Manejé seis horas para volver a tocarla
Salí de Mendoza al mediodía con la lluvia pegada al parabrisas y un nudo en el estómago que no era hambre. Llevaba casi siete meses sin verla. Siete meses contados en facturas pagadas, turnos cubiertos y noches en las que abrazaba la almohada como si tuviera forma de cuerpo.
Fueron seis horas largas. Pasé tres pueblos sin nombre, una estación de servicio donde el café sabía a cartón, y un tramo de ruta tan oscuro que llegué a creer que me había salido del mapa. Pero seguí. Seguí porque sabía que del otro lado estaba Lucía esperándome.
Mientras manejaba, pensé en tonterías. En la primera vez que la besé, en el balcón de su pensión, cuando todavía teníamos miedo de los vecinos. En las peleas estúpidas por cosas que ya no recordaba. En esa manía suya de morderse el labio inferior cuando estaba nerviosa. En cómo olía su cuello apenas se despertaba.
A la altura de Junín la llamé para avisarle que faltaba poco. Me contestó casi sin voz, como si la hubiera despertado.
—¿Tienes sueño? —pregunté.
—No —dijo—. Tengo otra cosa.
Colgué con una sonrisa estúpida pegada a la cara y aceleré.
Llegué a Córdoba pasadas las ocho. El cielo estaba violeta y los semáforos parpadeaban en amarillo. Subí por la avenida que ya conocía de memoria, doblé en la esquina del kiosco que cerraba a las nueve, y la vi.
Estaba parada en el portal del edificio, descalza, con una sudadera gris que le quedaba enorme. Las piernas desnudas, los brazos cruzados como si tuviera frío aunque hacía calor. Cuando me vio bajar del coche se quedó quieta un segundo, y después corrió.
No nos dijimos nada. Me abrazó tan fuerte que sentí que el viaje entero había valido la pena por ese instante.
—Tienes cara de cansada —dijo contra mi cuello.
—Tengo cara de querer entrar.
***
Subimos al departamento sin soltarnos las manos. En el ascensor me miró de costado, con esa sonrisa medio inocente que ya no me engañaba. La conocía. Sabía perfectamente lo que esa sonrisa quería decir.
—¿Comiste algo? —preguntó.
—Un café feo y un alfajor a las cinco.
—Pasamos por el chino entonces.
Volvimos a bajar. Caminamos dos cuadras hasta el supermercado, compramos pan, queso, una botella de vino y dos paquetes de fideos por si acaso. Mientras hacía la fila en la caja, ella se apoyó contra mi espalda y me pasó un dedo por la cintura, muy despacio, justo donde sabía que tenía cosquillas. Tuve que morderme el labio para no reírme.
De vuelta en el departamento, Lucía dejó las bolsas sobre la encimera y se giró para guardar el vino en la nevera. La mirada que me tiró por encima del hombro no fue una mirada. Fue una invitación.
No esperé. La agarré por la cintura, la di vuelta y la empujé contra la nevera con una fuerza que ni yo sabía que tenía. Su espalda chocó contra el metal y se le escapó un sonido a medio camino entre el susto y la risa. Después dejó de reírse.
La besé como si llevara siete meses guardando ese beso. Porque era exactamente eso. Su boca estaba tibia, abierta apenas, y yo le mordí el labio inferior porque siempre, siempre quise hacer eso justo así. Ella me clavó las uñas en la cadera por encima del jean.
—La cama —murmuró contra mi boca.
—Después.
Le subí la sudadera gris hasta el cuello. Debajo no tenía nada. Nada. Solo piel, esa piel suya que había recordado durante semanas y que en el recuerdo nunca era tan suave como en la realidad. Le pasé la palma por las costillas, por el costado del pecho, y ella tembló de un modo que no era frío.
—¿Lo planeaste? —le pregunté—. Estabas así desde antes de que llegara.
—Te estaba esperando —dijo.
Le bajé la sudadera por los hombros y la dejé apoyada contra la nevera, desnuda hasta la cintura, con el pelo despeinado y los ojos medio cerrados. Bajé la boca y le besé un pecho. Lento. Sin apuro. Porque después de siete meses no se puede ir rápido. Sentí cómo se le aflojaban las rodillas, cómo me agarraba la cabeza para que no me detuviera, cómo respiraba cada vez más cerca del oído.
Yo también temblaba. No porque tuviera frío. Porque no podía creer que estuviera ahí, con su piel debajo de mi boca, después de tantas noches imaginándolo.
