La noche que mis tres amigas y yo cruzamos el límite
La discoteca bajó las persianas a las dos en punto, y a las dos y diez seguíamos las cuatro plantadas en la vereda, sin ganas de aceptar que la noche se había terminado. Daniela, Lucía, Bianca y yo. Demasiado vodka en el cuerpo y ni una pizca de sueño.
—Esto no se puede acabar así —protesté, apoyada contra la pared todavía tibia del local.
El problema era el de siempre. Las cuatro vivíamos con nuestros padres, así que ninguna casa servía. Las licorerías abiertas a esa hora no nos servían: no queríamos sentarnos en un cordón a beber como adolescentes. Queríamos bailar, queríamos seguir.
—Se me ocurrió algo —dijo Bianca, y se le dibujó esa sonrisa torcida que le conocíamos de memoria—. Nos vamos a un motel. Música, trago, jacuzzi. Seguimos la fiesta hasta el mediodía si hace falta.
Nos quedamos un segundo mirándonos, y enseguida empezamos a reírnos.
—Yo apoyo —dije, porque la idea me pareció genial—. Pedimos una habitación con jacuzzi y nos relajamos ahí metidas.
—¿Qué tanto pensamos? Paremos un taxi de una vez —cerró Lucía, que ya hablaba arrastrando un poco las palabras.
Éramos amigas desde hacía años, y teníamos algo en común que nos había unido más que cualquier otra cosa: las cuatro éramos lesbianas y, en ese momento de nuestras vidas, ninguna estaba en pareja. Por eso salíamos sin rendirle cuentas a nadie, volvíamos a la hora que se nos antojaba y no perdonábamos un fin de semana sin pista de baile. Nos gustaba la misma música, los mismos lugares y, había que admitirlo, casi siempre las mismas mujeres.
De las cuatro, yo era la que más fama tenía. No me gusta presumir, pero era cierto: era la más buscada y, paradójicamente, la que menos quería atarse a alguien. Rara era la salida en la que no terminaba besándome con alguna desconocida en un rincón, y si la cosa prometía, me la llevaba a un motel sin pensarlo dos veces. Vivía feliz sin pareja porque nunca me faltaba con quién. Mis amigas lo sabían y se reían de eso; me decían que era la más descarada del grupo, y no lo negaban ni en broma.
Ninguna de nosotras trabajaba. Veníamos de familias acomodadas, así que el dinero nunca fue un problema, y podíamos desaparecer un fin de semana entero sin que en casa preguntaran demasiado. Era una vida cómoda, libre, de esas que no se cambian por nada.
***
Encontramos el motel ideal: una habitación grande para movernos, jacuzzi y, sobre todo, un equipo de sonido decente. Pedimos dos botellas de vodka, jugo de naranja y cuatro vasos, y quedamos completamente equipadas para estirar la madrugada todo lo que quisiéramos.
No paramos de bailar desde que entramos. El alcohol nos resbalaba; teníamos las cuatro una resistencia absurda y podíamos beber toda la noche sin que se nos notara. En algún momento se me ocurrió que nos metiéramos al jacuzzi un rato, para relajar el cuerpo antes de seguir, y las otras tres me secundaron al instante. Nos sacamos la ropa y quedamos en ropa interior.
—¿En serio? Como si no nos tuviéramos confianza —dije, ya soltándome el corpiño—. Metámonos desnudas. Ni que nunca nos hubiéramos visto.
Cuando me vieron entrar sin nada, las tres me imitaron. Llevábamos un buen rato dentro del agua caliente, otra botella casi vacía, y la cabeza me daba vueltas de la manera más agradable cuando lancé la idea que tenía atravesada desde hacía un rato.
—Tengo una propuesta medio loca, pero me da un morbo terrible —dije, mirándolas una por una—. Acostémonos entre nosotras y descubramos cuál de las cuatro es la más atrevida. Estamos en un motel, desnudas, y la verdad es que verlas así me tiene a mil.
—¿Y con qué criterio decidimos eso? —preguntó Daniela, divertida.
—No se sabe todavía. Eso lo vamos a saber recién cuando hayamos pasado las cuatro —respondí—. Aprovechemos. Siempre quise saber cómo lo hacen ustedes.
