Mi mejor amiga me besó la noche que dormí en su casa
Nos conocimos en primer año del secundario, cuando todos éramos extraños y nadie sabía bien dónde sentarse. Ella eligió el banco de adelante. Yo el del fondo. No me fijé en Catalina los primeros meses; estaba demasiado ocupada haciendo barullo con las chicas que vivíamos riéndonos de todo.
Después empecé a notarla. Cómo se acomodaba el pelo detrás de la oreja cuando la profesora explicaba algo. La manera en que se mordía el costado del labio cuando pensaba. Su risa, que era corta y baja, casi un secreto que solo dejaba salir conmigo.
Para abril ya hablábamos en los recreos. Para junio nos quedábamos en el patio después de clase. Para septiembre yo ya sabía que algo se me había roto por dentro y no había forma de arreglarlo.
Catalina era todo lo que yo no era. Disciplinada, callada, inteligente sin alardear. Cuando hablaba de un libro le brillaban los ojos de una forma que me obligaba a mirarle la boca. Y yo no podía dejar de mirarle la boca ni de imaginarme lo que sería tenerla encima de la mía.
Terminamos el secundario sin que pasara nada. Yo me anoté en Administración por inercia. Ella eligió algo del área de la salud. La idea de no verla cada día me apretaba el pecho con una mano fría.
A los dos meses cambié de carrera. Le dije a mi papá que quería estudiar lo mismo que ella. Mintió bien cuando dijo que parecía impulsivo; no era impulsivo. Era la única decisión que tenía sentido en mi vida.
***
La primera vez que dormí en su casa fue en mayo del segundo año de facultad. Sus padres se habían ido a un cumpleaños fuera de la ciudad. Su hermano estaba en lo de la novia. Quedamos las dos solas, en su habitación, con dos vasos de vino que sacamos de la heladera sin permiso.
—¿Nunca se lo contaste a nadie? —preguntó Catalina, sentada con las piernas cruzadas sobre el colchón.
—¿Contar qué?
—Lo que sentís.
Bajé la vista al vaso. No supe qué decir.
—Te lo voy a decir yo —siguió, con una voz que no le había escuchado nunca—. Hace dos años que sé.
Levanté los ojos. Estaba seria. Tenía el pelo suelto sobre el hombro derecho, una remera vieja que se le caía un poco del cuello, y los pies descalzos contra los míos en el medio del colchón.
—¿Y? —pregunté, y la voz me salió rota.
—Y nada. Estaba esperando que me lo dijeras vos.
Apagó el velador. La habitación quedó iluminada solo por la luz azul que entraba por la ventana. Sentí su mano cerrarse alrededor de mi muñeca, despacio, y tirar de mí hacia ella. Cuando me besó, todo lo que había guardado durante dos años se rompió de golpe.
Tenía la boca tibia y un sabor leve a vino blanco. Me besó como si llevara mucho tiempo pensando cómo hacerlo. Sin apuro. Le temblaban un poco los dedos contra mi cuello. Me metió la lengua despacio, buscándome la mía, y yo se la chupé con un hambre que me sorprendió. La escuché gemir bajito contra mi boca y sentí que se me humedecía la bombacha de golpe.
—Decime que pare si querés que pare —murmuró contra mi boca.
—No pares. No pares, por favor.
Me sacó la remera sin dejar de mirarme. Debajo no tenía corpiño. Se me quedó mirando las tetas unos segundos, con la boca entreabierta, y después me pasó los dedos por un pezón hasta ponérmelo duro como una piedra. Yo no había estado nunca con nadie. Ella tampoco, me confesó después, pero esa noche se movía con una seguridad que me desarmó. Me empujó suavemente hasta dejarme acostada sobre las sábanas, se sacó ella misma la remera y quedó también con las tetas al aire, más chicas que las mías, con los pezones rosados y ya erectos. Me besó el cuello, la clavícula, el medio del pecho. Cuando me metió un pezón en la boca y me lo chupó fuerte, arqueé la espalda y solté un gemido que ni yo reconocí. Sentí su pelo cayéndome sobre la piel, su lengua girando alrededor, sus dientes marcándome apenas, y se me erizó todo el cuerpo.
—Mirame —pidió cuando llegó al borde del pantalón.
La miré. Tenía la cara distinta, los ojos oscuros, los labios un poco hinchados. Estaba arrodillada entre mis piernas y me sostenía las caderas con las dos manos.
