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Relatos Ardientes

La profesora de mi hijo me sorprendió en la ducha

Cuando los padres del equipo me votaron para acompañar a los chicos al torneo provincial, no lo dudé un segundo. Trabajo en una farmacia y tenía días libres acumulados desde hacía meses. Esa misma noche armé el bolso y le prometí a Tomás que iba a estar en la primera grada en cada uno de sus partidos.

Salimos un viernes a las seis de la mañana en dos micros: los chicos en uno, los adultos en el otro. Tres horas y media de ruta hasta Villa Tarcoles, un pueblo de montaña con un complejo deportivo nuevo y un hotel modesto reservado entero para nosotros.

La organización fue simple. Los varones, en el edificio de adelante. Las mujeres, en el de atrás, a unos cincuenta metros. Cuando la coordinadora repartió las llaves, me anunció que iba a compartir habitación con Carolina, la profesora de educación física de Tomás. Sonreí. Nos conocíamos desde el jardín de infantes, habíamos coincidido en cumpleaños, reuniones, actos escolares. Era una de esas personas con las que me sentía cómoda desde el primer minuto.

Carolina tenía algo difícil de explicar. Treinta y muchos años, el pelo castaño siempre atado, la piel del cuello bronceada por las horas de patio. Tenía las manos fuertes de alguien que se gana la vida con el cuerpo, y una manera de reírse echando la cabeza para atrás que siempre me había llamado la atención. Pero hasta ese viaje no había pensado en ella de otra forma. O, mejor dicho, no me lo había permitido.

Pasamos la primera mitad del día en las canchas. Tomás jugó dos partidos y los ganó los dos. Carolina gritaba desde el banco como una más, marcando jugadas con la mano. Yo aplaudía desde la grada con el corazón en la garganta. Cuando volvimos al hotel a las siete de la tarde, las dos veníamos transpiradas, con los pies hinchados y un hambre brutal.

—Báñate tú primero —me dijo apenas entramos a la habitación—. Tengo que llamar a mi mamá. Le prometí que iba a chequear cómo siguió de la presión.

Asentí y empecé a sacar las cosas del neceser. Toalla, jabón, crema, desodorante. Y, en el fondo, escondido entre la ropa interior, mi juguete. Lo había metido casi sin pensarlo, por costumbre. Estaba en esos días del ciclo en los que el cuerpo se vuelve una caldera y la cabeza no para de pedir, y sabía que sin él iba a dormir mal.

Me metí al baño con todo y eché la traba.

***

El agua caliente caía como un castigo bueno sobre los hombros agarrotados. Cerré los ojos un rato largo, dejando que la presión me masajeara la nuca. Cuando empecé a enjabonarme, el cuerpo ya me estaba pidiendo otra cosa.

Saqué el juguete del neceser, lo enjuagué bajo el chorro y me lo llevé entre las piernas. El primer contacto me hizo soltar un suspiro que se mezcló con el ruido de la ducha. Estaba mojada por dentro de una manera que casi me daba vergüenza, como si el cuerpo hubiera estado esperando ese momento durante todo el día.

Empecé despacio. Con la mano libre me agarré un pecho y jugué con el pezón hasta sentirlo duro entre los dedos. La otra mano iba marcando un ritmo lento, sacando y metiendo, mientras la espuma me corría por las piernas.

Y entonces me acordé del champú.

—¡Caro! —grité, sin parar lo que estaba haciendo—. ¿Me alcanzas el champú? Quedó sobre la cama, al lado del bolso.

—Ya te lo llevo —contestó desde el otro lado de la puerta—. Deja la traba abierta.

Estiré la mano y corrí el pestillo. Volví bajo el agua, cerré los ojos, seguí.

El cuerpo no me dejaba parar. Me imaginé cosas que no había pensado en años, escenas viejas, manos sobre mí, una boca acá, otra allá. El juguete entraba y salía con un ritmo cada vez más rápido. Mordí el labio para no hacer ruido, pero igual se me escapó un gemido bajo, casi un quejido.

No escuché la puerta del baño.

Cuando abrí los ojos, Carolina estaba parada del otro lado de la cortina semitransparente. La había apartado apenas unos centímetros. Tenía el champú en una mano y la otra apoyada sobre uno de sus pechos, todavía cubiertos por el corpiño negro. Estaba en bombacha, descalza, con el pelo suelto sobre los hombros.

Me quedé inmóvil. El juguete adentro. La mano sobre el pecho. Los ojos clavados en ella.

—Perdón —tartamudeé—. No fue mi intención, te juro. Sal, por favor, dame un segundo y…

No salió. Apoyó el champú en el borde de la bañera, sin sacarme los ojos de encima.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

La pregunta me cortó el aire. Porque la respuesta honesta era no.

—No sé —dije, y fue la verdad.

Carolina sonrió, una sonrisa lenta, y se llevó las manos a la espalda. Sentí el click del corpiño antes de verlo caer al piso. Los pezones se le pararon con el aire frío del baño. Después se bajó la bombacha sin dejar de mirarme.

—Hace rato que tengo ganas de hacer esto —dijo—. Más rato del que te imaginas.