Me acerqué a Daniela, que fue la primera en animarse, y la besé. Después me corrí hasta Bianca y la besé también, y por último a Lucía. Sentí el sabor del vodka en sus bocas, el calor del agua subiéndonos por la piel.
—¿Me van a dejar todo el trabajo a mí? Bésense entre ustedes también —insistí.
Tomé a Daniela de la mano y la llevé a la cama. Me acomodé sobre ella y empecé a besarla despacio, mientras de reojo veía que Bianca y Lucía se enredaban entre sí. La cosa iba en serio. Volví a levantar a Daniela y la arrastré hasta donde estaban las otras dos; me puse detrás de Bianca, le acaricié los pechos y le besé el cuello mientras las tres se buscaban con la boca.
Sin que nos pusiéramos de acuerdo, entre las tres me hicieron acostar. Daniela me besó, Bianca bajó a mis pezones y Lucía me abrió las piernas y hundió la lengua en mi sexo. Empecé a gemir bajo, con la voz un poco ronca. Lucía me recorría entera, me chupaba el clítoris, me metía los dedos y los movía con una decisión que me arqueó la espalda. Bianca, mientras tanto, jugaba con mis pezones a pequeños mordiscos.
Estuvieron así varios minutos. Yo nunca había estado con más de una mujer a la vez, y de golpe tenía tres lenguas recorriéndome el cuerpo al mismo tiempo. Era una sensación nueva, oleadas de placer que me subían por todas partes. Me di cuenta enseguida de que no me iban a dejar terminar tan rápido: cuando sentían que me acercaba, retiraban la boca, me dejaban descender un poco y volvían a empezar. Y eso, lejos de frustrarme, me encendía más, porque entendí que querían disfrutarme con calma.
—Quiero probarla yo —pidió Bianca, con la voz espesa, y apartó a Lucía con suavidad para arrodillarse entre mis piernas.
Las tres se turnaban sin hablar, como si se comunicaran por telepatía. Cada vez que mis gemidos subían de volumen, frenaban en seco. Cuando por fin Daniela ocupó el lugar de Bianca, supe que iba a ser ella quien me dejara terminar. Lo hizo despacio, paladeándome primero, dejando caer saliva sobre mi clítoris y acariciándolo con la yema de los dedos antes de volver a la lengua. Eso, sumado a la boca de Lucía en mis pechos y a los besos de Bianca, me hizo gritar.
—Me vengo —alcancé a decir, y recién entonces me dejaron caer.
Quedé temblando, con la respiración hecha pedazos. La primera ronda había terminado, y las tres tenían ahora una urgencia que se les notaba en los ojos.
***
Me levanté de esa cama con una sola idea en la cabeza: cobrarme cada cosa que me habían hecho. Le ordené a Daniela que se subiera y me pusiera el sexo sobre la boca. Era flaca y hermosa, de ojos grandes y azules, labios carnosos, poca delantera pero una cadera de las que dan envidia. La agarré del trasero y empecé a empujarla para que se moviera contra mi lengua, aunque ni falta hacía: en cuanto me sintió, se acomodó sola.
Bianca y Lucía se prendieron de sus pechos, una de cada lado. En vez de armarse parejitas, a cada una le tocaba el turno de ser el centro, y eso multiplicaba el morbo: tres bocas a la vez sobre un mismo cuerpo. Daniela empezó a gemir apenas mi lengua la rozó. Yo la tenía bien sujeta de las caderas, y cada tanto la frenaba en seco para chuparle los labios con calma y saborearla, antes de empujarla de nuevo.
—Cuando la hagamos terminar, va a ser en mi boca —avisé, y nadie discutió.
Lucía la acostó sobre el borde de la cama y se entretuvo un rato largo con su sexo, con esa costumbre suya de metérselo entero en la boca y dejarlo salir despacio. A Daniela le tembló todo el cuerpo cuando le mordí apenas los labios y la obligué a sacar la lengua para dejarle caer mi saliva encima. Nunca le habían hecho algo así, me lo dijo después con la voz entrecortada. Cuando ya no aguantaba más, le di lo que le había prometido: terminó en mi boca, con un orgasmo intenso, sabiéndose mirada por las tres.
