Lo que descubrí en casa de Lara aquel viernes
Me llamo Carolina y voy a contar lo que me pasó hace ya seis años, cuando todavía pensaba que tenía claro qué me gustaba y qué no. Tenía veinte años recién cumplidos y cursaba el segundo año en la universidad. Mido un metro setenta y dos, soy delgada, de ojos color miel, con un pecho más bien pequeño y unas caderas que en vaqueros siempre se notaban más de la cuenta.
Hasta esa noche siempre me había considerado heterosexual sin discusión. Había salido con dos o tres chicos de la facultad, ninguna relación larga, pero alguna sí lo bastante intensa como para descartar que el problema fuera la atracción por los hombres. Las chicas, sencillamente, no me interesaban. O al menos eso creía yo.
Los viernes en la facultad eran lo mejor de la semana. Después de cinco días corriendo entre apuntes, prácticas y exámenes, nos lanzábamos a la calle como si nos fueran a quitar el aire. Pero aquel viernes en particular yo venía arrastrando dos fines de semana seguidos de salidas, cervezas y madrugones a las seis de la mañana. Tenía el cuerpo agotado y unas ganas enormes de quedarme tirada en cualquier rincón.
Lara me lo propuso a la salida de la clase de Civil. Era una compañera con la que me había acercado durante el cuatrimestre, callada en clase y bastante reservada fuera. Morena, de pelo largo y unos ojos verdes que a veces te dejaban descolocada cuando los levantaba del cuaderno. Tenía un cuerpo de los que en mi facultad llamaban «de escándalo»: cintura estrecha, caderas redondas, pechos llenos. Los chicos comentaban entre risas en los pasillos que era lesbiana, porque jamás se le había conocido un novio. A mí esas habladurías nunca me habían interesado.
—Mis padres se han ido el fin de semana al campo —me dijo mientras bajábamos las escaleras de la facultad—. Si no te apetece salir, vente a casa. Pedimos algo, ponemos una peli y descansamos.
—¿Solas las dos?
—Solas las dos. El martes tengo Mercantil y prefiero no terminar tirada en un bar.
Me pareció el plan perfecto. Pasamos por un supermercado, compramos seis cervezas y un paquete de patatas, y caminamos hasta su casa, que quedaba a unas diez manzanas de la mía. Vivía con sus padres en un piso amplio, con dos balcones que daban a la avenida y un sofá de tela color crema que se veía nuevo.
—Si quieres ducharte antes, hazlo —me dijo apenas entramos—. Yo me ducho después y luego cenamos algo.
Acepté encantada. Llevaba todo el día con la misma ropa y el calor de noviembre se me había pegado a la piel. Me metí en el baño, abrí el agua tibia y me quedé un buen rato bajo la ducha, dejando que el día se me fuera por el desagüe. Cuando salí, envuelta en una toalla, Lara estaba sentada en su cama esperando su turno. Llevaba puesto únicamente un tanga negro, con los brazos cruzados sobre el pecho de manera natural, sin un gramo de pudor.
—Busca algo en el armario —me dijo señalando con la cabeza—. No tengo ropa tuya, pero algo te tiene que servir. —Y se metió en el baño sin esperar respuesta.
Si tengo que ser honesta, hasta ese momento jamás había mirado a otra mujer con verdadero interés. Y, sin embargo, esa imagen suya sentada en la cama con el pecho al aire se me quedó pegada un instante de más. No supe qué hacer con esa sensación, así que la espanté abriendo el armario.
Elegí un pantalón corto y una camiseta vieja de algodón. No me puse ropa interior porque no me gusta usar la de otras personas, y la camiseta era lo bastante grande como para taparme sin problema. Me senté en el borde de la cama a esperarla, mirando el techo.
Lara salió del baño con la toalla solo en el pelo. El resto, completamente desnudo. Caminó tranquila hasta la cómoda, abrió un cajón y empezó a buscar algo como si yo no estuviera. Yo no pude evitar fijarme en su pubis perfectamente depilado y en el dibujo apenas insinuado de los labios. Sentí un golpe de calor en la cara y me removí en la cama.
—¿Te incomodo? —me preguntó sin mirarme, mientras se ponía un pijama corto.
