Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La extranjera del hotel me leyó a Safo en voz baja

Me llamo Camila y, hasta esa tarde de marzo, lo más cerca que había estado de otra mujer era el roce accidental en el ómnibus de la facultad. Caminaba por una calle angosta del centro de Montevideo, con la mochila al hombro y la cabeza llena de ruido. Trabajos pendientes de literatura comparada, un video que había prometido subir, mensajes sin contestar. Y, debajo de todo eso, una pregunta que llevaba meses sin atreverme a formular en voz alta.

Durante el verano me había acostumbrado a leer hasta tarde, tirada en la cama, con el ventilador apuntándome a la cara. Empecé por Safo, después seguí con Audre Lorde, después con cualquier cosa que oliera a deseo entre mujeres. Wattpad se convirtió en mi vicio nocturno. Y mientras leía, mi mano viajaba sola por debajo de la sábana, dos dedos metidos en el coño, buscando reproducir lo que las páginas describían. No siempre funcionaba. Me corría, sí, pero era una corrida chica, seca, que me dejaba con más ganas que antes de empezar.

Había probado con videos de mujeres cogiendo entre ellas, con los dedos hasta los nudillos, con el chorro de la ducha estrellado contra el clítoris, con una vela de masaje que me regaló una amiga y que terminé usándome como consolador improvisado. Era como tocar a través de un vidrio empañado. Quería lo real. Quería una lengua ajena entre las piernas, unas tetas contra las mías, una boca diciéndome guarradas al oído. Quería que alguien me enseñara qué era lo real.

El problema era que no tenía novio. Tampoco lo buscaba. La idea de un hombre encima de mí, con su verga metida hasta el fondo y el riesgo de un embarazo que mi cuenta bancaria de estudiante no soportaba, me daba más fastidio que ganas. Hacía un año que evitaba citas, pretextando exámenes que ni siquiera tenía.

Una noche, después de cerrar el libro y apagar la luz, me incorporé en la oscuridad y dije en voz baja una frase que llevaba meses dándome vueltas.

Quiero coger con una mujer.

Al día siguiente abrí una pestaña privada, escribí cosas que jamás había buscado y di con una página que se llamaba El jardín de Lésbos. Tenía la estética sobria de un consultorio: fotos discretas, una dirección en Cordón, tarifas claras. Treinta minutos, una hora, dos horas. Solo mujeres atendiendo a mujeres. Aparecían varios nombres, varias edades, varias procedencias. Ninguna foto explícita; apenas un primer plano de una boca, de un hombro, de una espalda.

Pasé tres días leyendo reseñas y otros cuatro juntando coraje. El séptimo día tomé un ómnibus, me bajé a tres cuadras del lugar y caminé las últimas con el corazón golpeándome el pecho como si supiera lo que iba a pasar antes que yo. Debajo del jean sentía la bombacha ya húmeda, pegada al coño, y me parecía que cualquiera que me cruzaba en la vereda podía oler que iba a que me cogieran por primera vez.

***

El edificio no decía nada por fuera. Una puerta gris, un timbre, una cámara discreta sobre el dintel. Toqué dos veces. Me abrió una mujer mayor, de unos cincuenta, con anteojos de marco fino y una sonrisa que parecía haber visto pasar a muchas como yo.

—¿Reserva? —preguntó.

—Sí. A nombre de Camila.

Asintió, me condujo a una sala pequeña y me mostró una carpeta plastificada con fotografías de mujeres. Eran fotos serias, casi de carné. Ninguna sonreía con esa pose forzada de las páginas convencionales.

—Tenés cuarenta y cinco minutos —dijo—. Elegí.

Me detuve en la segunda página. Una mujer rubia, de pelo corto, con un piercing en la ceja izquierda y una mirada que no decía ni hola ni adiós. Antonella, colombiana, veintinueve años.

—Ella.

La señora cobró, me dio una llave numerada y señaló la escalera.

