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Relatos Ardientes

La futbolista que me invitó a su cuarto de hotel

Desde donde estábamos no se veía el cielo, oculto tras el estor color salvia, pero el olor a lluvia inminente me lo dibujaba en la cabeza como una lámina de plomo. Aitana cerró la ventana, se recostó en mi hombro y soltó un suspiro largo. Una nube tibia de vaho se escapó de su boca y se deshizo en el aire de la habitación.

—Va a volver a llover —murmuró, hastiada.

Llevaba lloviendo casi un mes seguido. Su melena caía como una cascada sobre mis pechos desnudos. Me concentré en el punto en el que un rayo tibio de sol se colaba entre las cortinas y le encendía el pelo. Brillaba con la intensidad de un cuarzo recién pulido.

Recorrí con la yema de los dedos las constelaciones de lunares de su espalda sin necesidad de mirarlas. Las había memorizado en aquella noche, ya lejana, en la que no pegamos ojo en una habitación de hotel.

Los dedos largos de sus pies me hicieron cosquillas al rozarme el empeine. Sonreí sin proponérmelo. Nunca había conocido a nadie con la habilidad de Aitana usando los pies. No solo por su oficio, el de futbolista profesional, sino porque me había demostrado que podía llevarme al borde del temblor con esa parte tan poco celebrada del cuerpo.

Y eso que no era lo que más me gustaba de ella.

Adoraba sus brazos nervudos tanto como los dedos finos y largos de sus manos. Me fascinaban sus muslos poderosos, capaces de hacerme suya sin recurrir a nada más, y ese trasero respingón y pétreo de escultura. Sus pechos pequeños, coronados por dos areolas rosadas y enormes, eran tan sensuales como sus labios mullidos. Sus ojos verdes, de mirada intensa, eran tan atractivos como esa nariz de muñeca que cualquier adolescente habría envidiado. La cabellera dorada terminaba de armonizar el conjunto de una de las deportistas más conocidas del país.

Solía bromear con que se había equivocado de profesión, que podría ser modelo. Ella respondía con una sonrisa perlada y negaba con la cabeza, diciendo que la miraba con demasiado cariño.

Quizá fuera así, pero no exageraba. Su físico le habría abierto la puerta a la pasarela de no haberse decantado por el deporte. La prueba estaba en la cantidad ingente de mensajes que recibía en redes sociales alabando su cuerpo por encima de cualquier otra cosa, cuando no en algo más soez.

Las marcas de ropa deportiva más grandes del planeta se la rifaban. Por no hablar de los anuncios de cosmética que se peleaban por colgar su rostro en las marquesinas de medio mundo.

Con todo, no era su físico lo que más me atraía. Era una mente despierta, de curiosidad insaciable, acompañada por una personalidad humilde y divertida.

Su naturalidad la había acercado a mí varios meses atrás. Ocurrió durante la concentración de pretemporada de su equipo en el hotel en el que yo había empezado a trabajar pocas semanas antes. Jamás habría pensado que algo así pudiera pasarme a mí.

Compaginaba la media jornada del hotel con la carrera de historia del arte. Daba clases particulares a adolescentes que odiaban estudiar y, algunos fines de semana, ayudaba como camarera en el bar de un amigo de mi hermano mayor. Necesitaba el dinero para seguir con la facultad y apenas me quedaba tiempo libre.

Nunca me había interesado por el fútbol ni tampoco por las mujeres. Había tenido relaciones intermitentes con varios hombres, ninguna acabó bien. La última, tres meses antes de cruzarme con Aitana.

La primera vez que la vi, en el vestíbulo del hotel, me quedé prendada de esa belleza limpia y serena, de la luz casi irreal que parecía emanar de ella. Una búsqueda rápida en internet me dejó claro lo inaccesible que era, y la olvidé hasta que volví a encontrármela en la puerta de la lavandería.

No era habitual que una celebridad se interesara por los rincones más mundanos del día a día, pero entendí enseguida que ella no era como las demás.

Me cautivaron la sonrisa y la sencillez con la que dijo que necesitaba limpiarse las botas. Por alguna sensibilidad rara de clase, sentí que debía ser yo quien le lustrara la herramienta de trabajo. Pero su generosidad natural me apartó a un lado y permanecí embobada mirándola hasta que terminó.

Lo hizo con la cotidianeidad de alguien que lo había hecho mil veces, mientras hablábamos con una soltura sorprendente.

