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Relatos Ardientes

La directora de la escuela rural que me despertó

Llegué a la escuela rural un lunes a las siete de la mañana, con dos valijas y la certeza de que estaba escapando de algo más que de un trabajo. Renata me esperaba junto a su auto, apoyada contra la puerta con una calma que yo no tenía. Era alta, morena, de unos cuarenta y dos años, y me miró de arriba abajo sin disimulo, como quien evalúa una pieza que todavía no sabe si va a conservar.

—Así que tú eres el reemplazo —dijo—. Llevo tres este año. Ojalá tú aguantes.

—Voy a hacer todo lo posible —respondí, y subí al auto sin agregar nada más.

El camino duraba casi una hora por rutas de tierra. Ella manejaba con una mano y con la otra peleaba con una radio que no agarraba ninguna señal. Yo miraba pasar el campo y pensaba en lo que dejaba atrás: el instituto nocturno para adultos, aquella noche estúpida que no debió pasar, y Mercedes, la supervisora, encerrándome en su oficina para meterme la mano entre las piernas a cambio de una recomendación y de un silencio que me sacaba el problema de encima.

—Esta recomendación es de Mercedes —comentó Renata cuando le entregué los papeles, y torció la boca como si hubiera mordido algo amargo—. La conozco.

—¿La conoce bien?

—Demasiado bien. Pero esa es una historia para otro día. Y tuteame, por favor. Acá adentro no hay nadie a quien impresionar.

La escuela era nueva y chica: dos aulas, una galería larga, los sanitarios y una habitación amplia con baño y una cocina donde una celadora preparaba la merienda de los casi treinta chicos. Renata vivía ahí entre semana para ahorrarse el viaje, y volvía a la ciudad los viernes. Esa primera noche me ofreció la mitad de su cama sin preguntar demasiado, como si fuera lo más natural del mundo.

—¿Te molesta si duermo sin nada? —dijo mientras se sacaba la blusa de espaldas a mí—. Soy de sangre caliente.

—Para nada —contesté, y me reí para tapar lo nerviosa que me ponía la pregunta.

Me dormí más rápido de lo que esperaba. A las siete me despertó con un café, tostadas y dulce sobre una bandeja.

—Hace años que no me despierto así —admití.

—Me alegra. Pero que no se te haga costumbre —dijo, y me guiñó un ojo.

***

Los días se parecieron unos a otros, y eso, después de lo que había vivido, era casi un alivio. Daba clase a los más chicos, corregíamos juntas por la tarde, íbamos al pueblo que quedaba a diez minutos a comprar lo que faltaba. No había internet ni televisión. A las siete ya no quedaba nada por hacer, salvo cenar, charlar y acostarnos temprano.

Sin darme cuenta, empecé a esperar esos pequeños rituales. El café de la mañana, la forma en que Renata se ataba el pelo antes de entrar al aula, el modo en que apoyaba la mano en mi hombro al pasar detrás de mi silla mientras corregíamos. Eran gestos mínimos, de los que no se piensan, pero yo los registraba todos y los guardaba como si fueran míos. Por las noches, en esa cama compartida, había empezado a calcular la distancia exacta que nos separaba bajo las sábanas.

Una noche templada nos quedamos despiertas más de la cuenta. Yo miraba el techo y junté coraje.

—¿Sos casada?

—No. Algunas parejas, nada que durara. ¿Y vos? ¿Novio?

—Tampoco. En mi casa me controlaban demasiado. Recién ahora estoy aprendiendo a respirar.

Hubo un silencio que no resultó incómodo. Entonces pregunté lo que me venía dando vueltas.

—¿De dónde conocés a Mercedes?

Renata se acomodó de costado, apoyando la cabeza en la mano.

—Cuando empecé a trabajar, ella era vicedirectora. Yo tenía veintidós años y me enredé con una compañera del nocturno, una mujer de veintitrés, alumna del turno de adultos. Mercedes se enteró y, en vez de denunciarme, me usó. Me hizo pasar varias noches con ella para «proteger mi carrera». Salvé el pellejo, conseguí otro cargo, y unos años después caí acá. ¿Y vos? ¿Qué te pasó con ella?

Le conté lo justo: el instituto, una clase que se me fue de las manos con un grupo de alumnos adultos, la vergüenza, y después Mercedes apretándome igual que la había apretado a ella. A medida que hablaba sentía que algo se me aflojaba en el pecho, como un nudo que llevaba meses sin poder desatar.

—Vieja zorra —murmuró Renata cuando terminé—. Hace lo mismo desde hace veinte años.

No pude seguir. Me eché a llorar como una tonta, con esa tensión retenida que por fin encontraba por dónde salir. Renata me acercó a ella sin decir nada, y mis lágrimas terminaron cayendo sobre su pecho desnudo, mi boca a un suspiro de su piel.

—Perdón —dije cuando logré calmarme—. Te mojé entera.

—Tontita —respondió, acariciándome el pelo—. Me gustó tenerte así.

Me dio un beso suave en la frente, después uno en la mejilla, y me dejó acurrucada contra ella hasta que me dormí, con la cabeza apoyada en uno de sus senos y la sensación, por primera vez en mucho tiempo, de estar a salvo.

