La tarde que Sofía y Claudia se perdieron juntas
Sofía conocía a Claudia desde los tiempos de la carrera, cuando compartían un apartamento de cuatro habitaciones con dos chicas más y se peleaban por el baño todas las mañanas. Eso había sido hace cinco años. Ahora vivían en la misma ciudad por casualidad, se veían casi todos los viernes para cenar y hacían como si nada hubiera cambiado entre ellas.
Pero algo había cambiado. Y las dos lo sabían.
Hacía meses que Sofía notaba ciertas cosas en Claudia que antes no había notado, o que no se había permitido notar. La forma en que le tocaba el brazo cuando reía, un gesto breve pero constante. La manera en que la miraba un segundo de más antes de apartar los ojos hacia la ventana. Un sábado de febrero, volviendo del cine bajo la lluvia, Claudia le había tomado la mano al cruzar la calle mojada y ninguna de las dos la había soltado hasta que llegaron a la puerta del metro. No habían dicho nada. Nunca decían nada.
No había sido solo eso. Hacía dos semanas, Claudia se había quedado dormida en el sofá de Sofía viendo una película, con la cabeza apoyada en su hombro. Sofía había permanecido quieta durante cuarenta minutos sin atreverse a moverse, consciente del peso de su respiración, del calor de su cuerpo contra el suyo, de lo absurdo que era que eso le importara tanto.
Pero esa tarde de sábado, mientras Sofía estaba en casa leyendo sin concentrarse, el teléfono vibró.
—Estoy en casa. He hecho tortitas. ¿Vienes?
Sofía tardó exactamente dos segundos en levantarse del sofá.
El piso de Claudia era pequeño y ordenado, con plantas en todos los alféizares y una cocina donde siempre olía a café o a algo dulce. Sofía se sentó en la encimera mientras Claudia servía el café, y hubo un momento, uno solo, en que se miraron sin ninguna excusa que interponer. Sin el móvil de por medio, sin la carta del restaurante, sin los amigos comunes que llenaban el silencio.
—Estás rara —dijo Sofía.
—Tú también —respondió Claudia, sin desviar los ojos.
Eso fue todo.
Claudia cruzó la cocina despacio, con calma, como si quisiera darle tiempo a retroceder. Sofía no se movió. Cuando los labios de Claudia encontraron los suyos, no fue un beso titubeante ni una pregunta. Fue una afirmación clara, suave al principio y luego más firme, con las manos de Claudia en su cintura y las de Sofía sujetando su nuca. Todo lo que Sofía había pasado meses fingiendo no sentir se asentó en el cuerpo como algo inevitablemente correcto.
***
Se fueron al dormitorio sin hablar.
La luz de la tarde entraba sesgada por la persiana, dibujando franjas doradas sobre la cama de Claudia. Se sentaron en el borde del colchón y se miraron un momento con esa mezcla de nervios y ganas que hace que cualquier movimiento parezca enorme.
Claudia le desabrochó la camisa botón a botón, despacio, y cuando el último cedió le abrió la tela con las dos manos y le miró las tetas como quien lleva meses imaginándose exactamente esa vista. Sofía le devolvió el gesto, quitándole la camiseta por encima de la cabeza y dejándola caer al suelo. Debajo Claudia no llevaba sujetador y los pezones se le pusieron duros solo con el aire. Sofía bajó la boca sin pensarlo y le chupó uno, lento, mientras con la otra mano le apretaba la otra teta y le pellizcaba el pezón hasta arrancarle un jadeo. Las dos se quedaron quietas un instante, mirándose, calibrando. Luego Claudia sonrió, apenas, le desabrochó el pantalón y le metió la mano por dentro de las bragas sin ceremonia.
—Estás empapada —murmuró Claudia contra su boca.
—Llevo así desde que me escribiste —contestó Sofía.
Se tumbaron juntas en el centro de la cama y se terminaron de desnudar tirando la ropa por el borde del colchón. La piel de Claudia olía a algo suave, ligeramente dulce, y tenía el coño ya brillante entre los muslos cuando abrió las piernas para acomodarse contra el cuerpo de Sofía. Sofía la recorrió con la palma abierta, despacio, desde el hombro hasta la cadera, memorizando lo que hasta esa tarde solo había imaginado, y bajó la mano hasta ahuecarla sobre el pubis de Claudia, notando el calor húmedo contra la palma. Claudia hizo lo mismo con las manos lentas y sin prisa, como si quisiera aprenderse todo a la vez, y le abrió los labios del coño con dos dedos para pasarle la yema por el clítoris.
—Joder —soltó Sofía, con los ojos cerrados—. Así.
Las manos de Sofía exploraban la espalda de Claudia, sus costillas, la curva de su cadera, y bajaron hasta agarrarle el culo entero con las dos manos, apretando la carne y separándosela. Claudia mordisqueaba su hombro y descendía poco a poco, con la boca y con los dedos, trazando líneas de saliva sobre su piel que hacían que Sofía cerrara los ojos y dejara de pensar. Le chupó los pezones uno por uno, los mordió con los dientes hasta hacerla arquearse, y siguió bajando por las costillas, por el vientre, dejando marcas rojas de succión que a Sofía le daban lo mismo porque solo quería que aquella boca llegara ya donde tenía que llegar.
