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Relatos Ardientes

Volvió a mi cama la noche que ardía de fiebre

Valentina llevaba dos años fuera de mi vida cuando golpearon la puerta a las once de la noche. Camila estaba conmigo en el salón, terminando el café, cuando reconocí ese golpe corto, casi tímido. El golpe de alguien que sabe que no debería estar ahí.

Abrí. Y ahí estaba, con los labios cuarteados y el pelo pegado a la frente por el sudor.

—No tenía a dónde ir —dijo. Y se desplomó contra el marco.

Camila se levantó en silencio. La cargamos entre las dos hasta el cuarto. La acosté sobre las sábanas que olían a lavanda y a un perfume que ella seguro recordaba, aunque no abrió los ojos. El termómetro marcó treinta y nueve cuatro.

Camila me trajo el paño helado y se quedó mirándome.

—Mariana. Esto no es solo fiebre.

Yo ya lo sabía. Pero asentí como si lo supiera por primera vez.

Le pasé el paño por la frente, por las sienes, por el cuello largo que aún recordaba dónde besarla para que se rindiera. Le abrí los botones de la blusa porque la tela estaba empapada y porque no podía dejarla así. Bajo la blusa llevaba el mismo sostén de encaje negro que le había regalado yo, hacía una vida.

Tragué saliva.

—Camila, dame la camiseta del cajón de arriba.

Camila no dijo nada. Trajo la camiseta y salió. Cerró la puerta con esa delicadeza que solo tienen las amigas viejas.

La cambié yo. Le saqué la blusa empapada, el sostén, los pantalones. Le pasé el paño helado por los hombros, por la columna, por las costillas donde se le marcaban más huesos de los que recordaba. Estaba flaca. La habían roto.

—Mariana —murmuró, sin abrir los ojos—. No me toques.

Me quedé quieta.

—No… no eras tú… —siguió, y el cuerpo se le sacudió en un espasmo—. Él ya lo sabía…

Sentí el puño cerrado en el estómago. La que hablaba no era la mujer que conocía. Era una versión de ella que alguien había construido a base de cosas que yo no había estado para ver.

Le puse la camiseta con cuidado, como si vistiera a alguien que se rompe si lo aprietas. Le dejé la mano sobre la frente hasta que la respiración se le acompasó.

***

Sofía llegó a las dos de la madrugada. Yo había dejado la puerta sin pestillo porque sabía que iba a venir.

Entró, vio a Valentina dormida, vio el termómetro sobre la mesilla, vio mi cara. Cruzó los brazos.

—La estás llevando al hospital ahora.

—No.

—Mariana, ella…

—No es solo la fiebre, Sofía. Es ella. Es lo que le hicieron. Si la meto en una sala con tres médicos preguntándole quién la lastimó, se rompe.

Sofía bajó la voz, pero no perdió filo.

—Estás fuera del caso.

Parpadeé.

—¿Qué dijiste?

—Nos vamos en breve con Camila. Tú no vienes.

La miré. La miré de verdad, por primera vez en semanas. Sofía tenía la mandíbula tensa y los ojos demasiado brillantes para alguien que dice solo lo profesional.

—¿Y tú sí eres objetiva?

—Yo no estoy rota por dentro, Mariana. No como tú.

—No te atrevas a decir su nombre.

—No lo dije.

—No hace falta.

Hubo un silencio. Valentina giró en la cama, murmuró algo, y las dos la miramos. Sofía bajó los hombros un milímetro. Un milímetro que no era para mí, era para ella misma.

—No puedes protegerla si te desbordas —dijo, más bajo—. No puedes cuidarla si sigues pensando en la otra mientras tocas a esta.

—Esto no es por mí.

—¿Ah, no?

—Es porque es ella, Sofía. Es porque cada vez que la nombro a ti se te tensa la cara. Y no soy tonta. Llevo años fingiendo que no veía.