***

Esa semana algo cambió entre nosotras y las dos lo sabíamos. Nos buscábamos con la mirada en los recreos, nos quedábamos un segundo de más cuando nuestras manos se rozaban al pasar un cuaderno. El lunes siguiente, en el auto, Renata rompió el silencio.

—Pensé mucho en vos este fin de semana. En lo que me contaste.

—Yo también pensé en vos —confesé—. Llorar entre tus brazos fue como sacarme un peso de encima que ni sabía que cargaba.

Le di un beso en la mejilla, demasiado cerca de la comisura de los labios para que fuera inocente. Ella sonrió mirando el camino, pero no dijo nada.

Esa noche, después de cenar, junté valor de nuevo.

—¿Te gustan las mujeres? —pregunté.

Sonrió de un modo que confirmaba todo sin necesidad de palabras.

—¿Y a vos?

—No sé. Nunca estuve con ninguna.

Le devolví la sonrisa, le dije que iba a bañarme y me metí en la ducha con el corazón golpeándome las costillas. Cuando salí, envuelta en la toalla, nuestras miradas se cruzaron en la penumbra del cuarto. Me quedé clavada en el umbral, esperando no sé qué.

—Ven, pequeña —dijo desde la cama.

Me fui acercando despacio, temerosa y al mismo tiempo hipnotizada. Me tomó del mentón y me besó. Yo había besado antes, pero nunca así: este beso era más lento, más cálido, más difícil de soltar. Subió mis manos por encima de mi cabeza y las sostuvo contra el marco de la puerta mientras, con la otra, deshacía el nudo de la toalla. La tela cayó al suelo y quedé completamente desnuda frente a ella, sin que todavía me hubiera tocado.

Seguimos besándonos así, con ella mordisqueándome el labio inferior, mi respiración temblando contra su boca. Cuando bajó a mi cuello, su mano libre se deslizó entre mis piernas.

—Vaya —susurró contra mi oído—. Estás empapada.

Humedeció los dedos y los apoyó en mis labios para que probara mi propio sabor antes de volver a besarme. Después me tomó de la mano y me arrastró hacia la cama. Le saqué la blusa con torpeza, peleé con el cierre de su falda, le quité las sandalias. Cuando por fin la tuve desnuda, me lancé sobre sus pechos como si llevara toda la vida queriendo hacerlo, mordiéndole apenas los pezones mientras ella hundía los dedos en mí y soltaba unos gemidos graves que me prendían fuego.

Nos enredamos piernas con piernas, sexo contra sexo, hasta que me detuvo con una mano firme en la cadera.

—Quédate quieta, mi chiquita. Quiero probarte.

Me acosté boca arriba, temblando, y abrí las piernas. Renata se acomodó entre ellas y empezó despacio, recorriendo los bordes con la lengua, dibujando el contorno sin tocar nunca el centro, mientras con los dedos me apretaba los pezones hasta hacerme arquear. Me tuvo así varios minutos, al borde, suplicándole en silencio, hasta que su lengua rozó por fin mi clítoris y fue como un golpe de electricidad que me recorrió de los pies a la nuca.

No podía dejar de moverme. Me agarré de las sábanas, gemí su nombre, y eso pareció encenderla todavía más. Su dedo empapado resbalaba sobre el punto exacto, su boca no me daba tregua, y yo sentía cómo todo se me iba juntando adentro, apretándose, hasta que reventó en un orgasmo largo, fuerte, que me dejó vacía y aferrada a su espalda.

—Hacía rato que no veía a nadie disfrutar así —dijo, subiendo a besarme la frente.

—Dejame compensarte —pedí, todavía sin aliento.

—Tranquila. Con dormir abrazada a vos me alcanza. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Me acomodé contra ella, encajada como una cuchara en otra, y me dormí sintiéndome protegida de un modo que no recordaba haber sentido nunca.

***

El miércoles caía feriado, justo en la mitad de la semana. En uno de los recreos, Renata se apoyó en la baranda de la galería y me miró con esa sonrisa que ya empezaba a conocer.

—¿Qué querés hacer? ¿Nos quedamos o nos vamos?

—¿Qué me proponés?

—Llevarte a mi casa. ¿Te gustaría?

—¿Y qué me vas a hacer?

—Cositas nuevas —dijo, y se mordió el labio.

—Vas a hacer que me dé vergüenza.

A las dos de la tarde guardamos nuestras cosas en el auto. Mientras ella cerraba la escuela con llave, pensé que había llegado a ese lugar perdido huyendo de un escándalo, convencida de que venía a esconderme, y en cambio había encontrado la primera cosa en años que de verdad quería para mí. Subí al auto, le tomé la mano sobre la palanca de cambios, y dejé que el camino de tierra nos llevara lejos de todo lo demás.

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Comentarios (6)

ClaraK_91

Tremendo!! Me atrapó desde el primer párrafo y no pude parar de leer.

Valentina_cruz

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas!!! Como siguió todo?

SafoXXI

Este tipo de relatos me llegan diferente... me recordó algo que yo también viví hace años y nunca le conté a nadie. Muy bien escrito, gracias.

Marcos_BA

excelente, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Naty_09

Se nota que hay mucho sentimiento en esto. Es real? porque se siente muy verdadero. Sigue escribiendo por favor!

Romina_fdz

Jajaja empecé a leer sin esperarme nada y mira cómo termine... sin palabras

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