La escena se repitió al día siguiente. Y al tercero me invitó a cenar a uno de los restaurantes más caros de la ciudad con la misma sencillez con la que limpiaba las botas. No me negué; me pareció la consecuencia lógica de la amistad que estábamos cultivando.

Esa misma noche me invitó a su habitación. El amanecer nos encontró despiertas, deshaciendo la cama una y otra vez bajo una pasión sin orden. Con los primeros ruidos del hotel escapé de puntillas, como una colegiala a punto de ser descubierta. Pasé el día flotando entre el sueño y la vigilia.

A partir de ahí dediqué cada rato libre a perderme entre la hoguera de sus piernas y el latido desbocado de su pecho.

Cuando el equipo dejó el hotel, sustituimos la intimidad de la habitación por la amplitud serena de su casa, en una urbanización lujosa a las afueras. Al cabo de un mes me instalé allí sin pretenderlo, con la misma franqueza con la que ella había colonizado mi cuerpo.

Dejé el hotel y no volví al bar. Si no abandoné también la facultad fue porque Aitana me amenazaba con la sequía de sus labios si no aprobaba todas las asignaturas.

—Voy a por agua —dijo distraída mientras se levantaba de la cama y me dejaba un beso ligero en la mejilla.

Seguí con la mirada su caminar grácil hasta que se perdió tras la puerta del pasillo. Cuando volvió me ofreció un vaso lleno y sonreí, agradeciéndole que me hubiera leído el pensamiento.

Se acercó al aparador frente a la cama y sacó un sujetador de una caja con el logo de una famosa marca de ropa interior.

—¿Te gusta? —preguntó mientras se lo abrochaba.

Asentí y dejé el vaso junto a la lamparilla. El sostén le levantaba los pechos hasta hacerlos parecer, al menos, dos tallas más grandes. Eché de menos la sencillez de su busto, pero no dije nada.

—Estoy harta de llevar relleno —protestó con un mohín, quitándoselo y lanzándolo de vuelta a la caja.

Su desnudez apacible se volvió tan presente como el aire caldeado de la habitación. Con un salto felino se subió a la cama y gateó hasta donde yo seguía tumbada.

—No lo lleves —repliqué, sabiendo que no me iba a hacer caso.

—Ya sabes que no puedo —susurró pegada a mi oreja, mordisqueándome el lóbulo.

Me estremecí y giré la cara para buscar su boca, pero ella me esquivó y se colocó a horcajadas sobre mí. Noté el calor de su sexo contra mi vientre.

—Ojalá tuviera tus tetas —sus manos se posaron sin sutilezas sobre mis senos, sin llegar a abarcarlos del todo—. Me encantan tus tetas.

—Las tuyas son perfectas —contesté con absoluta sinceridad, alzando los brazos para acariciárselas con las puntas de los dedos.

Aitana dobló la cintura y hundió la boca bajo mi mentón, en busca de mi cuello. Lo besó varias veces hasta hacerme temblar y susurró:

—Solo contigo puedo ser yo misma.

Sus labios encontraron los míos y nos perdimos en un beso húmedo y largo. Nuestras lenguas se enredaron como si quisieran escaparse una de otra, alimentando el deseo salival que crecía en mi interior. Podría haber pasado horas deleitándome con esa boca mullida.

Con una fuerza sorprendente, a la que ya estaba acostumbrada, me sujetó las muñecas y me las llevó por encima de la cabeza. Gemí cuando sus labios abandonaron los míos para lamerme la barbilla y bajar por la garganta.

En cuanto su lengua llegó a mi pecho supe que ya no había vuelta atrás. Debajo del vientre, una hoguera ardía sin piedad, llevándose por delante todo lo que no tuviera que ver con ella.

Saboreó mis pezones con dulzura, se los metió en la boca y los mordisqueó mientras me soltaba las muñecas. Con dedos hábiles me acarició los senos, primero con una lentitud que rozaba el castigo y después con un ímpetu impaciente. Los amasó con las palmas convirtiendo mis areolas oscuras en dos estalagmitas suplicantes. Los embadurnó de saliva y los lamió con un ansia que parecía esperar de ellos algún manjar.

Entrelacé los dedos en su pelo dorado y suspiré complacida, pero su lengua no tardó en bajar hasta mi ombligo. Lo rodeó varias veces antes de continuar hacia mi pubis.

