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Relatos Ardientes

La extranjera del hotel me leyó a Safo en voz baja

Me llamo Camila y, hasta esa tarde de marzo, lo más cerca que había estado de otra mujer era el roce accidental en el ómnibus de la facultad. Caminaba por una calle angosta del centro de Montevideo, con la mochila al hombro y la cabeza llena de ruido. Trabajos pendientes de literatura comparada, un video que había prometido subir, mensajes sin contestar. Y, debajo de todo eso, una pregunta que llevaba meses sin atreverme a formular en voz alta.

Durante el verano me había acostumbrado a leer hasta tarde, tirada en la cama, con el ventilador apuntándome a la cara. Empecé por Safo, después seguí con Audre Lorde, después con cualquier cosa que oliera a deseo entre mujeres. Wattpad se convirtió en mi vicio nocturno. Y mientras leía, mi mano viajaba sola por debajo de la sábana, intentando reproducir lo que las páginas describían. No siempre funcionaba.

Había probado con videos. Había probado con los dedos, con el chorro de la ducha, con una vela de masaje que me regaló una amiga. Era como tocar a través de un vidrio empañado. Quería lo real. Quería que alguien me enseñara qué era lo real.

El problema era que no tenía novio. Tampoco lo buscaba. La idea de un hombre encima de mí, con todo el riesgo de un embarazo que mi cuenta bancaria de estudiante no soportaba, me daba más fastidio que ganas. Hacía un año que evitaba citas, pretextando exámenes que ni siquiera tenía.

Una noche, después de cerrar el libro y apagar la luz, me incorporé en la oscuridad y dije en voz baja una frase que llevaba meses dándome vueltas.

Quiero estar con una mujer.

Al día siguiente abrí una pestaña privada, escribí cosas que jamás había buscado y di con una página que se llamaba El jardín de Lésbos. Tenía la estética sobria de un consultorio: fotos discretas, una dirección en Cordón, tarifas claras. Treinta minutos, una hora, dos horas. Solo mujeres atendiendo a mujeres. Aparecían varios nombres, varias edades, varias procedencias. Ninguna foto explícita; apenas un primer plano de una boca, de un hombro, de una espalda.

Pasé tres días leyendo reseñas y otros cuatro juntando coraje. El séptimo día tomé un ómnibus, me bajé a tres cuadras del lugar y caminé las últimas con el corazón golpeándome el pecho como si supiera lo que iba a pasar antes que yo.

***

El edificio no decía nada por fuera. Una puerta gris, un timbre, una cámara discreta sobre el dintel. Toqué dos veces. Me abrió una mujer mayor, de unos cincuenta, con anteojos de marco fino y una sonrisa que parecía haber visto pasar a muchas como yo.

—¿Reserva? —preguntó.

—Sí. A nombre de Camila.

Asintió, me condujo a una sala pequeña y me mostró una carpeta plastificada con fotografías de mujeres. Eran fotos serias, casi de carné. Ninguna sonreía con esa pose forzada de las páginas convencionales.

—Tenés cuarenta y cinco minutos —dijo—. Elegí.

Me detuve en la segunda página. Una mujer rubia, de pelo corto, con un piercing en la ceja izquierda y una mirada que no decía ni hola ni adiós. Antonella, colombiana, veintinueve años.

—Ella.

La señora cobró, me dio una llave numerada y señaló la escalera.

—Segundo piso, habitación cuatro. Tratá de no gritar muy fuerte, las paredes son finas. Aunque casi nadie me hace caso.

***

La habitación olía a frutilla y a algo más, una mezcla de incienso y sábana recién lavada. Había una lámpara pequeña encendida sobre una mesa de luz, y una cama amplia con una manta clara doblada al pie. En una esquina, una silla. En la silla, ella.

Antonella estaba sentada con una pierna cruzada sobre la otra, un short de jean rasgado en los muslos, una blusa negra cortísima que dejaba ver el ombligo y unas botas de caña baja apoyadas como si estuviera esperando un colectivo. Llevaba el pelo más corto de lo que mostraba la foto y, sobre el regazo, un libro diminuto, del ancho de un dedo.

—¿Vos sos Camila? —preguntó. Tenía esa cadencia colombiana que ablanda las consonantes—. La cuarta hoy. Pareciera que es viernes.

No supe qué contestar. Me quedé parada con la mochila al hombro y la llave en la mano.

—Relajate, niña. Cerrá la puerta y sentate. ¿Vino o agua?

—Agua —dije, casi inaudible.

