Mi mejor amiga me llevó a un bar solo de mujeres
No voy a negarlo más. Desde que tengo memoria, de una forma u otra, me atrajeron las chicas.
Al principio creí que era simple curiosidad. Quería entender en qué se diferenciaban sus cuerpos del mío, dónde terminaba ese misterio que las hacía distintas.
Siempre me sentí más cómoda rodeada de mujeres que cerca de cualquier hombre. Pero lo justificaba como algo de lo más normal, una cuestión de confianza. Nada sexual cruzaba mi cabeza, o eso me repetía.
Me gustaba quedarme en las duchas comunes después de los partidos de vóley. Allí podía mirar a placer, sin miedo a que nadie me señalara como un bicho raro.
Me fascinaban aquellos vientres lisos, los pechos firmes que comparaba en silencio con los míos, la forma en que el agua resbalaba por pieles que jamás me atrevía a tocar.
Siempre lo atribuí a la curiosidad. A nada más.
***
Pasaron los años y descubrí el sexo. Aquella cosa extraña que todas mencionaban entre risas. Mis primeras veces tocándome a solas, sin saber del todo qué esperaba sentir.
Recuerdo los escalofríos que me recorrían entera. Mi clítoris, aquel gran hallazgo. Y un detalle que me inquietaba: en esos placeres en soledad, en mi imaginación caliente, siempre aparecían cuerpos de mujer.
Llegaron también los primeros encuentros con el sexo opuesto. Para mí era lo esperado, lo que tocaba. Quería ser igual al resto de mis amigas, saber qué se sentía estar con un chico, entender ese cuerpo tan distinto al mío.
Probé con varios. Perdí la virginidad en manos de uno de ellos, convencida de que aquello era el camino correcto.
Pero confieso que nunca pasé de un leve cosquilleo. No disfruté de verdad en ninguno de esos encuentros, y empezaba a pensar que algo en mí estaba roto.
***
Una tarde, como tantas otras, salí de copas con mis amigas. Ya sabéis cómo son esas noches que arrancan despacio y se van de las manos.
Fuimos recorriendo uno tras otro los locales de moda. Como siempre, se acercaron los babosos de turno, pero esa noche había demasiada carne para tan poco arroz. Nos burlamos de ellos, les sacamos un par de copas y los dejamos felices, creyendo que se habían llevado nuestro número de teléfono. Pobres ilusos.
Era una noche solo para nosotras. Nada de hombres desesperados por meterla en cualquier rincón.
Carla, mi amiga más íntima, estaba especialmente preciosa esa madrugada. Apenas podía despegar los ojos de aquel escote de vértigo que casi le llegaba al ombligo.
Está buenísima, la muy maldita.
Copa tras copa, fuimos cruzando el punto de no retorno. Varias chicas ya buscaban una pared donde sostenerse. Solo Carla y yo aguantábamos casi enteras, muertas de risa al ver el estado de las demás.
Sus senos me rozaban el brazo cada vez que se inclinaba para decirme algo al oído. Eran suaves, tibios. Y algo en ese roce me ponía inquieta sin que supiera explicar por qué.
Nuestros cuerpos se tocaban como tocan las amigas, sin malicia, pero a mí me estaba calentando. No lo entendía.
***
Ya de madrugada cogimos un taxi para ir dejando en sus casas lo que quedaba del naufragio. Chicas casi inconscientes buscando una pared donde apoyarse. Me daban pena.
Entre la ida y la vuelta, el aire frío de la noche nos borró los grados de alcohol que aún arrastrábamos Carla y yo. Apenas un mareo ligero quedó de recuerdo del exceso.
Dejamos el taxi en una calle céntrica. Nuestros cuerpos seguían pidiendo guerra.
Cogidas del brazo recorrimos las calles, de local en local, bebiendo ya con calma. Así fue como llegamos al Rosa Salvaje, un sitio que ambas habíamos visto mil veces pero al que nunca habíamos entrado.
El nombre no nos advirtió de nada.
Dentro, todo eran chicas. Ni un solo hombre en el local. Extraño, ¿no?
Llegamos a la barra y una camarera tremendamente sexi nos puso delante las copas que pedimos. Sentadas en los taburetes, miramos curiosas a nuestro alrededor.
No somos dos ingenuas. Entendimos enseguida dónde nos habíamos metido.
A un par de pasos, dos chicas se mordían la boca con hambre. Otras bailaban frotándose como serpientes en celo. Manos entrelazadas, manos en las caderas, manos más abajo.
Sí, era un bar exclusivo de lesbianas. Y la verdad es que no nos importó lo más mínimo.
