto: mis manos en su cuello.

—Exacto. No hay nada. Solo yo. Solo nosotras.

Mantuve el agarre un segundo más, llevándola al borde donde la consciencia empieza a parpadear como una bombilla vieja. Sus párpados empezaron a caer. Entonces solté.

El aire entró en sus pulmones con un sonido horrible, una aspiración ronca que sacudió todo su cuerpo. Tosió, arqueándose, lloraba abiertamente, babeándose, destrozada por la experiencia cercana a la nada.

—¿Ves? Te lo he devuelto —volví a poner las manos en su cuello, esta vez suavemente—. Podría haber apretado un poco más y habrías sido mía para siempre en la oscuridad. Pero te he dejado volver. Te he regalado el aire.

—G-gracias... gracias...

Lo dijo entre sollozos, genuinamente agradecida. Era el síndrome de Estocolmo elevado a la categoría de arte.

***

No le di tiempo a acostumbrarse. Su cuerpo, laxo y tembloroso tras la asfixia, era ahora un mapa de puntos sensibles sobrecargados.

—Abre las piernas. Del todo.

Obedeció mecánicamente. Su intimidad se ofreció a mí: roja, hinchada, palpitante. Agarré sus caderas clavando los pulgares en sus huesos ilíacos y, con la otra mano, fui directa a su clítoris. Al primer contacto arqueó la espalda con un grito ahogado, intentando cerrarse.

—¡No! ¡Por favor! ¡Es mucho! ¡Duele!

—No te he preguntado si duele. Te he dicho que te abras.

Empecé a mover el pulgar. Rápido. Sin ritmo, sin compasión. No buscaba el crescendo erótico; buscaba la sobrecarga. Irene se montó sobre su pecho para dejarla sin aire por presión mecánica, frotándose contra mi hombro mientras yo trabajaba.

—Vas a correrte porque yo lo ordeno. Tu cuerpo no tiene elección.

Aceleré. Era un ataque sistemático. Sus jadeos se convirtieron en sollozos histéricos. Su pelvis empezó a moverse sola, traicionando a su mente.

Irene alcanzó su segundo clímax clavando las uñas en los hombros de la chica.

—¡Ahora, Noa! ¡Ahora!

Apreté con todas mis fuerzas sobre su punto más sensible. Noa se quebró. No fue un orgasmo bonito. Fue una convulsión. Un espasmo violento y feo. Su cuerpo se puso rígido como una tabla, los ojos en blanco. Se corrió con una intensidad dolorosa, vaciándose contra su voluntad.

Y en ese caos, yo encontré mi propio final. Viendo cómo la destruía, sintiendo cómo Irene temblaba contra mí, me corrí. Fue un orgasmo cerebral, frío y poderoso.

—Mía. Eres mía. Todo esto es mío.

***

Cuando la tormenta pasó, el silencio cayó como una losa de plomo. Noa yacía inerte, con la mirada perdida. Babeaba un poco.

Me levanté, fui al baño y me lavé las manos. Volví con una toalla pequeña mojada en agua caliente. Pasé la toalla por el cuello de Irene, por sus pechos, por su vientre y, con delicadeza infinita, por sus muslos. Cerró los ojos y suspiró, dejándose cuidar.

—Mmm... qué bien sienta. Gracias, Ama.

—Te lo mereces. Has estado increíble.

Le di un beso en la frente, tierno, y le serví un vaso de agua. Solo cuando estuvo limpia, hidratada y arropada, giré mi atención hacia la cosa que seguía ovillada en posición fetal.

—Siéntate, Noa. Voy a soltarte.

Deshice los nudos de la cuerda. Cuando la última vuelta cayó, soltó un gemido de dolor. Sus brazos cayeron muertos a los costados.

—Mueve los dedos. Te va a doler, pero tienes que hacerlo.

Le acerqué el resto del vaso de Irene. Bebió como un animal sediento. Cuando terminó, me miró con esos ojos de perro apaleado que tanto me fascinaban, esperando una palabra amable.