Me sirvió un vaso de una jarra que estaba sobre la mesa y se quedó mirándome mientras yo tomaba. Tenía unos ojos verdes que no parpadeaban, o que parpadeaban tan poco que daba la sensación de que estaba evaluándome a fondo.

—Primera vez con una mujer —dijo. No era una pregunta.

—Sí.

—Se nota. No por mala razón. Solo se nota.

Sonrió. Era la primera vez que sonreía y la habitación pareció bajar dos grados.

—Antes de empezar, dejame mostrarte algo. —Levantó el librito que tenía en el regazo. La tapa decía Fragmentos, y debajo, en letra más pequeña, Safo de Lésbos—. ¿La conocés?

El corazón me dio un salto que no entendí.

—La leí en una materia de literatura clásica —murmuré—. Y por mi cuenta.

—Mirá vos. Casi ninguna que entra acá la leyó. La mayoría busca otras cosas. ¿Querés que te lea algo antes? Una clienta una vez me dijo que era como un trago para entrar en calor.

Asentí sin pensarlo. Ella abrió el libro en una página marcada con un papelito blanco y se aclaró la voz.

—«Inmortal Afrodita de trono adornado, hija de Zeus, urdidora de engaños, te lo suplico: no avasalles con pena y angustia mi alma, oh soberana.»

La escuché y algo se me aflojó en el pecho. En las clases, cuando la profesora leía estos versos, yo apretaba los muslos debajo del escritorio sin saber por qué. Ahora lo sabía. La diosa que invocaba Safo no era una idea abstracta. Era esto. Una mujer con un libro en la mano y los ojos verdes fijos en mí.

—«Ven a mí, también ahora, líbrame de inquietudes amargas» —siguió leyendo, y de pronto cerró el libro y lo dejó sobre la mesita—. ¿Querés que sigamos? ¿O preferís otra cosa?

—Quiero —dije, y mi voz no fue mía.

—¿Qué querés, niña?

—No sé. Todo.

***

Se puso de pie y caminó hacia mí. Olía a un perfume cítrico, limpio, sin esa dulzura empalagosa de las cosas que uno asocia con la seducción. Me sacó la mochila del hombro con un gesto suave y la apoyó en una silla. Después me corrió el pelo hacia un costado y me besó.

El beso no fue como me había imaginado. No fue voraz ni desesperado. Fue lento. Empezó cerrado, casi una pregunta. Después su lengua entró apenas, y la mía respondió. Y cuando me di cuenta, yo estaba apretada contra la pared, con sus manos en mi cintura, mordiéndole el labio inferior como si quisiera quedármelo.

—Tranquila, chiquita —dijo, separándose un instante—. Tenemos tiempo. Sacate la remera.

Obedecí. Ella se sacó la blusa negra y la tiró sobre la silla. No tenía corpiño. Sus pechos eran más chicos de lo que yo había imaginado, redondos, con pezones pequeños y oscuros. Tuve el impulso absurdo de pedir permiso para tocarlos. No hizo falta. Me agarró las muñecas y me puso las manos sobre ella.

—Así. No tengas miedo. No me rompo.

***

Caímos sobre la cama de un modo que no recuerdo exactamente. Ella encima de mí, los muslos enredados, la boca buscándome el cuello, el hombro, la clavícula. Me sacó el corpiño con una destreza que me hizo sentir como una novata absoluta. Me besó los pechos sin apuro, primero uno y después el otro, demorándose en los pezones hasta que yo empecé a arquearme sin querer.

Me bajó los jeans hasta los tobillos. La bombacha me la dejó puesta un rato, jugando por encima de la tela con la punta de los dedos. Cuando finalmente la apartó, yo ya estaba empapada.

—Mirá nomás —susurró—. Si parece que esto lo hacés todos los días.

Bajó por mi vientre y me abrió las piernas. La sentí respirar contra el interior de mis muslos, una respiración cálida que me hizo cerrar los ojos. Después su lengua, y todo lo que yo creía saber sobre mi propio cuerpo se desarmó en un instante.

No era como cuando lo hacía sola. No era ni parecido. Antonella sabía dónde estaba todo, sabía cuándo apretar y cuándo aflojar, cuándo demorarse y cuándo cambiar de ritmo. A los pocos minutos yo le tenía el pelo entre los dedos sin recordar cuándo lo había agarrado. Me corrí con un gemido que no reconocí como mío, un sonido grave, casi un quejido, que me salió del fondo del estómago.

Ella me dejó respirar unos segundos y se incorporó.

