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Relatos Ardientes

Mi jefa me sedujo la noche del informe

Mi cuerpo me ha abierto muchas puertas a lo largo de los años. Algunas las quería, otras simplemente aparecieron. Así fue como terminé trabajando en una de las consultoras más influyentes de Buenos Aires, ocupando el puesto de asistente personal de una directora a la que aquí voy a llamar Beatriz.

Beatriz tenía cincuenta y dos años, aunque pocas veces se le notaban. Era alta, de piel aceitunada, con unos ojos verdes que se le ponían casi grises cuando se concentraba en un reporte. Llevaba el pelo corto, teñido en un castaño con reflejos rojizos, y vestía trajes a medida que le marcaban una silueta que claramente cuidaba en el gimnasio. Tenía dos hijos ya grandes y un marido empresario al que veía solo los fines de semana, cuando ambos tenían ganas, que tampoco era siempre.

Mis primeros meses con ella fueron brutales. Beatriz dejaba la oficina a las tres de la tarde, pero yo me quedaba hasta las diez preparándole carpetas, agendas y minutas para el día siguiente. Aguantaba sin quejarme. Sabía que dos años con ella en el currículum me iban a abrir cualquier puerta en el mercado.

Con el tiempo nos fuimos haciendo más cercanas. Empezó a contarme cosas que ninguna jefa cuenta a una asistente: las peleas con su marido, las aventuras que había tenido con colegas durante congresos, los hombres que se le habían declarado en almuerzos de negocios. Yo escuchaba sin emitir juicio. Era parte del trabajo, aunque también empezaba a disfrutarlo más de lo debido.

Una noche de octubre del año pasado me invitó por primera vez a su casa. Vivía en un dúplex en Palermo con vista al parque, todo blanco, mínimo, caro. Teníamos que terminar un informe para una licitación gigante que el presidente del directorio quería listo a primera hora del lunes. Pedimos sushi, abrimos una botella de vino blanco y nos sentamos en el living con las laptops sobre la mesa baja.

—Estoy harta, Renata —me dijo después de una hora de revisar números—. Este proyecto me está matando.

—Tranquila, lo terminamos esta noche. Para eso estoy.

—Sos demasiado eficiente para tu propio bien. Y demasiado bonita, también.

El cumplido me hizo levantar la vista de la pantalla. Beatriz me miraba con una sonrisa que no le había visto nunca antes. La sostuve un segundo más de lo necesario y volví al informe sin decir nada, aunque por dentro algo se me había acomodado distinto.

Seguimos trabajando hasta que ella cerró la laptop de golpe.

—Necesito un descanso. Hay whisky en la alacena de la izquierda. Traé la botella y dos vasos.

Obedecí sin chistar. Cuando volví al living, Beatriz se había sacado los zapatos y estaba recostada en el sofá con los pies sobre un almohadón. Tenía las piernas descalzas, largas, perfectas. Le serví el whisky y me senté en el otro extremo del sillón.

—Brindemos —dijo levantando el vaso—. Por las mujeres que sostenemos a otras mujeres.

—Por eso —respondí, chocando mi vaso con el suyo.

Bebimos en silencio. Beatriz estiró los pies hasta apoyarlos sobre mis muslos. Era un gesto demasiado familiar, demasiado íntimo, pero no se los retiré. Me saqué los tacos yo también y los dejé caer al piso.

—Daría lo que fuera por un masaje ahora —murmuró.

—Te lo puedo dar yo. Trabajé en un spa hace años, sé hacerlo.

—¿En serio? ¿No me estoy aprovechando de vos?

—Para nada.

Fui a la cocina, busqué un aceite de almendras que ella tenía sobre la mesada y volví al sofá. Me puse sus pies sobre la falda, derramé unas gotas de aceite y empecé a trabajar desde los dedos hacia el talón, presionando con los pulgares cada nudo de tensión. Beatriz cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, ronco.

—Dios mío. Tenés las manos de un ángel.

Seguí subiendo lentamente, masajeando los tobillos, las pantorrillas. Tenía la piel tibia y suave, y yo sentía cómo se me aceleraba el pulso sin razón aparente. O sí: la razón estaba clarísima, solo que prefería no nombrarla todavía.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo de pronto, con los ojos todavía cerrados.

—Lo que quieras.

—¿Alguna vez estuviste con una mujer?

La pregunta me hizo detener las manos un segundo. Levanté la vista. Beatriz me estaba mirando ahora, con esa sonrisa de antes pero más larga, más segura.

—Sí. Un par de veces. En la universidad.

—Lo sabía. Tenés algo en la forma de mirar.

—¿Y vos?

—Yo tengo cincuenta y dos años, querida. He tenido tiempo para todo.

Me reí, nerviosa. Ella se incorporó muy despacio, sin sacar los pies de mi falda, y se acercó hasta que su cara quedó a centímetros de la mía. Le sentía el aliento entre los labios.

—¿Querés comprobar si es verdad lo que dicen de mí?

No alcancé a contestar. Me besó.

***

El primer beso fue lento, casi una pregunta. Sus labios eran más suaves de lo que esperaba, y sabían a whisky y a algo dulce que no supe identificar. Cuando entendió que yo no me alejaba, profundizó. Su mano subió hasta mi nuca y la sostuvo ahí, con una firmeza que me dejó claro quién mandaba.

Me bajó del sillón empujándome con suavidad hasta que quedé sentada en la alfombra. Ella se arrodilló frente a mí y me sacó la camisa por encima de la cabeza. Tenía los pezones duros antes de que sus dedos los tocaran.