—Segundo piso, habitación cuatro. Tratá de no gritar muy fuerte, las paredes son finas. Aunque casi nadie me hace caso.

***

La habitación olía a frutilla y a algo más, una mezcla de incienso y sábana recién lavada. Había una lámpara pequeña encendida sobre una mesa de luz, y una cama amplia con una manta clara doblada al pie. En una esquina, una silla. En la silla, ella.

Antonella estaba sentada con una pierna cruzada sobre la otra, un short de jean rasgado en los muslos, una blusa negra cortísima que dejaba ver el ombligo y unas botas de caña baja apoyadas como si estuviera esperando un colectivo. Llevaba el pelo más corto de lo que mostraba la foto y, sobre el regazo, un libro diminuto, del ancho de un dedo.

—¿Vos sos Camila? —preguntó. Tenía esa cadencia colombiana que ablanda las consonantes—. La cuarta hoy. Pareciera que es viernes.

No supe qué contestar. Me quedé parada con la mochila al hombro y la llave en la mano.

—Relajate, niña. Cerrá la puerta y sentate. ¿Vino o agua?

—Agua —dije, casi inaudible.

Me sirvió un vaso de una jarra que estaba sobre la mesa y se quedó mirándome mientras yo tomaba. Tenía unos ojos verdes que no parpadeaban, o que parpadeaban tan poco que daba la sensación de que estaba evaluándome a fondo.

—Primera vez con una mujer —dijo. No era una pregunta.

—Sí.

—Se nota. No por mala razón. Solo se nota.

Sonrió. Era la primera vez que sonreía y la habitación pareció bajar dos grados.

—Antes de empezar, dejame mostrarte algo. —Levantó el librito que tenía en el regazo. La tapa decía Fragmentos, y debajo, en letra más pequeña, Safo de Lésbos—. ¿La conocés?

El corazón me dio un salto que no entendí.

—La leí en una materia de literatura clásica —murmuré—. Y por mi cuenta.

—Mirá vos. Casi ninguna que entra acá la leyó. La mayoría busca otras cosas. ¿Querés que te lea algo antes? Una clienta una vez me dijo que era como un trago para entrar en calor.

Asentí sin pensarlo. Ella abrió el libro en una página marcada con un papelito blanco y se aclaró la voz.

—«Inmortal Afrodita de trono adornado, hija de Zeus, urdidora de engaños, te lo suplico: no avasalles con pena y angustia mi alma, oh soberana.»

La escuché y algo se me aflojó en el pecho y también entre las piernas. En las clases, cuando la profesora leía estos versos, yo apretaba los muslos debajo del escritorio sin saber por qué. Ahora lo sabía. La diosa que invocaba Safo no era una idea abstracta. Era esto. Una mujer con un libro en la mano, los ojos verdes fijos en mí y el olor de mi coño empezando a colarse por debajo del jean.

—«Ven a mí, también ahora, líbrame de inquietudes amargas» —siguió leyendo, y de pronto cerró el libro y lo dejó sobre la mesita—. ¿Querés que sigamos? ¿O preferís otra cosa?

—Quiero —dije, y mi voz no fue mía.

—¿Qué querés, niña?

—No sé. Todo.

—Todo es mucho —dijo ella, casi riéndose—. Vamos a ver cuánto aguantás.

***

Se puso de pie y caminó hacia mí. Olía a un perfume cítrico, limpio, sin esa dulzura empalagosa de las cosas que uno asocia con la seducción. Me sacó la mochila del hombro con un gesto suave y la apoyó en una silla. Después me corrió el pelo hacia un costado y me besó.

El beso no fue como me había imaginado. No fue voraz ni desesperado. Fue lento. Empezó cerrado, casi una pregunta. Después su lengua entró apenas, y la mía respondió. Y cuando me di cuenta, yo estaba apretada contra la pared, con sus manos en mi cintura, mordiéndole el labio inferior como si quisiera quedármelo. Ella metió una rodilla entre mis piernas y me la subió justo contra la entrepierna, presionando con calma. Empecé a moverme sola sobre su muslo, la costura del jean raspándome el clítoris a través de la ropa, y me solté un gemido ronco que no supe de dónde había salido.

