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Relatos Ardientes

La noche que conocí de verdad a mi suegra

Ilustración del relato erótico: La noche que conocí de verdad a mi suegra

Cualquier otra madre habría puesto el grito en el cielo. Habría dado un portazo, habría llamado a mi propia madre, habría exigido que me fuera de su casa esa misma noche. Pero Lorena no era cualquier otra madre, y lo que pasó cuando nos descubrió cambió para siempre la forma en que los tres nos mirábamos.

Empiezo por el principio. Mi suegra era joven para tener un hijo de veinte años, y estaba tremendamente buena. No es algo que una diga a la ligera de la madre de su novio, pero era la pura verdad. Divorciada, elegante, hacía su vida sin prestarle atención a lo que opinara la gente. Bruno había salido a ella: guapo en su justa medida, no muy musculoso, pero con un cuerpo delgado y fibrado que me volvía loca.

Nos habíamos cruzado unas cuantas veces, ella y yo. No diría que nos lleváramos bien, porque tampoco teníamos demasiada relación, pero Lorena siempre se había mostrado simpática conmigo. Y yo, de cuando en cuando, me sorprendía admirándola. Sus atuendos solían ser más provocativos que los míos, lucía la piel bronceada y unas curvas firmes que cualquier mujer le envidiaría. Yo apreciaba esa belleza sin darle más vueltas.

Porque la verdad es que de inocente no tengo nada. Como tantas chicas, yo había tenido mis escarceos: besos, caricias, alguna tarde de experimentar con una amiga. Me gustaba regalarle a otra mujer un momento extraño y bonito. En aquel entonces no me consideraba lesbiana, ni siquiera bisexual del todo. Solo sabía que el cuerpo de Lorena me parecía un espectáculo, y que más de una vez la había mirado un segundo de más.

Aquel sábado, en la discoteca, Bruno me lamió la oreja y me susurró lo que yo estaba esperando oír.

—Estoy caliente. Vamos a casa, mi madre también ha salido.

Lorena había quedado con su ligue de turno y no la esperábamos hasta la mañana siguiente. Teníamos el piso para nosotros. Después de un par de copas más, nos fuimos directos, cachondos y con ganas de revolcarnos hasta el amanecer.

Ya en el coche me subí la falda muslos arriba, lo justo para que viera el encaje del tanga. Un poco malvada, no le dejé tocarme, por muchas ganas que tuviéramos los dos.

—¡Qué ganas te tengo! —gruñó él, apretando el volante.

En el ascensor sus manos ya no se separaban de mi cuerpo, apenas cubierto por un vestido de lycra muy ceñido. Mi boca buscaba la suya, intercambiando saliva, chupándole la lengua en un beso húmedo y descarado.

—Estás buenísimo, cabrón. Qué suerte tengo —le dije contra los labios.

En cuanto cruzamos la puerta tiré de su camiseta. Su piel estaba tibia y febril, como la mía. Bruno intentaba bajarme el tanga con maña, y yo, juguetona, le esquivaba la cadera entre risas.

—Como te pille, te lo rompo —amenazó.

—Pues tendrás que prestarme uno de tu madre cuando me lleves a casa —contesté, y salí corriendo hacia su dormitorio enseñándole las nalgas bajo el vestido recogido.

Allí dejé que me quitara solo el tanga. El vestido y las sandalias de tacón se quedaron puestos: me encantaba sentirme así, medio vestida y completamente expuesta a la vez. Me tumbé boca arriba y le bajé el pantalón de un tirón, justo por debajo de ese culo duro que tanto me gustaba amasar.

Le tendí un pie para que me lo besara, empezando por los dedos. Sabía que aquello me pondría todavía más caliente. Bruno me quitó una sandalia y lamió entre mis dedos uno a uno, sin importarle el sudor.

—Eres un guarrillo —reí, retorciéndome de cosquillas.

—Y a ti te encanta, guarra.

