La noche que mi amiga dejó de ocultar su deseo
Hace tiempo que no me sentaba a escribir y vuelvo con la sensación de quien regresa a casa después de un viaje largo. Soy Renata, tengo cuarenta y nueve años, y aunque mi vida pública es la de una arquitecta convencional, mi vida íntima dejó de serlo hace mucho. Junto a mi marido, Hernán, llevamos casi dos décadas explorando lo que en otra época no me habría atrevido ni a nombrar.
Tenemos un estudio de arquitectura en pleno centro de Montevideo. Compartimos oficina, clientela y secretaria. Esa secretaria se llama Marisol, está con nosotros desde hace once años y conoce nuestras costumbres mejor que nuestra propia hija. En el estudio rige una regla simple: nada personal entre esas paredes. La privacidad de los clientes manda y nadie cruza esa línea. Hasta que la crucé yo misma, en una noche que no esperaba.
Aquel jueves, ya pasadas las nueve, llegó al estudio Verónica. La conozco desde un congreso de planificación urbana que compartimos en Barcelona hace cinco años. Vive en el interior y desde hace unos meses pasa una semana al mes en la capital por compromisos políticos. Cada vez que viene me llama para que la asesore con proyectos urbanísticos que su comisión tiene que dictaminar. Pero esa noche, supe después, venía por otra cosa.
La hice pasar al despacho del fondo, donde tenemos los sillones grandes y la mesa baja con la botella de tannat siempre lista. Marisol todavía andaba ordenando papeles en su escritorio y le insistí dos veces que se fuera, que ya nos arreglábamos solas. Me miró con esa media sonrisa suya, asintió y siguió tecleando algo.
Verónica es una mujer que entra a un lugar y lo cambia. Pelo largo y oscuro, ojos negros, una manera de cruzar las piernas que parece deliberada incluso cuando no lo es. Esa noche llevaba un vestido beige que se le ajustaba a las caderas y dejaba ver los hombros. Le serví vino, me serví yo, y empecé a explicarle lo que había revisado del expediente que me había mandado por correo.
Hablaba yo y ella me miraba. Pero al rato me di cuenta de que no me escuchaba. Tenía los ojos puestos en mí, sí, pero el pensamiento estaba en otra parte. Corté la frase a la mitad.
—Verónica, no me estás siguiendo. ¿Qué te pasa?
Me contestó sin pestañear.
—Estoy acá. Estoy en vos. Hace rato que estoy en vos.
Antes de que pudiera responder se levantó del sillón de enfrente, se acercó, se inclinó sobre mí y me tomó la cara con las dos manos. Me besó como si llevara meses ensayándolo en la cabeza. No fue un beso de tanteo. Fue un beso decidido, con la lengua ya dentro y los dedos hundidos en mi pelo.
Yo nunca había escondido que también me gustan las mujeres. Hernán lo sabe desde el primer día y a lo largo de los años hemos compartido muchas. Pero con Verónica era distinto. Verónica era mi amiga, mi colega, alguien con quien me cruzaba en almuerzos formales y reuniones interminables. Y sin embargo no me aparté ni un segundo. Le devolví el beso con la misma hambre con la que ella me lo daba.
Se sentó a mi lado en el sillón sin soltarme la cara. Una mano le bajó al cuello, a la clavícula, al primer botón del vestido. Me lo desabrochó con una calma que contradecía la urgencia de la boca. En un movimiento limpio me empujó hacia atrás hasta que quedé recostada con ella encima.
—Hace cinco años que pienso en esto —me dijo al oído.
No le contesté. No hacía falta.
***
Me sacó el vestido sin apuro y dejó el sostén y la bombacha en el suelo, junto a los míos. Era la primera vez que veía su cuerpo entero y entendí por qué le tenía esa envidia silenciosa que las mujeres a veces nos tenemos. Pechos firmes, vientre liso, una cintura que no parecía la de una mujer de cuarenta y siete años. Y un culo, sobre todo un culo, que ya me había llamado la atención debajo de cualquier falda.
