Mi tía Catalina me enseñó lo que era ser de ella
La despedida de soltera de mi hermana Lorena prometía ser un sopor. Veintinueve años, cinco de relación con el mismo chico, una rutina de oficinista impecable y un humor que rara vez se salía del cauce: nada en ella anticipaba una madrugada memorable. La fiesta se haría en casa de mi tía Catalina, que en realidad no era tía nuestra. Era la mejor amiga de mi madre desde que las dos llevaban trenzas y uniforme de colegio.
Catalina vivía en una casa enorme dentro de un barrio cerrado, con piso de mármol blanco y un jardín que parecía sacado de una revista. Cuarenta y seis años, dos hijos ya en la universidad y un marido empresario que viajaba más de la cuenta. Siempre la vi como el arquetipo de la esposa modelo: tranquila, atenta, vestida con una elegancia que no encajaba con nuestra calle de barrio común. Esa noche, sin embargo, descubrí que había otra Catalina debajo.
Yo tenía diecinueve años recién cumplidos. Iba acompañando a mi madre, a Lorena y a seis amigas suyas, todas algo mayores que yo. Empezamos con tragos suaves, una tabla de quesos y anécdotas de oficina que solo le hacían gracia a ellas. Mi madre se cansó alrededor de la una y se fue. Yo me quedé porque Lorena me lo pidió y porque, en el fondo, no quería volver a mi cuarto a pensar en mi ex. Llevábamos tres semanas separados después de tres años juntos y todavía me costaba acostarme sola.
A las dos de la madrugada, Catalina aplaudió dos veces y pidió silencio.
—Chicas, les preparé algo —dijo, con una sonrisa que ya no era la de la mujer del barrio.
Las luces del salón se apagaron. Sonó una base electrónica y entró un hombre disfrazado de policía: alto, ancho de hombros, con una mandíbula esculpida. Era un stripper. Las amigas de mi hermana empezaron a gritar como adolescentes y a tirarle billetes. Yo me quedé sentada en una esquina del sofá, con mi vodka con naranja en la mano, mirando cómo ese cuerpo se movía al ritmo de la música y cómo la ropa iba quedando en el piso. No se desnudó del todo; terminó en tanga, hizo unos cuantos chistes con el cinturón y desapareció hacia el cuarto de servicio para cambiarse.
—Sigamos en el boliche —propuso una de las amigas, ya bastante tomada.
En cinco minutos estaban todas en la calle esperando dos taxis. Lorena me hizo un gesto para que las acompañara, pero negué con la cabeza. Le dije que mi casa quedaba a tres cuadras y que prefería caminar.
La verdad era otra. Yo seguía mirando hacia el pasillo por donde se había metido el stripper.
Catalina cerró la puerta y empezó a recoger vasos sin prestarme atención. Le dije que iba al baño. En el camino me desvié hacia el cuarto de servicio. El alcohol me daba un valor que no era mío, y mi ex me había dejado con la sensación de que necesitaba probarme algo a mí misma.
Lo encontré abrochándose una camisa blanca sobre unos jeans ajustados. Todavía se le veían los abdominales por entre los botones que faltaban. Me miró con sorpresa.
—¿Te perdiste? —preguntó.
—Quería ver la pistola de cerca —respondí, y me mordí el labio.
Se rio. Una risa corta, de tipo que ya había estado en esa situación. No habrá sido la primera chica borracha que se le aparece después del show, ni la primera que se le arrodilla sin pedir permiso. Cuando le toqué el bulto sobre el pantalón, suspiró y miró hacia la puerta.
—No deberíamos —dijo, sin convicción.
Le bajé el cierre con los dientes. Sentí cómo se endurecía contra mi mejilla incluso antes de sacársela de los boxers. Cuando por fin la tuve frente a la cara, comprobé que era grande, más grande que cualquiera con la que hubiese estado antes. Mi ex era el único hombre con el que había tenido sexo, y el stripper le sacaba varios centímetros de ventaja.
Me la metí entera, hasta el fondo. Me dieron arcadas, pero las controlé. Algo en esa idea —la de estar haciéndole un pete a un desconocido en la habitación del fondo de la casa de Catalina, mientras la dueña ordenaba la sala— me prendía como nunca antes. Subí y bajé con la lengua, le apreté la base con la mano, le besé el glande, volví a hundírmela hasta que sentí la presión en la garganta. Él se sentó en la cama, dejó caer la cabeza hacia atrás y empezó a respirar más fuerte.
