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Relatos Ardientes

La ducha del gimnasio cambió todo entre Marina y yo

Conocía a Marina desde los siete años. Habíamos crecido en el mismo barrio, fuimos juntas al colegio y, cuando las dos nos mudamos a la capital para empezar la universidad, nos apuntamos al mismo gimnasio. Tres veces por semana, después de las clases de aerobic, cruzábamos el pasillo hacia los vestuarios riéndonos de cualquier cosa que el monitor había dicho o de alguna chica que se había caído en una sentadilla.

El truco para evitar la cola de las duchas lo descubrimos por casualidad. Las cabinas individuales eran tan estrechas que apenas cabía una persona, pero si nos metíamos las dos juntas, mientras una se enjabonaba el cuerpo la otra se aclaraba la cabeza y salíamos en la mitad de tiempo. Era pura logística, una rutina práctica entre amigas. Llevábamos así casi seis meses, y la confianza era tanta que ni siquiera reparábamos en el cuerpo de la otra. O eso creía yo hasta aquella tarde de mayo.

Yo nunca me había detenido a pensar en cómo era Marina sin ropa. La veía todos los días, claro, pero la mirada se me iba a otra parte, al espejo, al gel, a los azulejos verdes del vestuario. Esa tarde, sin embargo, algo se desplazó dentro de mí. No sé si fue el calor del verano que empezaba o la canción que sonaba en el aerobic, una balada lenta que se había colado entre los temas movidos. El caso es que entré a la ducha distinta.

El agua salió ardiendo. Marina protestó entre dientes, ajustó el grifo y se metió debajo del chorro. Yo me quedé atrás, esperando el turno, observándola sin querer observarla. El pelo se le pegaba a los hombros, oscuro y pesado. Tenía la espalda más estrecha de lo que recordaba, y las caderas se le marcaban con una curva que nunca había notado bajo la ropa de deporte.

—Pásame el gel —pidió, sin girarse.

Le pasé el bote. Nuestras manos se rozaron y, por un segundo, no la soltó. Pensé que era un gesto sin intención, una distracción suya. Le devolví la sonrisa de siempre y me agaché a coger mi esponja.

Empecé yo a enjabonarme. El jabón hacía mucha espuma, una espuma blanca y densa que me chorreaba por los pechos y la barriga. Marina se aclaró la cara y se quedó debajo del agua, mirándome. La miré también. Tenía los pezones tensos, rosados, mucho más pequeños que los míos. El vello del pubis se lo había recortado tan corto que se le adivinaban los labios. No supe qué hacer con esa información.

—¿Qué? —dije, sintiendo que el silencio se alargaba demasiado.

—Nada —contestó, y se rio.

Le tiré un poco de espuma para romper la tensión, como hacíamos a veces. Una bolita blanca le aterrizó en el hombro. Ella mojó dos dedos en mi pecho, los untó de espuma y los apoyó deliberadamente sobre uno de mis pezones. El roce me cortó la respiración. Hizo lo mismo con el otro, despacio, observando mi reacción. Yo me quedé quieta, paralizada, con la esponja a medio camino entre el muslo y la rodilla.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

Levanté la vista. Marina tenía las mejillas encendidas, pero no era el vapor. Era otra cosa. Yo asentí sin pensar, sin terminar de procesar lo que estaba pasando. Sí, me gustaba. Llevaba meses, quizá años, mirándola sin saber que la miraba. Las pestañas largas, la forma en que se mordía el labio cuando levantaba pesas, las gotas de sudor que le caían por la clavícula cuando terminábamos la rutina. Todo eso había estado ahí, esperando que yo lo viera.

Ella se llevó las manos al pecho. Se acariciaba los pezones con la yema de los dedos, los pellizcaba suavemente, y entreabría los labios para soltar un suspiro pequeño, tan pequeño que casi se lo tragó el ruido del agua. Me cogió de la muñeca y tiró de mí hacia el chorro. La espuma de mi cuerpo se mezcló con el agua y se deslizó entre las dos.

Me besó.

Fue un beso de los que no se ensayan, de los que ocurren porque algo se ha estado acumulando en el aire durante mucho tiempo. Sus labios eran más finos que los míos, y sabían un poco a cloro y a labial. Su lengua entró despacio, buscó la mía, jugó con ella unos segundos. Yo respondí sin pensar, dejándome hacer, abriendo la boca como si llevara meses esperando ese momento.

—Llevo queriendo hacer esto desde diciembre —murmuró, separándose un milímetro de mi boca.

No tuve tiempo de contestar. Volvió a besarme, esta vez con más prisa, y bajó por mi cuello con una serie de mordiscos suaves que me erizaban la piel. Se detuvo en el lóbulo de la oreja, lo lamió, y a mí se me escapó un gemido que no supe contener. Marina se rio en mi oreja, una risa baja, satisfecha.

***

El agua de la ducha del gimnasio tenía pulsador. Si no le dabas cada treinta segundos, se cortaba. La primera vez que se cortó, Marina estaba bajando por mi pecho, y el silencio repentino me hizo dar un respingo. Desde fuera de la cabina nos llegaban las voces de las otras chicas, risas, una conversación sobre una boda. Apreté el pulsador con la mano izquierda mientras Marina me cogía un pezón con los labios y tiraba.

—Vas a tener que estar callada —dijo, levantando la cara un momento.

Intenté. De verdad lo intenté. Pero ella se aplicó en mis pechos con una concentración que no había visto en ningún hombre. Me los lamía, me los chupaba, me los soplaba después. El frío y el calor en la misma piel me volvían loca. Con la rodilla me separó las piernas y empezó a rozarme el clítoris con el muslo, en un movimiento lento que no buscaba acabar nada, solo recordarme dónde estaba.

