La noche que descubrí lo que sentía por mi amiga
Se había hecho tarde en el estudio. A los cuarenta y ocho años descubrí que el placer no me pide permiso: lo conquisto en cada espejo donde me reconozco provocadora, descarada y sensual. Soy diseñadora de interiores, tengo amigos, amantes ocasionales y cómplices de pecados que a veces tienen precio y a veces solo dejan una toalla mojada en algún hotel de Coral Gables.
Me miré en el espejo del ascensor que tardaba lo suficiente desde el piso cuarenta y siete hasta la cochera. Mi pelo caía sobre la blusa de seda y rozaba mis pechos por el escote desabotonado. Las pecas se precipitaban como una cascada hasta perderse rumbo a los pezones. Toda una zorra, pensé. Sacudí la cabeza despeinándome adrede y ese placer perverso de sentirme una puta se hizo más nítido.
No tenía ganas de conducir hasta mi departamento en Brickell. Viernes a la noche, Miami atascada, dos horas perdidas para llegar al supuesto descanso del jacuzzi con velas, aromas y una botella de champán esperándome. Lo deseaba, sí, pero un buen trago me tentaba más mientras caminaba por las calles de Coconut Grove.
En una de esas calles perdidas el deseo me ganó otra vez, porque acaso la perdida era yo. Entré en un bar con olor a madera vieja y humo de habanos. Pedí un whisky en las rocas y me senté en un rincón apartado, cruzando las piernas largas que la minifalda negra apenas alcanzaba a tapar. Alguien me apoyó la mano en el hombro. Era el roce suave de una mujer.
—Hola, Caro. Qué placer encontrarte en este antro. ¿Cómo te animaste? ¿Tú, siempre tan santita?
—Ya ves, Inés, siempre hay una primera vez.
—¡Una escapada secreta!
—Quizá. Pero parece que ya no lo es tanto. Me encontraste.
Inés era una amiga de las tardes de tenis en el club de Key Biscayne. Nos habíamos hecho íntimas hasta el punto de compartir, entre tangas húmedas, duchas y orgasmos, al mismo profesor de tenis. Lo que empezó casual entre nosotras fue tomando su propio erotismo cuando las copas de champán reemplazaron al whisky. El ambiente cargado y la medianoche cada vez más cerca lo iban convirtiendo todo en una escenografía de provocaciones cuidadas. Aquel club nocturno era el sitio ideal para encontrar con quién terminar la noche.
Los ojos verdes de Inés bajaban sin pudor por mi escote, que yo abría cada vez más para que ella adivinara las pecas y, sobre todo, para que descubriera que sin sostén mis pechos seguían firmes. Ella se mordía el labio inferior cuando empecé a provocarla con frases sueltas, mientras bebía a sorbos cortos un rosado bien frío.
Descrucé las piernas con una soberbia calculada y le dejé ver el culotte de encaje translúcido que llevaba debajo, dibujando apenas la franja perfilada de mi pubis depilado. Inés no resistió. Empezó a acariciarme la rodilla, después el muslo, y yo sentí un escalofrío que me bajó hasta los pezones. La seda negra los marcaba sin esfuerzo. Ella abría más los ojos, los clavaba en los míos, y los silencios entre nosotras se volvían deseos.
Sin pensarlo dos veces, de un solo impulso la tomé del cuello y le di un beso largo en la boca. Nuestras salivas se mezclaron sucias en una sola. Yo gimiendo, mientras ella corría con dos dedos los encajes y se hundía en mí, mojándose, sacando los dedos después de un rato largo. Cuando volví a abrir los ojos, Inés se llevaba los dedos a los labios y los chupaba sin apuro.
—Almíbar para mis ganas de tenerte —me dijo.
Sentí otro escalofrío y miré alrededor buscando no ser reconocida. A esa altura de la noche ya nada me importaba demasiado, pero recordé que el bar era de los discretos, de esos donde nadie viene a contar lo que pasa adentro. Suspiré aliviada, me humedecí los labios y volví a besarla, ahora más despacio, como si estuviera aceptando algo.
No me sentí lesbiana en ese momento junto a Inés, pero había descubierto algo distinto en mi piel y, por qué no, en mi sexualidad. Por algo me había mojado entera. Por algo había sido yo quien tomó la iniciativa de fundirnos en aquel beso. Mirando los ojos de Inés, en silencio, mi vida pasó por dentro como pasan los replanteos a los cuarenta y ocho. Ella volvió a besarme después de meter el índice en su copa de champán y rozarlo sobre mis labios. Me electrizó. Tenía que ir al baño.
Frente al espejo del tocador, vi cómo afloraban todos mis pecados: las infidelidades a mi marido que estaba de viaje en Cartagena, la traición silenciosa a mis hijos. Algunas lágrimas corrieron el rímel y las desdibujé contra los pómulos, sintiéndome más puta, más libre y más sola. Supe que no iba a salir igual de esa confesión que me estaba dando a mí misma. Ya no sería la misma, y tal vez nunca fui solo una, sino muchas en mis desvaríos.