—No quiero que cierres los ojos —dijo—. Quiero que me veas todo.
No los cerré. Vi cómo me bajaba el pantalón, cómo me sacaba la bombacha tirando del elástico con los dientes, cómo se le abrieron los labios al ver el brillo entre mis piernas. Me abrió los muslos con las dos manos, sin apuro, mirándome el coño como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
—Estás empapada —susurró.
—Es por vos.
Bajó la boca. La primera pasada de su lengua me sacudió entera, un latigazo caliente del clítoris hasta la entrada, y tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. La casa estaba vacía y no me importó. Se instaló ahí abajo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me lamía despacio, de abajo hacia arriba, con la lengua plana, y cada vez que llegaba al clítoris se detenía a chupármelo un segundo antes de volver a bajar. Se me escapaban los gemidos de la boca sin permiso. Le agarré el pelo con las dos manos y le apreté la cara contra mí sin pensar.
—Así —jadeé—. Ahí, Cata, ahí.
Me metió un dedo. Después dos. Los curvó dentro mío y me buscó un punto que me hizo levantar las caderas del colchón. Mientras me la chupaba sin descanso, me la cogía con los dedos, adentro y afuera, con un ritmo que fue subiendo hasta que empecé a temblar. Sentí que se me juntaba todo en el bajo vientre, una bola de fuego que crecía y crecía, y cuando ella cerró los labios alrededor de mi clítoris y me lo succionó fuerte, exploté.
Me corrí contra su boca con los muslos apretados alrededor de su cabeza, sin acordarme cómo se respiraba. La sentí tragar. Sentí su lengua seguir moviéndose despacio, ordeñándome hasta la última contracción, mientras yo me deshacía en espasmos sobre la sábana. Catalina subió despacio, con la boca brillante, se acostó al lado mío, me tapó apenas con la sábana y me besó la sien. Le sentí mi propio gusto en los labios cuando volvió a besarme la boca.
—Ahora vos —susurré, todavía temblando.
La empujé de espaldas y le bajé el pantalón del pijama de un tirón. No tenía nada debajo. Se me cortó la respiración al verla abierta ahí, con el pubis apenas cubierto de vello oscuro y los labios hinchados y brillantes. Me acomodé entre sus piernas y bajé la boca sin saber bien qué hacer, guiándome solo por el instinto. La primera pasada me manchó los labios de un sabor salado y espeso que no había probado antes. Le gustó. La sentí gemir y agarrarme el pelo con una mano.
Aprendí esa noche, torpe y atenta, cómo se le abría la boca cuando le pasaba la lengua justo encima del clítoris. Cómo se le ponía duro el pezón entre mis dedos cuando le subía la mano libre y se lo apretaba. Cómo me agarraba el pelo con las dos manos cuando estaba por terminar. Le metí un dedo probando y sentí cómo se le cerraba adentro, apretándome, tan mojada que se resbalaba solo. Le metí otro. Empecé a cogérsela con los dedos mientras seguía chupándole el clítoris, imitando lo que me había hecho ella, y a los pocos minutos la sentí arquearse, apretarme la cabeza contra el coño y correrse gimiendo mi nombre entre dientes. Se me llenó la boca de un chorro caliente que tragué sin pensar.
Aprendí su cuerpo como se aprende un idioma nuevo: a tropezones, con la sensación de que cada palabra valía una vida entera. Esa noche nos cogimos tres veces más. Le hice acabar con la lengua y con los dedos. Ella me hizo acabar montada encima mío, restregándome su coño contra el mío, agarradas de las manos, mirándonos a los ojos hasta que las dos gemimos al mismo tiempo, empapadas una de la otra.
Nos dormimos abrazadas a las cinco de la mañana, desnudas, pegajosas, con el olor a sexo metido en las sábanas. Cuando me desperté, ella ya estaba despierta, mirándome. Me besó la frente.
—No le digas a nadie —pidió.
—No.
—Nunca.
—Nunca.
***
Los tres años que siguieron, Catalina fue todo y nada al mismo tiempo. Nos veíamos casi todos los días. Estudiábamos juntas, comíamos juntas, dormíamos juntas cada vez que se podía. En privado, su cuerpo era mío. En público, éramos «las mejores amigas».
