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Relatos Ardientes

Mi compañera de baile me hizo una propuesta

Llevaba meses notando cómo Aitana me miraba en el estudio. Bailábamos juntas dos veces por semana desde el otoño anterior y al principio era solo eso: dos compañeras que se entendían bien en la pista. Ella llevaba la cabeza, yo seguía. Su mano en mi cintura, mi mano en su hombro, los giros sincronizados hasta el último compás.

Pero algo había cambiado entre nosotras y las dos lo sabíamos.

Empezó por los detalles. Cómo retenía mi mano un segundo más después del último paso. Cómo, al despedirnos, me besaba la mejilla más cerca de la comisura de los labios. Cómo, cuando sudaba bajo la camiseta y se le marcaban los pezones, ya no se apartaba ni cruzaba los brazos como hacía antes. Se quedaba quieta, dejándome mirar.

Una tarde de marzo, después del ensayo, me esperó en la puerta del vestuario. Yo estaba recogiendo la mochila. Ella entró sin decir nada, cerró tras de sí y se apoyó en la pared.

—Marina, te tengo que decir una cosa.

Levanté la vista. Tenía las mejillas rojas, no del esfuerzo del baile, sino de otra cosa.

—Dime.

—Me gustas. Quiero decir, de esa manera. Y si te incomoda, ya está, lo olvidamos y seguimos como hasta ahora. Pero necesitaba decírtelo.

No respondí enseguida. La miré: el cabello recogido en un moño suelto, mechones cayendo sobre la nuca sudada, la respiración un poco acelerada. Pensé en Tomás, en mi vida, en todo lo que yo creía tener resuelto. Y pensé también, con una claridad incómoda, que llevaba meses imaginándola.

—No me incomoda —dije al fin—. Dame unos días.

***

Pasé tres noches sin dormir bien. Tomás y yo llevábamos un año en una relación abierta, era nuestro acuerdo desde el principio, pero hasta entonces yo no había estado con otra mujer. Nunca. Y la idea de hacerlo precisamente con ella, con Aitana, me dejaba sin aire.

Al cuarto día le escribí a Tomás. Le conté lo que había pasado, sin adornos. Le pregunté qué pensaba.

No tienes que pedirme permiso para nada, ya lo sabes. Si quieres explorarlo, hazlo. Solo cuéntamelo después si te apetece. Disfrútalo.

Volví a leerlo dos veces. Después le escribí a Aitana.

¿Tomamos un café el sábado?

Su respuesta llegó en menos de un minuto.

Dime hora y sitio.

***

El sábado por la tarde quedamos en una cafetería pequeña a tres calles del estudio. Llegué primero. Pedí un descafeinado que no me apetecía y me senté junto a la ventana.

Cuando Aitana entró, supe que no íbamos a hablar de pasos de baile.

Llevaba unos vaqueros ajustados, una camiseta blanca de cuello en pico y el pelo suelto, ondulado, cayéndole por los hombros. Sin maquillaje, o casi sin maquillaje. Me sonrió desde la puerta y se acercó esquivando mesas.

—Hola.

—Hola.

Se sentó frente a mí. Le pedí un café al camarero solo para tener algo que hacer con las manos.

—He pensado mucho en lo que me dijiste —empecé.

—Y yo en lo que tú no me dijiste.

Me reí, bajito. Ella también.

—Aitana, nunca he estado con una mujer.

—Lo imaginaba.

—Pero quiero. Quiero contigo. Y tengo permiso de mi pareja, si eso te importa saberlo.

Ladeó la cabeza. Sus ojos verdes me sostuvieron la mirada sin parpadear.

—Me importa que tú estés bien. Lo demás es cosa tuya.

El café llegó. Ninguna de las dos lo tocó.

—Vamos a otra parte —dije.

***

La llevé a mi estudio. Es un pequeño piso que alquilo a media hora del mío, donde guardo libros, instrumentos y donde a veces escribo. Nadie más entra ahí. Le dije que era mi santuario y no estaba exagerando.

En cuanto cerré la puerta, ella me miró desde la mitad del salón.

—¿Y ahora?

Me acerqué despacio. Le puse las manos en las caderas, como si fuéramos a bailar. Ella subió las suyas a mis hombros. Estábamos a la misma altura. Su aliento olía a café.

—Bésame —murmuró.

La besé. Despacio al principio, apenas un roce, comprobando. Sus labios eran más suaves de lo que esperaba. Más pequeños. Cuando entreabrió la boca y su lengua tocó la mía, sentí que se me aflojaban las rodillas. La empujé contra la pared.

El segundo beso ya no fue tímido. Le mordí el labio inferior, ella gimió bajito en mi boca, y de pronto teníamos las manos por todas partes. Yo le levantaba la camiseta, ella me bajaba la cremallera del vestido. Nuestras lenguas seguían su propio ritmo: denso, lento, ávido.

La separé un momento para mirarla. Sin camiseta, con un sujetador de encaje negro y los pezones marcados a través de la tela. Le pasé el pulgar por uno y se estremeció.

—Ven —dije.

La llevé al sofá. La senté. Me arrodillé entre sus piernas y le terminé de quitar los vaqueros tirando despacio, primero de un tobillo, luego del otro. Llevaba unas bragas a juego con el sujetador. Le pasé los labios por el interior del muslo, sin tocar nada más, y noté cómo todo su cuerpo se tensó.