Sofía no respondió. La miré como quien le quita la ropa a alguien sin tocarla. Le vi todo: el porqué llevaba dos años acercándose a mí con disculpas que no eran disculpas, el porqué siempre era ella la que se ofrecía a acompañarme a las escenas más difíciles, el porqué le brillaron los ojos cuando le dije, una vez, que Valentina no volvería.

—Camila será la forense principal —dijo, y la voz le tembló apenas—. Tú vas como apoyo. Y después… hablamos.

Se fue sin mirar atrás.

***

Volví al cuarto. Valentina tenía los ojos abiertos. Me miraba como si llevara horas mirándome, como si hubiera oído todo.

—Volviste —susurró.

—Nunca me fui de verdad.

Me senté en el borde de la cama. Le aparté el pelo de la frente con dos dedos. Estaba caliente, pero menos. La cara se le había acomodado un poco en mis sábanas, como si las hubiera reconocido al fin.

—Mariana —dijo—, te fuiste con otra.

—No me puedo ir con nadie si soy solo tuya.

Cerró los ojos. Una lágrima le bajó por la sien, le mojó el pelo. Me incliné y se la sequé con los labios, sin pensarlo. Sentí cómo se quedaba quieta debajo de mí. Cómo dejaba de respirar un segundo.

Me alejé un poco. No quería forzarla. No después de lo que la noche me había dicho.

Pero ella me agarró la muñeca.

—Quédate.

—Estoy aquí.

—Quédate aquí.

Le entendí. Me acosté con ella, encima de las sábanas, con la ropa puesta, abrazándola como si la fiebre tuviera que pasar de su cuerpo al mío para que ella pudiera dormir. Sentí el calor de su piel a través de la camiseta. Sentí los huesos de la cadera contra mi muslo. Sentí, también, cómo me buscaba la boca.

—No tienes fuerza —murmuré.

—Tengo justo la que necesito —dijo, y me besó.

Fue un beso seco, agrietado, sin nada de la urgencia con la que nos besábamos antes. Fue el beso de alguien que pide perdón sin las palabras, que dice quédate, que dice no me sueltes, que dice he hecho cosas pero esto sigue siendo mío. Le devolví ese beso con la misma paciencia, lamiéndole el labio inferior partido, dejando que apoyara la cabeza en mi hombro cuando se cansó.

Esa Valentina seguía debajo de todo, todavía.

Cerré los ojos y por un instante me dejé caer al verano en que la conocí, a aquella playa solitaria donde ella, recostada sobre mí, me había enseñado que el deseo entre dos mujeres es un fuego que arde sin pedir permiso. Habíamos pasado la noche entera sobre la arena, las bocas húmedas, los dedos buscándose entre la tela del bañador, riéndonos en cada beso que se cortaba para tomar aire. Esa Valentina ahora estaba enterrada bajo dos años de cosas que yo no sabía nombrar.

—Cuéntame qué pasó —le dije al oído.

—Otro día.

—Vale.

—Pero quédate.

—Vale.

Le pasé la mano por debajo de la camiseta, por la espalda. No para más. Para que sintiera mi palma abierta contra su piel, esa cosa simple que es saber que hay otro cuerpo cuidando el tuyo. Ella respiró hondo. Suspiró. Se rindió.

—Te extrañé tanto que me dolía la espalda —susurró—. Aquí, justo aquí.

Le pasé los dedos por el lugar exacto que me señalaba. Despacio. Trazando círculos. Sentí cómo bajaba un escalón la fiebre, cómo se le soltaban los hombros, cómo dejaba de tensar el cuello.

—Duerme.

—No quiero soñar.

—Yo te despierto si sueñas mal.

Se durmió así, con mi mano debajo de su camiseta, con la frente contra mi cuello. Yo no dormí. La estuve mirando hasta que clareó.

***

A las seis llegó Camila. Sofía se había quedado en la oficina, supuse, para no tener que verme.