—Has sido útil, Noa. Has servido bien.

Le acaricié la cabeza una sola vez, como quien acaricia a un golden retriever. Cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia mi mano, desesperada por cualquier migaja de afecto.

—¿Puedo... puedo volver?

—No es que puedas volver. Es que no te vas a ir nunca del todo —respondí, agarrándole la barbilla—. A partir de hoy, tu boca es mía. Tu cuerpo es mío. Y tu aire es mío. Vas a seguir yendo a la universidad y fingiendo que eres una chica normal. Pero cuando yo te llame, vendrás. Sin preguntas. Sin condiciones.

—Sí... sí, Ama. Seré vuestra.

—No serás mía como lo es Irene. Irene es mi compañera. Tú eres nuestra mascota. Nuestro juguete secreto para los días de lluvia. ¿Entiendes la diferencia?

Asintió, tragándose la verdad. Prefería ser la mascota a ser nada. Le ordené vestirse en el baño de invitados y pedirse un taxi.

—Gracias... a las dos —murmuró antes de cerrar la puerta.

***

El sonido de la puerta principal al cerrarse resonó con la finalidad de una sentencia. Me deslicé fuera de la cama con cuidado para no despertar a Irene, recogí mi bata de seda negra y crucé el salón en penumbra. El aire todavía olía a nosotras, a lo que acababa de pasar.

Abrí el ventanal y salí a la terraza. La noche de Sevilla me recibió con un aire fresco que contrastaba con la atmósfera viciada del interior. Me apoyé en la barandilla de hierro forjado, mirando las luces de la ciudad. A lo lejos, la silueta de la Giralda se recortaba contra el cielo negro, eterna, dominante.

Saqué un cigarrillo fino —un vicio que solo me permitía en momentos de triunfo absoluto— y lo encendí.

Pensé en mi vida. Con Irene había conseguido la perfección. Ella era mi igual en intelecto y mi complementaria perfecta en la cama. Nuestro amor era sólido porque estaba jerarquizado. Yo mandaba, ella confiaba. Pero faltaba algo. Siempre había faltado esa pieza oscura, ese elemento de caos controlado que validara nuestra armonía.

Y entonces apareció Noa. No era una amenaza. Era el pegamento. Era la víctima propiciatoria que necesitábamos para recordar quiénes éramos. Al romperla a ella, nos habíamos soldado nosotras.

Noa volvería. Lo sabía con la certeza de quien conoce la gravedad. Volvería a por más dolor, a por más humillación, porque en mis manos encontraba el silencio que su mente ansiosa le negaba. Y yo la recibiría. La prestaría a Irene cuando ella tuviera un mal día. Y luego la mandaría de vuelta a su oscuridad hasta que me apeteciera jugar.

Era la definición absoluta de poder: tener algo que no necesitas cuidar, pero que siempre está ahí esperando tu tacto.

Terminé el cigarrillo y volví al dormitorio. La luz de la luna entraba por las rendijas, iluminando la curva de la cadera de Irene bajo la sábana. Me deslicé de nuevo en la cama, buscando su calor.

—¿Mmm? ¿Marina? —murmuró con voz pastosa.

—Estoy aquí. Duerme.

—¿Se ha ido?

—Sí. Ya no está.

Apoyó la cabeza en mi pecho y pasó una pierna por encima de las mías, anclándome a la cama.

—Te quiero. Gracias por todo.

—Lo sé. Yo también te quiero.

Cerré los ojos sintiendo el latido del corazón de Irene contra mis costillas y el recuerdo de la sumisión de Noa en mis yemas. No había culpa. No había remordimiento. Solo una paz inmensa, profunda y oscura. Todo estaba, por fin, en su sitio.

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Comentarios (3)

Caro88

que relato!!! me encantoooo, sigan subiendo cosas asi

Lorena_75

La tension desde el principio me atrapo. Muy bien narrado la verdad, se siente todo muy real.

SilviaK

Me dejo con ganas de mas... hay segunda parte?

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