Le devolví el beso en la espalda. Era la primera vez que besaba la espalda de una mujer, y me sorprendió cuánto me gustaba. La piel de Marina era suave, sin un solo poro visible, y olía a coco por el champú. Le pasé las manos por las caderas, por la curva del culo, y la atraje contra mí. Nuestros pechos se aplastaron con una facilidad que me desarmó. Sus pezones contra los míos, pequeños bultos calientes que se rozaban con cada respiración.

—Túmbate no puedes —susurró—. Pero abre las piernas.

Me apoyé en la pared. Los azulejos estaban fríos, y el contraste con el agua hirviendo de la espalda me hizo arquearme. Marina se arrodilló frente a mí, con el agua cayéndole en los hombros, y me miró desde abajo con una expresión que no pertenecía a la chica que me prestaba apuntes en clase de filosofía. Esta era otra. Esta era una mujer que sabía exactamente lo que hacía.

Me separó los labios con los dedos. Cuando su lengua aterrizó sobre mi clítoris, tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. Era un trabajo de lengua que jamás había sentido. Lengüetazos amplios y lentos, alternados con golpes pequeños y rapidísimos en la punta. Ella sabía dónde estaba todo, porque tenía lo mismo. Con dos dedos me penetraba al ritmo de su lengua, los curvaba dentro y rozaba un punto que me hacía temblar las piernas.

El agua se cortó otra vez. No me dio tiempo a pulsar. Mi gemido salió desnudo en el aire, y desde la cabina de al lado alguien soltó una risita. Marina paró un segundo, me miró, y se llevó un dedo a los labios. Apretó el pulsador con la otra mano y volvió.

***

Cuando me corrí, lo hice con la frente apoyada en su pelo mojado y la mano izquierda agarrada al portagel de la pared. Las piernas me fallaron de verdad, una sacudida que me subió desde el bajo vientre hasta la garganta y me dejó sin aire. Ella no paró. Siguió con la lengua, despacio, hasta que el segundo orgasmo me alcanzó antes de que el primero se hubiera ido del todo. Esta vez no pude callarme. Hundí la cara en su cuello mojado y mordí.

Cuando se levantó, tenía la boca brillante y los ojos pequeños de satisfacción. Me besó otra vez, y yo me probé en su lengua. No fue desagradable. Fue, de hecho, lo que más me excitó de toda la tarde.

—Te toca —dijo, y se cambió de sitio conmigo.

Apoyó la espalda en la pared y subió una pierna sobre el banquito de plástico que había para dejar el champú. Yo me arrodillé como había hecho ella, con las rodillas en el plato de la ducha, y me la encontré abierta de par en par delante de mi cara. No supe por dónde empezar. Tantos años de saber cómo se gestionaba un cuerpo de hombre, y de pronto no tenía ni idea de qué hacer con el de una mujer.

—Como tú quieras que te la coman a ti —susurró, leyéndome el pensamiento.

Empecé por arriba. Le pasé la lengua plana por todo el sexo, de abajo a arriba, lento, una sola vez, y noté cómo se le tensaba el muslo contra mi mejilla. Volví a hacerlo, esta vez con más presión. A la tercera, Marina ya tenía la cabeza echada hacia atrás contra los azulejos y se mordía el dorso de la mano. La oí decir un «sí» entre dientes, y eso me dio confianza. Me concentré en el clítoris, en círculos, primero amplios, luego más pequeños. Subí dos dedos y los introduje. Estaba ardiendo por dentro, más caliente incluso que el agua.

—No pares —dijo, y por primera vez en mi vida una mujer me decía exactamente lo que tenía que hacer.

No paré. Aguanté hasta que la oí tragar saliva muy fuerte, hasta que el muslo que tenía contra la mejilla se puso tieso como una cuerda y empezó a temblar. Marina se corrió en silencio, con la mano en mi pelo y los dedos clavados en mi cuero cabelludo. Cuando aflojó, dejó caer la cabeza hacia delante y me sonrió con una sonrisa rara, la sonrisa de quien acaba de cruzar una línea que sabía perfectamente que estaba ahí.

***

Tardamos diez minutos más de lo habitual en salir de la cabina. Cuando descorrí la cortina, una chica que esperaba turno nos miró con sospecha. No dijo nada. Marina y yo cogimos las toallas, fingimos normalidad y nos vestimos en silencio en el banco del vestuario. Yo me había olvidado del sujetador en la taquilla y tuve que ponerme la camiseta encima de los pechos todavía húmedos.

En la calle, ya con el bolso al hombro y el pelo aún goteando bajo la capucha, fue ella quien rompió el silencio.

—¿Lunes? —preguntó.

—Lunes —contesté.

Aquella fue mi primera experiencia con una mujer, pero no fue la última. Marina y yo seguimos yendo al gimnasio tres veces por semana durante el resto del curso, y nos seguimos duchando juntas. La diferencia era que ahora salíamos las últimas, cuando ya no quedaba nadie en el vestuario, y nadie nos preguntaba por qué tardábamos tanto. Un año después, dejamos el gimnasio. Para entonces, ya vivíamos juntas.

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Comentarios (4)

Lorena_Baires

excelente!!! de las mejores de la categoria

Daniela_mv

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo entre ellas. El final me dejó con el corazon acelerado

Mari_lectora

Me recordó una situacion que viví hace años en el gym, esa mirada que cambia todo sin decir nada. Muy bien narrado, se siente genuino

SoniaCba

Hay continuacion? me quede picada jaja

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