***
Tras la primera copa pedimos una segunda, y luego una tercera. Para oírnos por encima de la música teníamos que cruzar las piernas y juntar las caras.
Confieso que yo aprovechaba para mirar por su escote cada vez que ella agachaba la cabeza para escucharme.
No sé en qué momento empecé a mirarla distinto. No sé cuándo mi mano se apoyó en su muslo con cualquier excusa y, simplemente, se quedó allí. No encontró rechazo.
No sé en qué momento su boca me pareció besable, mordible. No lo sé.
Me acerqué hasta tenerla a un suspiro. Cerré los ojos y la besé. Aquellos labios eran más carnosos que cualquiera de los que había probado antes.
Ella no se apartó. No hizo el menor gesto de rechazo. Abrió la boca e invadió la mía con una lengua aterciopelada que me apresuré a lamer.
Por primera vez en mi vida sentí una pulsación distinta en el estómago, en el sexo. Aquello no se parecía en nada a lo que conocía.
No sabía cuál sería el próximo paso. Jamás me lo había planteado. Solo besaba y me dejaba besar, mientras mis manos se sujetaban a sus caderas para no caer del taburete y las suyas me rodeaban el cuello.
Después de unos minutos se separó apenas de mí.
—¿De veras? ¿Te van las chicas? —preguntó, con la malicia brillándole en los ojos.
—No lo sé. Solo me he dejado llevar —respondí.
—Pues sigue dejándote llevar —dijo.
***
Me tomó de la mano y me sacó de allí. Paró un taxi, dio una dirección y volvió a besarme en los asientos traseros, supongo que para deleite del taxista.
Al poco rato escuché los frenos del coche. La marcha aminoró hasta detenerse del todo.
Carla pagó la carrera y ambas bajamos. De la mano me arrastró hasta un portal, llamó al ascensor y, una vez dentro, se adueñó de mi boca como si no hubiera mañana.
Llegamos al piso. Sacó las llaves y abrió una puerta. Supuse que era su casa, aunque nunca había estado en ella.
En el pasillo me empujó contra la pared. Mordió mis labios casi hasta el dolor. Sentí sus manos recorrerme el cuerpo de arriba abajo. Yo no sabía bien qué hacer. Solo me dejaba.
Me llevó al dormitorio. De pie, fue liberándome de la ropa que me sobraba. Toda.
Desnuda entre sus brazos, ella se apresuró a tomarme los senos, a apretarme los pezones, a hundir los dedos en mis nalgas como queriendo clavarse en ellas.
Su boca devoraba la mía. Yo, inexperta todavía en esa guerra, me limitaba a seguirle el ritmo.
Cuando su mano se coló entre mis muslos no pude reprimir un jadeo. Sí. Eso era exactamente lo que necesitaba.
***
Me empujó hasta dejarme tendida en la cama, las piernas colgando y bien abiertas, los ojos cerrados, las manos apretando la sábana.
Gemí largamente cuando sentí su boca posarse en mi sexo.
Lo hizo despacio, dejando que me acostumbrara a la caricia. Por primera vez en mi vida una mujer me hacía temblar de impaciencia.
Aquello era muy distinto a todo lo conocido. En su piel había ternura, dulzura. Nada áspero ni apresurado. Todo fluía desde dentro, como una marea lenta. Me pareció la sensación más maravillosa del mundo.
Lamió suavemente mis labios mayores, sin prisa, dejándome húmeda con su saliva. Dos dedos separaron mis pliegues hasta exponer del todo mi entrada, y la vi retirarse un instante para mirarme a placer.
Luego, con la misma calidez, volvió a la carga. Su lengua recorrió todo el contorno de mi sexo abierto, dejándome gimiente y rendida a sus caprichos.
Cuando juzgó que era el momento, posó aquella lengua caliente sobre mi clítoris. No pude contener un gemido ni el temblor que me sacudió los muslos.
Me sentía morir. Quería más.
Un dedo se asomó a la entrada de mi cuerpo. Primero insinuándose, después colándose dulcemente hasta la primera falange. Pronto fueron dos los que jugaban en mi interior, sin brusquedad, no entrando y saliendo, sino haciendo una especie de llamada que me provocaba espasmos por toda la espalda. Y todo eso sin dejar de lamerme.
Sentía el cuerpo arder. Oleadas de placer me recorrían entera. Los pechos se me pusieron duros como nunca, tuve que acariciarlos para calmar algo de aquello, pero el efecto fue justo el contrario.
Gemí hasta perder el control, hasta que una ola inmensa nació en lo más hondo de mi cuerpo. Apreté los muslos en torno a su cara mientras me sacudía en un orgasmo que jamás había soñado.
Acababa de descubrir el sexo entre mujeres. Acababa de descubrirme a mí misma.