—Mirá esta niña —murmuró contra mi boca—. Ni te desvestí y ya me estás cabalgando la pierna.

—Perdón —dije, sin saber por qué me disculpaba.

—No te disculpes, boluda. Me encanta. Seguí.

Seguí. Me apreté contra su muslo hasta que sentí el jean empapado del otro lado, del mío o del suyo, no supe. Ella me miraba desde muy cerca, con una sonrisa media torcida, dejándome hacer.

—Tranquila, chiquita —dijo, separándose un instante y bajándome la pierna con la que me estaba montando—. Tenemos tiempo. No te me corras contra la costura del jean como una pendeja. Sacate la remera.

Obedecí. Ella se sacó la blusa negra y la tiró sobre la silla. No tenía corpiño. Sus tetas eran más chicas de lo que yo había imaginado, redondas, con pezones pequeños y oscuros ya duros como carozos. Tuve el impulso absurdo de pedir permiso para tocarlos. No hizo falta. Me agarró las muñecas y me puso las manos sobre ella.

—Así. Apretalas. No tengas miedo. No me rompo.

Le apreté las tetas con las dos manos, sentí los pezones clavándome las palmas y me agaché sin pensar a chuparle uno. Ella me sostuvo la nuca y me guio.

—Eso, mamámelas. Duro. Con la lengua, con los dientes también. No me tratés como si fuera de porcelana.

Le mordí el pezón izquierdo hasta que la oí soltar un jadeo, y me sentí de golpe muy poderosa. Cambié al otro. Le chupé el pezón derecho hasta que se le puso todavía más duro, y ella me tiró del pelo con firmeza para separarme.

—Bueno, bueno. Vas a hacerme correr a mí primero y esa no es la idea. A la cama.

***

Caímos sobre la cama de un modo que no recuerdo exactamente. Ella encima de mí, los muslos enredados, la boca buscándome el cuello, el hombro, la clavícula. Me sacó el corpiño con una destreza que me hizo sentir como una novata absoluta. Me besó las tetas sin apuro, primero una y después la otra, chupándomelas enteras, demorándose en los pezones hasta que yo empecé a arquearme sin querer. Me los mordía, me los soplaba, me pasaba la lengua en círculos lentísimos alrededor de la aureola y después me los volvía a chupar duro. Yo tenía las bragas hechas una laguna y todavía no me las había tocado.

Me bajó los jeans hasta los tobillos. La bombacha me la dejó puesta un rato, jugando por encima de la tela con la punta de los dedos. Me apretaba el clítoris a través del algodón, dibujaba círculos, después bajaba y presionaba justo sobre la entrada del coño, sintiendo el charco que había armado ahí.

—Uy, niña. Mirá esto. Estás para escurrir. —Se llevó los dedos húmedos a la boca y los chupó despacio, mirándome fijo—. Rica.

Se me escapó un quejido. Ella se rió por lo bajo y volvió a la carga. Me pasó la lengua sobre la bombacha, ahí donde la tela estaba más oscura de mojada, y me hizo respirar mi propio olor mezclado con su saliva. Cuando finalmente me apartó la bombacha para un costado, yo ya estaba empapada hasta el pliegue de las nalgas.

—Mirá nomás —susurró—. Si parece que esto lo hacés todos los días.

Bajó por mi vientre y me abrió las piernas de par en par. La sentí respirar contra el interior de mis muslos, una respiración cálida que me hizo cerrar los ojos. Sopló primero sobre el coño abierto, sin tocarme, y yo levanté las caderas buscándola. Después su lengua, y todo lo que yo creía saber sobre mi propio cuerpo se desarmó en un instante.

