El día que mi tía se entregó por primera vez a una mujer
Aquella noche, mi tía Pilar no pudo pegar ojo. Daba vueltas en la cama pensando en lo que iba a ocurrir al día siguiente con Mercedes, y se levantó antes que nadie, todavía con el pelo revuelto y los ojos un poco hinchados.
Cuando salimos de la habitación, ella ya estaba sentada frente al televisor, envuelta solo en una bata ligera y, debajo, una braga sin sujetador. Los pezones se le marcaban a través de la tela.
Mercedes había bajado con un camisón de satén color malva. No llevaba nada debajo, y lo supe sin necesidad de mirar dos veces.
Desayunamos los cinco en la cocina y la conversación fluyó tranquila, casi normal, mientras organizábamos el día. Lucía y yo nos íbamos a comprar al pueblo, así que mi tía y Mercedes se quedarían solas. A nadie se le escapó la sonrisa que se le dibujaba a las dos cuando hablaban de ese plan.
—Llevadme un poco de fruta, por favor —dijo mi tía sin mirar a nadie en particular.
Su voz sonaba contenida, como si tuviera miedo de delatarse.
Cuando volvimos un par de horas después, Lucía estaba completamente cambiada. Habladora, encendida, con esa energía que le sale a alguien cuando algo importante acaba de pasar. Nos contó lo que había sucedido entre mi tía y Mercedes, confirmando lo que yo ya sospechaba desde la noche anterior. Mi tía no había podido dormir porque imaginarse lo que iba a ocurrir la había puesto tan nerviosa, tan caliente, que necesitaba descargar esa tensión como fuera.
***
—Pilar, ven aquí —le había dicho Mercedes en cuanto se quedaron solas, dejando caer la bata sobre el respaldo de una silla—. Te voy a quitar esa calentura primero y luego te afeito.
Mi tía se acercó sin pensarlo, sin permitirse pensarlo, porque sabía que si lo pensaba se echaría atrás. Mercedes la besó en la boca. No fue un beso suave, no fue un beso de tanteo: fue un beso largo, profundo, con la lengua dentro y las manos sujetándola por la nuca como si llevara décadas reservándolo para ese momento exacto.
Hacía años que nadie la besaba así. Veinte, quizá. Su marido había muerto cuando ella tenía cuarenta y pocos y, antes de eso, hacía mucho tiempo que sus besos se habían reducido a un roce mecánico antes de irse a dormir.
—Túmbate —le pidió Mercedes en voz baja, guiándola hacia la alfombra del salón.
Mi tía obedeció. Se dejó caer sobre la alfombra mientras Mercedes le abría la bata sin prisa, casi como si estuviera desenvolviendo un regalo que llevaba semanas esperando. Le besó el cuello primero, mordiendo apenas detrás de la oreja. Luego bajó por la clavícula, por el escote, hasta los pechos.
Le mordisqueó los pezones uno por uno, oscuros y duros, y mi tía soltó un suspiro que ya no era de sorpresa sino de entrega.
—Mercedes... —murmuró—. Sigue, sigue así.
Mercedes deslizó un muslo entre las piernas de mi tía y empezó a frotar despacio. La braga estaba ya tan empapada que parecía no haber tela. Le metió una mano por debajo del elástico, recorrió toda la mata espesa de vello rubio descuidado, encontró el clítoris hinchado y lo presionó con la yema del pulgar.
Mi tía gimió. Le costaba reconocerse en ese sonido.
—Déjate llevar —le susurró Mercedes contra la oreja—. Entrégate y verás.
—Soy tuya. Haz lo que quieras conmigo.
Mercedes le bajó la braga lentamente, dejándola tirada cerca del sofá. Le abrió las piernas, apartó el vello con los dedos y se inclinó. Cuando mi tía sintió la lengua de otra mujer en su sexo por primera vez en su vida, se le escapó un grito ahogado y le clavó las uñas en el hombro a Mercedes sin darse cuenta.
—Joder... joder... —repetía mi tía, incapaz de articular nada más.
Mercedes la lamió despacio, recreándose en el clítoris, succionándolo con cuidado y luego soltándolo para volver a empezar. Cada vez que mi tía intentaba cerrar las piernas para retenerla, Mercedes se las abría con las manos. Cada vez que mi tía intentaba apartarla porque ya no soportaba el placer, Mercedes se quedaba un poco más.
El primer orgasmo le llegó rápido. Demasiado rápido para lo que ella esperaba. Se corrió con un grito largo, todo el cuerpo en tensión, y Mercedes no se separó: siguió bebiéndole los flujos como si fueran agua y ella estuviera muriéndose de sed.
—Voy a explotar otra vez —avisó mi tía pocos minutos después, con la voz quebrada—. Mercedes, voy a correrme otra vez.
Y se corrió. Y otra vez. Mi tía no recordaba cuántas veces se había corrido en toda su vida con su marido, pero seguro que menos de las que se corrió esa mañana en la alfombra del salón.
Cuando Mercedes por fin se incorporó, tenía el cuello brillante, los pechos chorreando y una sonrisa que era todo orgullo.
—Pilar, te has portado —le dijo, secándose la barbilla con el dorso de la mano—. Tu coño sabe a gloria.
Mi tía se echó a reír. No de vergüenza, no de incomodidad, sino de alivio. Como quien por fin se quita un abrigo que ha llevado puesto cuarenta años.