Corrió la cortina del todo y se metió en la ducha conmigo.

***

El primer contacto fue su mano sobre mi cintura. La piel mojada se pegó a la mía, y el contraste entre el agua caliente y sus dedos fríos me hizo temblar. Me besó el cuello, despacio, mordiéndome apenas debajo de la oreja. Se me cayó el juguete al piso. Ninguna de las dos lo levantó.

—Mira cómo estás —murmuró contra mi piel—. Estás temblando.

—Estaba a punto de venirme —le dije, sin pensar lo que estaba diciendo.

—Bueno —contestó—. Te vas a venir igual. Pero conmigo.

Bajó la cabeza y se metió mi pezón en la boca. Lo chupó, lo mordió suave, lo soltó con un ruido que me recorrió la espalda entera. Después el otro. Yo no sabía qué hacer con las manos. Le toqué el pelo, le agarré la nuca, le pedí en silencio que no parara.

Una mano suya me bajó por la panza, despacio, y se metió entre mis piernas. Cuando me tocó, soltó una risa baja contra mi pecho.

—Estás empapada.

—Hace horas —admití.

Metió dos dedos sin pedir permiso. La sensación me hizo doblarme contra ella. Eran más finos que el juguete, pero hacían lo que el juguete no podía hacer: encontraban los lugares justos, doblaban en el ángulo justo, sabían cuándo apretar y cuándo soltar. Empezó despacio y fue subiendo de a poco, y mientras me la metía y la sacaba, su pulgar me hacía círculos en el clítoris con una precisión que me hizo darme cuenta de que no era la primera vez que ella hacía algo así con otra mujer.

Me apoyé contra los azulejos para no caerme. Las piernas me empezaron a fallar.

—Espera —le dije—. Espera, yo también quiero…

La interrumpí con un beso. La empujé un paso hacia atrás, sin dejar de besarla, hasta que su espalda quedó contra la otra pared de la ducha. Le bajé las manos por el cuello, por las clavículas, por los pechos. Tenía las tetas más chicas que las mías, firmes, los pezones oscuros y duros. Le mordí uno, después el otro, escuchando cómo se le iba cortando la respiración.

—Así —dijo bajito—. Así, no pares.

Bajé la mano y la encontré tan mojada como yo. Le pasé un dedo por afuera, despacio, midiendo lo que le hacía. Cuando le toqué el clítoris, se le escapó un gemido que rebotó contra los azulejos. Le metí dos dedos. Después tres. Ella ya me los estaba metiendo a mí otra vez, y de pronto estábamos las dos así, una contra la otra, las frentes apoyadas, los gemidos mezclándose con el ruido del agua, las manos haciendo el mismo movimiento en cuerpos distintos.

—No puedo más —susurré.

—Yo tampoco.

Vino primero ella. Sentí cómo se le contraía todo por dentro, cómo me apretaba los dedos, cómo se mordía mi hombro para no gritar. Eso me empujó al borde. Dos movimientos más de sus dedos, una mordida suya en el cuello, y me deshice contra su mano con un quejido que no pude tragarme.

Nos quedamos así un rato largo, sin movernos, las dos respirando agitadas, el agua todavía cayendo sobre nuestras cabezas.

***

Salimos de la ducha cuando el agua empezó a enfriarse. Nos secamos en silencio, las dos sonriendo cada vez que cruzábamos miradas, como dos chicas que acababan de hacer una travesura imperdonable. Carolina me pasó la toalla por la espalda con una ternura que no esperaba.

Nos pusimos las camisetas grandes que usábamos de pijama y nos metimos en la misma cama, aunque cada una tenía la suya. Apagamos la luz. Afuera se escuchaba a los chicos del equipo gritando en el otro edificio, a los entrenadores tratando de hacerlos dormir.

—¿Estás bien? —me preguntó al oído.

—Estoy mejor que bien.

—¿No te arrepientes?

Lo pensé un segundo, de verdad. Pensé en Tomás durmiendo a cincuenta metros de ahí, en el viaje de vuelta el domingo, en cómo iba a mirarla en el próximo acto escolar. Y aun así la respuesta fue la misma.

—No. ¿Y tú?

Por toda respuesta me dio un beso en la sien y me abrazó por la espalda, pegándose entera contra mí. Sus dedos encontraron los míos y se quedaron ahí, entrelazados sobre mi panza.

—Mañana hay otro partido —dijo, después de un silencio largo—. Y otra noche en este cuarto.

Sonreí en la oscuridad.

—Lo sé.

Me dormí con su respiración tibia en la nuca, sabiendo que el viaje recién empezaba y que la profesora de mi hijo y yo no íbamos a volver a ser las mismas.

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Comentarios (4)

SofiaM

Excelente!!! me atrapo desde la primera linea, no pude parar

Roxana_22

Por favor segui escribiendo, quede con ganas de mas. Muy bueno

LecturaDeNoche

Me encanto, lo lei de un tiron. Estos relatos de situaciones inesperadas son los mejores

CarmenLT

Muy bien narrado, se nota que sabes escribir. El momento de la sorpresa esta muy bien logrado, sin ser torpe ni forzado. Espero leer mas de tu autoria.

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