***
Cuando logré recuperarme, tiré de ella hacia arriba hasta alcanzar su boca. Esta vez fui yo quien la mordió y la lamió con avidez, quizá agradeciendo lo que acababa de sentir.
Noté sus pechos rozar los míos y la aparté un poco. Necesitaba sentirlos en mi boca. Los necesitaba ya.
Quería descubrir aquella piel de satén, apenas perfumada. Quería sentirme libre de acariciar, besar y lamer un cuerpo igual que el mío.
Besé su cuello y noté cómo se estremecía contra mi boca. Lentamente, reprimiendo las ansias como podía, fui bajando.
Llegué a sus pechos con el hambre que arrastraba desde niña, desde aquellas duchas del equipo. Los saboreé como maná caído del cielo. No podía dejar de apretarlos mientras revolvía sus pezones rosados con la lengua. Jamás imaginé que un pecho en la boca pudiera ser tan placentero.
Pero quería saber más.
***
Dejé que mi mano resbalara hasta sus muslos. Un vello recortado y suave me recibió en aquel monte tibio. Lo acaricié como si fuera a romperse entre mis dedos.
Más abajo, una humedad caliente me empapó la piel. Estaba muy mojada. No hacía falta humedecerme los dedos para seguir explorando.
Sus labios, ahora abiertos, eran una invitación. Suaves, aterciopelados, me guiaron hasta el centro de su sexo, donde encontré una dureza que me esperaba, para su placer y el mío.
Con cariño, contorneé aquel botón que le arrancaba gemidos. Podía sentir el latido de su corazón en la yema de mis dedos. Bajé más, hasta encontrar su entrada secreta.
Por primera vez en mi vida sabía qué se siente al tocar un sexo igual que el mío. Me colé hasta percibir su calor interior, hundiéndome en sus profundidades para convencerme de que aquello era real y no otro sueño erótico más.
Necesitaba su sabor. Era urgente.
Me coloqué frente a aquel sexo que me llamaba a gritos. Lo miré, intentando grabar su imagen en mi memoria para siempre. Saqué la lengua y la posé entre aquellos pliegues que se abrían como alas de mariposa. Sabía, extrañamente, salado y dulce a la vez.
Me afané en degustar cada centímetro de piel expuesta. Necesitaba sentir contra mi boca el latido de su clítoris inflamado.
Me dejé llevar por la pasión de aquella primera vez frente a frente con mi sexualidad verdadera. Lamí hasta sentir la lengua dormida, hasta que la escuché gritar «basta» mientras se retorcía de placer. Un placer que yo había provocado.
La carne de sus muslos se cerró contra mi cara hasta casi cortarme el aire. Disfruté de cada temblor suyo, de cada gemido, de cada convulsión que la estrellaba contra mí. Supe de su sabor más íntimo.
Acababa de descubrir el placer de dar placer.
***
Cuando pude, trepé por su vientre, su pecho, su cuello, hasta llegar a su cara. Aún tenía los ojos cerrados. La besé con avaricia, hasta quedarme sin aire.
Su cuerpo caliente pegado al mío, su mano en mi nuca, la mía sobre su pecho. Rendidas pero no saciadas, nos dimos unos instantes para recuperarnos.
De nuevo su boca en la mía, en mis pechos, en mi cuello. Aquella lengua sabía cómo encenderme. Separó mis piernas con las suyas y, en una tijera diabólica, hizo chocar su sexo contra el mío. Los dos fluidos mezclados entre nuestros cuerpos y aquel vaivén.
Manos que apretaban muslos, dedos que buscaban acariciar el sexo de la otra al pasar. Cabezas que giraban casi como posesas. Aquel ir y venir que frotaba sexo contra sexo, piel contra piel. La locura.
Sentí una mano apretarme las nalgas y yo hice lo mismo. Cualquier cosa con tal de aumentar aquella fricción. Mordí la almohada cuando sus dedos se colaron entre las dos y apretaron mi sexo con vehemencia. Quería morir allí mismo de gusto.
Los gemidos en aumento. Las bocas buscando aire, las manos hundiéndose en la carne. Sexo contra sexo, alcanzamos a la vez ese vacío profundo en el que no existe nada más.
***
Cuando amaneció éramos dos cuerpos exhaustos, desmadejados, dormidos pecho contra pecho, piel contra piel.
Así descubrí quién era y qué era.
Desde aquel día lo tuve claro. No más hombres en mi vida, salvo los imprescindibles. Noches de piel femenina hasta sentirme saciada.
Desde aquella madrugada no hubo más dudas ni autoengaños. Soy lesbiana y me siento bien siéndolo.