Empezó por el cuello y bajó. Me lamió los pezones uno por uno, despacio, como si los estuviera memorizando. Después siguió por el esternón, por el ombligo, por el hueso de la cadera. Cuando me abrió las piernas y me apoyó la boca entre ellas, ya estaba tan mojada que se me escapó un quejido que no quise reprimir.
Su lengua no tanteaba. Sabía dónde ir y se quedaba el tiempo justo. Yo me agarraba del respaldo del sillón con una mano y le tiraba del pelo con la otra. El clítoris me palpitaba como si tuviera vida propia. No quería terminar todavía, no así, y le pedí que se diera vuelta.
Quedamos en sesenta y nueve sobre los almohadones. Su sexo estaba empapado y caliente, y el mío recibía esa lengua que parecía no cansarse. Le metí dos dedos en el culo casi sin pensarlo, y ella se arqueó como si la hubiera tocado un cable. Acabamos casi al mismo tiempo, las dos sacudiéndonos sin soltarnos, su cara mojada por mí y la mía mojada por ella.
—Más —dijo cuando recuperó el aire—. Quiero más.
Me incorporé. Sabía exactamente qué iba a buscar. En el cajón de abajo de mi escritorio, debajo de unas carpetas viejas, guardo un arnés que no había sacado en meses. Lo embadurné con lubricante y volví al sillón. Verónica me miraba desde abajo con una sonrisa que no era de sorpresa.
—Tranquila, amor. Ahora te doy lo que estás pidiendo.
Le levanté las piernas y se las apoyé en el hombro. La penetré despacio la primera vez, hasta el fondo, y ella largó un grito mezcla de queja y agradecimiento. A partir del segundo embiste ya no quiso despacio.
—Cogeme —me decía—. Cogeme, amor, soy tuya. Hace años que soy tuya, cogeme entera.
La cogí. No me reconocía cogiéndola así, pero la cogí. Como si fuera el hombre que ella estaba pidiendo y yo nunca había sido. Su voz subía y bajaba, suplicaba, pedía más fuerte, pedía que no parara. Cuando se vino le tembló todo el cuerpo, como si una corriente le hubiera atravesado la espalda.
La di vuelta sin sacarle el arnés. La puse en cuatro sobre el sillón, le abrí las nalgas y se lo clavé en el culo de una sola vez. El grito que pegó debe haberse escuchado hasta el palier.
—Rompeme el culo —me pedía entre jadeos—. Rompemelo, es tuyo.
Le rompí lo que pidió. Cuando se vino por segunda vez se desplomó hacia adelante y yo caí encima de ella, sin sacar el arnés, las dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.
***
Después, cuando se enderezó, me miró con una timidez que no le había visto en toda la noche.
—Renata, tengo que hacer pis.
—Vení —le dije, y me arrodillé en el piso—. Hacelo acá. En mi boca.
No protestó. Se paró encima de mí y se descargó. Tragué lo que pude, dejé que el resto me corriera por el cuello y el pecho. No fue por costumbre. Fue por hacerle entender que esa noche le decía que sí a todo.
Nos duchamos juntas en el baño del despacho. Mientras el agua nos caía encima me contó la historia entera. Que desde el congreso de Barcelona no había podido sacarse de la cabeza la imagen mía saliendo del baño envuelta en una toalla y vistiéndome frente al espejo del hotel. Que en cinco años se había masturbado pensando en mí más veces de las que podía contar. Que un día le confesó todo al marido y que él le dijo que averiguara, que si no lo hacía nunca iba a estar tranquila.
—Quiero ser tu puta —me dijo bajo el agua—. O que vos seas la mía. Las dos cosas. Lo que sintamos.