—Te miro hace meses —murmuró contra mi cuello—. Vas a la oficina con esas blusas que te quedan ajustadas y yo no me puedo concentrar en las reuniones.

—Si lo hubieras dicho antes…

—No quería arruinar la relación de trabajo. Pero esta noche me importa menos.

Me besó el cuello, el hombro, la clavícula. Me bajó el corpiño y me lamió los pezones uno a uno, con calma de mujer que no tiene apuro. Yo le hundía los dedos en el pelo y le pedía más sin necesidad de hablar.

—Vamos a mi habitación —dijo de pronto, parándose y tirándome de la mano.

La seguí descalza por el pasillo. En el cuarto había una cama enorme con sábanas grises y una lámpara de pie que dejaba la luz justa. Beatriz se sacó el vestido por la cabeza en un solo movimiento. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era el de una mujer que se había cuidado pero que también había vivido: caderas anchas, pechos llenos, una cicatriz pequeña en el abdomen sobre la que no me molesté en preguntar.

Me empujó sobre la cama y se sentó sobre mí a horcajadas. Empezó por mis pies, los besó, los lamió, subió mordiendo suavemente la cara interna de los muslos. Cuando llegó a mi sexo se quedó ahí, mirándome desde abajo como si me estuviera pidiendo permiso solo con los ojos.

—Hacelo —le dije.

Su lengua era precisa. Sabía dónde insistir, cuándo bajar la intensidad, cuándo volver. Metió dos dedos mientras seguía con la boca y yo me agarré de las sábanas porque no encontraba otra cosa de qué agarrarme. En menos de cinco minutos ya estaba al borde.

—Beatriz, voy a…

—Vení, mi amor. Vení para mí.

Me corrí con un grito que probablemente se escuchó hasta el pasillo. Ella siguió moviendo los dedos hasta que el último temblor se me pasó, y después subió a besarme con mi propio sabor todavía en la boca. Nunca había hecho eso antes con nadie, y descubrí que me gustaba más de lo que admitiría en voz alta.

—Te toca —me dijo, acostándose boca arriba a mi lado.

Bajé por su cuerpo aprendiendo cada centímetro. Le besé los pechos, le mordí los costados, le pasé la lengua por el ombligo. Cuando llegué entre sus piernas, ella ya estaba completamente mojada. La saboreé con calma, con la misma calma que ella había tenido conmigo, y vi cómo se le arqueaba la espalda contra el colchón.

—Así, Renata. Justo así.

Le metí dos dedos y empecé a moverlos al ritmo de mi lengua. Beatriz gemía cada vez más fuerte, con una voz grave que en la oficina nunca le había escuchado. Cuando se vino, me apretó la cabeza contra ella con tanta fuerza que pensé que me iba a ahogar. Me dio igual.

Quedamos las dos tiradas en la cama, sudadas, riéndonos como adolescentes que acababan de hacer una travesura.

—Mañana volvés a ser mi asistente —dijo ella, todavía sin aliento.

—Mañana sí. Esta noche no.

***

A partir de esa noche cambió todo. En la oficina seguíamos siendo Renata y la directora Beatriz, formales, profesionales, intachables. Pero tres veces por semana me quedaba a «trabajar» en su casa hasta tarde. Mi novio de entonces creía que estaba terminando licitaciones. En cierto modo era verdad: solo que la licitación era otra.

Beatriz me enseñó cosas que ninguna chica de mi edad sabía. Me enseñó a tomarme mi tiempo, a leer el cuerpo de otra mujer como si fuera un mapa, a no tener vergüenza de pedir lo que una quiere. Llegué a quererla, creo, aunque siempre supe que lo nuestro tenía fecha de vencimiento.

Lo que no calculé fue cómo iba a terminar.

Fue un martes cualquiera. Habíamos quedado en cenar en su casa porque su marido estaba en Punta del Este por una reunión y los hijos, según ella, vivían en su mundo. El más chico estudiaba arquitectura y casi no aparecía por la casa familiar. El otro, abogado en un estudio del microcentro, tampoco.

Después de la cena terminamos en la cocina, ella sentada en la isla central y yo arrodillada entre sus piernas. Le había dicho que esa noche quería darle un final inolvidable y me estaba tomando mi tiempo. Beatriz tenía la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados, las manos enredadas en mi pelo.

—Así, mi amor. Más. No pares, por favor.

—Me encanta tu sabor —dije sin levantar la cabeza—. Me podría quedar acá toda la noche.

—Renata, voy a…

No terminó la frase. Una voz desde la puerta de la cocina la cortó en seco:

—¿Qué carajo está pasando acá?

Beatriz abrió los ojos y se quedó congelada. Yo giré la cabeza despacio, todavía arrodillada entre sus piernas, y vi al hijo mayor parado en el umbral con una mochila en la mano y una expresión que no voy a olvidar nunca.

—Hijo mío… —alcanzó a decir ella.

Lo demás es otra historia. Y no estoy segura todavía de querer contarla.

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Comentarios (4)

Marcela_T

Me encantó, muy bien narrado. De los mejores que lei en mucho tiempo!

NochedeVerano

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo. Se hizo corto.

ValeBsAs

Me recordó a una situacion que viví hace años en mi trabajo, aunque en mi caso no paso nada jaja. Muy bueno el relato.

Lupita_norte

Me pregunto si hay continuacion... deja todo abierto al final. Buenisimo de todas formas.

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