—La casa de su madre está acordonada —dijo Camila en voz baja, en la cocina—. Vamos a entrar nosotras.

—Voy.

—Sofía dijo que solo si tú querías.

—Quiero.

Valentina apareció en la puerta de la cocina con la camiseta mía, descalza, con el pelo todavía húmedo de sudor seco. Se la veía pequeña.

—Yo también voy.

—Cariño —dije, y la palabra me supo a otra época—. No puedes.

—Es mi madre.

—Por eso mismo.

Lloró sin ruido. Camila le sirvió un té. Yo le metí en la boca uno de los relajantes que Camila había traído del bolso. Se lo tragó sin agua.

Una hora después la llevábamos en el asiento de atrás, hecha un ovillo. Sofía conducía. Camila iba delante con los papeles. Yo iba con Valentina. A medio camino el coche pegó un bote y la mano de Valentina rozó la mía sobre el asiento.

Ninguna de las dos la retiró.

Los dedos se buscaron. Se enredaron. Ninguna habló. Ninguna se miró.

Pero durante los siguientes kilómetros nos sostuvimos así, como dos mujeres que se reconocen sin necesidad de mirarse, como si la palma cerrada de la otra fuera la única promesa que alguien nos había hecho en mucho tiempo.

***

La casa estaba a oscuras. Las cortinas corridas. Los vecinos murmuraban detrás de las rejas.

—Tú te quedas en el coche —le dije a Valentina—. Si te ven con nosotras, te van a relacionar. Y no me arriesgo.

—Pero, Emy…

Me dolió que me llamara así. Hacía años que nadie me llamaba así.

—Por favor —insistí—. Yo te cuido. Pero tú quédate.

Asintió. Le besé la frente, la sien, el lugar exacto donde la madre seguro la habría besado mil veces. Cerré la puerta del coche.

Dentro, el cuerpo de la madre estaba cerca del comedor. Tres disparos limpios. Uno al pecho. Uno al cuello. Uno al abdomen. Ningún signo de forcejeo. Ni siquiera la puerta forzada. Una taza de café a medio tomar. Un libro abierto. Un teléfono sin contestar.

Salí al porche a respirar. Encendí un cigarrillo, el primero en años. Y entonces oí la voz.

Venía de un callejón lateral. Un hombre hablaba por teléfono, nervioso.

—Sí, doctor… como usted dijo, las tres mujeres vinieron. No, doctor… la hija de la vieja no vino con ellas.

Me quedé quieta. El cigarrillo me quemó los dedos y no lo sentí.

«El doctor.»

Esa palabra me cayó dentro como una piedra en un pozo que ya creía seco. No podía ser casualidad. No podía ser otro doctor. No después de todo lo que él le había hecho a Valentina aquel año en el que yo no estuve, ese año del que ella nunca me quiso hablar y del que aún hablaba en sueños cuando le subía la fiebre.

Volví al coche caminando despacio, calculando cada paso para que el hombre del callejón no me viera. Valentina dormía contra la ventanilla, con la frente pegada al vidrio empañado por su respiración. Me senté a su lado. Le pasé la mano por la rodilla. Ella abrió los ojos.

—¿Ya está? —murmuró.

—Casi.

—¿Vas a quedarte?

—Voy a quedarme.

Pero por dentro, mientras le acariciaba la rodilla y le mentía con la voz tranquila, supe que la noche apenas empezaba. Que el doctor seguía vivo. Que mientras él respirara, ella no iba a estar a salvo. Y que esta vez, costara lo que costara, no la iba a soltar.

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Comentarios (4)

Ymena87

increible relato, me dejo sin palabras!!!

Silvia_Mdp

Por favor una segunda parte, necesito saber que paso despues...

ElisaBaires

Me gusto mucho como lo describiste, se siente muy real. Sigue escribiendo asi!

NochesFrias88

Me recordo a una historia parecida que me paso hace años. Ese tipo de reencuentros nunca se olvidan.

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