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Relatos Ardientes

Mi compañera Camila se quedó después de las once

Hace dos años que Diego y yo decidimos abrirnos. No fue una crisis, fue una conversación larga en la terraza, con una botella de vino tinto y la certeza de que ninguno de los dos quería seguir mintiéndose. Desde entonces, salgo con hombres, con mujeres y con quien me caliente. Él hace lo mismo. Funcionamos.

Lo de las mujeres lo descubrí hace cosa de un año, y desde la primera vez no he podido parar. Hay algo en tener un cuerpo femenino encima del mío, en sentir unas tetas contra las mías, que ningún hombre me ha sabido dar.

En la agencia donde trabajo entró hace unos meses una chica que me quitó el sueño desde el primer día. Se llama Camila, tiene veintiséis años y se mudó a la ciudad desde Monterrey. Cuerpo de gimnasio sin parecer gimnasio, nalgas duras, pecho generoso, y unos ojos verdes que me obligaron a mirar dos veces el día que la presentaron. La fantasía empezó esa misma tarde y no se fue nunca.

Las cosas pasan cuando una menos las planea. Un viernes nos tocó cerrar la presentación de un cliente importante, de esos que pagan tres meses de oficina. Quedamos las dos solas en la sala de juntas a partir de las siete, con la cafetería ya cerrada y el resto del piso vacío.

Camila había llegado en licra negra y una blusa blanca semitransparente. La licra le marcaba todo. Yo, que llevaba un vestido formal hasta la rodilla y un saco encima, me lo fui quitando capa por capa según avanzaba la noche, primero el saco, después soltando un botón, después otro. Ella se daba cuenta. Yo también me daba cuenta de cómo se inclinaba sobre la mesa para que yo le viera el escote.

—Oye, ¿vamos a cenar cuando terminemos? —le solté, fingiendo que era una propuesta de compañeras.

—Me encantaría, Mariana, pero no puedo. Mi marido me espera.

—Ah, no sabía que estabas casada.

—Hace tres años —dijo, y me sonrió con una sonrisa que no era de mujer casada—. Pero gracias.

—Yo también lo estoy. No es un dato relevante.

Levantó la vista del portátil. No dijo nada, pero algo cambió en la sala.

Seguimos trabajando con la tensión flotando entre las dos. Cada vez que se levantaba a buscar algo, pasaba más cerca de mi silla de lo necesario. Cada vez que yo le pasaba una hoja, le rozaba los dedos. En un momento se inclinó sobre mi hombro para señalarme un gráfico y me apoyó la teta izquierda contra la espalda. Se quedó así dos segundos más de la cuenta.

—Perdón, qué torpe —dijo, y se apartó despacio.

—No te disculpes.

A las diez nos faltaban los anexos. Estaban en el archivo del fondo, esa sala estrecha con estanterías hasta el techo donde nunca entra nadie. Fuimos las dos. Ella delante. Yo, detrás, mirándole el culo y aceptando que se me estaba acabando la paciencia.

Camila se estiró para alcanzar una carpeta del último estante. Se le subió la blusa y se le marcó la cintura. Levantó los talones del suelo. Y yo me lancé.

La abracé por detrás. La pegué entera contra mí, le rodeé la cintura con un brazo y le pasé la otra mano por el vientre. Ella se quedó quieta. No se sobresaltó, no me apartó, solo se quedó quieta, con la carpeta a medio sacar y la respiración cortada.

—¿Qué haces, Mariana? —me preguntó en voz baja.

—Te abrazo —le dije al oído—. ¿Te molesta?

Negó con la cabeza. Y se dejó caer un milímetro hacia atrás, contra mí.

Le aparté el pelo del cuello y le besé justo debajo de la oreja. Olía a vainilla y a algo más sucio, debajo. Sentí cómo se le erizaba la piel.

—Estás casada —murmuré, sin separar los labios de su cuello.

—Tú también.

—Pues entonces estamos las dos en lo mismo.

Se giró. La carpeta cayó al suelo y a ninguna de las dos nos importó. Me besó como si llevara meses pensándolo, y yo creo que llevaba meses pensándolo. Tenía la lengua caliente y un sabor a café y a menta. Le metí las manos por debajo de la blusa y le toqué la espalda, las costillas, el contorno del sujetador. Ella me apretaba las caderas como si quisiera fundirme contra la estantería.

—Aquí no —dijo, jadeando contra mi boca—. La mesa. Vamos a la mesa.

Volvimos a la sala de juntas medio vestidas. Tiré los documentos de la mesa de un manotazo, sin pensarlo, y me senté en el borde. Camila se quitó la blusa por la cabeza. Llevaba un sujetador de encaje negro que sostenía a duras penas todo lo que tenía dentro. Se lo desabrochó ella misma, y se quedó delante de mí con el torso desnudo y los pezones duros bajo la luz fluorescente.

—Ven —le dije.

Vino. Le besé el cuello, le bajé hasta el pecho izquierdo y le metí el pezón en la boca. Lo lamí despacio, lo mordí muy suave, le pasé la lengua por todo el contorno. Ella me hundía los dedos en el pelo y respiraba como si le doliera.

—Quiero comerte —me dijo de pronto, separándose un poco.

