La madre de Lara entró sin avisar... las dos veces
Hace unas semanas me pasó algo que todavía me da una mezcla de risa y vergüenza cada vez que lo recuerdo. Llevo tiempo desaparecida del blog y prefiero volver con una confesión corta, casi en dos viñetas, antes de meterme con relatos más largos. Aviso desde ya: hay madre de por medio. No de la forma que están pensando, pero casi.
A la chica voy a llamarla Lara. No es su nombre, claro, pero le pega. Somos amigas desde hace algo más de un año y nos liamos por primera vez después de una tarde de cine, de esas en las que ninguna de las dos presta atención a la película. Apenas se apagó la luz, nos buscamos. Primero piquitos tontos, después la mano en la pierna, después la lengua. Salimos de la sala sin saber siquiera cómo se llamaba el protagonista.
De camino a su casa íbamos charlando como si no hubiera pasado nada raro, pero las dos sabíamos lo que estaba pasando. Yo notaba el tanga pegado a la piel y un cosquilleo bajo de pura impaciencia. Lara no paraba de mirarme la boca cada vez que yo decía algo. En el metro nos rozábamos las manos, en la calle las caderas, y cuando faltaba media manzana para llegar al portal dejó de hablar y empezó a caminar más rápido.
—Mi madre está, pero le da igual —dijo mientras buscaba las llaves.
—A mí también me da igual —contesté.
Subimos sin hacer ruido, saludamos a su madre desde el pasillo con una excusa torpe sobre apuntes de la universidad y cerramos la puerta del cuarto. La cerramos, sí. No le pusimos pestillo. Esa fue la primera falla. La segunda fue creernos que daba lo mismo.
Nos lanzamos la una sobre la otra como si lleváramos meses aguantando. Le quité el chándal de un tirón y ella me bajó los leggins. Yo no llevaba sujetador, así que cuando me sacó la camiseta se quedó un segundo quieta, mirándome los pechos como si no supiera por dónde empezar. Después se decidió. Bajó la cabeza con una avidez que nunca me había hecho nadie y me mordió los pezones con cuidado, suficiente para que me quedara sin aire. Le agarré la nuca con las dos manos para que no parara.
—Para un momento —le dije, riéndome—, déjame a mí también.
Le desabroché el sujetador a tientas y la empujé sobre la cama. Me llevé dos dedos a la boca, los mojé bien con saliva y los hundí por debajo del elástico de su braga. Estaba empapada. La acaricié de abajo arriba, separándole los labios con la yema, y le metí los dedos despacio mientras le tapaba un gemido con la otra mano.
Lo último que quería era que su madre nos oyera desde el salón.
Le saqué la braga sin dejar de besarla. Me llevé los dedos mojados a su boca para que probara su propio sabor y ella los chupó sin abrir los ojos. Empecé a bajarle por el cuello, por el pecho, por el ombligo, sin prisa, hasta dejar la cara entre sus muslos. Tenía los labios rosados y simétricos, de esos que tapan por completo lo de adentro. Pasé un dedo por encima, despacio, y casi me dio pena abrirlos.
—Tienes el coño más bonito que he visto —le dije.
—Pues es todo tuyo —contestó.
La probé con la punta de la lengua primero, después con toda la boca, jugando con su clítoris como si estuviera lamiendo algo que se me derritiese en los labios. Notaba cómo se tensaba bajo mis manos cada vez que cambiaba el ritmo. Subía, bajaba, paraba un segundo y volvía. Lara se aguantaba los gemidos mordiéndose el dorso de la mano y, cuando ya no podía más, me clavaba los talones en la espalda.
Le metí los dedos sin avisar. Soltó un gemido seco que rebotó contra la pared y, por primera vez, pensé en su madre. Le tapé la boca con la mano libre y seguí buscando ese punto interno, ese sitio que se hincha y que se nota distinto al resto. Cuando lo encontré, le bajó un temblor desde los muslos hasta los hombros. Se quedó con la cara colorada, los ojos cerrados y un hilito de risa floja.
***
Yo no había terminado. Me quité el tanga, ya inservible, y lo tiré al borde de la cama. Nos pusimos frente a frente, con las piernas abiertas y los coños rozándose, y empezamos a movernos como dos gatas peleando despacio. Subía y bajaba la cadera buscando el ángulo justo, sintiendo sus labios contra los míos, escuchando ese sonido pegajoso que solo aparece cuando las dos están a medio camino del orgasmo. Era una competición y las dos lo sabíamos: la primera que se rindiera, perdía.
Perdí yo. Solté un gemido demasiado alto, cerré las piernas por reflejo y me tapé el sexo con las manos como si tuviera algo que esconder. Lara se rio, me apartó las manos de un manotazo y me metió tres dedos. Empezó a moverlos rápido, sin tregua, buscándome el punto desde abajo. Mi coño hacía ruido cada vez que entraba y salía. Acabé empapándole la cara y el cuello en un orgasmo largo, sucio, ruidoso. Y justo cuando estaba intentando recuperar el aire, lo hice todo peor.
