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Relatos Ardientes

La seguidora que me dominó con un control remoto

Desde que empecé a escribir mis relatos en línea, recibo mensajes casi todos los días. Mujeres curiosas, otras descaradas, algunas tímidas que tardan semanas en animarse a contarme lo que les pasa por la cabeza mientras me leen. Suelo responder. Charlo, escucho, a veces termino tocándome con una desconocida del otro lado de la pantalla. Es parte del juego, y me gusta jugarlo.

Pero ninguna me había escrito como Camila.

Su primer mensaje llegó la noche que publiqué la historia del baño del aeropuerto. No me dijo «me encantó» ni «qué buena escritora». Me dijo lo que haría conmigo si me tuviera enfrente, en dos párrafos, con la precisión de alguien que ya lo había imaginado muchas veces. Le contesté el mismo día. Esa misma semana ya estábamos intercambiando audios, fotos a medias, fantasías cada vez más detalladas.

Camila era dominante. No de las que escriben «soy dominante» en la bio y después se quedan calladas. Lo era de verdad, en el modo en que daba las indicaciones, en cómo me hacía esperar, en la paciencia con la que iba subiendo el tono.

—Tienes muchas fantasías —le escribí una noche—. Te falta alguien que te las cumpla.

—Tengo varias candidatas —respondió—. Pero ninguna obedece como tú.

Le dije que sí antes de que terminara de proponerlo. Yo soy puta de primera y no me gusta disimularlo. Si una mujer como ella me iba a usar para representar lo que tenía en la cabeza, no había mucho que pensar.

Quedamos para vernos un sábado, tres meses después de aquel primer mensaje.

***

Yo pensaba que sería una cena tranquila. Una primera vez para mirarnos a los ojos, ver si la química de los audios se traducía al cuerpo. Estaba equivocada.

El mensaje me llegó dos horas antes.

«Ponte solo una gabardina. Nada debajo. Te paso a buscar en taxi a las nueve.»

Lo leí dos veces. Después caminé hasta el placard, descolgué la gabardina beige que casi nunca usaba y la dejé sobre la cama. Me bañé, me perfumé, me maquillé como si fuera a una cena importante. A las nueve menos cinco abroché el cinturón de la gabardina sobre la piel desnuda y bajé en el ascensor mirándome los pies, sintiendo cómo el aire del palier me rozaba donde no debía rozarme nadie todavía.

El taxi estaba esperando. Camila bajó la ventanilla y me hizo un gesto con la cabeza.

—Sube atrás.

Cuando me acomodé al lado de ella, vi lo que tenía en la mano. Un vibrador chico, anatómico, con un control remoto del tamaño de una llave de auto. Lo dejó sobre mi muslo sin decir nada.

—Póntelo.

—¿Aquí?

—Aquí. Ya. Después te pasas adelante.

Miré al taxista por el espejo. Tenía la radio fuerte, no parecía haber escuchado. Abrí las piernas un par de centímetros, metí la mano debajo de la gabardina y deslicé el vibrador dentro de mí. Estaba más mojada de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Listo —dije.

—Buena chica. Ve al asiento del acompañante.

***

El taxi arrancó. Camila se acomodó atrás, cruzó las piernas y me miró por el retrovisor.

—Dile al chofer adónde vamos. Te paso la dirección al celular.

Bajó el control remoto y, en el segundo en que abrí la boca para repetirle la dirección al taxista, el vibrador arrancó. Velocidad uno. Suave, casi un cosquilleo. Conseguí terminar la frase sin que se me quebrara la voz.

—¿Conoces ese restaurante? —le pregunté al chofer.

—Sí, señorita, claro.

Velocidad dos.

Apreté los muslos. El taxista no notó nada. Atrás, Camila tenía la cara apoyada en la mano, mirando por la ventanilla como si estuviera aburrida. Pero tenía el pulgar sobre el botón. Subía un poco, bajaba, me dejaba respirar dos cuadras y volvía a subir.

—Sabía que eras una cachonda —murmuré entre dientes, sin girarme—. Esto no lo había imaginado.

—Tú no imaginas nada —contestó desde atrás—. Yo imagino por las dos.

A la altura de la avenida se me escapó el primer gemido. Lo disfracé de tos. El taxista me miró un segundo y volvió a su radio. Camila se rió bajo, sin abrir la boca, y subió a velocidad cuatro durante diez segundos. Después, nada. Apagado.

Cuando bajamos en la puerta del restaurante yo tenía las rodillas flojas y el corazón a mil. Ella le pagó al taxista con una sonrisa de oficina, como si volviera de una reunión.

***

El restaurante era más elegante de lo que esperaba. Manteles blancos, copas pesadas, gente cenando en voz baja. Camila habló con el maître y pidió específicamente la mesa del centro. La que quedaba justo debajo de la araña, a la vista de toda la sala. Cuando me senté pensé en la mancha que me iba a quedar en la silla y casi me reí en voz alta.

—Concéntrate en el menú —dijo ella, y dejó el control remoto al lado de su copa, con descaro—. Vamos a pedir despacio.

El mozo se acercó. Camila pidió primero, sin levantar los ojos del menú. Mientras yo empezaba a decir lo mío, el vibrador volvió a arrancar. Pero esta vez no era la velocidad uno tímida del taxi. Esta vez saltó directo a la siete.

—Un… un… —se me quebró la voz.

—¿Disculpe, señorita? —preguntó el mozo.

—Un risotto —terminé, aguantando el aliento—. Y agua.

—¿Con gas o sin gas?