Yo misma me amasaba los pechos que rebosaban del escote, pellizcándome los pezones hasta marcarlos en la tela fina. Él subió despacio por mi pantorrilla, por la cara interna del muslo, sin separar la lengua de mi piel.

—¿Quién se va a comer este coñito? —preguntó con la voz ronca.

—El novio más cerdo del mundo —respondí.

Cuando por fin hundió la lengua entre los labios de mi sexo y atrapó mi clítoris, gemí y me derramé en el primer orgasmo de la noche. Y sabía que vendrían muchos más, porque él conocía mi cuerpo de memoria: deslizaba la lengua del clítoris al perineo, me levantaba las piernas hasta el pecho y me lamía sin pausa.

Estaba tan concentrado en su tarea, y yo tan ida de placer, que ninguno de los dos oyó la puerta del piso. Lorena había vuelto sola, y nosotros habíamos dejado la del dormitorio abierta de par en par.

Abrí los ojos en mitad de un jadeo y la vi.

Estaba apoyada en el marco de la puerta, apenas vestida con un top diminuto y un short que parecía más bien una tira de tela. Su cara, lejos de mostrar enfado, era pura lujuria. Disfrutaba del espectáculo: las nalgas desnudas de su hijo, su cara enterrada entre mis muslos, mis manos sobándome las tetas y mi gesto de gozo.

Me llevé el susto de mi vida. Pero entonces vi el pezón oscuro que se le asomaba por un lado del top, y la mano que tenía metida dentro del short. No había ninguna duda: se estaba masturbando mientras nos miraba. Y eso, en lugar de cortarme, me disparó la calentura. Le sonreí y me callé como una zorra.

Me llevé un dedo a los labios pidiéndole silencio, animándola a seguir mirando. Después, sin dejar de hablarle a Bruno para que no se diera cuenta, seguí jaleándolo.

—¡Vamos, cariño! Me encanta cómo me lo comes. ¡Métemela bien! Me derrito.

Enganché el tacón que aún me quedaba puesto en el pantalón de mi novio y estiré la pierna para bajárselo más. Él captó la indirecta y, sin separar la cara de mi coño, terminó de desnudarse de un solo gesto, arrastrando con el pantalón el slip.

Lorena vio entonces lo que su hijo se gastaba entre las piernas, duro, colgando entre los muslos. Dejó caer el short al suelo sin hacer ruido y me dejó ver el tanga minúsculo echado a un lado, el pubis depilado, dos dedos abriéndose paso entre los labios.

Nos sonreímos, pícaras. Le hice un gesto para que se acercara. Al principio dudó; supongo que pensaba que no estaba bien meterse en aquello con su propio hijo de por medio. Pero debía de estar muy cachonda, porque terminó por acercarse despacio, como un animalillo asustadizo.

Cuando llegó a mi lado, sustituí sus dedos por los míos. La humedad de su sexo me permitía meterle dos dedos hasta el fondo y moverlos arriba y abajo mientras ella se inclinaba sobre mí. Su lengua se enredó con la mía, y justo entonces Bruno levantó la cabeza y descubrió la compañía que teníamos.

No sé si fue por las copas, por lo calientes que estábamos los tres o por puro deseo, pero la situación, por delirante que fuera, no nos pareció extraña. Seguimos adelante sin preguntarnos si aquello estaba bien o mal.

—Mamá, ¿seguro que quieres participar? —preguntó él, con la voz tomada.

—Sí, cielo, quiero estar con vosotros. Si no os molesta.

—Estás buenísima, suegra. ¡Quédate! —le dije yo.

—Únete, mami —insistió Bruno.

Mi mano libre se separó sola de su pelo para apoderarse de uno de los pechos de Lorena, algo más grandes que los míos. Le aparté el top, le pellizqué los pezones, le acaricié la piel suave hasta que terminó de quitárselo ella misma.

