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Relatos Ardientes

Mi amiga Camila volvió con el pelo teñido de rojo

Llevábamos casi tres meses sin coincidir a solas. Camila había estado de viaje por trabajo, después yo me había mudado al departamento nuevo, y entre cumpleaños familiares y cenas con gente que no nos interesaba, no habíamos encontrado el hueco para vernos como nos gustaba vernos: sin testigos, sin horarios, sin teléfono encima de la mesa.

Esa tarde tocó el timbre a las seis en punto. Cuando le abrí, casi no la reconozco. Se había teñido el pelo de un rojo intenso, casi cobrizo, y lo llevaba largo hasta la mitad de la espalda. Le caía sobre los hombros como una cortina pesada, y contra ese color su piel se veía todavía más pálida, casi traslúcida, con un par de pecas nuevas en el puente de la nariz.

—¿Y? —preguntó, girando sobre los talones.

—Te queda obsceno —le dije.

Se rió con esa risa suya que siempre me había parecido demasiado grave para una mujer tan menuda. Entró sin esperar a que me hiciera a un lado, dejó el bolso en el suelo del pasillo y caminó hasta la sala como si llevara meses viviendo conmigo. Yo cerré la puerta y me quedé un segundo de espaldas a ella, intentando recordar cómo respirar normal.

—¿Te ofrezco algo? —pregunté desde la cocina, más por costumbre que por ganas de jugar al protocolo.

—Agua. Y después tu cama.

No me molesté en contestar. Llené dos vasos, los apoyé sobre la mesa baja y la miré desde el otro lado del living. Se había sentado en el sillón con las piernas cruzadas, y la falda corta se le había subido hasta dejarle a la vista el comienzo del muslo. Tenía esas piernas anchas, fuertes, que cualquiera que la viera vestida no se imaginaba. Las piernas de Camila eran un secreto que yo había aprendido a abrir despacio.

—Vení —dijo, y palmeó el cojín de al lado.

Caminé hasta ahí y, antes de sentarme, le puse las manos en las rodillas y se las separé apenas. Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro corto, como si llevara horas esperando ese gesto. La conocía lo suficiente como para saber que ese suspiro no era teatro. Camila era muchas cosas, pero conmigo nunca actuaba.

—Te extrañé —le dije.

—Mostrame cuánto.

***

Nos besamos en el sillón con la luz del atardecer entrando por la ventana, anaranjada y baja, dibujándole una raya de oro sobre el pómulo. Su boca tenía el mismo gusto de siempre, mezcla de menta y de algo más caliente que nunca supe nombrar. Su lengua se movía sin apuro, buscando, presionando un poco, retirándose para que yo fuera a buscarla. Era exasperante y era exactamente lo que yo quería.

Le pasé la mano por la nuca, le agarré un puñado de ese pelo nuevo y tiré con suavidad. Camila gimió contra mi boca y se acercó más, hasta sentarse a horcajadas sobre mí. La falda se le subió completa y descubrí que no llevaba bombacha. Solo un pequeño triángulo de tela negro, sostenido por dos hilos finos sobre las caderas.

—Vos sabías que esto iba a pasar —le dije, mordiéndole el labio.

—Yo sabía que iba a pasar desde que te mandé el mensaje a la mañana.

La levanté como pude y, medio a los tropiezos, la llevé hasta el dormitorio. La empujé sobre la cama y ella cayó de espaldas, riéndose, con el pelo rojo desparramado sobre las sábanas blancas. Parecía una escena pintada, una de esas pinturas viejas donde las mujeres están a medio vestir y miran al pintor con una mezcla de calma y desafío.

Me quedé de pie a los pies de la cama, mirándola. Le pedí, sin palabras, que se sacara la blusa. Lo hizo despacio, sin sostén debajo, y sus pechos quedaron a la vista, más chicos de lo que la ropa dejaba intuir, con los pezones rosados y ya endurecidos. Después se llevó dos dedos a la boca, se los chupó con los ojos puestos en los míos, y los bajó hasta meterlos por debajo del triángulo de tela.

