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Relatos Ardientes

La mujer de hielo que vino a buscarme dormida

El invierno había llegado temprano aquel año a Punta Helguera, y Adela cerró las cortinas con dos vueltas para sellar el frío que se colaba por debajo del marco. Vivía sola desde la primavera, en un piso heredado de su abuela, con paredes demasiado altas y una calefacción que crujía como un animal enfermo. Aquella noche el termómetro marcaba menos cuatro, y el viento del norte arañaba los vidrios como dedos que buscan entrar.

Se metió en la cama con dos pares de calcetines y la camiseta de algodón que su madre le había regalado en abril. Tenía veintisiete años y nunca había estado con nadie. No por falta de oportunidades —los había habido, hombres y mujeres— sino por aquel temor antiguo que la habitaba desde niña: el miedo a entregarse, a soltar el control, a permitir que otro cuerpo dispusiera del suyo. El deseo existía, lo sentía a veces como una corriente subterránea, pero lo apagaba antes de que llegara a quemar. Era más fácil así. Era más seguro.

Apagó la lamparita y se acurrucó bajo el edredón. El sueño llegó pronto, denso y pesado.

Soñó que la habitación se oscurecía aún más, que el aire se volvía espeso y que el frío atravesaba el edredón como si fuera papel. Soñó que algo se sentaba al borde de la cama, junto a sus rodillas. No abrió los ojos —en el sueño no podía— pero supo que había una presencia.

—Adela —dijo una voz que no había oído nunca.

Era una voz de mujer, baja, paciente, con una vibración antigua que le erizó la nuca. La cama crujió bajo un peso muy ligero. Adela quiso moverse, alejarse, pero el cuerpo no respondía. Solo los párpados, finalmente, le obedecieron.

La mujer que la miraba desde el borde tenía la piel translúcida, casi azul. El cabello, plateado, le caía hasta la cintura y se movía sin viento, como suspendido en agua. Los ojos eran de un azul de glaciar, sin pupila visible. No era bella en el sentido humano: era hermosa como lo es un campo de hielo bajo la luna, una belleza que daba miedo mirar demasiado tiempo.

—No tengas miedo —dijo ella, y al hablar el vaho le salía de los labios como a quien respira en un día de helada—. He venido despacio. Llevo años esperando a alguien que sintiera lo que tú sientes.

—¿Quién eres? —murmuró Adela, y se sorprendió de que la voz le saliera.

—Sélma. Algunos me han llamado así. Otros no me llaman, solo me dejan entrar.

Adela quiso preguntar más, pero Sélma había extendido la mano y le había rozado la mejilla con la punta de un dedo. El contacto fue exactamente lo que esperaba —frío, agudo, casi quemante— y exactamente lo contrario: dulce, lento, una caricia que no tenía ninguna prisa. Un escalofrío le bajó por la columna y se le instaló entre las piernas con una claridad que no había sentido nunca.

No, no, no.

El viejo grito interno se encendió de inmediato. Adela intentó voltear la cara, esconderla bajo el edredón, pero su cuerpo seguía sin obedecerle. Solo podía mirar. Solo podía sentir.

—Conozco tu miedo —susurró Sélma, inclinándose más cerca—. Lo huelo en tu piel. No tengo prisa. Si quieres que me vaya, tienes que decírmelo ahora.

Adela abrió la boca para decirlo. Para gritar que se fuera. Pero lo que salió fue un silencio largo, expectante, y Sélma sonrió apenas, como si esa respuesta también la conociera.

—Bien —dijo.

***

El primer beso fue en la frente. El segundo, en la sien. El tercero, en la comisura de los labios. Sélma medía cada acercamiento como si Adela fuera un animal asustado al que hay que domesticar sin gestos bruscos. El frío que dejaba en la piel no era una agresión sino una huella, una marca que ardía después de retirarse. Adela tenía los puños cerrados sobre el edredón. No podía abrirlos. No quería abrirlos.

Cuando los labios helados encontraron por fin los suyos, Adela soltó un sonido bajo, ronco, que no se reconoció. Era el primer beso de verdad de su vida. Tenía veintisiete años y había evitado siempre esa boca abierta, esa lengua que entra, ese acto de aceptar que alguien estuviera dentro. Sélma besaba sin invadir. Le ofrecía su lengua y esperaba. Y Adela, después de un instante largo en que el corazón le golpeó el esternón como un puño, salió a buscarla con la suya.

Fue dulce. Fue amargo. Fue lo que siempre había temido y todo lo que no había imaginado.

Las manos de Sélma se deslizaron bajo la camiseta de algodón. La piel de Adela se erizó al contacto, los pezones se irguieron antes de ser tocados. Cuando los dedos fríos los rozaron, ella arqueó la espalda y soltó otro sonido, animal, que tampoco se reconoció.

—Está bien —murmuró Sélma contra su cuello—. Está bien que lo sientas. No te estoy pidiendo nada.

Pero le estaba pidiendo todo. Adela lo sabía. Y, por primera vez en veintisiete años, no quería detenerlo.

***

Sélma fue bajando con una lentitud que era casi cruel. Le besó la clavícula, el surco entre los pechos, cada costilla por separado, como si estuviera leyendo un libro lleno de marcas. Bajo cada beso quedaba una huella de escarcha que se evaporaba enseguida pero dejaba un cosquilleo ardiente. La camiseta había desaparecido en algún momento sin que Adela lo notara. El edredón también. Estaba desnuda en su propia cama, en pleno enero, y sin embargo no tenía frío. Tenía otra cosa: un calor interno que crecía a medida que el frío externo la invadía, como dos corrientes contrarias enroscándose alrededor de la misma médula.

