Lo que pasó antes de que mi novia despertara
Eran las ocho de la mañana de un domingo cualquiera y Carla seguía hecha un ovillo a mi lado. La luz se colaba por la rendija de la persiana y le dibujaba una línea fina sobre el hombro desnudo. Llevábamos así casi dos años: dormir juntas los fines de semana se había vuelto la única forma decente de empezar la semana.
Carla es rubia, de piel muy blanca, con ese cuerpo esbelto que parece de chica que corre todos los días, aunque no corre nunca. Tiene el sueño pesado. Yo no. Yo me despierto antes que ella casi siempre, y casi siempre me aburro mientras espero a que abra los ojos.
Aquella mañana decidí no esperar.
Cogí el móvil y me puse a pasar vídeos sin mirarlos de verdad. La mano libre se me fue sola al elástico de la braga. Empecé por encima de la tela: tres dedos paseando despacio sobre los labios, un golpecito en el clítoris, otra vuelta. Era más bien una rutina, una forma de saludarme a mí misma antes de levantarme.
Pero el cuerpo no entiende de rutinas a esa hora.
Metí la mano debajo de la braga y separé los labios con dos dedos. Estaba mucho más húmeda de lo que esperaba. El móvil ya no me importaba, lo dejé bocabajo sobre la almohada y me concentré en lo que estaba haciendo. Movimientos circulares pequeños, presión justa, sin prisa. Carla respiraba hondo a quince centímetros de mí, y esa respiración tranquila, ajena a todo, me ponía de una manera que cuesta explicar.
Me saqué la camiseta sin mirarla, despacio, y la dejé caer al suelo del lado de la cama. La braga salió detrás. Abrí las piernas y me llevé los dedos a la boca para mojarlos, aunque ya no hacía falta. Los bajé otra vez y los empujé dentro de mí, primero uno y enseguida dos. El movimiento del «ven, ven» contra esa pared interior que conoce todas mis manías.
Con la otra mano me apretaba un pezón. Lo tenía tan duro que dolía un poco, y ese dolor era exactamente lo que estaba buscando.
No sé qué tiene masturbarse al lado de alguien que duerme. Quizá el miedo absurdo a despertarla, quizá la sensación de estar haciendo algo que no debería. Lo cierto es que se me disparó el ritmo. Empecé a sacar y meter los dedos rápido, más rápido, y se escuchaba el sonido húmedo en toda la habitación. Tuve que apretar la mandíbula para no gemir. Solo se me escapaban suspiros tímidos, esos jadeos que se tragan a medias.
Llegué al orgasmo así, con la otra mano clavada en el pezón y los dientes sobre el labio inferior. Fue corto pero seco, con un pequeño chorrito que mojó la sábana debajo de mí. Solté un grito agudo que duró medio segundo. Carla ni se movió.
Quería más.
Abrí el cajón de la mesilla del lado de Carla con todo el cuidado del mundo. Ella guarda ahí un consolador de silicona de unos diecinueve centímetros, grueso, color piel. Lo compramos juntas hace un año en una tienda del centro y desde entonces se ha vuelto un habitual nuestro. Es de esos que pesan en la mano, que avisan de lo que vienen a hacer.
Me tumbé otra vez boca arriba. Antes de metérmelo necesitaba lubricarlo bien, así que empecé por darle pequeños besos en la punta, como si estuviera coqueteando con él. Lamí la base, subí la lengua hasta el glande, lo dejé entrar en la boca poco a poco. Al principio cabía sin problema, pero conforme empujaba notaba cómo me rozaba el fondo de la garganta y me pedía respirar. Lo aguantaba unos segundos y lo sacaba lleno de saliva, brillante, y volvía a empezar.
Cuando estaba bien empapado, me lo pasé por los labios de abajo. La punta caliente, mi piel hipersensible. Me lo metí poco a poco, sin prisa, hasta que sentí el tope. Me quedé quieta unos segundos, respirando, dejándome estirar por dentro.