No habían pasado cinco minutos cuando explotó en mi boca. Tragué sin pensarlo, sin dejar caer una sola gota. Apenas levanté la cara para limpiarme con el dorso de la mano, escuché que la puerta se abría.
Catalina estaba en el umbral con una botella de vodka en la mano y una sonrisa que no había visto nunca.
—Mirá vos a la putita esta —dijo, sin alzar la voz—. La dejás un rato sola y termina arrodillada chupándole la pija al primero que se le cruza.
El stripper agarró la camisa y la mochila y salió de la habitación casi corriendo. Yo me quedé en el piso, con la boca abierta y los ojos clavados en ella. Catalina seguía ahí, alta, con su vestido blanco ceñido al cuerpo, los hombros desnudos, el pelo oscuro cayéndole sobre uno. Tenía cuarenta y seis años y un cuerpo que muchas de veintidós envidiarían.
—Levantate —dijo.
Me agarró del brazo. Sus uñas pintadas de rojo se me clavaron en la piel. Sus tacones repiquetearon en el mármol mientras me arrastraba hacia el salón. Me sentó en el sofá. Se quedó de pie frente a mí, con los brazos cruzados, la botella todavía colgando de los dedos.
—¿Vos creés que yo presto mi casa para que una pendeja como vos venga a chuparle la pija a un extraño? —preguntó.
No respondí. Me puse a llorar.
—Ah, ahora llorás. Hace cinco minutos le estabas tomando la leche a un tipo y ahora te hacés la mosquita muerta.
Le pedí, entre sollozos, que no le contara nada a mi madre. Levanté la cara para mirarla y lo único que vi fue el reverso de su mano viniendo hacia mí. El cachetazo me giró la cabeza y me dejó el oído zumbando. No me había pegado nadie así en mi vida.
—Te voy a dar tu merecido —dijo, y me tomó de la oreja.
Me hizo subir las escaleras. La oreja me dolía, pero me dejé llevar. No sé si por miedo, por culpa o porque algo en mí ya había empezado a querer averiguar hasta dónde llegaba. Me metió en su dormitorio, cerró la puerta con llave y se sentó al borde de la cama.
—Sacate la ropa.
—Por favor —dije.
—Sacate la ropa.
No levantó la voz. No le hizo falta. Me desnudé despacio, con las manos temblando. El vestido cayó al piso. El corpiño y la bombacha siguieron. Quedé de pie frente a ella, completamente desnuda, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Bajá los brazos. Vení gateando.
Me arrodillé y avancé hasta ella. Abrió las piernas, se levantó el vestido y se sacó la ropa interior de un tirón. Me agarró de la nuca y me empujó la cara contra su sexo.
Nunca había estado con una mujer. Nunca había pensado en estar con una. La primera bocanada de su olor me desorientó pero también, y eso fue lo que más me asustó, me gustó.
—¿No sabés dónde está el clítoris, pendeja? Dale, comete esa concha. Te voy a enseñar.
Empecé a lamer como pude. La mano firme en mi nuca me marcaba el ritmo. Al rato encontré el clítoris y entendí, casi por instinto, que tenía que insistir ahí, alternando lengua y succión. Su respiración se cortó. Su muslo derecho empezó a temblar contra mi mejilla. Soltó un grito ronco y me sostuvo todavía un par de segundos contra su sexo antes de aflojar la mano.
Pensé que se había terminado.
***
Catalina se levantó y se sacó el vestido por la cabeza. La vi entera por primera vez: pechos grandes y firmes, cintura estrecha, caderas anchas, glúteos altos. Caminó hasta un ropero empotrado y sacó un baúl de madera oscura. Yo seguía arrodillada en la alfombra, mirándola como se mira a una desconocida que se descubre conocida.
Del baúl salieron unas esposas, un cinturón con un pene postizo, un látigo corto y un consolador negro enorme.
—Me voy a divertir con vos —dijo, sin sonreír.
Me esposó las muñecas. Se ajustó el arnés a las caderas, con el falo apuntando hacia mí. Me agarró del pelo y me empujó la cara contra el plástico.
—Dale. Como al stripper. Hasta el fondo.
Lo metí en mi boca y dejé que ella marcara el ritmo. La cadera de Catalina golpeaba contra mi cara cada vez que empujaba. Me ahogué, me lagrimearon los ojos, escupí. Ella se reía.
