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Relatos Ardientes

Mi compañera de piso me encontró en el jacuzzi

Mes y medio en el sofá de mi hermana se sentía como un año entero. Le agradecía la hospitalidad, de verdad, pero un departamento tan chico me estaba asfixiando. Súmale un sofá más duro que el suelo y mis dos sobrinos haciendo desastre las veinticuatro horas, y estaba a un paso de perder la cordura. Necesitaba un lugar propio, y lo necesitaba para ayer.

Por suerte, hacía apenas unos días me habían llamado para trabajar de mesera en un restaurante del centro. Turnos nocturnos, perfectos para terminar mi último semestre de historia del arte. Una carrera que empecé algo tarde, una carrera que todos me decían que no me daría trabajo, pero que simplemente me apasionaba.

El rostro de mi hermana mezclaba preocupación y alivio cuando le conté la noticia. Yo estaba nerviosa, sí, pero lista para este nuevo capítulo. Después de descubrir que mi entonces novio me engañaba, mi mundo se había venido abajo. Me costó superarlo. El cambio de ciudad me cayó como anillo al dedo.

—Nadia, ¿estás segura de que no es una asesina en serie? —pregunté en broma.

—Te lo juro que no. La investigué y todo.

—Tu investigación fue buscar a tu futura compañera de piso en Instagram, ¿cierto?

—Bueno, sí, pero se ve tranquila. Hasta tiene el perfil público.

Lo que no le dije es que ese perfil tenía tres fotos de paisajes y una más en la que salía solo de espaldas.

—Mmm, no sé. Suena demasiado bueno para ser verdad.

—Si me ayudas con la mudanza, ¿estarías más tranquila?

—Y te visito una vez por semana.

—Relájate, Nadia. Ya no soy una niña.

—Siempre vas a ser mi hermana chica, así que ni insistas.

—No tienes remedio —reí, y la abracé.

Y así fue como pasé de vivir en una lata de atún a una casa elegante con tres habitaciones, cuatro baños y un jacuzzi en la terraza del segundo piso. Todo por un precio sospechosamente barato.

***

Helena, mi compañera, tenía un aire misterioso. De esas personas que no hablan de más, solo lo justo y necesario. Después de cerrar el contrato y terminar la mudanza, me dejó las reglas claras.

Nada de ruido después de las diez de la noche. Mantener el orden en las áreas comunes. Nada de ligues de una sola noche. Avisar cuando viniera algún amigo o familiar. Y prohibido fumar dentro de la casa.

Era… particular. Algo cuadrada. Demasiado organizada para mi gusto. Supongo que compartir tu propia casa con una desconocida te pone a la defensiva al principio. Solo había que darle tiempo, y quién sabe si alguna vez la vería sonreír siquiera.

Mi habitación quedaba en el primer piso. Amplia, en tonos grises neutros. Dios, cómo quería pintar esas paredes, darle vida al lugar, sentirlo mío. Soñar no costaba nada, aunque sabía que jamás me dejaría tocar nada. Enfrente había otra habitación que Helena usaba de oficina. Arriba estaban su cuarto y el famoso jacuzzi, al final del pasillo, en la terraza. Mejor repartido imposible, sin contar la cocina equipada donde ya me veía preparando mi especialidad de chef: arroz con huevo.

La primera semana pasó tranquila. Casi no coincidíamos, y las pocas veces que lo hacíamos hablábamos de temas superficiales. Su porte era impecable, siempre bien vestida, siempre oliendo a elegancia. Lo contrario a mí, que combinaba colores imposibles, llevaba el pelo en un moño desarmado y escuchaba música a todas horas. Éramos agua y aceite. No entendía por qué me había elegido entre todas las candidatas, pero estaba agradecida.

Su actitud me confundía. Había momentos en que se me quedaba mirando con una intensidad que me helaba la sangre, como si examinara mis palabras más allá de lo que yo decía. Otras veces, simplemente me ignoraba. Sí, lo sé, era todo un encanto.

Me la imaginaba como la típica jefa de mal humor, esa que parece tener un palo metido en cierto lugar. Guapa, pero inaccesible. Y guapa lo era, no podía negarlo. Ojos grandes color miel, cuerpo atlético, unos pechos que daban envidia. A su lado me sentía pequeña. Su presencia llenaba cada rincón sin dejar espacio para nada más.

