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Relatos Ardientes

Doña Bruna me enseñó más que cualquier profesora

Acabo de cumplir cincuenta y cada década de mi vida ha estado marcada por una mujer extraordinaria. Bruna fue la primera, y casi seguro la más importante. A su manera me ayudó a construir un pasado al que volver cuando el sueño no llega, cuando el mundo se pone difícil y necesito refugiarme en algún recuerdo cálido. Con ella aprendí también que la bondad y la crueldad pueden ser las dos caras de una misma moneda.

Me llamo Lola. Nací en un pueblo perdido de la costa cantábrica, criada por mis abuelos mientras mis padres trabajaban veinte años como un solo día en Bélgica. A los veinte conseguí que me dejasen instalarme sola en el piso vacío que la familia tenía en la villa de al lado, un edificio de cuatro plantas casi deshabitado en invierno: una academia de inglés ocupaba un primero, mi vecina del cuarto el otro, y yo me convertí en la única inquilina del cuarto restante. Cinco viviendas cerradas a cal y canto. El silencio de aquel portal vacío imponía un poco, pero también prometía libertad.

La vecina era Bruna. Doña Bruna, debería decir, porque había llegado a dar clase en mi instituto el último año que estuve allí. Nunca fue mi profesora, pero me había fijado mucho en ella: pelirroja, pecas por toda la cara, melena lisa cortada a la altura de la mandíbula, muy delgada pero con un trasero firme y unos pechos enormes que ningún jersey conseguía disimular. Le calculaba treinta años. Acababa de tener un hijo y vivía sola casi todo el año porque su marido, capitán de un mercante, pasaba meses fuera.

***

La primera noche en mi piso me preparé un baño caliente y oí cómo subía Bruna con la compra. Cuando se encendió la luz de su cocina al otro lado del patio interior, me quedé paralizada con el albornoz a medio cerrar. Desde mi ventana, a oscuras, se la veía perfectamente. Apagué todas mis lámparas y me convertí en una sombra.

Llevaba vaqueros y un jersey de lana, y bajo el jersey los pechos parecían haber crecido el doble con la lactancia. Sobresalían por los costados, le llegaban casi al ombligo. Esperé más de una hora, comiéndome un sándwich a oscuras, hasta que reapareció con un pijama viejo y enorme. La goma del pantalón cedía cada vez que se agachaba y le dejaba ver la curva del culo. Apoyada en mi pared, con un pie sobre la silla, me toqué hasta correrme mirándola lavar los platos. Era la primera vez que me masturbaba viendo a una mujer de verdad y no a la chica del instituto que ocupaba mis pajas adolescentes.

Aquella noche, ya en la cama, me di cuenta de que mi vieja fantasía empezaba a hacer las maletas para dejarle sitio a otra mucho más concreta, mucho más adulta, sin los peajes sentimentales del primer amor.

***

Pasaron dos semanas en las que viví como un fantasma. Apagaba la cocina al volver, comía a oscuras, me apostaba junto a la ventana esperando. Cayeron muchas pajas, casi todas frustrantes, porque una mujer agotada con un bebé en casa no se pasea desnuda por su cocina para entretener a la vecina del enfrente. Era absurdo y lo sabía.

Hasta que decidí dejar de esconderme. Encendí todas mis luces y, mientras preparaba la cena, Bruna se asomó. Abrimos las ventanas y nos saludamos. Le sonó mi cara, le confirmé que la recordaba del instituto. «Qué alivio tener una vecina», dijo. «A esa hora la academia cierra y me quedo sola en el edificio.» Tenía un aire de superioridad muy de pueblo pequeño, esa cosa que tiene la gente cuya hazaña más relevante en la vida es haber nacido en el sitio correcto. No me importó. Me parecía irresistible.

Esa misma noche dejé de jugar a las sombras. Esperé a que terminara de cenar, me puse una camiseta de algodón corta y, dándole la espalda a la ventana, le mostré sin mostrarle. Después salí, me quité la camiseta y volví a entrar con un tanga azul oscuro. No me di la vuelta ni una vez. Daba igual si miraba o no: la luz de su cocina se había apagado más rápido de lo habitual y me sentía observada. Esa certeza pesaba más que cualquier confirmación.

***

A la mañana siguiente esperaba reproches y solo recibí una sonrisa más amplia de lo habitual cuando me cruzó la puerta de la inmobiliaria donde trabajaba. Llevaba minifalda. Le dije que estaba preciosa. Aceptó el cumplido sin rubor y me invitó a tomar un café esa noche en su casa.

Me probé media docena de cosas. Me decidí por un vestido blanco de punto, corto, que transparentaba el tanga si te ponías a contraluz. Crucé los dos metros de descansillo con el corazón saliéndoseme por la boca.