Después me subió a la cama, me puso en cuatro y me dio una serie de palmadas en las nalgas que me dejaron la piel ardiendo. Mientras me golpeaba, me llamaba puta, perra, basura, pendeja de mierda. Nunca nadie me había hablado así. Nunca nadie me había tratado así. Y, sin embargo, en algún momento de esa lluvia de insultos, mi cuerpo dejó de tensarse y empezó a esperar el siguiente golpe.
Sentí algo frío contra el sexo. Giré la cabeza y vi que era el cuello de la botella de vodka. Me la metió poco a poco, hasta donde entraba, mientras me decía que tomaba como un camionero y que iba a aprender qué era el alcohol de verdad. Después la sacó y me penetró con el consolador del arnés, hundiéndomelo de golpe.
Empecé a gemir sin poder evitarlo. La rabia en sus ojos se mezclaba con mi placer y los dos se alimentaban. Un orgasmo. Otro. Otro más. Perdí la cuenta. Cuando las piernas me empezaron a temblar al punto de no sostenerme, me caí de bruces sobre la cama y ella me siguió cogiendo desde atrás, sin parar.
—Tía —dije, con la voz quebrada—. Soy una puta. Corregime. Tratame mal.
Catalina se rio. Sacó el falo y me clavó dos dedos. Me masajeó con violencia un punto interno que yo ni siquiera sabía que existía. Sentí algo parecido a las ganas de orinar y me solté. Un chorro tibio salió de mí y mojó la cama, la alfombra, su mano. Catalina aulló de risa.
—Mirá cómo te gusta que te traten así. Sos mía, pendeja. Mirá cómo te tengo.
Cuando creí que ya no podía más, agarró el consolador negro, el más grande, le puso lubricante y se acercó por detrás. Me besó en la oreja, me acarició la espalda, me susurró algo que no entendí. Bajé la guardia. Pensé que venía algo distinto, más suave.
Me empaló.
Sentí la punta entrar y, en un solo empujón, el consolador entero abrirse paso por un lugar que jamás había estado abierto a nada. Grité. Me tapó la boca con una mano. Con la otra siguió empujando. Me mataba el dolor y el ardor; me sentía partida en dos. Y sin embargo, en algún punto entre el dolor y la humillación, encontré un placer que no supe nombrar.
Catalina se reía, me escupía en la cara, me decía que era de ella, que iba a hacer conmigo lo que quisiera. Me embistió un rato más hasta que perdí el sentido.
***
Cuando abrí los ojos ya entraba el sol por la ventana. Estaba sola en la cama, sin esposas, con la ropa tirada en el piso. Las manchas de mi squirt todavía se veían en la alfombra y en las sábanas. Me incorporé apenas. Me dolía el cuerpo entero.
Catalina apareció en la puerta con un vaso de agua. Me lo tiró encima.
—Dale, putita. A tu casa. Pero acordate de algo: desde ahora sos mía.
Antes de dejarme bajar, me secó la cara con una toalla y agarró un labial rojo del tocador. Me escribió cuatro letras en la frente. P U T A. Después me ordenó que bajara desnuda. Cuando intenté agarrar el vestido, negó con la cabeza.
Bajé las escaleras tambaleándome. En medio del salón me di vuelta. Catalina se había quedado a mitad de la escalera, con una bata corta y los brazos apoyados en la baranda.
—¿Qué sos? —preguntó.
—Una puta.
—No. Sos mi puta. Y ahora vas a salir desnuda y vas a caminar hasta tu casa. Si alguien te pregunta qué pasó, le decís que sos una puta y que te corrigieron. Y que te gustó.
Asentí.
Caminé las tres cuadras hasta mi casa al amanecer, sin cruzarme con nadie, con la espalda recta y un ardor sordo entre las piernas y en el culo que apenas me dejaba dar pasos largos. En casa todos dormían. Subí a mi cuarto, me duché durante media hora y me metí en la cama.
Al día siguiente fue la boda de Lorena. La vi a Catalina en la misa, otra vez con su vestido perfecto y su sonrisa de esposa modelo, saludando a mi madre con dos besos. Me costó sostenerle la mirada. En la fiesta apenas pude estar cerca de ella.
Una semana después le escribí desde mi celular haciéndome pasar por mi madre. Le dije que mi teléfono se había roto y que la invitaba a tomar el té a casa. Aceptó.
Cuando tocó el timbre, fui yo la que abrió. Mi madre no estaba. Catalina entró al salón sin decir una palabra. Yo la esperaba arrodillada en el medio de la alfombra, desnuda, con las cuatro letras pintadas otra vez en la frente.
Sonrió. Cerró la puerta con llave.
—Buena chica.