—Con gas, por favor.

El mozo anotó y se fue. Yo apreté los puños sobre la servilleta. Camila bajó a velocidad tres y se sirvió vino.

—Te gusta —dijo, mirándome a los ojos por primera vez en toda la noche—. Mírate la cara.

—Eres una hija de puta —susurré.

—Dímelo otra vez.

—Eres una hija de puta y me encanta.

Subió otra vez. Yo cruzaba y descruzaba las piernas, fingía interesarme por la decoración, intentaba que la respiración no me delatara. Una pareja mayor en la mesa de al lado nos miró un segundo y volvió a lo suyo. Sentí un escalofrío que no era de miedo. Era de saber que estábamos a un suspiro de que nos descubrieran y que eso me estaba calentando más que todo lo demás.

Bajé la mano debajo del mantel y me toqué la cara interna del muslo. Estaba mojada hasta la rodilla.

—No te toques —dijo Camila sin mirarme—. Eso lo decido yo.

Saqué la mano.

Antes de que llegara el primer plato, miré abajo y vi un brillo en el piso. Era yo. Había goteado sobre la madera lustrada. Apoyé el pie para taparlo y me puse colorada. Camila siguió mi mirada, la entendió enseguida, y se mordió el labio.

—Ve al baño —dijo, ya sin sonreír—. Espérame ahí. Es hora de comerte ese coño.

***

Me levanté con las piernas temblando. Crucé la sala con la sensación de que todos sabían, de que la gabardina me delataba en cada paso. El vibrador seguía dentro de mí, ahora en velocidad dos, manejado a distancia desde la mesa.

El baño era individual, con cerradura. Entré, eché el pasador y me apoyé contra la pared de azulejos fríos. Saqué el vibrador. Las manos me temblaban. Lo dejé sobre el lavabo y me llevé los dedos al clítoris, en círculos lentos, mordiéndome el labio para no gemir alto. Estaba al borde, no necesitaba mucho.

Dos golpes en la puerta.

—Zorra, ya te oigo. ¿Dónde estás?

Abrí. Camila entró, cerró con llave, me miró de arriba abajo y bajó la vista al lavabo. Vio el vibrador apoyado al lado del jabón.

—¿Quién te dijo que te lo podías sacar?

—Perdón. No aguantaba más. Necesitaba tocarme.

—Te desobedeciste sola. Eso se castiga.

Agarró el vibrador, le pasó un poco de saliva y dio un paso hacia mí.

—Date la vuelta. Manos contra la pared.

Obedecí. La gabardina se me abrió cuando levanté los brazos, y la sentí detrás, pegada a mi espalda, oliéndome el cuello.

—Por desobedecer —murmuró—, este vibrador ahora se te va al culo. Y mientras yo me como tu coño y te juego con las tetas, vas a aprender a quedarte quieta.

Sentí la punta empujando despacio. Apreté los dientes. Camila me lo metió de a poco, hasta que entró del todo, y entonces lo encendió. Velocidad máxima. Un zumbido sordo, contenido por mi cuerpo. Las rodillas se me doblaron.

Me hizo girar. Se arrodilló, me abrió las piernas con las dos manos, me besó la cara interna de los muslos sin apuro, como si tuviéramos toda la noche, y entonces puso la boca donde yo necesitaba que la pusiera.

—Tenía tantas ganas de esto —dijo contra mí—. No sabes cuánto tiempo lo fantaseé.

—Mierda… —jadeé—. Mierda, qué rico. Nunca lo hice en un lugar tan público.

—Cállate, zorra, nos van a escuchar.

Me tapó la boca con una mano. Yo gemí contra su palma, mordiéndome la lengua, sintiendo el vibrador atrás y la lengua de ella adelante y la mano apretándome la cara. Subió la otra mano y me apretó un pezón hasta que dolió. Yo cerré los ojos.

—Eso es —dijo, soltándome la boca un segundo—. Quiero que acabes en mi boca. Quiero tomármelo todo.

—Ay, mami, no pares. Casi acabo. No pares, por favor.

—Pídeme más.

—Más. Más, más, más.

Camila se llevó la mano libre entre las piernas, debajo del vestido negro, y empezó a tocarse mientras me chupaba. Verla así, arrodillada, comiéndome y masturbándose al mismo tiempo, fue lo que me terminó de romper.

Acabé con un grito que aguanté como pude, con su palma metida otra vez en mi boca, con las caderas empujando contra su cara, con el vibrador todavía a máxima potencia dentro. Squirt. Mucho. Me dio vergüenza y orgullo al mismo tiempo. Ella se lo tomó todo, sin mover la cabeza, y cuando terminó se quedó un segundo más, con la frente apoyada en mi vientre.

Después se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró.

—Qué rica estuviste. Anda, lávate. Volvemos a la mesa. La noche recién empieza.

Sacó el vibrador con cuidado, me besó en la boca, me dejó probarme a mí misma en su lengua, y salió del baño como si nada.

Yo me quedé un minuto apoyada contra la pared, mirándome al espejo, con la gabardina abierta y el pelo revuelto y el corazón todavía golpeando.

Pensé en todas las fantasías que me había contado Camila durante esos tres meses de mensajes.

Esta era solamente la primera.

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Comentarios (3)

VeroLectora

increible!!! me dejo sin palabras

NocheDeViernes_

el giro del taxi no me lo esperaba para nada jajaja, buenísimo

Amorosita

Que bien narrado todo, se siente real sin ser exagerado. Espero que haya segunda parte!!

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