***
Cuando nos fuimos al cuarto, ya casi no podíamos caminar. Dejamos un rastro de ropa por el pasillo. Su jean cayó cerca de la puerta del baño. Mi camiseta quedó colgando del picaporte. Las dos llegamos a la cama riéndonos y enredadas, y nos tiramos de costado, mirándonos como dos chicas que estaban a punto de hacer algo que nadie les había enseñado.
—Te extrañé tanto —dijo ella.
—Cállate.
Y la besé otra vez para que se callara.
Lucía no era pasiva. Nunca lo había sido, ni siquiera la primera vez. Aprendió rápido y aprendió bien, y a veces yo me sentía más alumna que maestra cuando ella tomaba el control. Esa noche fue una de esas veces.
Me empujó de los hombros, me dio vuelta sobre el colchón y se sentó encima de mí con las piernas abiertas y el pelo cayéndole en la cara. Al primer contacto cerré los ojos. Estaba mojada, tibia, lista. Las dos lo estábamos.
Empezó a moverse despacio, apoyada en mis caderas, buscando el ángulo que ya conocía. Yo la agarré de los muslos para sentirla mejor, para que no se fuera, para que no se moviera nunca más.
—Mírame —pidió.
Abrí los ojos. Tenía la cara enrojecida, la boca abierta, el pelo pegado a la frente por el sudor. Me miraba como si tuviera miedo de que yo desapareciera en cualquier momento, como si la noche fuera un sueño y ella supiera que iba a despertarse.
—Estoy aquí —le dije—. No me voy a ninguna parte hoy.
Movió las caderas más rápido. El roce era exacto, ese roce que entre dos mujeres no es comparable a nada, porque no hay nada que entre o salga, solo dos cuerpos que se buscan a través de la piel más sensible que tienen. Mi respiración se cortó. Ella se inclinó hacia adelante y me apoyó las dos manos en el pecho para mantener el equilibrio.
Después de un rato, la tomé de las caderas y la corrí con cuidado a un costado. Quería estar arriba. Ella se dejó hacer con una facilidad que me dio ganas de llorar y de reírme al mismo tiempo. Quedó debajo, abierta, con una pierna doblada y la otra estirada, y yo me acomodé sobre ella en ese cruce que aprendimos juntas hace años, sin manuales, sin maestros, a fuerza de prueba y error.
El roce se volvió continuo, profundo. Yo le sostenía una rodilla contra el pecho, ella me clavaba los dedos en la espalda. La cama crujía despacio. En algún momento un gemido se le escapó tan agudo que parecía de otra persona, y yo le tapé la boca con la mía para tragármelo. No quería que se perdiera ni un solo sonido.
—Más —dijo cuando me separé un segundo para respirar.
Le di más. Le di todo lo que tenía. La levanté apenas del colchón, le pasé el brazo por debajo de la cintura para mantenerla pegada, y seguí. Cuando la sentí venirse, no fue de golpe sino de a poco, como una ola que tarda en romper. El cuerpo se le puso rígido, los muslos me apretaron las caderas, y soltó un sonido largo, hondo, que no era un grito ni un gemido sino algo entre los dos.
Me terminé yo también, casi sin darme cuenta, contagiada por su temblor. Fue raro, casi tierno, terminar así, sin haberlo buscado, solo porque ella se estaba viniendo debajo mío y eso me alcanzó.
Nos quedamos así, una encima de la otra, sudadas, sin aire. Su pecho subía y bajaba contra el mío. El ventilador del techo daba vueltas muy lento, como si también él estuviera cansado de aguantar la tensión de los últimos meses.
—No te vayas —dijo Lucía con los ojos cerrados.
—No me voy hasta el lunes.
—Quería decir nunca.
No le contesté. La abracé más fuerte y enterré la cara en su pelo. Olía a champú barato y a algo más, algo que no se vende en ninguna farmacia y que solo conocía yo.
***
Esa fue la última vez que estuvimos juntas en esa ciudad. Tres meses después decidimos que no podíamos seguir así, viviendo a seiscientos kilómetros y robándonos los fines de semana cada tanto. Ella renunció a su trabajo, llenó dos valijas y se vino conmigo.
Pero esa noche, en esa cama prestada, con las luces de la ciudad colándose por la persiana mal cerrada, todavía no lo sabíamos. Solo sabíamos que el viaje había valido la pena. Que el café feo, las seis horas de ruta y los siete meses de espera habían valido cada minuto.
Y dormimos abrazadas, como si nadie en el mundo nos pudiera separar nunca más.