Le contesté lo único que se podía contestar. Que también la había pensado más de una vez. Que muchas noches, después de cruzármela en algún almuerzo, había vuelto a casa y me había hecho acabar pensando en ella. Que de ahora en adelante íbamos a tener nuestras semanas, y nuestras tardes, y nuestras oficinas.
***
Cuando salimos del despacho, ya pasada la medianoche, Marisol seguía en su escritorio.
Me la quedé mirando. Le había pedido dos veces que se fuera. Le había dicho que no la necesitaba. Y ahí estaba, fingiendo que repasaba expedientes, con el saco puesto pero sin moverse de la silla.
Acompañé a Verónica hasta la puerta. Le di un último beso, largo, sin importarme que Marisol mirara de reojo desde su escritorio. Cuando cerré la puerta y volví, mi secretaria tenía las mejillas coloradas y la mirada baja.
—Ceci, te pedí dos veces que te fueras. ¿Por qué te quedaste?
—Por si me necesitaba, señora.
—No te necesitaba.
—Ya sé.
Se hizo un silencio raro. Yo estaba todavía con el pelo húmedo de la ducha, con el cuello marcado, con esa cara que ponemos las mujeres después de coger bien. Y ella lo sabía. Lo había escuchado todo. Aunque no quisiera admitirlo, lo había escuchado todo y se había quedado a propósito.
Murmuró algo en voz tan baja que casi no llegué a oírlo.
—Es la suerte que tienen algunas y que yo no.
Me hice la que no había escuchado.
—¿Qué dijiste?
—Nada, señora. Que se quede tranquila, no se oyó nada.
Pero yo había oído perfecto.
—Vení, Ceci, agarrá tus cosas y nos vamos las dos juntas.
En el taxi rumbo a casa no le saqué el tema. Pero la frase me iba dando vueltas en la cabeza como una piedra suelta dentro de una caja. La suerte que tienen algunas y que yo no. Once años trabajando codo a codo y nunca le había escuchado decir una cosa así. Esa noche Marisol había dejado caer, sin querer, algo que llevaba mucho tiempo guardando.
***
En casa, después de la cena, me senté con Hernán en el patio a tomar un café tardío. Le conté todo. No le ahorré ningún detalle: el sillón, el arnés, la ducha, la frase de Verónica sobre los cinco años. Lo miré mientras hablaba y vi cómo el bulto del pantalón le iba creciendo hasta que tuvo que acomodarse con disimulo.
—Mirá cómo te pusiste —le dije riéndome—. La tenés dura como hace mucho no la tenías.
—¿Qué querés que te diga? Imaginarte cogiéndote a Verónica con el arnés es demasiado.
—¿Verónica te calienta?
—Siempre me calentó, ya lo sabés.
—Te prometo que pronto te la traigo. Pero por ahora vamos arriba, que algo tenés que hacer con esto.
Subimos a la habitación y me cogió como hacía mucho no me cogía. Tenía la cabeza llena de Verónica y yo dejé que la tuviera. Me embistió por atrás con una urgencia que no le conocía hacía tiempo, y cuando acabó dentro de mí todavía le quedó leche para que bajara por mis piernas. Después, con su lengua, recogió cada gota y me la pasó en un beso largo.
Antes de dormirme, otra vez la frase de Marisol me volvió a la cabeza. La suerte que tienen algunas y que yo no. La di vuelta. La di vuelta otra vez. Y entendí, sin vueltas, lo que mi secretaria me había dicho sin animarse a decirlo. Once años aguantándose en silencio, mirándome entrar y salir del despacho, atendiendo a las mujeres y a los hombres que pasaban por ahí, ordenando los almuerzos y los recibos y los archivos, mientras por dentro pensaba lo que pensaba.
Me quedé un rato planeando cómo y cuándo. No iba a ser pronto, pero iba a ser. Marisol se merecía, después de tanto silencio, la suerte que decía no tener. Y yo se la iba a dar. Pero esa, lectoras y lectores, es otra noche y otra historia.