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Relatos Ardientes

Cayó en mis brazos antes de poder besarme otra vez

Mariana se desplomó frente a Camila como si el techo del mundo le hubiera caído encima. El golpe sordo de su frente contra el parqué le erizó la nuca a Camila antes de que el cerebro alcanzara a procesarlo. No pensó. No respiró. Se lanzó hacia ella con la urgencia animal de quien ha visto demasiados cuerpos caer en demasiados lugares.

La sostuvo contra el pecho. La sintió liviana y, a la vez, imposible de cargar, como si arrastrara una historia entera entre los huesos. La fiebre le quemaba la frente, el sudor le pegaba el flequillo a las sienes, y aun así, en medio de ese desastre, Camila notó el perfume tenue que le subía del cuello. Limón verde. El mismo que le había sentido la primera noche en el coche, cuando Mariana se había inclinado para apagar la radio y casi se habían besado sin querer.

—Sofía, abre la puerta del cuarto —ordenó con la voz que usaba en operativos.

Sofía obedeció. La puerta del apartamento se cerró sola con un golpe que rebotó en las paredes desnudas del pasillo. Camila depositó a Mariana sobre el sofá y empezó a moverse con la coreografía exacta de la memoria militar y médica: pulso errático, presión bajísima, glucemia que apenas daba lectura. Cada dato era una bofetada. La piel de Mariana estaba fría por fuera y ardiendo por dentro, como una casa con las ventanas cerradas y un incendio en el sótano.

—Vamos a llevarla a la cama —dijo, más a sí misma que a Sofía.

Entre las dos la levantaron. Las sábanas blancas del cuarto de huéspedes parecían demasiado limpias, demasiado nuevas, para sostener un cuerpo en ese estado. Camila la desvistió con cuidado y entonces sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la urgencia médica.

El cuerpo de Mariana no era un misterio para ella.

Ya te conozco así, desnuda y rendida. Solo que la última vez no era enfermedad lo que te dejaba sin aliento.

***

Tres semanas atrás, en una habitación de hotel en el centro, Mariana le había pedido que apagara la luz y Camila se había negado.

—Quiero verte —le había dicho, con la voz ronca de quien lleva años sin desear a nadie con tanta urgencia.

Mariana se había mordido el labio inferior, ese gesto suyo de cuando pensaba demasiado, y se había quitado la blusa lentamente, dejándola caer al suelo como si fuera una bandera blanca. Tenía la espalda más recta de lo que Camila recordaba de las clases de esgrima, los hombros tensos, el pelo recogido en un moño que se le deshacía con cada respiración.

—Entonces mírame bien —le había contestado—. No sé si voy a tener el valor de pedirte esto otra vez.

Camila se había acercado despacio. Le había recorrido la clavícula con la yema del índice, había seguido la línea del esternón, había rodeado la curva del pecho izquierdo sin tocarlo todavía. Mariana se había estremecido. Era un cuerpo de veintidós años acostumbrado a entrenar, a obedecer, a sostener disciplina; pero esa noche temblaba por algo que ningún coach le había enseñado a controlar.

La cama del hotel les había quedado chica. Camila la había besado primero en la boca y después detrás de la oreja, había bajado por el cuello hasta morderle el hombro, había aprendido el mapa de sus cicatrices —la del codo de una caída de bicicleta, la del muslo de un florete mal sujeto— como quien estudia un idioma nuevo y se obliga a memorizarlo. Mariana había arqueado la espalda. Había gemido con la garganta cerrada, conteniendo, siempre conteniendo, como si temiera espantar lo que estaba ocurriendo si le ponía sonido.

—No te calles —le había susurrado Camila contra el muslo interior—. Conmigo no.

Y Mariana, por primera vez en su vida, había dejado de medir el sonido de su propia voz. Había abierto las piernas con esa misma decisión con la que entraba a un combate, había hundido los dedos en el pelo de Camila, había dicho su nombre tres veces seguidas, cada vez más bajo, hasta que el nombre fue apenas un temblor en el aire.