Me lamió despacio, de abajo hacia arriba, todo el largo de la raja. Se demoró en la entrada, metiéndome la punta de la lengua, sacándola, chupándome los labios uno por uno. Después subió al clítoris y ahí se quedó. Lo rodeó primero, después lo besó con los labios cerrados, después lo chupó como si fuera un caramelo diminuto. Yo empecé a temblar antes de darme cuenta.

—No te vengas todavía —me ordenó, apartando la boca justo cuando yo estaba por explotar—. Aguantá.

—No puedo —gemí.

—Sí podés. Respirá.

Me metió dos dedos en el coño mientras seguía chupándome el clítoris, curvándolos hacia adentro, buscando algo que yo con mis dedos nunca había encontrado. Cuando lo tocó, pegué un salto. Era un punto denso, esponjoso, y cada vez que ella lo apretaba con la yema de los dedos yo sentía que se me iba a escapar el pis, aunque no era pis, era otra cosa, algo que subía como una ola.

—Ahí —dije, y no reconocí mi voz—. Ahí, ahí.

—¿Ahí? —repitió, y curvó los dedos más adentro, hundiéndomelos hasta los nudillos, sin dejar de chuparme el clítoris.

No era como cuando lo hacía sola. No era ni parecido. Antonella sabía dónde estaba todo, sabía cuándo apretar y cuándo aflojar, cuándo demorarse y cuándo cambiar de ritmo. A los pocos minutos yo le tenía el pelo entre los dedos sin recordar cuándo lo había agarrado, y le empujaba la cara contra el coño como si me fuera la vida. Me corrí con un gemido que no reconocí como mío, un sonido grave, casi un quejido, que me salió del fondo del estómago. Le mojé el mentón, la nariz, los cachetes. Sentí las contracciones apretándome los dedos que ella tenía metidos, una tras otra, y me quedé quieta con los muslos temblando alrededor de su cabeza.

Ella no sacó la lengua enseguida. Me lamió despacio hasta que quedé limpia, chupándome los últimos espasmos, tragándose todo. Después me dejó respirar unos segundos y se incorporó. Tenía la cara brillante y me sonrió con la boca todavía mojada de mí.

—Eso fue lindo —dijo—. Chupás rico, niña. ¿Querés que paremos acá?

—No —respondí, sin pensar—. Quiero más.

—¿Más qué?

—Más todo. Cogeme.

Sonrió. Esa sonrisa otra vez.

—Ah, ya aprendiste a pedirlo. Muy bien.

***

—Date vuelta —ordenó.

Lo dijo con un tono distinto. Más bajo, más firme. Obedecí sin chistar. Quedé en cuatro patas sobre la cama, con la espalda arqueada, el culo levantado y la cara contra la almohada. Sentí sus manos abrirme las nalgas y sus ojos clavados en mí, mirándome el coño hinchado y el agujero del culo, y me morí de vergüenza y de excitación al mismo tiempo.

—Linda. Bien linda. Tenés un culito rico, sabías. ¿Sabés qué hacen las niñas curiosas como vos, allá en mi tierra?

—No —dije, y la voz me tembló.

Sentí el primer chirlo antes de terminar la frase. Apenas un golpecito en la nalga izquierda, lo justo para que mi piel se erizara. Después otro, un poco más fuerte. Después uno en la derecha. Cada palmada me sacudía todo el culo y me hacía apretar el coño en el vacío.

—Sentís eso. Decime si querés que pare.

—No pares.

—Esa es mi niña.

Los chirlos siguieron, cada vez más fuertes, alternados con caricias largas que me dejaban en suspenso. Entre palmada y palmada me pasaba dos dedos por la raja, me hundía la yema en el coño hasta el nudillo y volvía a sacarla. Cuando dejó de pegarme del todo, yo tenía las nalgas ardiendo, coloradas, y el coño otra vez chorreando por los muslos. La oí abrir un cajón. La oí desenroscar algo. Después sentí un líquido frío deslizándose por la raja del trasero, resbalando desde el ano hasta la entrada del coño.