Me moría por sentir la polla de Bruno dentro, así que tiré de él para que me la clavara. Me la metió despacio, como a mí me gusta, haciéndome notar cómo se abría paso en mi sexo empapado, firme y duro. Mientras tanto, Lorena se comía mis pezones a mordisquitos.

—Ven, súbete —le pedí a ella—. Quiero comerte.

Lorena se arrodilló sobre mi cabeza y fue bajando la cadera hasta posar los labios de su sexo en mi boca. De inmediato usé la lengua, buscando toda su humedad. Quería demostrarle a Bruno que no era el único allí que sabía comer un coño. Enseguida noté el sabor de sus jugos, mientras recorría sus labios, su clítoris, hundiéndome todo lo que podía. Por encima de mí sonaban sus gemidos.

***

Bruno, por su parte, había empezado a darle atenciones parecidas al culo de su madre. Lorena tenía la pelvis encajada entre nuestras dos cabezas y gemía sin parar. Me pidió que le abriera las nalgas con las manos para que él pudiera lamerla a gusto.

—Vamos, nena, ábrele el culo. Se lo voy a comer enterito —dijo él.

Que te coman a dos lenguas, dos bocas dándote placer al mismo tiempo, es de lo mejor que una mujer puede sentir. Y por los gemidos de Lorena, no debíamos de hacerlo nada mal. Apenas intercambiábamos palabra, temerosos de romper la magia, pero los cuerpos hablaban solos.

No podía ni imaginar el morbo que debían de estar sintiendo ellos dos. Nunca había sospechado nada raro en Bruno, pero con lo buena que estaba su madre tampoco me extrañaba.

Me había corrido ya no sé cuántas veces y aún notaba a mi chico dentro. Subí a Lorena con los brazos para encajarla entre nosotros y le atrapé los pechos con los dientes mientras Bruno sacaba su polla de mi sexo para empujarla con suavidad dentro del de su madre. Ella abrió la boca en un jadeo largo que yo acallé con un beso, compartiendo el sabor que aún tenía en la lengua. No le importó compartirlo.

Me escurrí por debajo de ella para que Lorena pudiera lamerme a mí. Desde esa posición miraba a Bruno a los ojos y le veía la cara de vicio. Su madre me comía con una maestría que me hizo sospechar que yo no era la primera chica que pasaba por su lengua. Cada vez que él la embestía, ella me clavaba la lengua con más fuerza, arrastrada por el ritmo.

—Sí, cielo, fóllame fuerte —le pedía ella entre gemidos.

Pero yo sabía lo que más le gustaba a Bruno. Para darle el final que se merecía, me coloqué a su espalda, le agarré los huevos con una mano y con un dedo de la misma le acariciaba el clítoris a Lorena. Le pasé la lengua por la raja del culo hasta que él se derramó dentro de ella con un gruñido largo.

—Te voy a saborear, suegra —anuncié cuando se apartaron.

—¿Tan guarra eres, nena? —rió ella.

—No lo sabes tú bien.

Me puse a lamerle el sexo rezumante, recogiendo con la lengua todo lo que él había dejado, sin darle descanso, persiguiendo su siguiente orgasmo. Bruno nos miraba a las dos con una expresión de gozo que me encantaba ver en su cara. Después los tres buscamos las bocas de los otros para compartir aquel beso a tres lenguas.

***

No la solté, porque no quería que se fuera, y porque su actitud pedía una explicación.

—¿Qué te ha pasado esta noche? —le pregunté.

—¿Nos vamos a mi cama? Estaremos más cómodos —propuso ella, en lugar de echarnos.

Nos contó que había discutido con el tipo con el que había quedado, que volvió a casa cachonda y necesitada y nos encontró así.

—No he podido resistirme a tocarme mirando el espectáculo que estabais dando sin querer —confesó, ya tumbada en su cama, mucho más grande y cómoda.