Inés entró al baño y me apartó de mis recuerdos. Se apoyó contra mi espalda, me corrió el pelo hacia un lado y empezó a besarme el cuello. Cerré los ojos y volví a entregarme a su juego. No resistí, dejé los fantasmas afuera, giré, la abracé hasta que solo nos separaban nuestros pechos. La besé otra vez. Le pedí que volviéramos a buscar mi auto y fuéramos a mi departamento en Brickell. Ella asintió con una media sonrisa y me besó de vuelta. Yo enloquecía conteniendo los orgasmos.
***
No sé cómo manejé cruzando las autopistas hasta Brickell con aquel morbo lésbico que nunca había sentido al lado. Me temblaban las piernas. Inés jugaba con palabras y con la mano, corría mi falda sin permiso y descubría una y otra vez lo mojada que seguía. Apenas miraba el carril.
Siempre dejo encendidas las luces tenues del living, las que se confunden con los reflejos de la bahía. Llegamos. Inés se deslumbró ante la vista de Biscayne Bay desde aquella altura. Le pedí que sirviera dos tragos, jugamos con caricias mientras la noche se nos volvía a desbordar. Puse un disco viejo, «All the things you are», y empezamos a bailar muy juntas, mejilla contra mejilla. Tengo que confesar que aún contenía la excitación contra mi propio delirio. Todavía no me sentía tan libre como para entregarme.
—Me doy una ducha y vuelvo —le dije sin despegar los labios de los suyos.
—Te deseo, Caro —respondió, suspirando.
Me fui desnudando frente al espejo del vestidor, que siempre juega con mis curvas. Me detuve en cada recuerdo de cada pecado. Entré a la ducha y dejé que el vapor empañara la mampara. Apoyé los pechos contra el vidrio caliente y mis pezones recibieron esa tibieza ardiente. Empecé a masturbarme tratando de calmar la lujuria, pero fue inútil. No quise acabar. Quería que el primer orgasmo fuera en sus brazos. Y antes, quería ser yo la que la sedujera al salir del baño.
Me puse otro culotte, esta vez más fino, con un camisón blanco entreabierto sin sostén y sandalias de taco alto. Caminé hacia el living llevando el índice a los labios como provocando una imagen. La música seguía sonando, pero Inés ya estaba en el cuarto, de rodillas sobre la cama, desnuda. Su silueta se recortaba contra el ventanal y el brillo de las luciérnagas eléctricas de los edificios. Me quedé contemplándola mientras me servía otra copa de champán, retrasando el momento a propósito.
Estaba a punto de probar mi bisexualidad. Abrí el camisón y le dejé ver los pechos. Inés se acercó, me descubrió los pezones y empezó a besarlos con una ternura difícil de creer, mordisqueándolos con una delicadeza que me electrizó entera. Los pezones crecieron entre sus labios. Sus manos me acariciaban la cola por encima del encaje blanco. Subió la boca a la mía, volvimos a fundirnos en un beso largo y mojado, mientras dos dedos suyos jugaban entre mis labios y mi clítoris pedía a gritos también su lengua.
Perdí la conciencia y caí sobre ella en un abrazo, girando sobre las sábanas suaves. Su piel y la mía se confundían. Quedé atrapada bajo su cuerpo, entre su aroma y mi perfume. Con la lengua me dejó un rastro de saliva desde la boca hasta las caderas. Me di vuelta y le ofrecí la cola. El esfínter sintió su lengua hundirse y sus dedos en mi vulva me arrancaron el primer orgasmo. Fue intenso, interminable. Inés recostó toda su desnudez sobre mí, miré sus ojos verdes brillando sin decoro, me besó. Cerré los ojos y acaricié su cuerpo, aceptando ese momento sin más preguntas.
Creo que fue la primera vez que sentí una pasión real por una mujer. Inés ya era una amiga íntima; pasó a ser otra cosa en aquel minuto. Mis manos se deslizaron por su piel y le rodearon la cola, perfecta, suave. Volvimos a girar. Ahora yo la dominaba. Bajé hasta encontrar el sabor de su sexo. Mi lengua jugaba sin entrar, dejando chorros de saliva entre los pliegues. Tomé su clítoris entre los labios y lo apreté hasta que un chorro espeso me entró en la garganta. Inés había acabado en mi boca, como yo antes en la suya.
Terminamos besándonos y gimiendo como dos zorras. Las piernas entrelazadas y los abrazos no nos dejaban parar de excitarnos. Empecé a moverme sobre ella frotando nuestros pubis como si la estuviera penetrando, o ella a mí, daba lo mismo. Y otra vez, y otro orgasmo, ahogándonos en otro juego de besos húmedos.
Inés se quedó dormida después de tantos orgasmos. De espaldas, su silueta dibujaba una curva que me volvía a excitar. La deseé otra vez, pero no me animé a despertarla. Había sido demasiado para la primera noche. Me serví más champán y volví a mis pensamientos. ¿Cómo íbamos a seguir con esto? ¿Cuánto duraría la tentación?
Me relajé mirando su desnudez y, de fondo, las ventanas donde quizá otras perversiones anónimas se iluminaban en aquella Miami eléctrica. Cerré los ojos. Acaricié mi propio cuerpo. Los pezones todavía apuntaban a la noche. Me dormí en el último aliento de placer, después de masturbarme rozando la piel tibia de mi amante dormida.