—¿Por dónde te animás? —preguntó, y mientras lo decía pasó la punta de algo blando y firme por mis labios mojados, un consolador grueso que sentí resbalar por toda la vulva—. ¿Por acá?

—Sí —dije.

—¿O por acá?

La punta subió y se apoyó contra mi ano. Presionó apenas, sin entrar, y yo me quedé sin aire.

—Las dos —murmuré, y apenas reconocí mi propia voz.

—Sos muy ambiciosa, chiquita. Vamos despacio. Primero el culito. Si lo abrís bien, después te doy todo lo que quieras.

***

Empezó por el ano. Antes que el consolador me metió un dedo, embadurnado en lubricante, girándolo en círculos dentro de mí. Me abría y me cerraba, me acostumbraba a la sensación de tener algo entrando por ahí. Cuando ya no me quejaba, agregó un segundo dedo. Después un tercero. Yo tenía la cara hundida en la almohada y una respiración entrecortada que no lograba controlar.

—Bien, mi niña. Estás abriendo rico. Ahora sí.

Sentí la punta del dildo apoyada contra el ano, y empujó. Despacio, con paciencia, dejándome acostumbrarme a cada centímetro. El primer dolor pasó rápido y se convirtió en otra cosa, en una presión rara y nueva que me hacía morder la almohada. Cuando la tuve entera dentro, me quedé quieta un momento, sintiendo cómo me estiraba, y ella me acarició la espalda con la mano libre.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Voy.

Antonella se movía con un ritmo constante, sin acelerar, susurrándome cosas en colombiano que yo entendía solo a medias. Cosas como mírate, cómo te gusta que te llenen, o eres una perrita rica, o abre más, mi amor, ábreme el culito. Yo empujaba contra ella, buscándola, con las manos aferradas a la sábana y el clítoris latiéndome como un segundo corazón entre las piernas.

Cuando ya empezaba a creer que no podía con nada más, la sentí retirarse un momento. La oí ponerse algo, ajustar correas, el clic de una hebilla. Volvió a acomodarme, me pasó una mano por debajo del vientre y me levantó apenas las caderas. Después el peso de su cuerpo apoyándose otra vez sobre mi espalda y una segunda punta, más gruesa, apoyándose en la entrada del coño.

—Aguantá —dijo en mi oído.

El segundo dildo entró por adelante, lubricado pero igual de exigente. Por un segundo creí que me partía al medio. Sentí el coño estirándose hasta un límite que no conocía, y detrás, todavía, el otro dentro del culo, presionando desde el otro lado del tabique. Solté un grito ahogado contra la almohada.

—Shhh. Respirá. Ya está adentro. Ya pasó lo peor.

Se quedó quieta un momento, dejándome sentir. Yo estaba llena, tan llena que no había espacio ni para pensar. Después empezó a moverse. Primero solo el de adelante, sacándolo y metiéndolo con embestidas cortas. Después el de atrás, alternando. Después los dos a la vez, entrando y saliendo con un compás suave que no se parecía a nada que yo conociera. Cada empujón me arrancaba un gemido nuevo.

—Así, así, así —le oí murmurar, y la sentí acelerar.

Sus manos me sostenían las caderas, marcándome el ritmo, obligándome a recibirla. Después subieron a mis tetas, apretándolas, pellizcándome los pezones. Después una se enredó en mi pelo y me tiró suavemente hacia atrás, obligándome a arquearme más, a levantar el pecho de la cama. En esa posición sentí que los dos consoladores me llegaban todavía más hondo.

—Sos mía esta hora, niña. Decilo.

—Soy tuya.

—Otra vez.

—Soy tuya —gemí, y ella me metió los dos hasta el fondo de un solo golpe.

—Otra vez, más fuerte.