—No empieces sin mí —le dije.

—Entonces apurate.

***

Me saqué el short de jean y el top de un solo movimiento. Debajo tenía un conjunto bordó que me había comprado esa misma semana, sin saber muy bien para quién. Camila lo miró y arqueó una ceja.

—Era para vos —le confesé.

—Mentirosa hermosa.

Subí a la cama y me acomodé sobre ella. Mis pechos contra los suyos, sus piernas abriéndose para recibirme. Le besé el cuello, le mordí el lóbulo de la oreja, le pasé la lengua por la línea del hombro. Camila olía a un perfume nuevo, algo amaderado, que no le conocía. Hice una nota mental para preguntarle después qué era.

Bajé por el esternón a besos lentos. Me detuve en cada pezón el tiempo suficiente como para que ella enredara los dedos en mi pelo y tirara. Sabía que le gustaba que yo me tomara mi tiempo, que cuando llegaba la urgencia fuera ella la que tuviera que pedirla.

—Lucía —murmuró—. Más abajo.

Le hice caso a medias. Bajé hasta el ombligo, le metí la punta de la lengua y la sentí estremecerse. Sus manos me apretaron los hombros, después la nuca, después me empujaron hacia donde ella necesitaba.

Cuando llegué a su pelvis, le agarré el hilo de la tanga con los dientes y se la fui bajando despacio por las piernas. Ella levantó las caderas para ayudarme. Tiré la prenda al piso sin mirar a dónde caía.

***

Camila siempre se afeitaba completa. Esa tarde no era la excepción. Le abrí las piernas y me quedé un segundo mirándola, simplemente mirando, porque era una imagen que llevaba semanas reconstruyendo de memoria. Su sexo estaba brillante, hinchado en los labios externos, con el clítoris asomándose apenas debajo de su capucha. Soplé despacio, sin tocarla todavía, y la vi contraerse.

—No me hagas eso —protestó.

—Aguantate.

Le pasé la lengua plana de abajo hacia arriba, una sola vez, lenta, presionando lo suficiente como para que sintiera todo el recorrido. Camila dejó escapar un sonido que era mitad gemido, mitad insulto. Sonreí contra su piel.

Después la besé como se besa una boca. Sin apuro, sin técnica, dejándome llevar por lo que ella me iba pidiendo con las caderas. Cuando se ponía tensa, retrocedía. Cuando se relajaba, volvía a hundir la lengua. Aprendí ese ritmo con ella, hace años, y nunca lo había podido replicar con nadie más.

—Así, así, así —repetía, como un mantra.

Le metí dos dedos sin dejar de chuparle el clítoris. Sus paredes internas me apretaron de inmediato, calientes, mojadas, palpitando. Empecé a moverlos despacio, buscando ese punto rugoso que sabía exactamente dónde estaba. Cuando lo encontré, Camila levantó la espalda de la cama, los pechos hacia arriba, los ojos cerrados, la boca abierta sin que saliera ningún sonido.

—No te apures —le susurré, levantando la cara un segundo—. Tenemos toda la noche.

—No tengo toda la noche, Lucía. Tengo treinta segundos.

Me reí y volví a la tarea. Aumenté el ritmo de los dedos, mantuve la lengua firme sobre el clítoris, y la sentí venirse contra mi boca con un temblor que le empezó en los muslos y le subió hasta los hombros. Soltó un grito ronco, después una risa nerviosa, después un «la concha de la lora» que me hizo soltar la carcajada con la cara todavía hundida entre sus piernas.

***

Le dejé un minuto para recomponerse. Camila se quedó tirada, con un brazo cruzado sobre los ojos, respirando hondo. Yo aproveché para sacarme el corpiño y la bombacha del conjunto bordó. Ella me espió por debajo del brazo y sonrió.