Doña Bruna me abrió con el bebé medio dormido en brazos y me hizo pasar al salón, presidido por un cuadro enorme de la madre Teresa que no presagiaba nada de lo que terminaría ocurriendo entre nosotras. Estaba claro que era muy religiosa. Casi me reí imaginando lo que opinaría de la chica que tenía delante. Cuando regresó tras acostar al pequeño nos sentamos en su cuarto, en un sofá al fondo de la habitación. Llevaba la misma minifalda del mediodía, ahora con dos botones más desabrochados, y un suéter sin nada debajo. Sin pendientes, sin maquillaje, sin barniz. Más guapa que nunca.

Hablamos durante horas, cada vez más giradas la una hacia la otra, cada vez con las piernas más recogidas sobre el sofá. Yo veía bajo el dobladillo un triángulo beige semitransparente y un poco de vello pelirrojo asomando por los lados. Notaba el tanga empapado y temía mancharle el sofá. Su cara, sin maquillaje, me ponía tanto como aquel coño que casi adivinaba. Hablaba y hablaba sin parar, como alguien al que nadie escucha hace mucho tiempo. Y yo escuchaba.

A las tres de la madrugada se levantó a despedirme en la puerta con dos besos en la mejilla. Volví a mi cama, hundí la cara en la almohada y me corrí dos veces seguidas, una de ellas con la oreja pegada al tabique mientras la oía meterse en la suya.

***

Los siguientes días fueron una bomba de relojería. Le presté un par de tangas para que probase, ella me devolvió mi sujetador, intercambiábamos miradas y prendas a través del patio interior. Una tarde se levantó el camisón frente a la ventana y me mostró el tanga puesto, por delante y por detrás, con un gesto de aprobación. Corrí al salón, me hundí en mi butaca preferida y me tiré así media hora.

Pero la noche que lo cambió todo fue la del temporal. El coche de la policía local recorría la villa pidiendo que asegurásemos puertas y ventanas. Llovía como si el cielo se vaciase de golpe, el viento aullaba en el patio. A eso de las once me despertó el timbre. Bruna en el descansillo, en camisón blanco, con la cara de niña asustada.

—Lola, me da miedo el viento. Duerme conmigo, por favor.

Yo dormía desnuda, así que me cubrí con el edredón y crucé el descansillo descalza. El bebé dormía en su cuna. Me metí en su cama sin pedir permiso, todavía desnuda, y le susurré que la cama estaba helada, que se diera prisa. Cuando entró bajo las sábanas y vio que yo no llevaba nada, no dijo una palabra. Apagó la lámpara. Y empezó a rezar.

Duró veinte minutos. Yo, a su lado, con el contacto de su muslo desnudo contra el mío, me decía que si me lanzaba mal lo de vivir luego con una vecina con la que has tropezado de ese modo iba a ser muy difícil. Mucho peor todavía si decidía contarlo por el pueblo. Pero ella había venido a mi puerta.

Cuando terminó de rezar me dio la espalda. Yo me dije: «Tú me has metido en tu cama». Me pegué a ella por detrás, pasé el brazo izquierdo sobre su garganta y dejé caer la mano sobre su pecho, encima del camisón. Ella la tomó y la apretó fuerte. No la apartó. Le besé el hombro. Tampoco se movió. Pegada a su espalda, le pasé la pierna por encima y empecé a recorrerle el culo con la palma abierta. Llevaba puesto uno de mis tangas.

A la segunda vez que intenté llegar a sus pechos me devolvió la mano al trasero. Lo dejó claro: hasta ahí, no. Pero se giró boca arriba, se bajó el tanga hasta las rodillas y abrió las piernas. Le quité la prenda y la olí, la lamí. Tenía el coño cubierto de un vello pelirrojo abundante y húmedo. La masturbé como pude, con dos dedos, con tres, alternando la entrada y los labios, dejando el clítoris para el final. Cuando intenté tocarlo, ella ya no pudo aguantar más y me agarró la muñeca para que la siguiera follando con los dedos hasta correrse. Sus gemidos eran casi gestos de dolor, más que de placer.

Intenté besarla en la boca. Me rechazó. Intenté tocarle los pechos. Tampoco. Me bajé a sus muslos y empecé a besarlos, y entonces, sorprendentemente, abrió las piernas y me puso el coño contra la cara. La besé como me hubiera gustado besar su boca, lentamente, deteniéndome en cada pliegue, lamiendo despacio. Cuando llegué al clítoris fue como si encendiera una bengala dentro de ella. Su cuerpo entero se sacudió. Le di la corrida de su vida, le obligué a tragarse los gritos para no despertar al niño. Después dormimos abrazadas. No me dijo si lo había hecho bien o mal. Me besó la mano y se quedó dormida.

***

A la mañana siguiente actuó como si nada. Se levantó desnuda delante de mí, se vistió con calma y me sonrió desde el otro extremo de la habitación mientras yo me hacía una paja sin disimular, hipnotizada por aquellos pechos llenos de leche que me había prohibido tocar la noche anterior. Era una mujer capaz de regalarte un orgasmo histórico y negarte un beso a la mañana siguiente, y supe desde ese momento que iba a sufrir mucho.