—No, para nada. Somos dos chicas, ¿qué te voy a decir?
—Bueno, algunas se ponen raras —respondió, con una sonrisa pequeña que tardé en entender.
Bajamos al salón, destapamos dos cervezas y nos derrumbamos en el sofá. Ella tenía el mando. Pasó por varias plataformas de streaming hasta que se detuvo en una película francesa que yo no había visto, con una mujer pelirroja en la portada y un título largo que no llegué a leer.
—¿Te gusta el cine europeo? —me preguntó.
—No mucho, pero ponla.
A los veinte minutos ya me había dado cuenta de que la película iba sobre dos mujeres. No del tipo amigas que se cuentan secretos, sino del tipo amantes que se desnudan despacio en un cuarto de hotel. Aceleré el ritmo de la cerveza sin darme cuenta. Lara, a mi lado, no hacía comentarios. Solo miraba la pantalla con esa serenidad suya que ahora me parecía menos casual.
Cuando llevábamos cuatro cervezas cada una, la película estaba en pleno desarrollo de una escena de cama. Yo tenía las piernas cruzadas debajo del cuerpo y notaba algo que llevaba años sin sentir tan intensamente: una humedad clara entre las piernas, sin que nadie me hubiera tocado todavía. Me sentía tonta y excitada al mismo tiempo.
—¿Tú alguna vez has estado con otra chica? —me preguntó de pronto, sin apartar la vista de la tele.
La pregunta me atravesó. No sé por qué me afectó tanto, pero sentí el corazón en el pecho como si me hubieran pillado en algo.
—No. Nunca. ¿Y tú?
Giró la cabeza despacio. Me miró un par de segundos largos antes de contestar.
—Es posible.
Me levanté con la excusa estúpida de ir a buscar dos cervezas más. En la cocina apoyé la frente contra la puerta de la nevera y respiré hondo. ¿Qué me está pasando? Cuando volví al salón, ella estaba de costado en el sofá, apoyada sobre un codo, mirándome subir los escalones que separaban la cocina del cuarto de estar.
—Tienes las piernas más bonitas que he visto en mi vida —dijo, en voz baja.
No le contesté. Le acerqué la cerveza, la apoyé en la mesita y me senté de nuevo en mi rincón, intentando que no se me notara que me temblaban las manos.
***
Lara se movió poco a poco, sin prisa. Primero me corrió el pelo detrás de la oreja. Después, sin pedir permiso, se inclinó y me lamió despacio el lóbulo. Sentí su aliento tibio y un cosquilleo que me bajó por la nuca, por la espalda, hasta perderse entre las piernas. Quise decir algo, pero no me salió la voz.
—Si quieres que pare, dímelo —murmuró contra mi cuello.
No le dije nada. No quería que parara.
Sus labios encontraron los míos con una suavidad que jamás había sentido. Ningún chico me había besado así. Era como si tuviera tiempo de sobra, como si no le interesara nada más que la forma exacta de mi boca. La lengua entró despacio, primero buscando, después con más decisión. Me dejó sin aire.
Pasaron los minutos y yo ya no era la misma. Estábamos abrazadas en el sofá, con las piernas cruzadas y las manos buscando bajo la ropa. Me sacó la camiseta por encima de la cabeza con un movimiento limpio y se quedó mirándome el pecho un segundo, como si lo estudiara. Después bajó la boca y me lamió un pezón antes de chuparlo entero. La sensación me arrancó un gemido que ni yo sabía que tenía dentro.
—Tranquila —me susurró—. Hay tiempo.
Pero yo no quería tiempo. Quería seguir.
Me bajó el pantalón corto tirando despacio del elástico. Me dejó completamente desnuda contra el respaldo del sofá. Empezó a besarme el ombligo, después la cadera, después la cara interna del muslo. Cuando su boca finalmente llegó entre mis piernas, pensé que me iba a desmayar. Nunca nadie me había lamido así. No era una técnica, era una conversación. Subía, bajaba, dibujaba círculos, se detenía y empezaba de nuevo.
Sentí cómo dos de sus dedos entraban dentro de mí mientras su lengua seguía trabajando en el clítoris. La curvatura de esos dedos parecía calculada para encontrar el punto exacto. Yo apretaba los muslos contra su cabeza sin querer, y ella se reía bajito sin dejar de moverse.