Los besos de Claudia bajaron por su vientre. Sofía abrió los ojos justo cuando Claudia alzaba la vista hacia ella, una pregunta implícita en el gesto, con la barbilla ya rozándole el vello del pubis. Sofía respondió con un movimiento de cadera que no dejaba lugar a dudas y le puso una mano en la nuca para bajarle la cabeza.
—Chúpame —le dijo, sin voz apenas—. Chúpamelo entero.
La lengua de Claudia encontró su coño con una precisión que Sofía no esperaba. No fue un toque tentativo: fue un lengüetazo largo, plano, desde la entrada hasta el clítoris, que le arrancó un gemido a Sofía y le dejó los muslos temblando. Después vinieron los movimientos circulares, lentos y deliberados, que empezaron en el exterior y fueron ganando profundidad y presión. Claudia le abrió los labios del coño con los pulgares y le pasó la lengua por dentro, saboreándola, y luego cerró la boca sobre el clítoris y empezó a chuparlo con una succión constante que hizo que Sofía apoyara la cabeza en la almohada y exhalara largo. Sentía los labios de Claudia ajustándose a su anatomía con una seguridad que no correspondía a una primera vez, como si le hubiera estado prestando atención desde hacía mucho tiempo.
—No pares —dijo Sofía, en voz baja—. No pares, joder.
Claudia no paró. La lengua se movía con ritmo, adentrándose en el coño, retirándose, volviendo a adentrarse un poco más, follándosela con la punta como si fuera una polla pequeña y caliente. Dos dedos se sumaron a la lengua, entrando despacio en Sofía, curvándose hacia arriba para presionar ese punto interior que la hizo levantar las caderas de la cama. Sofía enredó los dedos en el pelo de Claudia y ella respondió al tacto, siguiendo la presión, hundiendo la cara entre los muslos abiertos hasta que Sofía sintió la nariz de Claudia rozándole el clítoris cada vez que la lengua le entraba. El calor se concentraba exactamente donde la boca de Claudia trabajaba, y Sofía sentía el resto del cuerpo relajarse en contraste, como si todo lo que no era ese punto hubiera dejado de importar.
—Me voy a correr si sigues así —jadeó Sofía—. Para, para, quiero hacértelo yo también.
***
Sofía tiró de ella hacia arriba, un momento. La besó despacio, saboreándose en la boca de Claudia, chupándole la lengua para tragarse su propio sabor. Luego la guió suavemente, recolocando los dos cuerpos con manos firmes, hasta que quedaron la una sobre la otra en sentido inverso, con el coño de Claudia justo encima de su cara y su propio coño abierto de nuevo para la boca de la otra.
La geometría de ese momento las dejó en silencio durante un segundo. Sofía tenía delante el coño de Claudia abierto, brillante de saliva y de flujo, con el clítoris hinchado y visible entre los labios rosados. Le agarró las caderas y tiró de ellas hacia abajo, hasta que la vulva de Claudia se apoyó entera contra su boca.
Después, las dos empezaron a la vez.
Sofía abrió los labios de Claudia con la lengua y exploró primero despacio, tomando nota de la textura, del sabor salado y ligeramente dulce, de la humedad que ya estaba ahí, de cómo se tensaba cuando rozaba ciertos puntos. Le pasó la lengua entera desde el perineo hasta el clítoris, subiendo lento, y luego repitió el recorrido dos, tres veces, hasta que Claudia soltó un gemido ahogado contra su propio coño. Claudia hacía exactamente lo mismo debajo de ella, chupándole el clítoris con la boca entera, y la sensación era doble: dar y recibir en el mismo instante, sin saber a qué prestar más atención, sin querer elegir ninguno de los dos.
Los dedos de Sofía encontraron la entrada del coño de Claudia y entraron despacio, uno primero, luego dos juntos. Las paredes interiores eran suaves y cálidas, apretadas alrededor de sus nudillos, y Sofía los movió en pequeños círculos mientras su boca seguía trabajando el clítoris, alternando la presión entre el interior y el exterior. Claudia se arqueó ligeramente contra ella, bajando el coño para follarse sola la boca de Sofía, una señal clara de que iba por buen camino.
Debajo, Claudia hacía lo mismo con una habilidad que Sofía agradeció en silencio. La lengua se deslizaba con decisión, sin prisa pero sin pausa, azotándole el clítoris con la punta y cubriéndoselo entero con toda la superficie plana, y los dedos la abrían con suavidad antes de adentrarse. Era un movimiento constante de entrada y salida, con la presión justa en cada punto. Sofía sintió el calor acumularse en el centro del cuerpo y respiró por la nariz para no perder el ritmo que estaba construyendo con su propia boca sobre el coño de Claudia.