—Marina…

—Espera.

Subí por su vientre con la boca. Le desabroché el sujetador por delante y los pechos quedaron libres: redondos, firmes, los pezones oscuros y duros. Me los llevé a la boca uno a uno, succionando despacio, mordiendo apenas, mientras ella me hundía los dedos en el pelo.

Bajé otra vez. Le aparté las bragas hacia un lado. No se las quité del todo; me gustó dejárselas a medias, tensándole los muslos. Estaba empapada. La toqué con un dedo, recorrí la abertura de arriba abajo, y la oí gemir contra el respaldo.

—Por favor —dijo.

La probé por primera vez con la punta de la lengua. Era distinto a todo lo que conocía. Más suave, más íntimo. Como reconocerme a mí misma desde fuera.

La lamí entera, sin prisa. Subí hasta su clítoris y trabajé pequeños círculos hasta que dejó de hablar y empezó a temblar. Cuando estuvo cerca, le metí dos dedos. La sentí cerrarse alrededor. Su cadera se levantó del sofá. Aceleré.

—Marina, Marina…

Se corrió diciendo mi nombre, con la cabeza echada hacia atrás, una mano clavada en el respaldo y la otra apretándome la nuca. Su cuerpo se contrajo varias veces. Me quedé donde estaba hasta que dejó de temblar y entonces, despacio, subí a besarla. Saboreó su propio sabor sin apartarse.

—Joder —murmuró—. No me esperaba esto.

—¿Qué esperabas?

—Algo más torpe. Es tu primera vez.

Me reí contra su cuello.

—Tampoco he hecho mucho. Me lo he imaginado mucho.

***

No la dejé recuperarse. La levanté del sofá, le quité las bragas del todo y la llevé al dormitorio. Le pedí que me desvistiera ella. Lo hizo despacio, mirándome todo el rato a los ojos. Cuando estuvimos las dos desnudas sobre la cama, me empujó suavemente para que me tumbara boca arriba.

—Déjame mirarte un momento.

Lo hizo. Me recorrió con los ojos de la cara a los pies, sin tocarme. Tardó tanto que empecé a sentir la piel ardiendo solo de eso.

—Eres preciosa —dijo, como si fuera un hecho científico.

Después se inclinó. Empezó por la boca, bajó por el cuello, se demoró en los pechos. Sabía exactamente lo que hacía. Tenía una paciencia que me desesperaba. Para cuando llegó a mi vientre, yo ya estaba moviendo las caderas buscando algo, lo que fuera.

—Aitana, por favor.

—Chist.

Me abrió las piernas. Me sopló suavemente y noté cómo todo el cuerpo se me erizaba. Me tocó con un dedo, lentísimo, exploratorio. Después con dos. Sin prisa, sin urgencia, como si tuviera toda la tarde, lo cual era verdad.

Cuando finalmente bajó la boca, casi grité. Su lengua era plana, ancha, caliente. No buscaba el clímax a la primera, lo construía. Subía, bajaba, se demoraba, volvía. Tenía la respuesta de mi cuerpo memorizada después de cinco minutos.

Me metió los dedos en algún momento, no sé cuándo. Curvados, golpeando justo donde tenía que golpear. Yo intentaba mantener los ojos abiertos para verla, pero se me cerraban solos.

—Mírame —dijo desde abajo.

La miré. Tenía la mitad de la cara hundida en mí y los ojos verdes fijos en los míos. Eso fue lo que me hizo terminar. No los dedos, no la lengua: la mirada.

Me corrí con un grito que ni reconocí, agarrándole el pelo, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza. Ella no se apartó. Aguantó hasta el último temblor, ralentizando la lengua hasta dejarme solo con un suave latido.

Después subió. Se tumbó a mi lado, me pasó un brazo por la cintura y me besó el hombro.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy… nueva.

Se rió.

—Bienvenida.

***

Nos quedamos un rato en silencio, mirando el techo. La tarde entraba por la ventana en franjas oblicuas. Aitana jugaba con un mechón de mi pelo entre los dedos.

—¿Y ahora qué? —preguntó al fin.

—Ahora no sé. Pero esto no va a ser una vez.

—Me alegro.

Giró la cabeza y me miró con una sonrisa nueva, una que no le había visto en la pista de baile en todos esos meses.

—Tengo una propuesta —dijo.

—Otra.

—Otra.

Esperé.

—Cuando estés lista, quiero volver. Quiero esto otra vez. Y quiero más, las dos sabiendo que no es un experimento.

La miré largo rato. Pensé en Tomás, en mi vida, en lo que estaba a punto de cambiar y en lo que no.

—Vale —dije.

Le besé el hombro. Ella se acurrucó contra mí. Afuera el sol bajaba y la luz se volvía dorada. Pensé que algunas puertas, una vez abiertas, no se cierran. Y, por primera vez en mucho tiempo, esa idea no me asustó nada.

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Comentarios (4)

Flor_del_Sur

increible relato, me quede pegada hasta el final!!

Romi_K

Por favor una segunda parte... quede con ganas de saber como sigue la historia con Aitana

CarlaM77

Me recordo a algo que me paso en un taller de teatro, termino parecido jajaja. Muy bueno!

NachoRiver

No sabia si iba a animarse o no, la tension estuvo muy bien llevada. De lo mejor que lei ultimamente

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