Las semanas hasta Navidad las pasé prácticamente en su casa. Dormíamos juntas casi todas las noches. Yo le regalaba dos o tres orgasmos por noche y a cambio recibía muy poco: ni un beso en los labios, ni una caricia en los pechos, ni una sola palabra de cariño. Cada vez que intentaba hablar de aquello me contestaba siempre lo mismo: «No puede ser».

Yo le veía en los ojos las ganas de comerme entera y la voluntad férrea de no hacerlo. Me preguntaba si pensaba que así no engañaba realmente a su marido, o si se decía que aquello era menos pecado si no había besos. Una noche, masturbándonos por turnos en el sofá de su habitación, me preguntó con esa voz suya que no admitía réplica:

—Lola, ¿desde cuándo te ha dado a ti por esto?

—Se llama lesbianismo, Bruna. No te dé miedo la palabra.

Bajó los ojos. Hablamos durante horas, le conté lo de mi vieja amiga del pueblo, la que durante años había habitado mis fantasías sin saberlo. A Doña Bruna le gustaba más que el sexo la conversación, descubrí. Hablar de las madres de mis amigas, de las profesoras del instituto, de cuerpos a los que les poníamos nombre. Y cuando se le soltaba la lengua y se le tensaba el cuerpo a la vez, era cuando se corría con la mano metida bajo el camisón y la mirada clavada en mí.

***

Una tarde de diciembre, Doña Bruna invitó a sus amigas del pueblo a tomar café. Yo me quedé con el niño en la habitación, recogiendo juguetes. Desde allí las oí referirse a mí como «la chica», una y otra vez, durante toda la tarde. Como si no tuviera nombre. Como si Doña Bruna no me hubiera estado lamiendo el coño dos noches atrás.

Cuando se fueron las vi llorar como nunca había visto llorar a nadie, en absoluto silencio, con dos ríos cayéndole por las mejillas. Sus amigas la habían destrozado durante horas con comentarios sobre su marido marinero, sobre su casa, sobre los pasteles que ella misma había comprado. La abracé fuerte y le robé un beso en los labios. Me supo a sal. No me apartó. Y dormimos abrazadas sin hacer nada.

***

Su marido volvió en Navidad. Una mañana llamó a mi puerta y, casi en tono de amenaza, me dijo que lo mejor era olvidar todo lo ocurrido y no volver a hablar de ello. Asentí intimidada y me fui a trabajar sintiéndome la persona más estúpida del planeta.

Pasé semanas sin verla. Cuando se fue el marido, vi cómo se asomaba a su cocina cada noche, cada vez más guapa, cada vez con más insinuación. Me ignoró durante quince días enteros. Yo apagaba la luz para masturbarme observándola, y sé que ella sospechaba que la miraba, pero no quería darle el gusto de saber con seguridad. Hasta que una noche se sacó los pechos por encima del camisón, frente a la ventana, y empezó a ordeñarse con un sacaleches mientras me miraba fijamente. Llenó medio vaso, salió al rellano y me lo dejó sobre el felpudo. Bebí un sorbo. Demasiado dulce. Pero ya estaba perdida.

El día siguiente le hice cruzar el umbral.

***

Lo nuestro duró diez años. Diez años en aquel piso de la costa, en aquel «faro» como ella lo llamaba, con el viento del norte golpeando las ventanas y nosotras dos calentando la cama. Aprendió a besarme. Aprendió a comerme. Aprendió, lo más difícil de todo, a reírse en voz alta. Tuvimos noches inolvidables y semanas terribles, sobre todo cuando su marido volvía y yo dormía en el sofá del salón con un nudo en el estómago, oyéndolos al otro lado del tabique.

A veces, cuando no consigo dormir, vuelvo a aquel cuarto piso, al ruido del viento contra los cristales, al olor de su pelo, a la cara que ponía la primera vez que vino a llamar a mi puerta a las once de la noche, en camisón, fingiendo miedo al temporal. Yo sabía que mentía. Ella sabía que yo sabía. Y aun así abrí la puerta. Y aun así crucé el descansillo. Y aun así me convertí, durante diez largos inviernos, en la otra dueña de aquel faro.

Doña Bruna fue la primera. Y, a su manera, la más mía. No hay día que no la recuerde.

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Comentarios (4)

ClaraBuenos

Increible!!! me atrapó desde la primera línea y no pude parar de leer. Mas asi por favor

DanielRos

Se me hizo cortísimo, necesito saber como siguio esto. Por favor segunda parte!!!

Luciana_Cba

La descripcion de la tormenta al principio es perfecta, crea una tension que te engancha de entrada. Muy bien narrado, felicitaciones.

lectora_incognita

Jajaja me recordo tantisimo a una situacion parecida que tuve con una vecina hace años. Que tiempos esos... muy bueno el relato

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