—Eso fue lindo —dijo—. ¿Querés que paremos acá?

—No —respondí, sin pensar—. Quiero más.

Sonrió. Esa sonrisa otra vez.

***

—Date vuelta —ordenó.

Lo dijo con un tono distinto. Más bajo, más firme. Obedecí sin chistar. Quedé en cuatro patas sobre la cama, con la espalda arqueada y la cara contra la almohada.

—Linda. Bien linda. ¿Sabés qué hacen las niñas curiosas como vos, allá en mi tierra?

—No —dije, y la voz me tembló.

Sentí el primer chirlo antes de terminar la frase. Apenas un golpecito en la nalga izquierda, lo justo para que mi piel se erizara. Después otro, un poco más fuerte. Después uno en la derecha.

—Sentís eso. Decime si querés que pare.

—No pares.

—Esa es mi niña.

Los chirlos siguieron, alternados con caricias largas que me dejaban en suspenso. Cuando dejó de pegarme, tenía las nalgas calientes y la entrepierna otra vez palpitando. La oí abrir un cajón. La oí desenroscar algo. Después sentí un líquido frío deslizándose por la raja del trasero.

—¿Por dónde te animás? —preguntó, y mientras lo decía pasó la punta de algo blando y firme por mis labios mojados—. ¿Por acá?

—Sí —dije.

—¿O por acá?

La punta subió y se apoyó contra mi ano. Me quedé sin aire.

—Las dos —murmuré, y apenas reconocí mi propia voz.

—Sos muy ambiciosa, chiquita. Vamos despacio.

***

Empezó por el ano. Despacio, con paciencia, dejándome acostumbrarme a cada centímetro. El primer dolor pasó rápido y se convirtió en otra cosa, en una presión rara y nueva que me hacía morder la almohada. Antonella se movía con un ritmo constante, sin acelerar, susurrándome cosas en colombiano que yo entendía solo a medias.

Cuando ya empezaba a creer que no podía con nada más, sentí que se movía detrás de mí. La oí ponerse algo, ajustar correas, el clic de una hebilla. Después el peso de su cuerpo apoyándose otra vez sobre mi espalda.

—Aguantá —dijo en mi oído.

El segundo dildo entró por adelante, lubricado pero igual de exigente. Por un segundo creí que me partía al medio. Después no pensé en nada más. Antonella empezó a moverse en los dos lugares a la vez, con un compás suave que no se parecía a nada que yo conociera. Sus manos me sostenían las caderas, después subieron a mis pechos, después una se enredó en mi pelo y me tiró suavemente hacia atrás.

—Sos mía esta hora, niña. Decilo.

—Soy tuya.

—Otra vez.

—Soy tuya.

El orgasmo me vino de un lugar nuevo, de algún punto entre las dos invasiones, y me sacudió de pies a cabeza. Grité contra la almohada, mordí la funda, me quedé temblando con la frente apoyada en la sábana mientras ella se retiraba con cuidado.

***

Después hubo un silencio que no era incómodo. Antonella se acostó a mi lado, me corrió el pelo de la cara y me besó la sien.

—Te quedan diez minutos. ¿Querés que te lea otra vez?

Asentí. No podía hablar.

Buscó el librito sobre la mesita y lo abrió en otra página. Yo estaba con la mejilla contra su hombro, escuchándola leer en voz baja, con esa cadencia que ablandaba las consonantes. Hablaba de una mujer que ardía sin que nadie pudiera apagarla, de manzanas en lo alto de la rama, de lenguas que se quebraban en silencio.

Cerré los ojos. Pensé que ningún hombre me había leído nunca un poema antes del sexo. Pensé que ninguno me había leído un poema después tampoco.

Cuando bajé la escalera, la señora de los anteojos no me preguntó nada. Me sonrió como se le sonríe a alguien que vuelve de un viaje largo. Salí a la calle, caminé hasta la parada del ómnibus y me senté en el banco con la mochila sobre las rodillas.

Saqué el teléfono. Abrí la app de la biblioteca de la facultad. Reservé los dos tomos de Safo que todavía no había leído. Después miré la pantalla negra del celular y me sonreí a mí misma, en el reflejo, como si recién en ese instante me hubiera reconocido.

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Comentarios (3)

Alondra_M

Que bello relato, me llego al alma. Gracias!!!

Sofialectora

Lo lei de un tiron y se hizo cortisimo. Por favor segui escribiendo.

suspiro_lector

Nunca pense que un relato de esta categoria me iba a emocionar tanto como excitar. Muy bien logrado.

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