Una sola línea de vello oscuro crecía allí y Aitana no se molestó en esquivarla. Peinó el vello con toda la amplitud de su lengua. Pude ver una sonrisa divertida dibujársele en la cara antes de que su boca se me perdiera de vista.

Buscó primero mis ingles, tan sensibles que el roce de sus labios me hizo contorsionarme. Cuando su lengua se acercó a mi vulva no pude menos que abrir la boca, como si me hubiera sorprendido el placer extremo que me provocaba la sola presencia de su aliento.

Tanteó la entrada de mi sexo con la punta de la lengua mientras las yemas de sus dedos masajeaban mis labios. Con una precisión de cirujano, uno de sus dedos se adentró en mí y gemí extasiada, soltando de golpe todo el aire que había contenido.

El resoplar entrecortado de mi garganta dio inicio al asalto de su lengua. Dibujó figuras impúdicas con mi sexo convertido en lienzo. Se perdió entre los pliegues empapados y tanteó la abertura anhelante en la que su dedo índice había iniciado la exploración.

Casi al mismo tiempo, el dedo corazón se coló dentro acompañando al índice. Los situó con tal destreza que un jadeo se me escapó como activado por un resorte. Un gozo enorme se instaló entre mis costillas, ascendiendo desde la entrepierna.

El movimiento eficaz de sus dedos no se detuvo. Me atraía hacia sí mientras su lengua rodeaba al principal culpable de mi placer. Se hacía de rogar, lamiendo la zona que ardía alrededor de mi clítoris, cada vez más cerca de él.

El ansia por ser devorada me mantuvo al borde de la queja el tiempo justo. Cuando estaba a punto de suplicar, sentí la presión húmeda de su lengua ocupando el vacío que había cultivado sobre mi punto exacto.

Gemí con tal intensidad que Aitana levantó la mirada y esbozó una sonrisa que solo pude adivinar en el brillo de sus ojos. El tiempo se detuvo en ellos y un deseo efervescente burbujeó dentro de mi pecho. De haber sido capaz de hablar, habría declarado mi independencia del mundo para pertenecerle solo a ella.

Sin abandonar el empeño, sus dedos golpeaban el punto exacto en el interior de mi vagina. El flujo desbordante no le suponía estorbo, más bien parecía animarla. Lamía el pequeño botón con la presión justa para no permitir descansar a mi garganta.

Arqueé la espalda en un gesto involuntario y mis gemidos se volvieron jadeos, casi gritos. Aitana no soltó la presa: rodeó mi sexo con los labios, lo chupó con fruición y continuó con la coreografía estudiada de sus dedos y su boca.

Un sudor febril se apoderó de mi piel y los músculos se me tensaron hasta el límite. Contraje los dedos de los pies como si esa fuera la única manera de canalizar la explosión que ya intuía cercana. Me aferré a su pelo y me concentré en lo único que existía en ese instante. La unión entre su lengua y mi sexo, entre sus dedos y mi sexo, entre su boca y mi sexo. Ella entera era mi sexo, y la sentí formar parte de mí por completo cuando un placer inabarcable me obligó a cerrar los ojos y dejar escapar varios gritos ahogados con el aire contenido un instante antes.

Mis muslos arrancaron un temblor maquinal al que se sumó el resto de mis extremidades. Apreté su cabeza contra mi entrepierna en un intento baldío de no dejar escapar el placer. Me retorcí en vano, disfrutando del gozo agonizante de tener a aquella mujer poderosa libando de mis entrañas. Gemí sin cesar hasta que un agotamiento súbito me obligó a soltar su pelo, todavía enredado entre mis dedos.

Tanteé en busca de su mano y ella entendió el gesto sin necesidad de palabras. Sus dedos dejaron un hondo pesar en la grieta húmeda que se abría entre mis muslos y su lengua un vacío inmaterial en el brote suplicante de mi placer más íntimo.

La vi sonreír al emerger sobre mi pubis y no pude más que imitarla, con el sofoco inflamándome las mejillas. Me lamió el vientre con lascivia. Sin detenerse hizo lo mismo con mis pechos hasta llegar a mis labios. El aroma agrio y almizclado de mis propios fluidos me resultó arrebatador. Aspiré hondo antes de recibir un beso pleno, desahogado.

—Estás muy guapa cuando te corres —murmuró con voz divertida.

—Tú siempre lo estás —respondí, perdida en el verde fulgor de sus ojos.

—Pero yo también quiero que me comas el coño.