Nadie sabía. Ni mi familia, ni la suya, ni los compañeros de la facultad. Para todos, éramos esas dos chicas inseparables que estudiaban siempre en pareja. Y yo aceptaba ese secreto porque cada noche dentro de su cama me alcanzaba para sostener el día siguiente.
Aprendí a leerla. Sabía cuándo le subía el deseo por la manera en que se quedaba callada en medio de una conversación. Sabía que si me apretaba el muslo bajo la mesa del comedor era una invitación para que la siguiera al baño en cinco minutos. Y la seguía. Y me la cogía contra los azulejos, con la mano tapándole la boca para que su hermano no la escuchara desde el living, mientras ella se corría en mis dedos con los ojos apretados y los pantalones a mitad de muslo. Sabía exactamente dónde poner los dedos para que se quedara quieta debajo mío, con la boca abierta y los ojos cerrados, susurrando palabras que nunca eran «te amo». Me decía «más», me decía «no pares», me decía «cogeme más fuerte, dale», me pedía que le chupara las tetas mientras se venía. Nunca me dijo que me quería.
Porque nunca me dijo te amo. Ni una vez en tres años.
Me decía otras cosas. «Sos lo único bueno que tengo.» «No sé qué haría sin vos.» «Quedate esta noche.» Yo armaba con esas frases una versión del amor que me bastara para seguir, y le ponía la boca en el coño cada vez que el silencio amenazaba con decir la verdad. Le chupaba el clítoris hasta hacerla llorar de placer y creía, ingenua, que eso era una forma de que me dijera lo que no me decía.
—¿Por qué nunca me lo decís? —pregunté una madrugada, agotada de no preguntar.
Catalina estaba acostada boca abajo, desnuda, con la cara contra la almohada. Yo todavía tenía los muslos pegajosos de ella. Tardó en contestar.
—Porque si te lo digo, se vuelve real —respondió—. Y si se vuelve real, no sé qué hago con mi vida.
Me di vuelta. Miré el techo.
—¿Y si nunca te decidís?
—Entonces nunca pasó nada.
Esa frase me dolió más que cualquier otra cosa que me dijera después.
***
Lo terminé yo, al final, una tarde de noviembre, casi cuatro años después de aquella primera noche. La encontré abrazada a un compañero del último año en la puerta de la facultad. No estaban haciendo nada. Solo se reían. Pero vi cómo lo miraba ella, y vi cómo no me miraba nunca a mí en la calle, y entendí que el secreto no me protegía: me estaba borrando.
Se lo dije en su habitación esa misma noche. No lloró. Yo tampoco, hasta que llegué a mi casa.
Pasaron años antes de que pudiera coger con otra mujer sin pensar en ella. Tuve relaciones cortas, tibias, que no me dejaron casi nada. Culos que no eran el suyo, bocas que no sabían a lo que sabía ella, dedos ajenos entre mis piernas que me hacían acabar sin llegar a tocarme donde ella me tocaba. Salía a cantar con mis primos los fines de semana, intentaba volver a ser una persona en lugar de un eco. A veces lo lograba. A veces no.
Hace unos meses, en una cena con amigas, alguien preguntó por el primer amor. Dije su nombre antes de pensarlo. Al día siguiente le escribí por su cumpleaños. Hablamos durante semanas como si no hubieran pasado quince años. Y una noche escribió «te quiero».
Me costó un día entero entender que era un «te quiero» de amiga.
—Llegué a sentir algo fuerte por vos —me dijo en otra charla—. Pero nunca supe cómo decírtelo entonces. Y ahora ya no lo siento de esa manera.
Le pedí una última oportunidad. Me bloqueó de todas partes.
***
Hoy, casi veinte años después de la primera vez que dormí en su casa, todavía me acuerdo con detalle de cómo me besó esa noche. De cómo me sostuvo las caderas. De cómo me abrió los muslos con las manos y me lamió el coño como si llevara años ensayándolo. De cómo me dijo «mirame» y me obligó a no cerrar los ojos mientras me hacía acabar.
Ya no me quema el recuerdo. Me acompaña, como una canción vieja que sé cantar de memoria. Catalina fue mi primera mujer, mi primer amor, mi primera entrega completa. Me enseñó cómo se coge con hambre y cómo se ama sin medida y, sin proponérselo, también me enseñó cómo se aprende a soltar.
Y aunque el corazón todavía la nombra en silencio algunas noches, ya no me arruina los días. Solo late. Como late todo lo que alguna vez fue verdadero.