—Ha sido increíble —dijo—. No sabía. Lo juro, no sabía que esto existía.
—Pues queda mucho más. Y eso que solo te he comido el coño.
***
Lo del afeitado vino después. Mercedes la llevó al baño, sacó una toalla limpia y le puso música. Empezó cortando el vello con una afeitadora eléctrica, despacio, casi como un ritual. Luego la enjabonó completamente, desde el bajo vientre hasta el ano, sin saltarse ni un milímetro. Y mientras enjabonaba, jugaba: deslizaba los dedos por entre los labios, le rozaba el clítoris ya hinchado de nuevo, le metía dos dedos en la vagina y le buscaba el punto G con una paciencia que mi tía no había experimentado nunca.
—Mercedes, otra vez no... —decía mi tía, aunque movía las caderas pidiendo más.
—Otra vez sí. Cuanto más relajada estés, más fácil será el afeitado.
Mentía descaradamente. El afeitado no necesitaba ese masaje interior, ni mucho menos. Pero mi tía no protestó.
Se corrió por tercera vez con los dedos de Mercedes dentro y el pulgar dándole vueltas al clítoris, gritando contra el azulejo del baño. Mercedes esperó a que se recompusiera y entonces sí: la afeitó por completo, milímetro a milímetro, con una concentración casi quirúrgica. Después le pasó vaselina por toda la zona, le acercó un espejo y se la mostró.
—Mira. Como nueva.
Mi tía se miró. Llevaba sin verse así desde los doce años. Le pareció raro, le pareció obsceno, le pareció bonito, todo a la vez.
—Parezco una cría —dijo.
—Pareces una mujer que por fin se está dando permiso.
***
Las encontramos en la piscina cuando llegamos. Mi tía tenía esa cara de cansancio luminoso que solo da el sexo bueno, ese que vacía y a la vez deja flotando. Mercedes se reía a su lado con un cigarrillo en la mano. Daniela y Lucía intercambiaron una mirada cómplice antes de saludar.
—Hola, tortolitas —dijo Daniela apoyándose en el bordillo—. ¿Habéis hecho los deberes?
—Pues sí —contestó Mercedes—. Le he quitado a Pilar el miedo que tenía, la he afeitado hasta dejarla como una niña y, de paso, la he hecho correrse tres veces.
—¡Mercedes! —protestó mi tía, roja como un tomate, aunque sonreía.
—¿Qué? Si es la verdad.
Lucía se sentó en el borde de la piscina, metió los pies en el agua y miró a mi tía sin decir nada durante un buen rato. Mi tía le sostuvo la mirada.
—Me voy contigo a Madrid —dijo entonces mi tía, sin venir a cuento, como si llevara horas esperando soltarlo—. No le des más vueltas. Me voy contigo y viviremos juntas.
A Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas. Llevaba años esperando esa frase y nunca se había atrevido a pedirla en voz alta. Se metió en el agua sin pensar, en bañador y todo, y se acercó a mi tía hasta abrazarla por la cintura.
—¿Estás segura? —le preguntó muy bajito.
—Lo más segura que he estado en mi vida.
—Pero, Pilar...
—Lucía, hoy he descubierto que llevo cuarenta y cinco años durmiendo. Y tú eres la única que ha tenido la paciencia de quedarse a esperarme. No pienso desperdiciar eso.
Daniela me miró con una sonrisa rara, como diciéndome que se le había hecho un nudo en la garganta. A mí también. Mercedes guiñó un ojo y se llevó el cigarrillo a los labios.
—Pues nada —dijo—. Esto hay que celebrarlo.
***
Lo celebramos esa misma noche, después de la cena, las cinco juntas en el salón. No hubo champán ni discursos. Hubo simplemente música baja, una botella de vino tinto y la sensación de que algo se había cerrado por fin y algo nuevo empezaba.
Mi tía me contó después, ya en Madrid, que aquella mañana con Mercedes había sido la primera vez en su vida que entendía de qué hablaba todo el mundo cuando hablaba de placer. Que durante cuatro décadas había creído que el sexo era algo que se hacía por obligación, por amor o por costumbre, pero nunca por gusto propio. Que su marido, al que quiso, había sido un hombre bueno y un amante mediocre, y que ella se había conformado porque no sabía que existiera otra cosa.
Las hijas de Lucía llegaron al pueblo el fin de semana siguiente. Se alojaron en la casa de su madre, no en la nuestra, y vinieron a comer un par de veces. Lucía y mi tía decidieron no contarles nada todavía. Querían darles la noticia en Madrid, una noche, con calma. Y eso hicieron unas semanas después: las invitaron a cenar, esperaron al postre, y se lo dijeron.
Lo que pasó esa noche es otra historia. Una que ni Lucía ni mi tía me han contado entera, y que probablemente no me cuenten nunca. Pero por la sonrisa con la que las dos hablan de ello cuando creen que no las escucho, intuyo que aquella cena tampoco terminó precisamente con un café.
La historia de hoy termina aquí, en una piscina de pueblo, con mi tía mojada hasta el pelo, abrazada a Lucía, y conmigo entendiendo por primera vez que el deseo, cuando se reprime durante demasiado tiempo, no se apaga. Solo espera la mano adecuada para volver a encenderse.