La lascivia de su voz y lo soez de sus palabras atizaron las cenizas de la hoguera inextinguible entre mis piernas.

El sofoco de mi cara debió bastar como respuesta, porque se incorporó con agilidad y se sentó sobre mi rostro. Abrí la boca, anhelante de beber del jugo de su sexo, y aspiré el aroma frutal y delicado que descendía a raudales sobre mí. Acogí extasiada la tersura de sus labios entreabiertos, listos para el roce con los míos. Fue un contacto leve que la hizo suspirar. Acomodó las caderas y, dejando a un lado cualquier asomo de finura, apretó su coño contra mi boca.

Saqué la lengua y lamí como pude la lumbre que ardía entre sus muslos poderosos. Un bamboleo incipiente de sus caderas colocó su clítoris justo sobre mi lengua y ella gimió complacida. Era el punto de partida perfecto.

Con un ímpetu desgarrador se meció sobre mi cara, frotando sin pausa su vulva contra mi boca. Me esforcé por succionarle el clítoris, pero abandoné la tarea sobrepasada por el ritmo brutal de sus embates. Me limité a mantener la lengua a flote, deleitándome con el sabor de su flujo y el contacto sedoso de su piel.

Cedí al esfuerzo de sostenerle el trasero soberbio con las dos manos y enterré una de ellas entre mis piernas. La grieta que allí se abría agradeció el contacto familiar de mis dedos y me masturbé con una furia desesperada.

Combiné ese esfuerzo manual con el único trabajo posible de mi boca, el de sostener mi propio aliento y el peso del cuerpo escultural de Aitana. Fue ella quien, con la cadencia frenética que imprimió a sus movimientos, recorrió el corto camino del placer hasta alcanzar un clímax visceral. Dobló la cintura hacia delante y se apoyó en la pared, contrayendo los músculos y comprimiéndome las orejas entre sus muslos formidables.

Apenas pude escuchar sus gritos tibios y entrecortados de gozo, que tanta fascinación me provocaban, pues justo en ese instante alcancé un nuevo orgasmo, mesurado y liviano en comparación con el anterior.

El vaho de mi respiración agitada se coló por la hendidura todavía pegada a mi boca y la escuché reír. Le besé el sexo una y otra vez y me relamí los labios mientras sus muslos temblaban.

—¡Aah! —exclamó extasiada—. Joder, eres increíble.

No quise decirle que en realidad había sido ella la que había hecho todo el trabajo. Sabía que lo habría negado con rotundidad. Se levantó y un último hilo de flujo me goteó con lentitud sobre la barbilla. Sentí cómo se me avivaba la hoguera otra vez y cerré los ojos, exhausta, rebañando el líquido espeso con el índice para luego saborearlo con deleite.

Con su dinamismo habitual se tumbó a mi lado, apoyando la cabeza en el hueco entre mi hombro y mi pecho.

—Eres alucinante, Marina —mi nombre en sus labios tenía la perfecta sonoridad del universo entero y le pedí que lo repitiera.

Lo hizo con un susurro quedo. En su respiración aún había algo de lascivia cuando me mordisqueó el lóbulo de la oreja.

—Tú me haces lo que soy, Aitana —mi voz iba teñida de una emoción contenida y deseé que no la hubiera captado.

Me besó con levedad sin dar muestras de haberlo hecho y volvió a apoyar la cabeza sobre mi pecho. Su cuerpo desnudo se asentó sobre mi costado. La sedosa finura de su piel contrastaba con mi tono atezado y el contacto me hizo tiritar.

—¿Tienes frío? —preguntó sorprendida, casi divertida.

—No, estoy sudando —respondí enseguida, temerosa de revelar la verdad de mi estremecimiento.

Aitana no dijo nada, pero entreví una sonrisa satisfecha en su cara de mejillas sonrosadas. Alargó un brazo nervudo y nos echó por encima una colcha ligera.

—¿Sabes qué? —le dije acariciándole los párpados cerrados. Y sin esperar respuesta añadí—: Tú también estás muy guapa cuando te corres.

Su sonrisa se ensanchó y me dormí escuchando el aleteo pausado y regular de su respiración de ninfa.

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Comentarios (3)

Valentina_ok

Increible!!! quede sin palabras

MarisolGdl

Por favor una segunda parte, esa historia no puede quedar asi!!

CristinaLV

Me encanto el giro inesperado, no me lo esperaba para nada. Muy bien contado

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