—¡Soy tuya! —grité contra la almohada—. ¡Cogeme, cogeme fuerte!

Empezó a coger en serio. Un ritmo brutal, las caderas golpeándome el culo enrojecido, los dos dildos entrando y saliendo al mismo compás. Yo ya no podía ni pensar. Le entregaba el cuerpo, me abría, empujaba hacia atrás. Ella me llevó la mano de mi propia mano al clítoris.

—Frotátelo. Vení con las tres cosas a la vez.

Obedecí. Me empecé a acariciar el clítoris hinchado, en círculos rápidos, mientras ella me seguía cogiendo por los dos agujeros. El orgasmo me vino de un lugar nuevo, de algún punto entre las dos invasiones y mis propios dedos, y me sacudió de pies a cabeza. Grité contra la almohada, mordí la funda, sentí el coño y el culo apretándose al mismo tiempo alrededor de los dos dildos con espasmos que me subían por la columna. Chorreé en la sábana, mojé todo alrededor, y me quedé temblando con la frente apoyada en la almohada mientras ella se retiraba con cuidado, primero el de adelante, después el de atrás, dejándome vacía y latiendo.

***

Después hubo un silencio que no era incómodo. Antonella se sacó el arnés, dejó los dildos sobre una toalla y se acostó a mi lado. Me pasó una toalla húmeda entre las piernas, con una delicadeza que contrastaba con todo lo anterior. Me corrió el pelo de la cara y me besó la sien.

—Te quedan diez minutos. ¿Querés que te lea otra vez?

Asentí. No podía hablar.

Buscó el librito sobre la mesita y lo abrió en otra página. Yo estaba con la mejilla contra su hombro, escuchándola leer en voz baja, con esa cadencia que ablandaba las consonantes. Hablaba de una mujer que ardía sin que nadie pudiera apagarla, de manzanas en lo alto de la rama, de lenguas que se quebraban en silencio. Su mano, mientras leía, me acariciaba distraída entre los muslos, sin buscar nada, apenas rozándome el coño hinchado y todavía sensible.

Cerré los ojos. Pensé que ningún hombre me había leído nunca un poema antes del sexo. Pensé que ninguno me había leído un poema después tampoco. Pensé que ninguno me había lamido hasta hacerme chorrear ni me había cogido el culo con esa paciencia.

Cuando bajé la escalera, la señora de los anteojos no me preguntó nada. Me sonrió como se le sonríe a alguien que vuelve de un viaje largo. Salí a la calle, caminé hasta la parada del ómnibus y me senté en el banco con la mochila sobre las rodillas y las piernas todavía flojas.

Saqué el teléfono. Abrí la app de la biblioteca de la facultad. Reservé los dos tomos de Safo que todavía no había leído. Después miré la pantalla negra del celular y me sonreí a mí misma, en el reflejo, como si recién en ese instante me hubiera reconocido.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(9)

Alondra_M

Que bello relato, me llego al alma. Gracias!!!

Sofialectora

Lo lei de un tiron y se hizo cortisimo. Por favor segui escribiendo.

suspiro_lector

Nunca pense que un relato de esta categoria me iba a emocionar tanto como excitar. Muy bien logrado.

Lector_nocturno77

Me pregunto si la referencia a Safo fue intencional desde el principio o se te ocurrio en el camino. De cualquier manera quedo perfecta en el relato.

CaminoLibre22

Que historia tan bien contada! El detalle del libro le da una onda muy especial, no es el tipico relato de esta seccion.

Marta_91

Se hizo muy corto... queria mas jaja

NostalgicoPas

Me recordo a un viaje que hice hace unos años. Nada que ver con la historia pero me trajo recuerdos muy lindos. Excelente relato.

Estrella_R

Increible como lograste mezclar lo sensual con algo tan literario. Pocas veces leo algo asi por aca.

SergioCba

la atmosfera que creas desde el principio es lo mejor del relato. muy bueno!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.