Me senté sobre su cara. Le agarré el pelo con una mano para apretarla contra mí y con la otra empecé a jugarme un pezón. Lara no se quejaba. Yo todavía estaba temblando del orgasmo anterior y notaba su lengua moviéndose contra mí, su nariz contra mi clítoris, su barbilla mojada chocando con mis muslos cada vez que bajaba la cadera. Me reí entre dientes. Tenía la sensación de estar haciendo algo prohibido por partida doble: por estar con ella y por estar haciéndolo en aquella casa.
La puerta se abrió.
Fue un segundo. La madre de Lara entró sin tocar, con una taza en la mano y la pregunta a medio hacer en la boca. Nos vio así: yo desnuda, montada sobre su hija, agarrándole el pelo, y Lara debajo con la cara empapada. Soltó un grito corto, como un hipo, y cerró la puerta de un portazo. Yo me quedé quieta unos segundos enteros sin poder moverme. Lara giró la cara y me miró con una mezcla de pánico y carcajada que no supe descifrar.
—Joder —fue lo único que dije.
—Sí —contestó ella.
No bajamos a cenar. Nos quedamos en el cuarto un rato más, sin tocarnos, hablando en voz baja, hasta que nos vestimos y yo me fui por la puerta sin mirar a su madre, que estaba pasando un trapo por la encimera de la cocina haciendo como si no hubiera visto nada. Llevamos así desde entonces: ella hace como que no pasó, yo hago como que no pasó y, cuando me la cruzo en el descansillo, sonrío y aprieto los labios.
***
La segunda vez nos pilló aún más desprevenidas, lo cual ya tiene mérito.
Esto fue unas semanas después. Lara me escribió diciendo que su madre se había ido el fin de semana fuera con unas amigas y que tenía la casa para ella sola hasta el domingo por la tarde. No hace falta que diga que estuve allí a los cuarenta minutos.
Empezamos en el salón, terminamos en el cuarto. Esta vez no quedaba ni rastro de prudencia: la puerta abierta de par en par, la música un poco más alta, los gemidos sin filtrar. Sacamos un dildo de doble cabeza que ella tenía guardado y nos lo metimos las dos a la vez, mirándonos a los ojos, hasta que empezamos a movernos como una sola cosa. Acabé yo primero, otra vez. Solté un squirt suave que mojó la sábana, riéndome y diciéndole que no era justo. Ella terminó poco después, mordiéndose los labios y dejándome marcas en los muslos con las uñas.
No tuvimos suficiente. Lara me puso a cuatro patas con la espalda arqueada y se colocó detrás de mí. Me escupió en el culo, sin avisar, y empezó a lamerme con la cara apoyada en una de mis nalgas. Es algo que nunca me había hecho nadie y no estaba preparada. Sentía su lengua justo en el centro, dando vueltas, presionando, retirándose y volviendo. Me agarré a la almohada con las dos manos para no caerme. Después me metió dos dedos por delante y empezó a moverlos al mismo ritmo que la lengua. La mezcla era demasiado: yo tirando del cojín, ella respirando contra mi piel, su saliva por toda mi entrepierna.
La puerta del cuarto estaba abierta. La de la calle también. Eso lo descubrimos un segundo después.
Su madre había vuelto antes. Nunca supimos por qué: si se había olvidado algo, si se había peleado con sus amigas o si simplemente cambió de planes. El caso es que volvió, dejó el bolso en el recibidor, caminó por el pasillo y se asomó a la habitación de su hija justo en el momento en el que su hija tenía la lengua donde la tenía y yo tenía la cara que tenía.
Esta vez no gritó. Cerró la puerta despacio, sin portazo, como quien decide ahorrarse el escándalo y ahorrárnoslo. Nos quedamos quietas. Lara apoyó la frente contra mi espalda y se empezó a reír en silencio, con los hombros temblando.
—Otra vez —dijo.
—Otra vez —repetí.
***
Salí del cuarto a los veinte minutos completamente vestida, los zapatos en la mano y la cara más roja que he tenido en mi vida. La madre de Lara estaba en la cocina, otra vez con una taza, otra vez con la mirada baja. Me dio los buenos días con una voz neutra, como si yo fuera una repartidora que se había confundido de timbre, y se metió por el pasillo sin esperar respuesta. Salí a la calle sin mirar atrás.
Para los curiosos: a Lara no le dijo nada. Ni la primera vez, ni la segunda. Tampoco a su padre, según ella, porque seguramente no le apetecía explicar dos veces lo mismo. La relación entre ellas siguió igual, con una mezcla extraña de naturalidad fingida y silencio elegido, que en mi opinión es lo más maduro que ha hecho esa mujer en su vida.
Lo nuestro también siguió. Lo hacemos todavía, aunque ya tomamos precauciones que antes nos parecían absurdas. Echamos el pestillo. Cerramos la puerta de la calle con llave aunque estemos solas. Ponemos música, pero no demasiado alta, por si acaso. Y cuando me cruzo con ella, con la madre, sonrío con la educación que se le ofrece a una mujer que te ha visto desnuda dos veces sin querer.
Espero que les haya gustado este pedacito de confesión, mis amores. La próxima vez vuelvo con un relato largo, prometido. Muchos besos.