Sin darme cuenta, me fui obsesionando. Me mataba la curiosidad de saber cómo pensaba, de dónde salía esa actitud. Quería caerle bien, quería que la convivencia fuera espontánea. No nos llevábamos tantos años, ¿por qué se comportaba como una vieja amargada?

Nada me iba a preparar para lo que estaba a punto de pasar.

***

Un lunes cualquiera decidí, por fin, estrenar el jacuzzi. Después de un fin de semana agotador, mi cuerpo pedía relajación a gritos. Sabía que Helena estaba en casa, encerrada en la oficina o en su cuarto. Dormir temprano era parte de su rutina sagrada. Así que no me preocupé por taparme demasiado. Me puse un bikini blanco diminuto que compré un día que me sentí sexy y nunca usé por vergüenza.

Las burbujas. La noche estrellada. La brisa fresca chocando contra el agua tibia. Y la cuba libre que me había preparado, noventa por ciento ron y diez por ciento gaseosa, que hacía que lo sintiera todo el doble. Mi piel reaccionaba a cada estímulo del entorno.

Cerré los ojos, disfrutando cada segundo de ese éxtasis que pronto se volvió algo más atrevido. Mis zonas más sensibles empezaron a despertar. Los pezones, erectos, suplicaban atención. Sin pensarlo, llevé las manos a mis pechos. No tenía prisa. Jugaba con ellos, los estiraba, los pellizcaba.

Bajé una mano a mi sexo, todavía por encima de la tela del bikini, y empecé a masajear mi clítoris hinchado y palpitante. Estuve así un par de minutos, gimiendo apenas audible, ida del mundo real, con cierta persona rondándome la cabeza.

En otro momento me habría cuestionado mis nuevos gustos. Pero esa necesidad de que ella me mirara, de existir dentro de su vida fríamente calculada, no era algo que pudiera ignorar. La curiosidad me consumía. Me moría por saber hasta dónde podía llegar. Y en mi mente se repetían escenas que la lujuria inventaba, escenas donde Helena me besaba y me tocaba sin poder controlarse.

La temperatura de mi cuerpo subía, y el volumen de mis jadeos también. Estaba al borde del placer cuando una voz cortó el aire.

—¿Qué demonios estás haciendo?

—¡Helena! —abrí los ojos de par en par, y algo ardiente me trepó por la cara.

No había nada que pudiera decir para justificar que me estaba masturbando al aire libre, a unos metros de ella.

—Yo… yo lo siento, pensé que estabas dormida —respondí sin levantar la vista.

—Eso no significa que puedas tocarte en un área común. ¿Acaso no te basta tu habitación? —su voz subía de tono. Empezaba a notar el enojo.

—¡Lo siento, vale! ¡No sé qué me pasó! —me levanté de golpe, con la única idea de encerrarme en mi cuarto hasta año nuevo si era posible.

Al pasar a su lado, me agarró fuerte de la muñeca. Una ola de confusión y rabia me recorrió entera. ¿Quién se creía para tomarme así?

—¿Qué más quieres oír, Helena? No vuelve a pasar, ¿okey? ¡Tampoco es la gran cosa! —le grité, perdiendo los estribos, intentando soltarme de un agarre que no cedía—. ¡Suéltame, te estás pasando!

—¿Y si no quiero? —respondió con una sonrisa de lado, los ojos clavados en los míos, tan cerca que me veía reflejada en sus pupilas.

—¿De qué hablas?

—¿Y si no quiero soltarte? —esta vez fue un susurro que no se esforzaba en esconder el deseo.

No pude más. Me lancé a sus labios.

***

Con una valentía que no sabía que tenía, me aventuré a lo desconocido sin miedo a equivocarme. La tenía a ella. Confiaba en ella. Mientras nos besábamos de todas las formas posibles, me guiaba hacia su habitación. Sus manos recorrían cada curva, cada relieve. Yo ya no pensaba. Todas las alarmas estaban encendidas en mi cabeza, y a todas las ignoré.

—Llevo tanto tiempo deseando esto —me dijo mientras su mano se hundía entre mis piernas. Mi cuerpo se tensó, y de mi garganta salió un sonido que me avergonzó.