A los pocos minutos sentí su otra mano subir hasta mi boca. Me chupó el pulgar y después lo bajó hasta el ano, donde empezó a acariciar despacio, sin presión. No me lo esperaba. Quise decirle que nunca me habían hecho eso, pero solo me salió un suspiro largo. Cuando el dedo entró, lo hizo poco a poco, mientras los otros dos seguían moviéndose por delante.
Yo aguantaba el orgasmo a propósito. Una manía que siempre tuve, dejar que se acumule la presión para que después rompa con más fuerza. Pero esa noche el aguante no me duró mucho. Llegó un momento en que solté un grito que no era mío, un grito de los que después te avergüenzan al recordarlos.
—Me corro, Lara, me corro, me corro —repetía sin reconocerme.
—Ven, mi amor. Disfrútalo. Esta noche es tuya.
El orgasmo me sacudió de los pies a la cabeza, una ola larga, larga, larga, que parecía no terminar nunca. Cuando por fin se fue apagando, yo estaba temblando entera y tenía los ojos llenos de lágrimas sin razón aparente.
***
Cuando recuperé el aliento, sentí algo que no había sentido nunca con un chico: unas ganas urgentes de devolverle todo. No por compromiso, ni por buena educación, sino porque quería tocarla. Quería saber qué se sentía siendo yo la que la hacía gemir.
—Ven —le dije, tirando de su muñeca.
La tumbé boca arriba en el sofá. No tenía idea de qué estaba haciendo, así que decidí copiar paso a paso lo que ella me había hecho a mí. Le besé el cuello, le mordí despacio la oreja, le bajé la camiseta del pijama y empecé a chuparle los pezones uno por uno. Ella respondía distinto: no se aguantaba nada. Se arqueaba, gemía fuerte, se reía entre los suspiros.
—Baja, vamos, baja —me pidió, sin pudor.
Le quité la braga y me encontré con su pubis depilado de cerca. Olía a algo limpio y dulce. No me dio impresión, todo lo contrario: me lancé. Empecé con la lengua plana sobre los labios, después con la punta sobre el clítoris, después metiendo y sacando los dedos como me había hecho ella unos minutos antes. Mientras la chupaba, escuchaba todo lo que decía y la verdad es que me daba más combustible.
—Reviéntame el coño, Caro, no pares, no pares.
Probé a poner un dedo en el otro lado, despacio. Lo recibió como si llevara años esperándolo. En cuestión de minutos la tenía gritando, con las dos manos agarradas a mi pelo. Tuvo tres orgasmos en menos de un cuarto de hora, uno detrás del otro, sin descanso. Yo no me lo creía. Me sentí poderosa, como si hubiera descubierto un idioma nuevo.
Cuando ya no podía más, le pedí que se diera la vuelta. Se puso a cuatro patas en el sofá, las piernas todavía temblándole. Le besé las nalgas un buen rato, después le pasé la lengua por el ano sin pensarlo demasiado. Me encantó. El sabor, la textura, la forma en la que ella suspiraba cada vez que yo bajaba la cabeza. Acaricié su clítoris al mismo tiempo y la sentí venirse otra vez, esta más larga y más callada, como si estuviera demasiado cansada para gritar.
Terminamos las dos en la alfombra, con la película todavía corriendo en la pantalla. No hablamos durante un rato largo. Después nos miramos, nos reímos, y sin decir una palabra nos colocamos en sentido contrario para hacer un sesenta y nueve que duró hasta que se nos durmieron las piernas.
***
Cuando volví a mi casa el sábado al mediodía, todavía olía a ella. Tenía los labios hinchados y unas ojeras como nunca. Mi madre me preguntó si había dormido bien. Le dije que sí, que en casa de Lara siempre se descansa mejor.
Han pasado seis años desde esa noche. Sigo saliendo con chicos, sigo enamorándome de chicos, pero cada tanto vuelvo a verla. Y cada tanto, cuando estamos solas, repetimos lo de aquel viernes con la misma intensidad de la primera vez. Esa noche aprendí que el cuerpo entiende lo que la cabeza tarda años en aceptar.