Cogí el móvil otra vez. Abrí un vídeo lésbico que tenía guardado de hace tiempo, dos chicas en una cocina, sin guion, sin maquillaje. Subí el volumen al mínimo audible y me concentré.
Con una mano me follaba con el dildo, alternando ritmos, y con la otra sujetaba el móvil. Aceleraba, frenaba, volvía a acelerar. Los gemidos del vídeo, mis propios suspiros y el sonido mojado que salía de mí formaban una especie de música rara que solo yo escuchaba. Llegué a un segundo orgasmo, esta vez más largo, más sostenido, mordiéndome la mano para no despertarla.
***
Podría haber dejado ahí la mañana. Casi lo hago.
Pero Carla seguía dormida, con la sábana enredada en las piernas y el pelo rubio cayéndole sobre la cara, y verla así, después de dos orgasmos en silencio a su lado, me dio una ternura que no sé describir. Dejé el dildo y el móvil sobre la mesilla, me incliné encima de ella y empecé a besarla muy despacio.
—Carla —le dije en voz baja, contra el cuello—. Carla.
Le besé los labios, le lamí la mandíbula, le mordí el lóbulo de la oreja. Ella sonrió antes de abrir los ojos, con esa sonrisa medio dormida que se le pone cuando todavía está a medio camino entre el sueño y el día.
—¿Qué hora es? —murmuró.
—La que tú quieras —le contesté, y le pasé la lengua por el cuello hasta el hombro.
Le subí la camiseta del pijama y le descubrí los pechos. Carla los tiene pequeños, blancos, con los pezones rosados y muy reactivos. Apenas le rocé uno con la punta de la lengua y ya estaba duro. Se lo metí en la boca entero y lo mordí con cuidado, ese mordisco justo que sé que le gusta. Ella arqueó la espalda y se rió bajito.
—Llevas un rato, ¿no? —dijo con los ojos todavía a medio abrir.
—Un rato largo.
—Me lo imaginaba.
Le bajé las bragas tirando de la cintura con los dos pulgares. Le abrí las piernas y bajé la cabeza. Empecé por la cara interna del muslo, subiendo con la lengua, mordisqueando aquí y allá, esquivando el centro a propósito. Cuando por fin le pasé la lengua entera sobre los labios, ella soltó un suspiro largo y se agarró a las sábanas.
La lamí despacio. La conozco. Sé cuándo presionar el clítoris y cuándo dejarlo en paz, cuándo dar lengüetazos amplios y cuándo entrar en ella con la punta. Sus fluidos se mezclaban con mi saliva y todo brillaba a la luz que entraba por la ventana. Sus suspiros se convirtieron en gemidos contenidos, todavía con sueño en la voz.
Cuando supe que estaba bien lubricada, me tumbé a su lado, le pasé una pierna por encima y le metí dos dedos. Carla cerró los ojos y se dejó llevar, moviendo las caderas al ritmo que yo le imponía. Aumenté la velocidad y ella me agarró el antebrazo, clavándome las uñas. Llegó al orgasmo así, con la boca abierta sin sonido y la otra mano agarrada al cabecero.
Le pasé los dedos por los labios para que se los lamiera, y se los lamió mirándome. Tenía las mejillas encendidas y los labios partidos por una sonrisa medio culpable.
—Buenos días —me dijo.
—Buenos días.
***
Se puso encima de mí, todavía respirando rápido. Empezamos a besarnos sin prisa, sin necesidad de ir a ningún sitio. Me frotaba el cuerpo contra el mío, me mordía la nariz, me lamía las orejas. Sabe que las orejas me vuelven loca. Yo le agarraba el culo, se lo apretaba, le daba pequeños azotes que la hacían reír.
Fue uno de esos momentos raros con nosotras. Demasiado dulce para lo que acababa de pasar y demasiado caliente para llamarlo dulce. Una mezcla.