Cuando todo terminó, Mariana se había quedado boca arriba mirando el techo, con la respiración rota y una sonrisa que Camila no le había visto nunca, ni siquiera al ganar un torneo. Le había acariciado el muslo con la mano abierta y le había dicho, casi en broma, casi en serio:

—Si mi mamá supiera que estoy aquí, me mata.

Y se habían reído. Las dos. Como si la frase no fuera, en realidad, una grieta.

***

Sofía entró en el cuarto con el suero y el termómetro, y la imagen se desvaneció. Camila parpadeó, regresó. Las manos le temblaban un poco más de lo que admitiría delante de nadie.

—¿Cómo está? —preguntó Sofía.

—Mal. Pero estable.

—¿Vas a poder con esto?

Camila no respondió. Le pasó el termómetro y se sentó al borde del colchón. Le acomodó un mechón húmedo detrás de la oreja. Mariana no abrió los ojos. No habló. Solo se le escapó un gemido tan débil que parecía pedir disculpas por existir.

Un pitido seco interrumpió la habitación. El teléfono de Camila vibró contra la mesita: Fiscalía, mensaje urgente. «Nuevo caso confirmado. Hallazgo reciente. Residencial Las Magnolias. Víctima femenina, cincuenta-sesenta años. Equipo completo en camino.»

Camila ni siquiera apartó la mirada de Mariana. Renata, que acababa de llegar, lo notó desde el umbral. La miró con esa mezcla rara de profesionalismo y dolor que solo aparecía cuando algo le tocaba un punto íntimo. Quiso decirle algo. No supo qué. Porque verla así, volcada sobre otra mujer con esa devoción que antes había sido suya, le rompía algo viejo y mal cicatrizado.

—¿Quieres que me haga cargo del caso? —preguntó Renata, con la voz baja pero firme.

Camila asintió sin parpadear.

Renata salió a la sala. Sofía la siguió poco después, con un sobre amarillo y la cara descompuesta. Tenía las hojas marcadas en rojo, anotaciones a mano, ese tipo de letra apresurada de cuando uno escribe sin querer creer lo que escribe.

—Necesito hablar contigo a solas —le dijo a Renata, casi sin voz.

Le mostró el reporte. Nombre. Edad. Domicilio. Foto.

—Hay que sacar a Camila del caso —dijo Sofía.

—¿Y cuál es la razón? ¿Acaso no es capaz de recomponerse sola porque esa muchacha está así? —contestó Renata, con un tono más áspero del que pretendía. Le dolía. Le dolía haberse convertido, de un día para el otro, en la mujer a la que ya no se le contaban primero las cosas que importaban.

Sofía no respondió enseguida. Levantó la hoja marcada en rojo y se la sostuvo frente a la cara como si fuera una sentencia.

—La víctima es la madre de Mariana —dijo al fin, bajando la voz, como si pronunciarlo en voz alta lo hiciera más real—. La mujer que crio sola a esa chica que tienes durmiendo en la habitación de al lado.

Renata se quedó inmóvil.

—¿Estás segura?

—Las fotos, el nombre, la dirección, la edad. Todo coincide. Voy a adelantarme con el equipo, pero hay algo más.

—Dime.

—El cuerpo tiene signos de forcejeo. Moretón reciente en el antebrazo. La cerradura forzada con cuidado, como si quien entró supiera que adentro había alguien que no iba a resistirse. No fue un robo. No se llevaron nada. La mataron. Y si no se sospechara nada turbio, no te habrían asignado el caso a ti.

Renata sintió el estómago dado vuelta.

—Mariana probablemente lo intuye —siguió Sofía—. Tal vez no sepa los detalles, pero su cuerpo ya reaccionó al dolor. Por eso está así. No es agotamiento. Es trauma puro. Es pérdida en carne viva.

Renata se llevó una mano al cuello. Miró hacia la habitación. Miró a Sofía.

—Hay que apartarla del caso —dijo—. Cueste lo que me cueste a mí.

—¿Y cómo se lo decimos? No va a aceptarlo.

—Entonces no se lo dices. Actúa. Yo me encargo.

Pero no hizo falta.

Camila estaba parada en el pasillo. Las había escuchado a las dos.