—Vení acá —dijo.

Me arrastró por las muñecas hasta que quedé arrodillada sobre la cama. Me agarró las caderas y me ubicó encima de su cara. Cuando entendí lo que quería, traté de subirme con cuidado, pero ella me tiró hacia abajo con fuerza y sentí su boca abrirse contra mí.

El primer contacto siempre me hacía perder el equilibrio. Me apoyé contra la pared del respaldo con las dos manos y dejé caer la cabeza hacia atrás. Camila no tenía mi paciencia. Iba directo, ávida, con una lengua dura y un ritmo que no dejaba espacio para el suspenso. Era otro estilo, más urgente, más animal, y a mí me funcionaba igual.

Empecé a mover las caderas contra su boca sin pensar mucho. Me agarró los pechos desde abajo y me apretó los pezones entre los nudillos. La fricción me cortaba el aire en pedacitos. Cerré los ojos y dejé que ella me llevara hasta donde quisiera.

—Camila —jadeé—. Estoy por…

No la terminé. Ella aumentó la presión, succionó el clítoris entre los labios, y todo se me deshizo en una ola larga que me hizo apretar los muslos contra su cara, temblar, decir cosas sin sentido. Me caí hacia un costado, sobre las sábanas, con el pelo pegado a la frente y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido.

***

Quedamos las dos boca arriba, hombro contra hombro, el techo blanco mirándonos a nosotras. Tardé un rato en poder hablar. Camila estiró el brazo y me agarró la mano. Se la apreté.

—No nos podemos dejar pasar tres meses otra vez —dijo.

—Estoy de acuerdo.

Giró la cabeza hacia mí. Tenía el pelo rojo todo enredado, la cara enrojecida y los labios hinchados. Yo seguramente estaba peor.

—Igual no terminamos —agregó, con esa sonrisa torcida de siempre.

—¿No?

—Vos sabés cómo me gusta terminar.

Sabía perfectamente. Le subí encima, le puse una pierna entre las suyas y mi sexo contra el suyo, ya empapados los dos. Empezamos a movernos lento, después más rápido, encontrando un ritmo en el que ninguna de las dos llevaba la dirección. Era esa parte que más me gustaba, cuando dejábamos de turnarnos para hacer y nos sentíamos al mismo tiempo, ida y vuelta, sin frontera entre lo que daba una y lo que recibía la otra.

Camila me agarró por las nalgas y me apretó contra ella. Yo apoyé la frente contra la suya y nos miramos a los ojos, muy cerca, mientras el roce nos subía la temperatura en oleadas. Ella se vino primero, otra vez, con un quejido bajo que le salió desde el pecho. Yo la seguí casi de inmediato, mordiéndole el hombro para no gritar.

Nos quedamos así un buen rato, pegadas, sudadas, sin ganas de movernos.

—¿Te gusta el rojo? —preguntó en algún momento, contra mi pelo.

—Dejátelo así.

—Solo si vos prometés tener ese conjunto bordó la próxima vez.

—Trato hecho.

Cuando se durmió un rato después, con la cabeza apoyada en mi hombro y el pelo cobrizo cubriéndome medio pecho, me quedé pensando en cuántas amigas se acostarán como nosotras y nunca lo cuenten. Yo nunca lo había contado, hasta hoy. Pero esa tarde, con la luz del atardecer ya convertida en penumbra y la respiración de Camila marcándome el pulso, decidí que algunas cosas merecían quedar escritas.

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Comentarios (4)

GabiCordo

Ay que buenoooo!! me encanto de principio a fin

LauraOficina

Por favor seguí escribiendo esto, quedé con ganas de mas. Hay continuacion?

Flor_Lectora

tremendo relato, me llevo al principio con el detalle del pelo y ya no pude soltar el celular jaja

Ricky_Rdz

Me gusto mucho como esta narrado. Se siente cercano, real. Sigue asi!

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