—Hacía mucho que no veía la polla de mi hijo, y me ha gustado verla otra vez. Y tampoco eres la primera chica con la que estoy. He tenido buenas amigas durante estos años de separación; con ellas aprendí a darle placer a una mujer.

Bruno admitió entonces que adoraba el cuerpo de su madre desde adolescente, que la deseaba como mujer además de quererla como madre, sin dejar de amarme a mí.

—No eras la única que miraba en casa, mami. Me encanta verte en lencería por aquí.

Yo también confesé lo mío: mis experiencias con amigas, las ganas que le tenía a Lorena desde el día que la conocí.

—Siempre me has gustado, suegra. Tu forma de vestir, tu alegría. Y yo también he estado con chicas antes de salir con este guaperas.

Conversamos desnudos, relajados, tomando una copa, mientras las manos no dejaban de acariciar los cuerpos de los otros. Lorena, en medio, me rozaba el clítoris con dedos suaves sin soltar la polla de Bruno, que pronto volvió a endurecerse.

—Nene, quiero chuparla —dijo ella, girándose hacia él y poniéndome el culo a mano.

Me incliné sobre su grupa y empecé a lamerle la espalda, bajando por la columna hasta las nalgas duras. Las separé para descubrir su agujerito y aún noté la humedad de la saliva de Bruno. Seguí bajando hasta su sexo, que se abría al menor roce, dejándome el deleite al alcance de la lengua.

Cuando ella ya no aguantó más, se decidió a cabalgar a su hijo.

—Nena, ¿me ayudas? —me pidió—. Bruno quiere follarme el culo. Llévale la polla.

—Encantada, mami —contesté sonriendo.

El ano estaba bien lubricado con mi saliva. Escupí en el glande y, mientras ella bajaba las nalgas, guié la polla a su interior. Estaba tan dura que ni se doblaba. Vi en primer plano cómo el esfínter se abría para dejarla pasar, y pensé que el mío hacía lo mismo cada vez que Bruno me sodomizaba a mí.

Cuando ella apoyó las nalgas en los muslos de su hijo, la dejé seguir sola y me senté sobre la cara de Bruno para que me comiera mientras su madre lo cabalgaba. Frente a Lorena, me agarré a sus pechos y volví a besarla. Besaba tan lasciva como su hijo. Sus manos tampoco paraban: me magreaban los senos, me acariciaban el vientre.

Para ayudarla a correrse, le acariciaba el clítoris al ritmo de sus embestidas, cada vez más rápido, hasta que Bruno descargó dentro de ese culo duro. Las dos nos dejamos caer a los lados de nuestro chico, que nos besaba tierno en la frente, en las mejillas, mientras apoyábamos la cabeza en su pecho.

Nos quedamos dormidos los tres, abrazados y pringados, sin darle vueltas a lo que habíamos hecho ni con quién. No creo que ninguno tuviera el menor remordimiento.

Desde aquella noche no hemos dejado de compartir su cama. Ya no necesitamos escondernos para follar: voy a su casa siempre que tenemos ganas, y de hecho duermo allí casi todas las noches. Lorena me presta sus modelitos más sexys cada vez que quiero. Y con ella he tenido algunos encuentros muy placenteros a solas, igual que Bruno con su madre. A ninguno nos dan celos. Nos gusta disfrutar y hacer disfrutar a los otros dos, queriéndonos como nos queremos.

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Comentarios (4)

LeticiaCR

Dios mio que relato!!! me quede sin palabras, en serio.

NocheQuieta

Por favor seguí con esto, necesito saber como evoluciono todo despues de esa noche. Me enganche completamente.

RosaDelViento_

Me recordó a una situacion que me paso a mi hace años, esa sensacion de que te ven en un momento intimo y en lugar de enojo hay otra cosa completamente distinta... muy creible el relato

VeroMercedes

La tension que construis al principio es impresionante. Ese momento de la puerta no lo olvido más jaja. Felicitaciones

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