***
Era el turno de Lucía. Bianca, que no quería quedarse otra vez chupando pechos, tomó la iniciativa: la empujó sobre la cama, le abrió las piernas y se arrodilló. Lucía era de piel trigueña, pechos grandes y firmes —los más grandes de las cuatro—, pezones tan sensibles que se le endurecían con solo soplarlos, y una manía de mirar fijo a los ojos sin bajar nunca la vista.
Yo me dediqué a sus pechos. A diferencia de Daniela y de mí, Lucía gemía fuerte, sin pudor, y no era problema: estábamos en un motel y podía gritar todo lo que quisiera. El detalle era que no movía las caderas como las demás; apretaba los puños, contraía el cuerpo entero, y eso hacía casi imposible adivinar cuándo iba a terminar. Bianca resolvió el enigma metiéndole los dedos: en cuanto sentía que las paredes se le cerraban, frenaba. Su clítoris era tan sensible como sus pezones, y largaba muchísimo, un líquido espeso que se quedaba pegado en los dedos en lugar de chorrear. Bianca no perdió la oportunidad de sacarlos y chupárselos.
Era evidente que Lucía iba a terminar rápido, así que cada una la hizo gozar apenas un momento. Yo fui la última. Mientras la besaba, le noté la respiración cortada, la desesperación. ¿Para qué hacerla sufrir más? Bajé directo a su clítoris y se lo chupé hasta que arqueó la espalda en un único espasmo violento. Me quedé prendida de ella mientras le duraba el orgasmo, para estirarlo al máximo. Era multiorgásmica, terminaba con una facilidad que nos daba envidia a todas.
***
Quedaba Bianca, y le íbamos a dar el trato más especial: era la mayor del grupo y la última en pasar. Alta, de piel bronceada, piernas largas, pechos medianos, cabello ondulado con un reflejo rojizo y unos ojos color miel enormes y expresivos que le daban cara de muñeca. También tenía la voz más dulce de las cuatro.
Se acostó y, sin que nadie se lo pidiera, abrió las piernas de par en par. Estaba pidiendo a gritos que la atendiéramos; llevaba horas esperando su turno y se le notaba en cada pulsación. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en silencio, a ella la empezamos distinto: primero caricias, con una calma deliberada, como si no tuviéramos el más mínimo apuro por hacerla terminar. La única que usaba la boca era yo; Daniela y Lucía trabajaban con la yema de los dedos sobre sus pechos y su clítoris.
Bianca gemía suave, con largos silencios entre un gemido y otro, disfrutando por primera vez de varias manos a la vez. Había esperado tanto que creyó que la haríamos terminar enseguida, como a Lucía, y no podía estar más equivocada. La recorrimos con los dedos varios minutos antes de pasar a las lenguas. Yo me concentré en su cuello, Lucía en sus pezones y Daniela bajó a su sexo.
Bianca empezó a mover las caderas buscando la boca de Daniela, y todas frenamos justo antes. Por más que quisiera, tenía que pasar por lo mismo que el resto. Perdió el control del cuerpo; ya no se movía a propósito, simplemente respondía a lo que sentía. La tuvimos así un rato largo, turnándonos, hasta que llegó mi turno final.
Primero la probé, le chupé los labios y me deleité con su sabor. Después la dejé relajarse un instante, porque quería darle todo el placer posible antes del final. Le recorrí el sexo con la lengua, llegando siempre al clítoris y jugando apenas con él, sin presión, rozándolo. Bianca estaba en otro mundo, en trance, gimiendo sin parar. Daniela la besaba y sentía lo difícil que se le hacía respirar. Cuando ya no aguanté las ganas de sentirla terminar, le chupé el clítoris cada vez con más fuerza, hasta que se vino moviendo las caderas contra mi boca, y las dos lo disfrutamos al mismo tiempo.
***
Me incorporé en la cama, despeinada y satisfecha, y las miré con una sonrisa de oreja a oreja.
—Y bien, está clarísimo, ¿no? —dije—. ¿Alguien se anima a discutir que yo soy la más atrevida de las cuatro?
Las tres se largaron a reír y, entre risas, me confirmaron lo que ya sabían desde antes de entrar a ese cuarto: que el título era mío y que podía llevarlo con orgullo. Lo gracioso es que, entre nosotras, ya lo tenía hacía rato. Pero una cosa es que te lo cuenten y otra muy distinta vivirlo. Esa madrugada, las cuatro entendimos por qué nunca cambiábamos esas noches por nada del mundo.