Después de un rato así, Carla se incorporó y cruzó una pierna sobre la mía, abriéndome. Acomodó su sexo contra el mío, se sostuvo con una mano sobre mi pecho y empezó a moverse despacio. Tijera, le decimos cuando hablamos de ello, aunque nunca sabes muy bien cómo se llama lo que haces hasta que tienes que ponerle nombre.
Nuestros labios se besaban abajo, mezclando lo que quedaba de mí y lo que ella estaba soltando. Empujaba contra mí, yo empujaba contra ella, y el ritmo se fue acelerando solo. La cama crujía. Ella jadeaba, apoyada sobre mis pechos, y yo le apretaba los suyos sin mirar lo que hacían mis manos. Le dejé las palmas marcadas en la piel blanca de un azote tras otro, y a cada azote ella respondía con un gemido más grave.
Llegamos al mismo tiempo. No siempre nos sale, pero esa mañana sí. Las dos soltamos un grito ahogado, las dos temblamos, y a las dos se nos escapó un pequeño chorrito que terminó de empapar la sábana. A Carla le temblaban las piernas mientras yo le pasaba los dedos por los labios. Después del orgasmo se pone hipersensible, y cualquier roce la hace reír y apartarse al mismo tiempo.
—Para, para —se reía—. Para, en serio.
—No.
***
Estábamos las dos rendidas, pero yo todavía quería una cosa más.
La tumbé boca arriba y cogí el dildo de la mesilla. Seguía húmedo de mis fluidos y de su saliva mezclada con la mía. Se lo pasé por los labios de la boca con lentitud, como si quisiera pintarla. Ella abrió y dejó que se lo metiera, sin dejar de mirarme. Le hice una garganta profunda suave, con cuidado, sintiendo cómo apretaba la mandíbula y respiraba por la nariz. Tiene la cara más bonita del mundo cuando hace eso: la piel encendida, los ojos llorosos, los labios brillantes.
Saqué el dildo lleno de saliva y se lo pasé por la mejilla, le di con él un par de palmaditas suaves en la cara. Carla se rió, se mordió el labio y abrió las piernas.
Se lo metí poco a poco al principio, y enseguida aumenté el ritmo. Entraba y salía sin esfuerzo, deslizándose perfecto sobre todos los fluidos que ya habían pasado por ahí. Se oía mojado, casi obsceno. Le pegué la boca a la suya y la besé mientras la masturbaba con su propio juguete, y ella me apretaba los pechos con las dos manos. Está obsesionada con mis pechos. Lleva dos años obsesionada.
Su último orgasmo fue el más mojado. Cerró las piernas con mi mano dentro y arqueó la espalda. Yo bajé la cara, le saqué el dildo y la besé entera por debajo, lamiéndole los labios mientras ella temblaba y se agarraba a mi pelo. Sus manos sobre mi cabeza pesaban con esa fuerza que solo tienen las manos justo después de un orgasmo grande.
Nos quedamos quietas un rato largo. Yo con la mejilla sobre su muslo, ella con los dedos enredados en mi pelo. La habitación olía a las dos.
—Tendríamos que cambiar las sábanas —dijo, riéndose contra la almohada.
—Tendríamos que ducharnos.
—Y desayunar.
—Y desayunar.
Pero todavía no nos levantamos. Nos quedamos así otro rato, besándonos sin necesidad, recogiendo el aliento, riéndonos de tonterías. Cuando por fin nos levantamos, echamos las sábanas a la lavadora y nos metimos juntas en la ducha. Carla me lavó el pelo. Yo le lavé la espalda. Hablamos del plan del día como si no acabáramos de pasar las dos horas más caóticas de la semana.
Fue, sin discusión, uno de los mejores domingos del último año. Y ya sé lo que estás pensando, porque yo lo pensé en cuanto cerré los ojos esa noche: que ojalá todos los fines de semana empezaran exactamente así.