Tenía el rostro vacío. No había rabia. No había lágrimas. Solo ese frío absoluto que aparece cuando la mente entiende que va a tener que sostener algo demasiado grande y prefiere apagarse para no romperse antes de tiempo.

Entonces algo dentro de ella crujió.

Las rodillas le cedieron despacio y la espalda se apoyó contra la pared como si alguien le hubiera arrancado el aire del pecho de un manotazo. No fueron lágrimas: fueron inundaciones. La respiración se le partió en pedacitos. La frase «la madre de Mariana» le rebotaba adentro del cráneo como una piedra dentro de una lata vacía.

De repente todo se volvió contra ella. Cada conversación. Cada pista que no había visto.

Camila recordó aquella tarde en el coche, cuando volvían de la casa de Mariana después de la competencia.

Mi mamá no entiende nada de esgrima, pero viaja siempre. Dice que le gusta verme brillar, aunque no sepa por qué a veces pierdo.

A veces siento que solo entreno por ella. Porque el día que gane una medalla, quiero que la vea. Que sepa que valió la pena todo.

Esa voz, apoyada contra la ventanilla, con un poco de sol entrándole entre las pestañas, había sido la última cosa hermosa que Camila había escuchado antes de meterse en esta cama y olvidarse de respirar.

Se llevó la mano a la boca para contener un grito que no salió. Veía el cuerpo de Mariana en la habitación. Veía a esa mujer —la madre, la casa entera de Mariana— en una camilla fría que ahora le estaba perteneciendo a alguien que no había llegado a tiempo.

Ella no había estado. Había llegado tarde, otra vez.

—Dios —susurró, sin saber a quién se lo decía. Hacía años que no rezaba.

Renata se acercó. Camila levantó la mano. No quería ser tocada. No por ella. No hoy. No después de los meses que se habían pasado evitándose en pasillos, después del último portazo, después de haberse mirado en la cocina y haberse dicho con los ojos lo que ninguna había tenido valor de pronunciar con la boca.

Renata bajó el brazo. Aceptó.

Camila se limpió la cara de un manotazo. No por orgullo. Por urgencia. Volvió al cuarto. Se sentó al borde de la cama y le tomó la mano a Mariana con una suavidad que dolía.

Y ahora entendía.

Ahora todo encajaba.

Mariana no estaba enferma. Estaba rota desde hacía días. Su cuerpo, más honesto que su boca, había firmado la rendición antes de que la cabeza supiera lo que estaba firmando. Lo había visto en sus pesadillas, en la forma en que se aferraba a la sábana cuando dormía contra ella, en cómo se le quebraba la voz cada vez que sonaba el teléfono y no era su mamá.

Camila le acarició el dorso de la mano con el pulgar. Le besó los nudillos uno por uno, despacio, como había aprendido a besarle el cuerpo entero en aquella habitación de hotel. Solo que esta vez no había prisa, no había deseo encendido, no había nada que la urgiera a llegar a ningún lado.

Solo el deseo terco, antiguo, de quedarse.

—Aquí estoy —le dijo en voz baja, contra la palma—. No me voy a mover.

Mariana no contestó. Pero los dedos —los mismos dedos que tres semanas atrás habían dejado marcas en su espalda mientras Camila le mordía el cuello en un hotel barato— se cerraron levísimamente sobre los suyos.

Era poco.

Era todo.

Y aunque Camila no lo sabía aún, el verdadero infierno apenas estaba empezando.

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Comentarios (6)

valentina_lp

Hermoso... me llego al alma. De verdad!!!

LectrixNocturna

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar asi. Me dejaste con el corazon en la mano

SofiaR_Baires

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, esas personas que llegamos a conocer tan bien que con solo una mirada ya lo dicen todo. Muy lindo relato, gracias por compartirlo

MiraCeles

Increible como en tan pocas palabras se puede sentir tanto. Bravo!

CarlaQ_Mdq

Que bien escrito, se nota que hay sentimiento de verdad detras. Este tipo de relatos se agradecen mucho, sigue asi

Kikita_77

empece a leerlo de paso y termine leyendolo dos veces jajaja tremendo

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