Me empujó suavemente para que me tumbara sobre la mesa. Me subió el vestido hasta la cintura. Me apartó las bragas a un lado, sin quitarlas siquiera, y me pasó la lengua entera desde abajo hasta el clítoris en un solo movimiento lento.

Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar.

Camila comía coño como si llevara toda la vida haciéndolo. No tenía nada de torpeza, ningún titubeo. Sabía exactamente dónde apretar con la lengua, cuándo añadir un dedo, cuándo retirar todo para soplar y dejarme un segundo en suspenso antes de volver. Me agarró los muslos y me los abrió más, casi con violencia, y se metió entre las piernas como si tuviera hambre.

—Dios, Camila, dónde aprendiste a hacer esto.

—Práctica —dijo, sin levantar la cabeza.

Me metió dos dedos y los curvó hacia arriba mientras seguía con la lengua en el clítoris. Sentí cómo se me cerraba la garganta. Llevaba semanas pensando en ella, y la realidad me estaba pegando más fuerte que la fantasía. Me corrí con la espalda arqueada sobre los papeles arrugados, con los talones clavados en sus omóplatos, sin dejar de mirarle la coronilla entre mis piernas.

***

—Te toca —le dije cuando recuperé el aire.

Me incorporé y la cambié de sitio. Le bajé la licra y la tanga de un solo tirón, y la tumbé yo a ella sobre la mesa, en el mismo lugar donde acababa de estar yo. Me arrodillé sobre la moqueta y le abrí las piernas.

Estaba empapada. La olí antes de tocarla. Le pasé la lengua plana primero, de abajo arriba, igual que ella había hecho conmigo, y la oí soltar un gemido grave que no parecía suyo. Le metí la lengua entera, luego le chupé el clítoris con los labios, le mordí muy suave la cara interna del muslo y volví. Repetí el ciclo hasta que empezó a moverse sola contra mi boca.

—Mariana, por favor, dedos, mete dedos.

Le metí dos. Después tres. Tenía el coño apretado y caliente y le encajaba todo lo que le daba. Mientras la penetraba con una mano, con la otra le agarraba un pecho y le pellizcaba el pezón. Ella me miraba desde arriba, con la barbilla hundida contra el pecho y los ojos verdes muy abiertos.

—Más rápido. Más fuerte.

Le hice caso. La mesa de la sala de juntas era de cristal, y oía cómo crujía bajo nosotras. Me daba igual. Camila empezó a temblar, primero las piernas, después el vientre, y se corrió mojándome la muñeca y la mesa. No fue un orgasmo discreto. Gritó. Tuve que reírme en mitad de su orgasmo porque pensé que el guardia del edificio iba a subir.

Cuando bajó, se quedó tumbada con los brazos en cruz, respirando hondo. Me subí encima de ella y le besé la boca con mi propio sabor todavía en los labios. Me rodeó con las piernas.

—No me sueltes —dijo.

—No pensaba.

Nos quedamos así un rato largo, las dos desnudas de cintura para arriba, ella todavía con la licra a media pierna, yo con el vestido arrugado en la cintura. Le acariciaba el pelo. Ella me dibujaba círculos en la espalda.

—¿Lo hacemos otra vez? —preguntó, con esa misma sonrisa de antes.

Lo hicimos otra vez. Esta vez juntamos las dos vulvas, tijera, frente a frente, agarrándonos los tobillos para hacer presión. Ese movimiento siempre me ha vuelto loca, sobre todo cuando la otra sabe llevar el ritmo. Camila sabía llevarlo. Nos miramos a los ojos todo el rato, sin decir nada, escuchando el sonido húmedo de nuestros sexos chocando, hasta que nos vinimos otra vez casi a la vez, ella primero, yo justo después.

***

A la una y media terminamos la presentación. Lo juro. Quedó impecable.

Cuando bajamos al portal, su marido la estaba esperando en un coche aparcado en doble fila. Camila me presentó como su compañera de oficina. Él me dio dos besos educados, le abrió la puerta a ella y se fueron. Mientras los veía alejarse, pensé que hacía menos de una hora yo había tenido la boca de su mujer entre mis piernas, y que él no iba a olerle nada raro porque las dos nos habíamos limpiado bien en el baño antes de salir.

Camila y yo repetimos otras dos veces, siempre en la oficina, siempre con la excusa de algún proyecto urgente. A los seis meses la trasladaron a la sede de Querétaro y dejamos de vernos. Nunca le conté nada a Diego, no porque fuera un secreto, sino porque ella me pidió que no. Lo nuestro se quedó ahí, en aquella mesa de cristal, en aquella sala de juntas que todavía pisamos para reuniones y que cada vez que veo me hace sonreír.

A veces me pregunto si su marido sabrá. Espero que no. Espero, sobre todo, que ella sea feliz.

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Comentarios (5)

Florencia_Sur

Excelente!!!! me quedé queriendo mas, se cortó justo en lo mejor

NocturnaMar

Me encanto como fuiste construyendo la tension sin apurarte. Eso es lo que hace que un relato se sienta real.

OficinaSecreta

jaja quien no tuvo una compañera de trabajo que te saque los pensamientos del cliente 😂 muy bueno

Celeste_noche

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues de las once

Guille_Lee

Muy bien escrito, no es facil capturar esa tension sin que se vuelva burdo. Felicitaciones!

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