Las caderas de las dos se movían de forma instintiva. Un vaivén suave que facilitaba el encuentro, que llevaba la boca donde hacía falta, que empujaba los dedos un poco más adentro cada vez. El colchón crujía levemente bajo el peso de los dos cuerpos entrelazados, y la tarde seguía entrando por la persiana como si afuera nada hubiera cambiado. Se oían los ruidos húmedos de dos bocas trabajando dos coños empapados, el chapoteo de los dedos entrando y saliendo, los gemidos ahogados que ninguna de las dos podía contener.
Sofía introdujo un tercer dedo en el coño de Claudia, con cuidado, y sintió cómo se expandía para recibirlos, apretándolos con una fuerza que le hizo imaginar lo que sería sentir esa misma contracción alrededor de una polla. Un gemido apagado contra su propio coño le confirmó que era exactamente lo correcto. Mantuvo el movimiento firme y constante mientras su lengua se concentraba en el clítoris de Claudia, apretando con la punta y luego aplanando para cubrir más superficie, alternando el ritmo para no dejarla acostumbrarse. De vez en cuando bajaba la lengua hasta la entrada, donde sus propios dedos entraban y salían, y le lamía el flujo que le corría por la mano.
Claudia respondió con la misma moneda. La lengua se volvió más insistente, chupándole el clítoris con una succión rítmica que hacía a Sofía apretar los muslos alrededor de la cabeza de Claudia, los dedos se movieron más profundo, y Sofía sintió que la tensión en su interior alcanzaba ese punto particular en el que ya no era posible retroceder aunque quisiera. Un cuarto dedo, no; en su lugar, el pulgar de Claudia le presionó el culo por fuera, no llegó a entrar, solo se quedó ahí apretando, y ese detalle extra le puso los ojos en blanco.
Siguieron así, una sobre la otra, dándose y recibiéndose en el mismo movimiento. Los sonidos del dormitorio eran solo respiración, el roce de la piel contra la sábana, los chasquidos húmedos de las bocas contra los coños, y los pequeños gemidos que se filtraban entre una boca y la otra. No había urgencia pero sí dirección. Las dos sabían adónde iban.
Sofía llegó primera. La ola empezó desde dentro, desde donde los dedos de Claudia seguían moviéndose con ritmo constante, y se extendió hacia afuera en contracciones lentas que le tensaron los muslos y le arrancaron un gemido largo, gutural, que no había planeado hacer. Se corrió con la boca todavía pegada al coño de Claudia, gimiendo contra él, y sintió cómo su propio coño apretaba los dedos de Claudia en pulsos, cómo el flujo le corría por el perineo abajo. No dejó de moverse. No apartó la boca. Siguió chupando el clítoris de Claudia incluso mientras la sensación la recorría entera, porque Claudia seguía moviéndose debajo de ella y eso era suficiente razón para continuar.
Claudia fue segundos después. Sus caderas se sacudieron una vez, breve, contenida, y luego una segunda vez más larga, apretándose contra la cara de Sofía hasta casi cortarle la respiración. Los músculos internos rodearon los dedos de Sofía en pulsos rítmicos, un apretón, una soltada, otro apretón más fuerte, y un calor húmedo se extendió bajo su lengua, con un sabor más intenso que Sofía tragó sin pensarlo. Claudia gimió contra su muslo, un sonido roto, y siguió temblando durante un rato largo mientras Sofía la lamía despacio, limpiándola, prolongando el temblor con lengüetazos suaves hasta que Claudia le apartó la cabeza porque ya no aguantaba más.
Las dos se quedaron quietas durante un momento. Solo el sonido de su propia respiración, ralentizándose, y el olor a sexo llenando el dormitorio entero.
***
Sofía se recolocó despacio, subiendo por el cuerpo de Claudia hasta quedar a su altura. La miró de cerca. Claudia tenía las mejillas encendidas, el pelo aplastado contra la almohada, y la barbilla y los labios brillantes de humedad. Tenía ese aspecto particular de alguien que acaba de llegar a algún sitio y todavía está procesando que llegó. Sofía se inclinó y la besó, mezclándose los dos sabores en la boca.
—Deberíamos haber hecho esto antes —dijo Sofía.
Claudia soltó una carcajada corta, genuina, que le alivió algo en el pecho a Sofía porque significaba que todo estaba bien.
—Sí —admitió Claudia—. Mucho antes.
—¿Y ahora qué? —preguntó Sofía en algún momento, sin que la pregunta sonara ansiosa.
Claudia se encogió de hombros, pero sonrió y le pasó un dedo por el pezón, todavía duro.
—Ahora lo que queramos —dijo—. Y otra ronda dentro de un rato, si te parece.
Se quedaron tumbadas un rato largo, hablando de nada y de todo, con las piernas entrelazadas y la tarde haciéndose naranja por la persiana. En algún momento Claudia se levantó a buscar agua, desnuda, y volvió con dos vasos y las sobras de las tortitas que se habían quedado frías en la cocina. Se las comieron en la cama, riéndose de nada en particular, con las sábanas hechas un desastre debajo.
Afuera, el barrio seguía con sus ruidos de sábado. Dentro, ninguna de las dos tenía ninguna prisa por volver ahí.