—Eres una delicia. Te quiero comer entera. Te quiero solo para mí.

No paraba de decirme cuánto le gustaba, cuánto me deseaba. Esa faceta habladora suya me descontrolaba, pero yo no era capaz de articular palabra. De mi boca solo salían gemidos.

Las piernas dejaron de sostenerme. Ella lo notó y me llevó a su cama, recostándome con una delicadeza que no le conocía. Su boca conquistó cada centímetro de mi piel. Cuando llegó a mi entrepierna, su respiración se agitó.

—Por favor… —le supliqué.

—¿Por favor qué?

—Te necesito… ahí.

No esperó a que terminara la frase. Su lengua empezó a hacer maravillas que jamás había sentido. Capturaba toda mi vulva, succionaba, lamía en círculos, mientras sus dedos bombeaban dentro de mí con un ritmo agresivo. Lo que salía de mí ya eran gritos quebrados. Mi pecho subía y bajaba sin control.

—Tócate los pechos —ordenó—. Tócate como lo hacías afuera.

No opuse resistencia. La combinación de las cosquillas que recorrían mi cuerpo, de la presión acumulándose en mi vientre y de la imagen que tenía enfrente —la mujer de hielo, fría y calculadora, ahora sin parar de hablar, demostrando con cada caricia cuánto me deseaba— me hizo rendirme a un orgasmo que me deshizo en mil pedazos.

Mis gemidos resonaron en la habitación. Mi cuerpo temblaba contra sus dedos, la vista nublada.

—Yo… yo… esto…

—No tienes que decir nada, niña bonita —murmuró con una dulzura inesperada.

—¿Quién eres tú y qué hiciste con Helena? —dije, sonriendo, todavía agitada.

—Esta es la verdadera Helena. La otra es una versión barata.

Las dos soltamos una carcajada que no pudimos contener.

***

Unos minutos después ya me sentía recuperada, y el hambre volvió. Solo que esta vez quería que la cena fuera ella. Empecé a besarla otra vez, frenética, y mis manos temblorosas bajaron a su centro.

—Yo nunca… nunca he hecho esto —confesé casi inaudible—. Con otra mujer, digo.

—Eso ya lo sabía. Tranquila, yo te guío —respondió, calmada, sonriendo.

Puso su mano sobre la mía y fue dirigiendo mis movimientos. Su respiración entrecortada, su piel tan sensible a mi toque inexperto, provocaron una corriente eléctrica que me atravesó. Mis ganas de complacerla les dieron vida propia a mis dedos. Quería hacerla terminar tan rico como ella lo había hecho conmigo. Quería que gritara mi nombre. Quería esto, y no solo esta noche.

Podría dedicar la vida entera a darle todo el placer que quisiera. Sus sollozos me sacaron del trance. Su mirada clavada en la mía, su cuerpo marcando un vaivén rítmico y desesperado contra mis dedos. Sentí los espasmos de sus paredes, su humedad creciendo, y como si me hubiera leído la mente, gritó mi nombre mientras se venía deliciosamente.

El resto de la noche sacié mi curiosidad sobre cómo amar a una mujer. El cuerpo adolorido de la mañana fue un grato recordatorio de lo que había pasado. Y ni siquiera eso me detuvo: desperté a Helena con la lengua lamiendo cada rincón de su sexo apretado y delicioso.

Esto era apenas el comienzo de mi adicción a su cuerpo, y de mi manía de hacerla terminar una y otra vez, hasta que no aguantara más.

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Comentarios (6)

Nadia_Lec

increible!!! quede con el corazon acelerado solo de leer los primeros parrafos

Mariana_Cba

Por favor seguí con esto, no puede quedar ahí. Necesito saber qué pasó despues!!

LucíaBA

esa tension inicial, sin saber si la mirada es furia o algo mas... perfectamente descripta. muy buen trabajo

Rodrigo_noche

me recordo a una situacion que viví con una compañera de piso hace unos años. la mia terminó diferente pero esa tension al inicio es identica jaja. buenisimo

SoniaNoche

cortisimo!!! dale, seguí que quiero mas

DarkReader_ok

La forma en que describís la mirada de Helena lo dice todo sin decir nada. Eso es saber escribir. Felicitaciones

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