—Mírame —pidió Sélma.

Adela bajó la mirada. Los ojos de glaciar estaban entre sus muslos, esperando un permiso que ninguna palabra había pedido. Tragó saliva. Las piernas le temblaron y, sin que lo decidiera del todo, se separaron lo justo. Sélma sonrió otra vez. Aquella sonrisa antigua, paciente, que parecía decir «sabía que llegarías aquí».

La primera lengua entre sus muslos fue un descubrimiento absoluto. Frío puro contra el centro más caliente de su cuerpo, una contradicción tan exacta que Adela gritó —un grito sordo, hacia adentro, atrapado en la garganta del sueño—. Sélma no se apresuró. Trazaba círculos lentos, suaves, exploratorios, como quien prueba un sabor desconocido y quiere recordarlo. Cada movimiento mandaba una sacudida nueva por el cuerpo de Adela. Las caderas se le movían solas. No las controlaba.

—No puedo —jadeó—. No puedo, no sé.

—Sí puedes —respondió Sélma sin levantar la cabeza—. Llevas toda la vida pudiendo.

Y entonces succionó. Apenas, con una delicadeza que no parecía posible en una boca tan fría. Adela se arqueó por completo, los talones clavándose en el colchón. El placer no era una promesa lejana: era una ola que ya había empezado a romper.

***

El frío, sin embargo, avanzaba. Adela lo notó cuando intentó respirar hondo y vio una nubecilla blanca salir de su boca, dentro del sueño, dentro de su propio dormitorio. Notó que los dedos de los pies ya no los sentía. Notó que la sangre se le movía más despacio por el cuello, como un río al que le están cayendo placas finas.

Comprendió. De golpe, con la claridad rara que a veces tienen los sueños.

Sélma no estaba ahí solo para darle placer. Sélma se estaba alimentando. Cada beso, cada lamida, le robaba un poco de calor, de vida, de tiempo. Y Adela, que llevaba veintisiete años apagando el deseo por miedo a desaparecer en otro cuerpo, estaba a punto de desaparecer en serio, esta vez sin metáfora.

—Para —dijo. Esta vez la palabra le salió clara, firme.

Sélma alzó la cabeza. Tenía los labios brillantes, ligeramente azulados.

—Si quieres —respondió—. Te dije que podías decírmelo. Pero recuerda que es ahora.

Adela la miró. Miró sus propios pechos cubiertos de un velo finísimo de escarcha, miró las venas azules marcándose en la cara interna de sus muslos. Sintió el orgasmo esperando, latiendo en algún punto justo detrás del ombligo, todavía a su alcance si pedía un minuto más. Sintió a la vez la promesa del miedo cumplido: si se quedaba ese minuto, no se levantaría por la mañana.

Por primera vez en su vida, tuvo que elegir entre el deseo y la prudencia, entre el placer y el cuerpo, entre la mujer que había sido y la que estaba siendo bajo aquella lengua de hielo.

—No pares —dijo, y se odió por decirlo, y supo al mismo tiempo que lo había decidido hacía rato.

Sélma cerró los ojos un instante, como agradecida.

Volvió a bajar la cabeza, y esta vez no hubo paciencia. La lengua fría se movía con un ritmo que Adela seguía sin querer y queriendo a la vez, las manos plateadas le sujetaban las caderas con una firmeza nueva, la boca succionaba con una avidez que ya no se disimulaba. El placer subió, subió, se desbordó por dentro como un vaso roto.

El orgasmo, cuando llegó, no se parecía a nada que ella hubiera podido imaginar en sus noches solas. Era una ola larga, blanca, que la atravesaba de los pies a la coronilla, una ola que se llevaba con ella todo el miedo acumulado de veintisiete años. Adela se sintió hueca y plena al mismo tiempo, abierta de par en par a alguien por primera vez, entregada sin escudo. En ese vértigo, soltó por fin lo que llevaba toda la vida apretando.

***

Cuando el último temblor se apagó, Adela ya no podía mover los párpados. Sintió que Sélma se incorporaba, que le acariciaba la mejilla con un dedo —ese mismo dedo del principio— y que se inclinaba sobre su frente.

—Gracias —oyó.

Después, solo silencio. El silencio raro y limpio de una habitación cuando alguien acaba de salir y cierra la puerta sin ruido.

***

Al día siguiente, Carolina, la vecina del piso de abajo, llamó tres veces antes de subir con la llave de cortesía. Encontró a Adela en la cama, los ojos cerrados, una sonrisa apenas dibujada, una capa fina de escarcha sobre las pestañas y sobre el dorso de las manos. La calefacción funcionaba. Las ventanas estaban cerradas. El termómetro del pasillo marcaba veintidós grados.

Los forenses hablarían después de un fallo cardiaco compatible con hipotermia, sin lograr explicar lo segundo. Carolina, que era una mujer sensata y no creía en nada, no dijo a nadie lo que había visto al apartar el edredón: dos huellas finas y azuladas a ambos lados de la cintura de Adela, como si unas manos muy delgadas la hubieran sostenido toda la noche.

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Comentarios (4)

LectoraAnsiosa

Que bueno!!! quede sin palabras

MartinaBaires

Se hizo cortísimo, esperando la segunda parte urgente

Sole_BA

Me llego de verdad. No es lo habitual por aca y se agradece

Claudia_33

Me recordo a una lectura que hice hace años, ese tipo de relatos donde no todo es explícito sino que hay tensión. Muy logrado, gracias por compartirlo

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